La última seda valenciana

Más del 94% de la seda que se produce hoy en el mundo procede de Asia. En concreto de China, y en menor medida de la India. Lejos queda el protagonismo del Japón, anterior a la Segunda Guerra Mundial, y más aún el de una Europa en plena revolución industrial donde Italia y Francia eran unos potentes centros productores de hilo de seda. En este contexto, el esplendor valenciano en la producción de seda cruda data del siglo XVII y, con altibajos cíclicos, se prolonga hasta los inicios de la industrialización.

Quizá por eso muy a menudo nos encontramos con monografías históricas que ponen el punto final a siglos de esplendor de la seda valenciana justo en el momento de la desaparición de las moreras del paisaje agrícola valenciano, después de la epidemia de pebrina que asoló las producciones valencianas y europeas a partir de 1854. Siempre prácticos, los valencianos de las riberas del Júcar, y posteriormente los de las comarcas comprendidas entre Villarreal y Pego, empezaron a arrancar masivamente las moreras que más tarde sustituirían por naranjos.

Lombard, SA, y la seda valenciana

     En aquel momento histórico de caída de la producción sedera, cuando se extinguían los tradicionales mercados de hoja de morera, de capullo o de seda hilada y se cerraban muchas hilaturas, un comerciante textil procedente de Nimes, Enric Lombard, contra la tendencia general al abandono de la actividad, estableció en Almoines (La Safor), un pueblo ribereño del Serpis, una hilatura de seda que se ampliará y crecerá en personal e instalaciones, como serán las fábricas ubicadas en Gandía o Montcada (L’Horta).


Los gusanos de seda se crían sobre el cañizo de la andana, siempre bajo la atenta vigilancia del cultivador, que deberá darles de comer y cambiarles las camas, como muestra esta imagen del Villar (La Serranía) de los años sesenta.© Col·lecció J. Soldevila

En el primer tercio del siglo XX, la empresa Lombard fue miembro activo del llamado Fomento de la Sericicultura Valenciana, un organismo impulsor de la divulgación pedagógica de las técnicas modernas de cría de gusanos entre los labradores y de la extensión de este cultivo en zonas aún no colonizadas por el naranjo.

En plena dictadura, un decreto de 1946 reguló las zonas sericícolas de España con la designación de Lombard, SA, como la única empresa responsable para la zona valenciana y balear. Desde aquel momento y hasta el año 1975, la empresa Lombard tuvo el control de todo el proceso sericícola: desde las moreras, pasando por la crianza de gusanos y acabando con la hilatura y posterior comercialización de las madejas de seda. En este contexto, destacaron las producciones llevadas a cabo en la Canal de Navarrés y El Camp de Túria, que representaron la implantación de las llamadas «cosechas dirigidas» y la introducción de una variedad de gusano, el «polihíbrido japonés», que, además de la de primavera, permitía hacer una segunda cosecha en otoño, una duplicación del trabajo anual que proporcionaba ingresos suplementarios a las familias que compensaban sobradamente las intensas labores.

Durante todos estos últimos años, la empresa valenciana se conectaba con otros importantes centros sericícolas europeos:

–la industria sedera francesa, con el prestigioso Centro Sericícola de Alès, que había divulgado las prácticas de avivamiento colectivo;

-la industria italiana, con la Estación Sericícola de San Giacomo di Veglia, organismo pionero en Europa en la introducción del «polihíbrido japonés»;

las innovaciones de Japón, representadas en el viaje que hizo el directivo Juan Defargues, que importó técnicas y moreras japonesas;

y la Estación Sericícola de la Alberca, dentro del término de Murcia, que proveía y controlaba la semilla de gusanos y, en general, las poblaciones sederas de la huerta de Murcia (donde también se ubicaba el mayor ahogador de capullo de la empresa), que se extendían a lo largo de toda la Vega Baja del Segura.

Pese a ello, la crisis general de la actividad sedera acabó afectando primero a Francia y después a Italia, que abandonaron la producción de materia prima hacia los años setenta. Se deja de producir el hilo, pero continúan la importación, la transformación y la exportación de productos de seda, como camisas, tejidos, corbatas o pañuelos. Con una cierta perspectiva histórica, podemos afirmar que el conjunto de labradores valencianos que hicieron la cosecha de septiembre de 1975 fueron los últimos de España y seguramente los últimos de la Europa Occidental.

Los últimos recolectores de seda

En otoño de 1975 una treintena escasa de recolectores de las comarcas de El Camp de Túria y La Canal de Navarrés empezó la que sería su última cosecha. Aquella primavera se había completado la última cosecha en la huerta de Murcia y todo el Bajo Segura, el enclave más activo en toda la producción de seda española durante el siglo XX.

Las dos escaldadoras de capullo de la hilatura de Almoines, en plena acción de escaldar o ahogar el capullo, con un ahogador industrial que mata la crisálida con aire caliente.© Colección de Pilar García.

Para muchos de ellos, la cosecha de la seda había sido una intensa ocupación que los había acompañado, dos meses de cada año, durante toda su vida. Desde la infancia habían conocido la cría de los gusanos como una actividad agrícola más, una herencia cultural transmitida por sus padres y abuelos. Sin ser conscientes, representan el último eslabón vivo de una práctica ininterrumpida durante siglos, que remontaríamos al tiempo de la conquista, cuando los recién llegados aprendieron los conocimientos de la experiencia de los agricultores e hiladores árabes. Muchos de aquellos labradores viven todavía. Ya no crían gusanos, pero su memoria continúa llena de recuerdos. Ellos constituyen el último eco de una forma de vivir que ha acompañado a los valencianos durante casi ocho siglos. Y del viejo esplendor, ¿qué nos queda?

En las cámaras de algunas casas que aún se mantienen de una manera semejante a como fueron construidas se conservan intactas las andanas y los cañizos donde se criaron los gusanos. Estufas, termómetros, máquinas para cortar hoja, escaleras, capazos y cestas son algunos de los utensilios que algunos cultivadores aún conservan, herencia del tiempo antiguo.

Y, en consecuencia, el final de la producción de capullo de seda autóctono fue el preámbulo del cierre de las hilaturas de seda valencianas. Los últimos años quedaron sólo dos: la ya mencionada Lombard, SA, en Almoines, y Sedas Orihuela, una empresa de Orihuela (Vega Baja) que cerró las puertas en 1977, después de 38 años de trabajo con la seda natural.

Carné acreditativo de técnico sericícola otorgado a Jesús Soldevila, el cual le permitía disponer de la hoja de todas las moreras públicas, expedido por la empresa concesionaria de la 2a Zona de Fomento Sericícola, Lombard, SA (Valencia, 1-IV-1954).

Por otro lado, los trabajadores de aquellas hilaturas, mayoritariamente mujeres, también guardan la memoria de todas las fases del proceso de hilar. Recuerdan el olor característico de las crisálidas, la nube de humo que cubría la hilatura. Y, por encima de todo, unas marcas físicas que las acompañan para siempre: las manos quemadas por el agua hirviendo con la que escaldaban el capullo y los cortes que se producían en los dedos con el hilo tan resistente les evocan la dureza del trabajo de su juventud.

Han pasado cerca de treinta años desde la última cosecha, pero la memoria de la crianza del gusano aún está viva. Un recuerdo vivo y nítido que se activa con la sola mención de la palabra gusanos. Hay cultivadores que, incluso, aún ahora, cuando llega la primavera, el tiempo de la seda, sueñan con gusanos. Bien es cierto que el tiempo actual ha arrasado la memoria de la cultura rural, tradicional y oral. Más allá del mundo desvanecido que vive en la mente y los recuerdos de los últimos recolectores, poca cosa perdura. Velluters, el barrio sedero de Valencia, que reunía más de un centenar de velluters o tejedores de seda hace sólo un siglo, orgullosos de su oficio hasta el punto de lucir las guedejas de seda sobre la ropa, con sus característicos telares dentro de los porches de las casas, es ahora una triste sombra de lo que fue. El barrio que dedicó a la botja (“boja) una plaza se nos muere ante una incomprensible dejadez colectiva, mientras crecen discordantes bloques de edificios públicos. Y todo un referente simbólico de la historia valenciana de la seda como es el mismo Colegio del Arte Mayor de la Seda ruega aún por un futuro digno de su memoria. El último tejedor de seda, Vicent Enguídanos, ya se ha jubilado y se ha deshecho del último telar. Sobreviven algunas empresas centenarias de manufactura de seda, como es el caso de Garín, que desde hace tiempo trabajan con el hilo asiático.

Salvaguardar todo este patrimonio cultural único, que se manifiesta en moreras perdidas, hilaturas abandonadas, dispersión de los elementos de la cultura material, edificios y conjuntos urbanos sin ninguna señalización cultural, debería ser muestra de nuestro compromiso con las generaciones futuras. Si miramos al mundo comprobaremos que el proceso de abandono del cultivo de la seda avanza en paralelo al crecimiento económico de un país. Un síntoma del ascenso en el nivel de vida de una sociedad es el abandono de actividades tan sacrificadas y que exigen tanta disciplina como es el trabajo de la seda. Pese a ello, algunos proyectos europeos deberían servirnos de modelo. Desde los «Caminos de la seda», que señalizan itinerarios culturales que recorren el pasado sericícola de determinados territorios europeos, como sería el caso de la región francesa de Les Cevennes, hasta el acondicionamiento de las viejas hilaturas como contenedores culturales que mantengan la memoria del antiguo esplendor. O aspirar a más y conseguir poner en marcha, como se está haciendo en Francia, iniciativas de permanencia de la actividad sericícola, con empresas capaces de controlar nuevamente todo el proceso que va desde la morera al hilo.

La desaparición de las moreras

Estación Sericícola de La Alberca (Murcia), activa desde 1892 hasta 1976 formando técnicos y proveyendo de semillas controladas a los cultivadores valencianos y murcianos. Enfrente crecen viejas y variadas moreras, herencia de un pasado esplendoroso.Foto: A. Bataller

Poco a poco, las moreras, plantadas por millares en nuestros caminos, han ido desapareciendo casi por completo de nuestro campo visual. La contemplación de una morera cargada de hoja, en una de nuestras calles, en un margen o en cualquier rincón olvidado, seguro que activa los resortes de la memoria y alegra el ánimo de la gente de cierta edad. Si bien es cierto que el bosque de moreras que rodeaba y distinguía Valencia y que poblaba todas las poblaciones ribereñas del Júcar desapareció a finales del siglo xix, la morera ha convivido hasta hace bien poco con nosotros. Los topónimos que encontramos a lo largo del territorio y muchos muebles hechos con la madera de este árbol nos lo recuerdan. Un vago recuerdo.

Los griegos y los romanos ya apreciaban las moreras por su carácter ornamental y por su fruto, las moras. Una delicia para los niños, ya fueran blancas, negras, encarnadas o rosadas. Como ahora ya no hay niños que trepen a las moreras para recoger los frutos, las moras caen al suelo, son un reclamo para muchos pájaros, algunos de los cuales pueden hacer el nido en sus troncos, y se consideran molestas para aquellos que ya no ven ninguna productividad en un árbol antes providencial. Es por eso que ya no son estimadas, y las que quedan o bien son arrancadas o bien podadas de una manera bastante agresiva, como ocurre con los miles de moreras que pueblan y significan la ciudad de Murcia.

Empleadas como alimento único del gusano de seda, ha habido muchas clases de moreras, conocidas con los nombres de «cristiana» y «valenciana» (sin hablar de las variedades japonesas introducidas en los últimos años) o diferenciadas por las hojas: bledana, negra, coleta o penca. De muy antiguo, los valencianos hemos preferido plantar las moreras en rodales, alrededor de los campos, mejor que formando monocultivos de moreras o morerales. Las experiencias últimas de cultivo de morera en grandes plantaciones tienen una buena muestra en la finca La Pradera de La Pobla de Vallbona, que agrupaba más de cuarenta hanegadas de morera japonesa, formando praderas como si fueran viñedos, en las que podían reunirse, en plena cosecha, más de doscientas personas.

El Servicio de Sericicultura español, con el afán de hacer resurgir una actividad de «marcado interés nacional» formaba capataces especializados en sericicultura, encargados de las plantaciones de moreras y de la distribución de la hoja a los recolectores. Estos técnicos eran los encargados de hacer, antes de que empezase la cosecha, el alfarràs (cálculo a ojo) de la hoja, para comprobar si efectivamente habría suficiente disponibilidad. Si tomamos como ejemplo las previsiones de hoja para el año 1954, en la zona de El Camp de Túria se calculaban las necesidades de los 14 recolectores, y de las 21,5 onzas que debían criar, en 33.611 kilos de hoja. Además de La Pradera, las moreras se localizaban en las carreteras de La Pobla de Vallbona a Benaguasil, de Benaguasil a Benissanó, de Bétera a Serra, de Bétera a Godella, y el camino de Tránsitos de Valencia, en dirección a Beniferri y a Montcada. Como muestra de las moreras existentes en cada camino podemos señalar el recuento de 1958, que determinaba la presencia de 1.118 moreras en la carretera de Godella a Bétera y de 250 en la carretera de Bétera a Serra. Unas moreras de las que tenían cuidado los peones camineros y que se plantaban por millares, siguiendo la tendencia colonizadora de décadas anteriores.

Las moreras se regaban y se labraban. Y, sobre todo, era importante la poda anual, bienal o trienal, según la cual la morera podía recibir el nombre de verdanc, de arpa o de rearpa, respectivamente, una práctica decisiva para que hubiese siempre una buena cantidad de hoja y de la mejor calidad. «Anar a fer fulla» ha sido siempre uno de los trabajos de los recolectores. Con carros o con bicicletas, había que salir todos los días a «pelar moreras». Un trabajo constante y urgente para el cual no había nunca bastantes manos, todos ayudaban a ordeñar la hoja, a subir arriba de las moreras para tirar hoja. Después, con mantas y sacos de yute, se apretaba bien la hoja de morera y se cargaba en carros. Y los caminos, como el del Grau de Valencia, testimoniaban sus idas y venidas. Había familias que podían necesitar hasta treinta sacos de hoja diarios. Así que, cuando la hoja escaseaba, había que ir a encontrarla allá donde hubiese. Una vez en casa, se dejaba extendida para que no es coguera (fermentara). Y cuando estaba mojada por el rocío, se ponía a secar.

La morera, «el árbol colmado de las bendiciones de Dios», como lo designaba Olivier de Serres ha estado durante muchos siglos tocado por la gracia divina, en su condición de alimento básico del gusano y piedra angular de la economía de muchas familias. Por eso no resulta extraño documentar noticias de frecuentes rogativas a los santos o a Nuestra Señora para conseguir una buena cosecha de hoja de morera. Y, en la tradición popular, la morera ha sido también el árbol al que muchas generaciones de jóvenes, especialmente mujeres, han trepado para pelar la hoja. Por ello, hoy aún podemos escuchar, entre las canciones que muchos pueblos valencianos dedican a sus vecinos, aquella que dice:

Les xiques de Riba-roja
són totes caragoleres,
tenen la panxa rasposa
de pujar dalt les moreres.

Una canción bien conocida a pesar de que los que la cantan ya no hayan visto nunca una mujer subida a una morera cosechando la hoja. Un hecho del todo habitual para los valencianos del siglo XIX, como lo prueba buena parte de la literatura popular y culta que circulaba por nuestras tierras.

Bibliografía
Bataller Català, A. i C. Narbon Clavero, 2005. Les paraules de la seda. Llengua i cultura sericícola valenciana. Ceic Alfons el Vell. Gandia.
Clavairolle, F., 2003. Le magnan et l’arbre d’or. Regards anthropologiques. Maison des Sciences de l’Homme. París.

Alexandre Bataller Català. IES Campanar, Valencia.
© Mètode 50, Verano 2006.

 

Capullos de seda de diferentes colores, la materia prima indispensable para extraer el apreciado hilo de seda. Corresponden a una cosecha reciente producida en la huerta de Murcia, destinada a la elaboración de productos cosméticos.
© Foto: A. Bataller

 
«El conjunto de labradores valencianos que hicieron la cosecha de septiembre de 1975 fueron los últimos de España y seguramente  de Europa Occidental»

 

Tres imágenes de la hilatura de seda de Lombard Frères en Almoines (La Safor), a finales del siglo XIX. Arriba, los hermanos Lombard, sentados sobre la primitiva devanadora. En el centro y abajo, el interior de la hilatura muestra el clásico sistema de calderas con agua, tornos, devanadoras, sacos y capazos con capullo, ante la mirada de los propietarios y sin la imprescindible presencia de la mano de obra femenina.
© Archivo Histórico de la Ciudad de Gandía

 

 

Imagen de la moderna hilatura de seda de Lombard, SA, en Almoines, la llamada «tama» japonesa, que se instaló el año 1957. Imagen general de la nave donde estaba la hilatura, que muestra cómo la mecanización del proceso elimina buena parte de la mano de obra.
© Archivo Lombard

 

Imagen de las trabajadoras, alegres a pesar de las penalidades de su trabajo.
© Colección Ismael Reig.

  

«Ya no crían gusanos, pero su memoria continúa llena de recuerdos. ellos constituyen el último eco de una forma de vivir que ha acompañado a los valencianos durante cerca de ocho siglos»

 

 

Desde 1951 hasta 1963, en L’Eliana (El Camp de Túria) se hicieron hasta dos cosechas de seda anuales. Jesús Soldevila, conocido como el «médico de los gusanos», fue el técnico responsable de las crianzas. En las fotos de grupo, posa con su familia y varios cultivadores ante una andana con botges (“embojos”) llenas de capullos que se cogen con las manos haciendo ramilletes, un momento previo al acto de desembojar y despegar los capullos, una actividad colectiva en la que participaba la familia y la vecindad. En la última foto, aparece ante una andana pequeña que servía para las crías experimentales.
© Fotos: Colección Jesús Soldevila.

 

 

Estado actual de una cámara de Bolbaite (Canal de Navarrés), donde aún queda en pie una andana con sus cañizos, testigo de los incontables años de cría. En el techo, restos de hojas de tabaco.
© Foto: A. Bataller

 

«La morera ha estado durante muchos siglos tocada per la gracia divina, en su condición de alimento básico del gusano y piedra angular de la economía de muchas familias»

 

 

Morera monumental que crece libre de poda en la Virgen de la Estrella, a la izquierda del río Montlleó, en el término de Mosqueruela, en el límite entre Aragón y el País Valenciano. Fue plantada por el maestro de la villa el año 1930, cuando las escuelas participaban en el proyecto nacional de conocimiento y extensión de la sericicultura.
Foto: V. Rodríguez.

 

 

La hoja de morera, el alimento único para el gusano de seda, inseparable del paisaje y de la memoria de muchas generaciones.
Foto: V. Rodríguez

 

Las moras, blancas o rojizas, apreciadas durante siglos como delicioso fruto y ahora desconsideradas porque manchan el suelo, hasta el punto de aplicar en los árboles unas podas agresivas que limitan la producción de fruto.
Foto: V. Rodríguez

 

Un grupo de mujeres murcianas, de la Sección Femenina, pelando una morera, con la ayuda de escaleras y de capazos. La imagen procede del divulgado manual de Felipe González, El gusano de seda y la morera, de 1951.

 

© Mètode 2008 - 50. Una historia de violencia - Disponible solo en versión digital. Verano 2006

Profesor del departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Universitat de València.