Un púlsar marcado en la piel

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© Joy Division
Fragmento de la famosa portada de Unknown Pleasures, uno de los discos más importantes del siglo pasado.

El historiador y crítico de música Simon Reynolds explica, en un libro sobre el post-punk, el nacimiento de este género como una respuesta arty a la descomposición de un movimiento, el punk, que se había convertido en una parodia de sí mismo. Mientras que, a partir de 1977, los «punks verdaderos» se mantuvieron fieles a un estilo marcado por un discurso de izquierdas populista y una música accesible y sin pretensiones, en el entorno de las escuelas de bellas artes empiezan a surgir grupos formados por jóvenes de clase media que optan por explorar las posibilidades del punk mezclándolo con otros géneros como la electrónica, el noise o el jazz. Esta transformación en la forma se acompañaría de un cambio en el contenido: el post-punk habla de política, sí, pero de una manera mucho más ambivalente y elitista. Además, las canciones se abren a temas relacionados con la angustia existencial, el amor o el aislamiento. En palabras de Reynolds, durante los años de auge del post-punk (1978-1984) se produjo un «saqueo sistemático» del arte y la literatura del siglo xx. Las nuevas necesidades expresivas propiciaron la recuperación de referentes como el dadaísmo o la ciencia ficción radical de William S. Burroughs o Philip K. Dick. Este planteamiento se extendía, más allá de la música, a la manera de entender la producción artística y el trabajo gráfico que acompañaba a los discos, que se guiaba por la siguiente premisa: «contenidos radicales exigen formas radicales».

El disco de post-punk que ha obtenido un mayor reconocimiento es, sin duda, Unknown Pleasures (Factory, 1979), el primer álbum del grupo de Manchester Joy Division, que pasará a la historia de la música como una obra imprescindible para entender el movimiento. Los motivos están claros. Por un lado, el destino fatal de su cantante y compositor, Ian Curtis, que con su suicidio elevó el estatus de la banda a leyenda. Por otro, y por encima de cualquier otro elemento, la contundencia de temas como Shadowplay, She’s Lost Control o Disorder, que refuerzan la atmósfera oscura y desesperante del conjunto. Este disco mítico esconde en su portada una referencia relativamente poco conocida que conecta con la necesidad de «saqueo» del post-punk y con el tema que aquí nos ocupa, la ciencia: la imagen representa la señal del primer púlsar observado. Fue en 1967 cuando la astrofísica Jocelyn Bell, que hacía su doctorado bajo el tutelaje de Antony Hewish, detectó en el radiotelescopio de la Universidad de Cambridge una señal de radio de corta duración que se repetía cada 1,337 segundos. Frente a la posibilidad de que la señal fuera emitida por algún tipo de vida extraterrestre, recibió el nombre de LGM1 (Little Green Men 1). Pero pronto las evidencias demostraron que se trataba del primer púlsar del que se tenía constancia. La estrella de neutrones fue bautizada como CP 1919 (posteriormente conocida con el nombre PSR B1919+21).

 

«Durante los años de auge del post-punk se produjo un «saqueo sistemático» del arte y la literatura del siglo xx. Las nuevas necesidades expresivas propiciaron la recuperación de referentes como el dadaísmo o la ciencia ficción radical»

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«La importancia de Unknown Pleasures, convertido en disco de culto, ha propiciado la reproducción de la imagen hasta niveles inimaginables. El diagrama está presente en infinidad de productos de merchandising»

La señal del púlsar CP 1919 fue registrada en el Observatorio de Arecibo (Puerto Rico) y se publicó por primera vez en enero de 1971 en al revista Scientific American. Pero fue después de su aparición en la Cambridge Encyclopedia of Astronomy, en 1977, cuando la imagen llegó a las manos de los miembros de Joy Division a través de su batería Stephen Morris. El diseñador de la portada de Unknown Pleasures, Peter Saville, explica que el grupo tuvo claro desde el primer momento que querían utilizar aquel diagrama que les resultaba «maravillosamente enigmático». Mediante una sencilla inversión de los colores, el registro de la señal se convirtió así en el icono que representa uno de los discos más importantes del siglo xx. «En 1979, cuando hice la portada, me di cuenta pronto de que sería un álbum fabuloso», explica Saville en este vídeo, «pero nadie podía saber cómo evolucionaría en los siguientes treinta años». La importancia de Unknown Pleasures, convertido en disco de culto, ha propiciado la reproducción de la imagen hasta niveles inimaginables. El diagrama está presente en infinidad de productos de merchandising que incluyen camisetas, bolsos o zapatillas. Pero la fuerza del disco es tal que algunos han querido preservar un recuerdo más personal. No es extraño encontrar entre los seguidores del grupo tatuajes con la imagen de la portada. La señal del primer púlsar descubierto marcada para siempre en la piel de multitud de personas. Un hecho que sorprendería a cualquier astrónomo. Y que hace patente, una vez más, el poder de la música para llegarnos muy adentro y su capacidad de dejar huella.

Para escuchar:
Joy Division, 1979. Unknown Pleasures. Factory Records. Manchester.

Para leer:
Simon, R., 2005. Rip It Up And Start Again: Postpunk 1978-1984. Faber and Faber. Londres.

Para ver:
Corbijn, A. (director), 2007. Control. Coproducción Reino Unido- Estados Unidos.

Felip Pineda. Licenciado en Periodismo. Valencia.
© Mètode 2013.

  
© Mètode 2013
Periodista. Revista Mètode, Universitat de València.