Veinte años después del fuego

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1_V.ArceneguiV. Arcenegui

«Què hem après dels grans incendis del 1994» es el título de una jornada organizada por el CREAF, la Societat Catalana de Biologia y la Institució Catalana d’Història Natural, y celebrada el noviembre pasado en la sede del Instituto de Estudios Catalanes. El hilo conductor de las ponencias, un total de diez, fueron los incendios forestales vistos desde las perspectivas de investigadores, de técnicos y de las administraciones que tienen competencias en la prevención y extinción de incendios y en la gestión del territorio quemado. A lo largo de la jornada varios ponentes pusieron de manifiesto los cambios producidos, durante los veinte años transcurridos desde 1994, en el pensamiento dominante de nuestros científicos y técnicos sobre los incendios forestales. Antes la idea hegemónica era que después de un incendio se inicia un lento proceso de nueva sucesión secundaria; los ecólogos no hacían demasiado caso al legado que deja todo ecosistema después de una perturbación. Durante los años setenta, autores como Ted L. Hanes y Louis Trabaud insistieron en la idea de que en los ecosistemas mediterráneos la regeneración se puede hacer por autosucesión: nuestras plantas están adaptadas al fuego y responden rebrotando o mediante una gran producción de plántulas que germinan precisamente después del fuego gracias a «bancos de semillas» protegidos en estructuras como las piñas serótinas o enterrados. En este contexto, el fuego pasaba a ser considerado un tipo de perturbación naturalmente presente en nuestros ecosistemas, que había condicionado su evolución haciéndolos muy resilientes. Por lo tanto, la mejor gestión después del fuego consistía en la «no gestión», puesto que el bosque se podía regenerar por si mismo.

El 1986, el año del incendio de Montserrat, fue un primer aviso de que nuestras ideas no acababan de cuadrar con la realidad. Aun así, el choque más grande se produjo entre el 4 y el 6 de agosto de 1994, cuando Cataluña, el País Valenciano y otras zonas del Mediterráneo sufrieron fuegos devastadores de unas dimensiones extraordinarias. El análisis de aquellos fuegos cambió nuevamente muchas de las ideas sobre los incendios. En el campo teórico pronto se vio que la resiliencia en los ecosistemas puede ser grande o pequeña, y que no siempre hay autosucesión. Ciertamente, hoy en día nadie duda de que el fuego es un fenómeno natural, pero los cambios que el hombre ha introducido en los ecosistemas, alterando la fisionomía del paisaje, favoreciendo unas u otras especies y modificando su gestión, ha tenido y tiene grandes efectos sobre las características de los incendios. El pasado es importante: si los incendios son recurrentes, la resiliencia del sistema disminuye. Se introdujo un concepto que ha resultado ser central en el tema: el de régimen de perturbaciones. Por un lado, está el tiempo que pasa entre un incendio y el siguiente en el mismo lugar. Por otro lado, hay que tener en cuenta la intensidad del fuego y la severidad de los daños en el ecosistema. También la extensión del fuego afecta a las posibilidades de regeneración a partir de semillas y animales desde la periferia no quemada. Y, por supuesto, la acumulación de combustible y la meteorología son factores determinantes del riesgo de iniciación y de estas variables que configuran el régimen de fuegos, pero, además, hay interacción con otras perturbaciones: sequías importantes, heladas… Se ha pasado, pues, de cierto optimismo a una visión mucho más compleja que exige un análisis de cada caso y excluye las respuestas fáciles y homogéneas, tal como explicaron Josep Maria Espelta y Anselm Rodrigo, los dos investigadores del CREAF.

 

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«Los cambios que el hombre ha introducido en los ecosistemas han tenido y tienen grandes efectos sobre las características de los incendios»

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El problema de los incendios es sobre todo el de los «grandes incendios», como fenómenos muy diferentes de los «incendios normales». Así Paco Lloret, catedrático de Ecología de la UAB e investigador del CREAF, hizo notar que en el Estado español el 0,2 % de los incendios son responsables del 41,6 % de la superficie quemada. Estos grandes incendios tienen lugar en condiciones meteorológicas extremas, que Vicent Altava, técnico de investigación aplicada en el Servicio Meteorológico de Cataluña, describió en relación con la posición de la masa de aire caliente africano, con las temperaturas muy altas alcanzadas en el aire por debajo de 1500 metros y con sequías en los tres meses anteriores. Son situaciones meteorológicas que se han dado con no mucha frecuencia durante el último siglo, pero que según los modelos que presentó tendrán lugar con más frecuencia. Tanto Paco Lloret y Vicent Altava como Lluís Brotons, del Centro Tecnológico Forestal de Cataluña, se refirieron a la posible evolución de la frecuencia de estos episodios extremos y de los grandes fuegos como resultado del cambio climático. Paco Lloret hizo hincapié en que los efectos pueden ser especialmente fuertes en zonas de montaña y comarcas húmedas, ahora mismo menos proclives al fuego, y que no disponen de especies robustas ante los incendios. Empujados por el cambio climático estamos en una transición hacia nuevos tipos de paisaje, con mucha menos densidad de árboles, de forma que tendríamos que tener una estrategia para hacer que esta transición sea un poco conducida.

Marc Castellnou, desde su experiencia dentro de la Dirección general de Prevención, Extinción de Incendios y Salvamentos de la Generalitat de Cataluña, afirmó que en veinte años solo 36 días han sido excepcionales. En estas ocasiones los servicios de extinción se desbordan y se pueden formar tormentas de fuego, con la aparición repentina de focos secundarios separados hasta dos o tres kilómetros del principal. Son fuegos extensos, intensos y rápidos, así que la estrategia habitual de la extinción que funciona perfectamente el resto de días ya no sirve. Lo que hay que hacer, con conocimiento, coordinación e integración, es tomar decisiones sobre qué es prioritario proteger del fuego, qué se puede intentar salvar y qué se tiene que dejar que queme. Sin embargo, hay que darse cuenta que el problema reside en la estructura del paisaje, y que tiene que haber no solo gestión del riesgo sino también gestión forestal preventiva. Una gestión que se tiene que adaptar a los nuevos escenarios ecológicos que se derivarán del cambio global. La confección de modelos que puedan dar lugar a escenarios de futuro fue el principal tema que trató Lluís Brotons.

 «Empujados por el cambio climático estamos en una transición hacia nuevos tipos de paisaje, con mucha menos densidad de árboles»
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A lo largo de los veinte años desde los grandes incendios, pero sobre todo a partir de 1999, los trabajos en lugares quemados el 1994 y el 1998 (otro año terrible en el Bages y en el Solsonès) han permitido adquirir experiencia en la gestión de las áreas quemadas; a pesar de eso quedan muchos espacios que no han recibido ningún tipo de gestión. Lo explicó Jordi Riera, de la Diputación de Barcelona, que destacó que un aspecto muy importante de estas actuaciones se relaciona con la implicación conjunta de administración y propietarios. En cuanto al tipo de intervención, tiene que ser adaptada a cada caso. Un programa de regeneración y gestión preventiva tiene que sacar partido de la ganadería y de la producción de biomasa para quemar. Este último punto lo trataron los representantes del Consejo Comarcal del Bages junto con Lourdes Hernández, asesora de WWF España, que comentó la importancia de la participación pública y la implicación social en la prevención.

Desde el 1994 se ha hecho un esfuerzo inmenso de adquisición de conocimientos sobre los incendios forestales: se ha rehecho el marco teórico, se han hecho seguimientos por observación y tratamientos experimentales, se han estudiado las condiciones y los tipos de incendios y se trabaja con modelos cada vez mejores para ayudar a entender cada fuego concreto y los escenarios posibles de futuro. Al mismo tiempo, los éxitos de la extinción de miles de incendios que explican que en estos primeros años del siglo xxi todavía no se hayan producido grandes fuegos, han contribuido, de manera paradójica y junto con los abandonos de cultivos y el hecho de que la rentabilidad de las explotaciones forestales es escasa, a la formación de masas forestales con mucho combustible acumulado y bastante continuas. Esta situación hace inevitable, en episodios meteorológicos extremos, que volvamos a sufrir grandes incendios. Sería un error continuar con una estrategia basada casi exclusivamente en la extinción. Las distintas administraciones, pero también los ciudadanos, tienen que hacerse cargo de sus responsabilidades en materia de prevención, y no dejarlo todo en manos de los bomberos. Hay que generar una estrategia participativa, basada en el conocimiento y en la integración de esfuerzos, para orientar el paso hacia nuevos paisajes adaptados a las condiciones que irán viniendo. Porque aquellos paisajes que no gestionemos nosotros, los gestionarán los grandes fuegos.

Jaume Terradas. Investigador del CREAF (Barcelona) y catedrático de Ecología de la Universitat Autònoma de Barcelona.
Josep Maria Espelta. Investigador del CREAF (Barcelona).
© Mètode 2014.

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