Botánica amateur y literatura profesional

Importancia y papel de la botánica en la obra de Rosseau

En 1762, Rousseau comienza a dedicarse a la botánica de una manera más metódica. Le dedica tanto tiempo y energía que podemos preguntarnos qué papel ha representado y qué lugar ha ocupado esta “ciencia amable” en su obra. Un gran número de artículos ya han tratado de cerca o de lejos esta cuestión, pero no dan, en la mayor parte de los casos, más que una visión parcial de la botánica en la obra de Rousseau. El libro más completo sobre la cuestión es Jean-Jacques Rousseau als Botaniker, escrito por Albert Jansen en 1885. Hay, pues, que actualizar la materia, sobre todo porque La Correspondance complète de Rousseau editada por el añorado R. A. Leigh desde 1965 hasta el comienzo de los años ochenta ha ofrecido nuevas posibilidades de investigación. No podemos dejar de elogiar esta obra titánica que, además, incluye un anexo lleno de documentos muy útiles. Revisemos, pues, la cuestión de la botánica a la vez que ponemos en paralelo la correspondencia con la obra. Las referencias de este artículo remiten al tomo y a la página de la obra completa de Rousseau dentro de la Pléiade o a la carta de la correspondencia completa.

La botánica, una pasión latente

«¿Qué clase de ejercicio era para él la herborización que hasta lo distraía de los juegos sexuales»

La lectura de las Confessiones y de la Correspondencia da cuenta de que, desde bien joven, Rousseau había establecido relaciones íntimas con la naturaleza, sobre todo durante el período que se extiende entre 1728 y 1739, cuando vivía con Madame de Warens, y muy particularmente entre los años 1736 y 1739, durante aquello que ha dado en llamarse el idilio de Les Charmettes. Madame de Warens sentía gran afición por la preparación de elixires y el joven Rousseau, considerando que esta actividad le privaba de disfrutar de su amante, no dejaba escapar la ocasión de estorbar esta clase de guisos. Hay que advertir que Jean-Jacques se pondrá toda su vida en contra de los boticarios. Afortunadamente, la vida con Madame de Warens pasaba también entre paseos, recuerdos mucho más agradables que quizá despertaron, según la misma autobiografía, su futuro entusiasmo por la botánica:

“…Mamá se entretiene herborizando entre la maleza, y en las flores de un ramo que le había recogido por el camino ella me hizo observar mil cosas curiosas de su estructura que me resultaron muy placenteras y que me debieron de despertar el gusto por la botánica, pero el momento aún no había llegado; yo estaba distraído por otros muchos estudios.” (I,245).

Entre las obras escritas antes de 1762, está el Émile, donde encontramos la descripción de un jardín ideal (OICV p. 687) que se parece mucho a aquél de Les Charmettes. Está también la larga descripción del elíseo de Julie, en la carta XI a Milord Eduard (II, 470-488). Si el autor de Julie hace gala de un cierto conocimiento respecto a nombres de plantas y de un poco de experiencia en ordenación de paisajes, hay que señalar que estos conocimientos botánicos continúan siendo aún rudimentarios. La pasión todavía era latente.

Un poco como el caso de Marcel Proust, los recuerdos de Rousseau surgen a la vista de los objetos a los que se asocian estrechamente.

En un libro detallado, Sentiment de la nature en France de Jean-Jacques Rousseau à Bernardin de Saint-Pierre (1907), Daniel Mornet postula un movimiento general de vuelta a la naturaleza y a los valores rurales y en él se comienza a apasionar por todo aquello que se relaciona con la vida campestre, tanto en la literatura como en la pintura. Poesías pastoriles como Astrée podrían haber contribuido, vista la popularidad que consiguieron, a establecer este nuevo gusto. Rousseau no inició esta moda, que se suele designar con la expresión de “sentimiento de la naturaleza”, pero su ÉmileNouvelle Héloïse precipitan el movimiento e imponen sus formas en la literatura rústica. En otro libro, Sciences de la nature en France au XVIIIème siècle (1911), Daniel Mornet describe esta vez la admiración por las maravillas naturales desde el punto de vista de las ciencias. La botánica gana popularidad rápidamente porque tiene el mérito de explicar el espectáculo de la naturaleza y, al mismo tiempo, de ser accesible para la mayor parte de sus aficionados.

«En las obras de Rousseau, la naturaleza y las mujeres aparecen inseparablemente unidas»

Rousseau explica en las Confessions (I, 631), que ha tomado gusto a la botánica con el doctor de Ivernois. Se puede determinar, mediante su correspondencia, que Jean-Jacques se había encontrado con el “doctor Filósofo” entre el 10 de julio y el 10 de noviembre de 1762, es decir, un período de cuatro meses que incluye los últimos días de buen tiempo de verano. Más tarde, el 15 de septiembre de 1764, Jean-Jacques escribe al librero Duches, de París, para procurarse su primer libro de botánica. Es también el principio de una larga correspondencia con Du Peyrou, con quien Rousseau salió a herborizar y que conocía a Buffon. A pesar de una cierta frialdad por parte del filósofo, Du Peyrou le mostró para siempre una amistad indefectible, se aplicó a encontrarle libros y se afanó a prestarle mil pequeños servicios.

Pliego de botánica realizado por J. J. Rousseau.

La botánica, un lenguaje particular

En el siglo XVIII, la transmisión de los conocimientos pasaba por el latín. Jean-Jacques, que se inició como un autodidacta en los rudimentos del latín, escribe en 1767: “No me queda ya, de esta lengua (el latín) más que lo que necesito para entender las frases de Linneo”. (L,5852). Rousseau, un admirador ferviente de Linneo, el inventor de una nueva nomenclatura binaria simple y perfectible, introducirá los nombres científicos de plantas, entre otras, dentro del segundo pasaje de las Rêveries: “Una [de las dos plantas] es la Picris hieracioides, de la familia de las compuestas, y la otra el Bupleurum falcatum, de la de las umbelíferas. Este encuentro me alegró y me entretuvo durante mucho tiempo y acabó por el de una planta aún más rara, sobretodo en un país alto: el Cerastium aquaticum, […]” (I,1003)
El recurso al argot botánico evita las ambigüedades. Porque estos nombres tan curiosos están aún desnudos de connotaciones; Rousseau explota su virginidad semántica para añadirle sus propios recuerdos.

La revolución francesa aclamó a Rousseau como su padre espiritual. La pintura muestra a Rousseau presideindo el Ojo de la Verdad.

La botánica, una necesidad afectiva<

Rousseau, después de la iluminación de Vincennes, renuncia a buscar su destino entre las frivolidades de la alta sociedad y se encuentra con la naturaleza, que había desatendido desde que se separó de Madame de Warens. Por el camino de la botánica Rousseau, por así decirlo, purga su alma viciada por la vida trepidante de la gran ciudad; le permite ocuparse de cosas tan simples y bellas como son las plantas y las flores. La botánica, como terapia, actúa sobre dos planos; el estudio de las plantas, gracias a los paseos por el campo, le sienta bien físicamente, pero es también un poderoso derivativo de las manías persecutorias que comienzan a obsesionarlo: “Las herborizaciones y los paseos serían, efectivamente, dulces distracciones para mis dolores de cabeza si de verdad me lo permitieran, pero los que disponen de mí no tienen cuidado en dejarme este recurso”. (L6271)

Cuando Rousseau se sienta perseguido, refutará las acusaciones de que se cree objeto invocando a la botánica. A los que le acusan de dedicarse a estudiar las plantas para extraer venenos de ellas, él les replicará que no tiene el mismo punto de vista que los boticarios, los únicos, hasta el siglo XVIII, que se han interesado de verdad por los vegetales, y que su actitud con las plantas es la de un aficionado apasionado. Rousseau argumenta también que los que cogen flores para hacer una cosa tan bonita como un herbario no pueden ser malas personas (I, 875).

Rousseau, en un fragmento de Les Confessions, escribe refiriéndose a un recuerdo de Mme de Warens: “Caminando ella vio en la era algo azul, y me dijo: Mira, todavía hay vinca en flor. Yo no había visto nunca vinca, y me paré. […] Le eché tan solo una mirada, y más de treinta años pasaron sin que volviera a verla. En 1764, mientras estaba en Cressier con mi amigo M. du Peyrou, empecé a herborizar un poco. Adentrándome entre los matorrales, lancé un grito de alegría ¡Ah! ¡He aquí vinca! Du Peyrou se dio cuenta de mi emoción, pero ignoraba la causa”.

La botánica, un catalzador de recuerdos

El estudio de las plantas –el mismo Rousseau lo asegura en el séptimo pasaje– evoca recuerdos felices. Un poco como, más tarde, en el caso de Proust, los recuerdos de Rousseau surgen a la vista de los objetos a los cuales se asocian estrechamente. El ejemplo más elocuente es sin duda el de la vinca (I, 226). En el momento en que escribe sus Confessions, conoce los mecanismos de su memoria afectiva y sabe que necesita un desencadenante. Con tal de conseguir captar el placer que encuentra herborizando, placer que puede estar ligado a los dulces momentos pasados con Madame de Warens o con otras mujeres, Rousseau confeccionó los herbarios. Cuando ya no le resultó posible salir a herborizar, conservó para siempre el herbario, que le recordaba el placer vivido. Rousseau, tanto para el herbario como para la reflexión, aplicó un lenguaje particular en que la planta se convierte en un significante nuevo con el cual compone una historia de sus momentos de gloria que solamente él puede descifrar.

El proyecto de las Confessions y el interés por la botánica aparecieron más o menos al mismo tiempo y compararlos permite destacar sus lazos. La génesis de las Confessions empieza con las cuatro cartas a Malesherbes escritas a principios de 1762. Aquél fue un período en que Rousseau rememora sus recuerdos y acumula documentos. Se sabe hasta qué punto la imagen de Madame de Warens está firmemente asociada a Les Charmettes y a la botánica. De estos tres recuerdos, los más dulces de su vida, solamente la botánica le continúa resultando materialmente accesible. ¿Y la mejor manera de hacer resurgir del inconsciente un paraíso perdido esencialmente vegetal no era entregarse al estudio de la botánica?

De hecho, el tema de los paraísos perdidos se repite de manera regular en la obra de Rousseau. Mediante la botánica, Jean-Jacques busca de repente el contacto con estos espacios vegetales, sean imaginarios o muy reales: Bossey, donde pasó su infancia, Les Charmettes, con Madame de Warens, el Ermitage, Montmorency, Colombie, la isla de Saint Pierre, los jardines de Julie y de Émile, y muchos otros más. En estos espacios verdes y vírgenes libera el espíritu al sueño de sus fantasías. Aquello que Rousseau pudo imaginar en sus sueños en materia de jardines intentó trasladarlo a sus escritos mediante las plantas que conocía y que trató de adaptar no para sugerir una cierta clase de belleza, sino a fin de favorecer la evocación de los recuerdos. Los jardines no son solamente lugares que se recuerdan, sino donde se recuerda. Paraísos perdidos y botánica se funden armoniosamente en el quinto y séptimo pasaje.

En las obras de Rousseau, la naturaleza y las mujeres aparecen inseparablemente unidas. Pensando en la naturaleza, es posible que Rousseau piense en las mujeres y este pasaje de una carta a Du Peyrou, entre otros, da testimonio de ello: “Yo os aconsejé la botánica y os la aconsejo otra vez a causa del doble provecho del recreo y del ejercicio, y porque cuando se ha herborizado mucho en el roquedal durante el día, por la noche no se hace tan duro ir a acostarse solo” (L5295).

¿Qué clase de ejercicio era para él la herborización que hasta lo distraía de los juegos sexuales? Lo leemos más adelante en la misma carta: “El [botánico] curioso analiza con más placer una bella flor que a una chica guapa”. La botánica, pues, establece una comunión entre las flores y las mujeres.

Rousseau como divulgador

«Rousseau poseía todas las cualificaciones necesarias para dedicarse a la divulgación científica»

Se conocía el filósofo y el escritor, así como el pedagogo, pero faltaba descubrir el divulgador. Rousseau, a partir de 1764, no solamente había consultado numerosos libros de botánica, sino que los leyó atentamente y tomó detalladas notas. Por otra parte, las relaciones que mantenía con los sabios más importantes de su tiempo, entre otros Buffon, Daubenton, los Jussieu, Gagnebin de La Ferrière o Tschudi, demuestran que el calibre de sus conocimientos era de los más elevados. Esto le permitía tomar posición en los debates científicos de actualidad, particularmente la defensa del sistema de Linneo. Finalmente, sabemos que Rousseau hizo numerosos herbarios, que hizo un importante trabajo de sinonimia y que participó en algunas expediciones botánicas. No podemos más que admitir que Rousseau poseía todas las cualificaciones necesarias para dedicarse a la divulgación científica. Hacia 1771, en la cima de su pasión, inicia las Lettres sur le botanique y probablemente al mismo tiempo también empieza el Dictionnaire de botanique. Las cartas se organizan de acuerdo con la complejidad creciente de las plantas, y también según las estaciones. El texto, descriptivo y personal, se acompaña de multitud de términos técnicos que Rousseau introduce de forma gradual al mismo tiempo que va explicándolos. A estas Lettres, Rousseau las considera quizás como un esbozo de un futuro manual de iniciación a la botánica. En cuanto al Dictionnaire, a pesar de las numerosas disgresiones que desvirtúan una obra por otra parte muy valiosa, habría podido servir, sin duda, de complemento a estas cartas.

La botánica, estrechamente ligada a todas las otras pasiones de Rousseau, ofrece así una lectura atípica de su obra.

Rheault, S., 1989. Place et rôle de la botanique dans l'oeuvre de Rousseau. www.cafe.edu/~sr/mem/m0.htm

© Mètode 2013 - 32. ¿Qué hay detrás del genoma? - Disponible solo en versión digital. Invierno 2001/02

University of Regina, Canadà.

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