El genoma mínimo de la ciencia ficción

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Uno de los últimos volúmenes de la serie de escritores griegos de la Fundació Bernat Metge es Qüestions mecàniques de Aristóteles, un libro técnico que nos llega en una colección de textos literarios clásicos. El filósofo y científico Aristóteles, en el siglo IV antes de la era común, inicia su manual técnico, de mecánica, explicando qué es la mecánica como parte de la técnica, una cosa aparentemente muy alejada de la poesía, pero para hacerlo recurre a las palabras de un poeta.

Dice:

… cuando hay que hacer algo fuera de la naturaleza, se presenta una aporía debido a la dificultad, y se hace necesaria la técnica; y por eso denominamos mecánica a la parte de la técnica que ayuda en estas aporías. Puesto que, como expresó el poeta Antifonte –y es así–, «con la técnica vencemos en aquello en qué hemos sido vencidos por la naturaleza».

«Con la técnica vencemos en aquello en qué somos vencidos por la naturaleza» son las palabras del poeta al que recurre Aristóteles para explicar afinadamente una cuestión técnica. Vale la pena tener presente que, en la época de los clásicos, la ciencia –o la tecnociencia, si así queréis llamarle en este caso de la mecánica– y la literatura –o la poesía, si queréis, una creación artística– ya estaban relacionadas.

En otro libro reciente, Literatura i Holocaust de Rosa Planas, en el capítulo titulado «Entre la història i la ficció: la literatura», leemos:

En sus orígenes la literatura conoce la imbricación con la historia. Debemos situarnos en el siglo de Homero, en los poemas épicos que surgieron del recuerdo de las terribles guerras entre troyanos y griegos. Entre religiosa y profana, la literatura fue concebida para guardar la memoria de los hechos extraordinarios. Esta fue, en principio, su principal función. La motivación no implicó, sin embargo, que no se buscara una forma elevada que rehuyera el lenguaje común intentando encontrar la expresión depurada y sublime.

Para hablar de ciencia-ficción, la literatura de nuestro tiempo, hemos retrocedido desde el siglo IV hasta el fin del siglo IX o hasta el siglo VIII antes de la era común. Quizás no era necesario ir tan atrás. Pero podríamos justificarlo incluso desde el punto de vista de la moderna literatura de ciencia-ficción. Efectivamente, es en la Ilíada donde encontramos la primera descripción de unos robots androides:

[…] y salió cojeando (Hefesto), apoyado en estatuas de oro
semejantes en todo a dos jóvenes llenas de vida,
pues tenían talento en sus pechos y voz y eran fuertes,
y sabían hacer obras propias de los inmortales […]
[Homero, 1995: canto XVIII, p. 353.] 1

Esta es una perfecta descripción del robot dorado C3PO (o See Threepio) de La guerra de las galaxias.

Y también salen unas luces automáticas que comparecen a iluminar la asamblea de los dioses y se retiran solos cuando esta se acaba:

Le encontró sudoroso [a Hefest], y moviéndose en torno a los fuelles; veinte trípodes se fabricaba en aquellos momentos que arrimados al muro del bello palacio estarían y tenían las ruedas de oro en los pies, de manera que ellos solos pudieran entrar donde estaban los dioses congregados, y luego volver a la casa. ¡Admirable!
[Homero, 1995: canto XVIII, p. 351.]

Pero no quería referirme tanto a este aspecto más anecdótico, sino a una cuestión más de concepto. Decía Rosa Planas que la literatura nace imbricada con la historia. De hecho, los poetas épicos del ciclo homérico empiezan a narrar cuando tienen algo para explicar, algo para recordar, y lo más grande que tenían en el buche era la guerra de Troya. Los entendidos consideran incluso que la autoría de la Ilíada es debida a algún superviviente de Troya, posiblemente una troyana. Los troyanos, después de su destrucción como pueblo, dejan de ser parte de la historia viva para entrar en el dominio de la literatura. Esto nos puede hacer ver como, poco a poco, mientras la historia va hacia el terreno más científico, aunque que sea de las ciencias sociales, empíricas, y trata de explicar qué ha pasado o que habría podido pasar, la literatura, liberada en principio de este papel notarial, se inclina hacia la ficción, hacia narrar historias ficticias. Pero con esto no deja de hablar de la realidad: recordamos que el poeta habla de Troya, ni que sea mitificándola. Lo que, al fin y al cabo, hace la literatura inventando situaciones ficticias en las cuales explica como responden los seres humanos, es ir construyendo una especie de biografía mítica, ideal, de los seres humanos. ¿Cómo responde Ulises ante la adversidad que le impide volver a Ítaca? ¿Cómo afronta Electra el asesinato de su padre Agamenón en manos del amante de la madre? ¿Cómo se comportará Hamlet en un caso paralelo? ¿Qué hará Anna Karenina en un contexto tedioso y con un marido nada estimulante? ¿Cómo reaccionará Mila encerrada en la ermita rodeada de un ambiente hostil que la condena a la soledad? Es por la literatura que vamos sabiendo cómo han reaccionado los seres humanos ante los distintos retos, y es en la literatura donde vamos encontrando los modelos y los arquetipos del comportamiento humano.

De todas maneras, hasta la llegada del mundo moderno se fue manteniendo bastante aquel vínculo inicial entre historia y literatura. Así, los asistentes a las tragedias griegas, los que escuchaban narrar las leyendas del ciclo arturiano y los lectores contemporáneos de la crónica de Jaume I aceptaban con la misma convicción los hechos históricos, las gestas de los héroes y la intervención de los dioses, el mago Merlín o San Jorge. En cambio, en el siglo XVIII, los lectores de Los viajes de Gulliver (1726) ya entendían que aquellas expediciones legendarias eran producto de la imaginación de Jonathan Swift, que utiliza una historia ficticia para denunciar unos defectos concretos de la sociedad. La Ilustración, el enciclopedismo, Voltaire, todo esto en el siglo XVIII, en la época moderna, marca, pues, definitivamente, esta separación entre la historia y la ficción, es decir, la descripción de la realidad y la literatura de imaginación, aunque muchos lectores actuales de El código Da Vinci y derivados no se hayan dado cuenta.

Por otro lado, también en este siglo XVIII de las Luces, la ciencia, que tal como la entendemos ahora apenas se había estructurado en el siglo anterior, empieza a adquirir una gran complejidad y una gran diversificación, que pide la especialización. Dicen que Leibniz, muerto en 1716, es el último sabio que sabe de todo: la empresa de la enciclopedia francesa ya es una obra colectiva que exigirá la colaboración de especialistas en cada campo. Y en el siglo siguiente, con el romanticismo, se consumará la división entre ciencia y letras, tecnólogos y humanistas. Una división que llegará a ser hostilidad.

 

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El famoso robot C3PO de la Guerra de las Galaxias responde a la descripción que ya hizo Homero en la Ilíada de unos robots androides dorados “semejantes a vivientes doncellas”.

«Es por la literatura que vamos sabiendo cómo han reaccionado los seres humanos ante los diversos retos»

 

 

 

 

 

«La Ilustración marca definitivamente la separación entre la historia y la ficción, aunque muchos lectores actuales de El código Da Vinci y derivados no se hayan dado cuenta»

 

 

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La ciencia-ficción especula sobre los adelantos científico-técnicos, como lo hace la obra de Jules Vernes o el Frankenstein de Mary Shelley. 

 

«Si la literatura en general nos explica el mundo tal como es o ha sido, la ciencia-ficción se plantea que las cosas no serán siempre tal como son»

 

 

 

«Un cometido de la literatura de ciencia-ficción es especular sobre el presente y el futuro previsible, aportando los elementos de reflexión tecnocientíficos que pueden no estar al alcance del lector corriente»

Liberada, pues, la tarea de tener que narrar la historia, pero separada también de todo un ámbito de la cultura cómo es la ciencia, la literatura actual, clasificada en el ámbito de las letras, continuaba teniendo el cometido de construir la biografía mítica de la humanidad, explicar el alma de la realidad humana. Pero si hemos dividido la realidad en dos ámbitos, ciencias y letras, ¿cuánta cantidad de realidad puede coger la literatura si se sitúa solo dentro de uno de los ámbitos, las letras, en que esta realidad está medio partida?

Siendo necesariamente esquemático, resumiré la literatura de ciencia-ficción en tres funciones necesarias, considerándola siempre como un género literario, es decir, como una parcela de la literatura que se marca unos determinados hitos dentro del ámbito de la literatura en conjunto:

1. La ciencia-ficción nos tendría que preparar para afrontar los retos de ahora mismo y del futuro, mayoritariamente los que previsiblemente son producto de la tecnociencia humana, al otro extremo de las narraciones primitivas, que explicaban cómo se había comportado la humanidad ante los retos de la historia.

2. Extrapolando los comportamientos humanos, fuera de los condicionamientos históricos, la ciencia-ficción tendría que ayudar a construir este retrato esencial de la humanidad que es tarea de la literatura.

3. Desde la práctica literaria, la ciencia-ficción tendría que ayudar a restituir la unidad que se perdió con la disociación entre el ámbito de las ciencias y el de las letras, tomando los temas y la documentación de los ámbitos afectados por la tecnociencia, especulando sobre su desarrollo.

Me explico.

1. Al principio decía que la literatura nace relacionada con la historia, cuando la humanidad tiene cosas para recordar y para explicar. Pero un cometido de la literatura de ciencia-ficción es, al contrario, especular sobre el presente y el futuro previsible, aportando los elementos de reflexión tecnocientíficos que pueden no estar al alcance del lector corriente, y anticipando reflexiones sobre las consecuencias del progreso tecnocientífico. Y esto le marca dos características que definen el género: a) es una literatura «del cambio», es decir, que si la literatura en general nos explica el mundo tal como es o ha sido, la ciencia-ficción nos plantea que las cosas no serán siempre tal como son; y b) más que buscar mostrar el comportamiento de caracteres individuales excepcionales, como hace la novela de tradición romántica, la reflexión de la ciencia-ficción es sobre la manera como estos cambios afectarán a la humanidad en conjunto. En este sentido, podemos comparar novelas como Frankenstein o las aventuras sobre ciencia de Jules Verne, centradas en la obra de un personaje que se aparta de lo común, con la nueva literatura de Wells, que reflexiona sobre la manera como la sociedad reacciona ante la obra de estos personajes.

2. Si decía al principio que la literatura busca dibujar una biografía mítica, ideal, del ser humano, la ciencia-ficción, al no tener que trabajar con personajes sometidos a los condicionamientos históricos, sociales y tecnológicos actuales, puede desnudar a la naturaleza humana de los aspectos accesorios y profundizar en los elementos esenciales para llegar a establecer este retrato ideal. Puede hacer, aproximadamente como explicaba el profesor Juli Peretó, lo que hacen los que trabajan en la síntesis de vida en el laboratorio ­(Peretó, 2003): «partiendo de seres –células procarióticas– de por si simples y haciendo un ejercicio, teórico y experimental, de mayor simplificación llegando a la lista de genes mínimos para la vida»; «La genómica comparada y los métodos experimentales de mutagénesis han permitido desarrollar el concepto de genoma mínimo. Se trata, en definitiva, de determinar cuántos y qué genes constituyen el repertorio mínimo para la vida.»

Es decir, sacar a la célula los genes digamos accidentales, para quedarse con los esenciales y, a continuación, está claro, «recoger toda la información posible para sintetizar un genoma mínimo y después introducirlo en una célula sin ADN, pero dotada de todos los componentes necesarios para expresar este genoma sintético. Esta estrategia a la Frankenstein puede permitir corroborar que la lista de genes y las secuencias reguladoras, requeridas para su correcta expresión y deducidas previamente, son necesarias y suficientes para apoyar a la vida celular» (Peretó, 2003).

Del mismo modo que los personajes futuristas o extraterrestres arquetípicos de la literatura de ciencia-ficción también deben ser perfectamente vivos, verosímiles y factibles en su contexto. Un camino paralelo, pues, entre ciencia y literatura que debería facilitar el tercer punto:

3. Ayudar a construir esta llamada tercera cultura, que tiene en cuenta en plan de igualdad ciencia y letras, sin olvidar nunca, como decía Rosa Planas, buscar «una forma elevada» e intentar «encontrar la expresión depurada y sublime», porque, no en vano, cuando hablamos de literatura de ciencia-ficción hablamos de literatura.


1 (N. de la T.)_Para esta referencia y la siguiente la obra consultada (Homero, 1995. Ilíada. (Traslación en verso de Fernando Gutiérrez). RBA Editores «Historia de la Literatura», Barcelona.) es diferente a la de la bibliografía del autor del artículo por necesidades del idioma. (Volver al texto)

BIBLIOGRAFÍA
Aristòtil, 2006. Qüestions mecàniques. Revisión del texto griego y traducción de Albert Presas i Puig y Joan Vaqué Jordi. Fundació Bernat Metge. «Escriptors grecs». Barcelona.
Homer, 1997.
La Ilíada. Trad. de Manuel Balasch. Edicions Proa, «A tot vent». Barcelona. 
Planas, R., 2006. Literatura i Holocaust. Lleonard Muntaner, «Temps Obert». Palma.
Peretó, J., 2003.
Què és la vida i com podem fabricar-la. Institut d’Estudis Catalans. Barcelona.

Antoni Munné-Jordà. Escritor especializado en ciencia-ficción (Barcelona).
© Mètode 54, Verano 2007.

  
© Mètode 2011 - 54. La especie mística - Contenido disponible solo en versión digital. Verano 2007

Escritor especializado en ciencia-ficción (Barcelona).

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