Entre la candidez y el cinismo

Comunicar la ciencia en el siglo XXI

La invención social de la ciencia

Año 1558. En Basilea sale a la luz De methodo sive recta investigandarum tradendarumque artium ac scientiarum ratione. El autor era Jacobus Aconcio, jurista, teólogo, filósofo e ingeniero. Aconcio rechazaba el catolicismo y tuvo que refugiarse en Inglaterra; reformista, no encontró acomodo en ninguna religión; pragmático, como ingeniero enfatizó la experiencia y el método analítico. Su obra y vida se rigieron por la tolerancia y la experiencia. Pero, a mediados del siglo XIV, aún era demasiado temprano para una ruptura plena con el aristotelismo. Eso sí, Aconcio puede ser adoptado como predecesor de la revolución científica del siglo siguiente y, tal vez, de la utilización que tendrá el término método.

En 1620, Francis Bacon publica el Novum organum scientiarum, donde expone su método que somete todo al test de la experiencia. En la portada del libro se observan dos columnas plantadas en medio del mar y dos galeones que las han atravesado y se alejan hacia el infinito. Al pie figura la leyenda Multi pertransibunt et augebitur scientia (“Muchos irán más allá y aumentará la ciencia”). Con este grabado, Bacon evocaba e impugnaba el significado del mito griego: en su viaje por el Mediterráneo, Hércules llegó al punto donde sus aguas se juntan con las del Atlántico y encontró dos columnas. Pensando que estaba ante el fin del mundo, grabó en ellas la expresión Non terrae plus ultra. Pues bien, Bacon consideraba que con su método muchos atravesarían esta puerta y harían crecer la ciencia.

«El método científico enseña a sospechar de las opiniones, de los prejuicios y mitos, a innovar, a transgredir, a ir más allá»

Por la misma época (entre 1619 y 1628), Descartes se hallaba escribiendo las Reglas para la dirección del espíritu y en 1637 publicaba el Discurso del método. En la primera obra, la regla iv sostiene que «el método es necesario para la investigación de la verdad» y que consiste en «reglas ciertas y fáciles gracias a las cuales el que las observe exactamente no tomará nunca lo falso por verdadero y llegará, sin gastar inútilmente esfuerzo alguno de la mente, sino siempre aumentando gradualmente la ciencia, al verdadero conocimiento de todo aquello de que sea capaz».

Ciencia y método, desde entonces, son dos palabras intrínsecamente unidas. ¿Por qué decimos que el siglo XVII fue el de la revolución científica? ¿Qué hubo de nuevo? ¿No existía antes conocimiento cierto y evidente de nada? Dicha revolución se concretó en dos fenómenos: la invención social de la ciencia mediante el método y la progresiva conversión de esta en la forma cultural dominante.

La ciencia es el método

Se puede hablar de ciencia en un doble sentido. De un lado, como un stock o conjunto de conocimientos contrastados, presuntamente ciertos, que no deja de aumentar. Esta concepción se plasma en la creación de galerías, palacios y museos de la ciencia, en tanto que almacenes y santuarios donde se hallan objetos dignos de admiración y adoración. Pero también se puede tomar la ciencia como un flujo o proceso, como un procedimiento sistemático para generar conocimientos nuevos. Eso es el método y este es el gran hallazgo del siglo. La palabra había sido puesta en circulación por Aconcio, pero no había encontrado una definición precisa.

Y ¿en qué consiste el descubrimiento del método? En dudar y observar de forma constante y sistemática para aprender. El método enseña a sospechar de las opiniones, de los prejuicios y mitos, a innovar, a transgredir, a ir más allá. Plus ultra. El gran hallazgo de las sociedades humanas fue «descubrir cómo descubrir». A partir de ese momento, no solamente se podían saber muchas más cosas y que todavía se podría saber más (aumento del stock), sino que se sabía lo más importante de todo: «cómo se puede saber más» (Lamo de Espinosa, 2018, p. 297). El cómo, el camino, el método.

La ciencia es la nueva cultura

Esto es así por dos razones: en primer lugar, porque la ciencia se pone al alcance de todos e impregna todas las actividades humanas; es decir, se democratiza en cierto modo (como dice Descartes, el método hace fácil el descubrimiento). En segundo, sobre todo y más importante, porque genera una forma de «estar en el mundo», de vivir, que ya no consiste en adaptarse al entorno y a la circularidad y rotación de las estaciones, en ser pasivos, sino en ser activos y prospectivos, en construir la sociedad y su futuro y en la pretensión de adaptar el entorno a voluntad. A esa mejora, se la llamará civilización y progreso. El mundo y la sociedad no están totalmente dados, sino que pueden ser resultado de la actividad humana.

En 1620, Francis Bacon publica el Novum organum scientiarum, donde expone su método para someter todo al test de la experiencia. En la portada del libro se observan dos columnas plantadas en medio del mar y dos galeones que las han atravesado y se alejan hacia el infinito. Al pie figura la leyenda Multi pertransibunt et augebitur scientia (“Muchos irán más allá y aumentará la ciencia”). / Houghton Library

El positivismo y la concepción cándida de la ciencia

Las revoluciones y transformaciones de los siglos XVIII, XIX y XX y especialmente la expansión de la sociedad industrial y de consumo, incluido el estado de bienestar, fueron pruebas de fuego de la bondad de la ciencia. Esta visión optimista se extendió en numerosos textos, el primero de los cuales fue sin duda la Nueva Atlantis de Bacon. También se halla próxima a ella un episodio que narra Voltaire en Cándido o el optimismo (1759). En esta novela, Voltaire ridiculizaba hasta el sarcasmo más hiriente la idea filosófica de que el mundo era un lugar perfecto. Su protagonista, Cándido, estaba convencido de que todas las cosas sucedían por algún motivo, porque vivimos en el mejor de los mundos posibles. Voltaire somete a su héroe a un recorrido trepidante por toda clase de desventuras, catástrofes y desdichas, que aprovecha para poner en la picota a los poderes e ideologías de la época. Cándido, después de pasar por las misiones jesuíticas de Perú, va a parar a El Dorado. En ese paraíso todo le maravilla, pero se sorprende especialmente del «palacio de las ciencias, donde vio una galería de dos mil pasos, totalmente llena de instrumentos de matemática y de física».

Las matemáticas y la física proporcionan un conocimiento seguro, desvinculado de la subjetividad y sus prejuicios. Los avances que experimentaron estas ciencias en el siglo XVIII sirvieron a Henri de Saint-Simon y Auguste Comte para defender la extensión de dicho método a las ciencias del hombre y las ciencias sociales. Saint-Simon será un entusiasta apologeta de los científicos y de los industriales. Por su parte, Comte en el Curso de filosofía positiva sostiene que todo saber pasa por tres estadios: teológico, metafísico y científico o positivo, siendo este último el definitivo (resultante de la combinación de razón y observación). Del mismo modo que se estudia empírica y racionalmente la naturaleza, también debe hacerse con el ser humano y la sociedad. Esta concepción subyace en la sociedad tecnocrática y tiene tanto su versión culta como popular. Aunque en determinados círculos, como vamos a ver, entró en crisis en el primer tercio del siglo XX, en realidad estuvo vigente hasta los años sesenta.

Tres siglos después de la invención social de la ciencia, la candidez y el optimismo, el hechizo naturalista o el ideal metódico del fisicalismo se evaporaron. En especial, tras la Primera Guerra Mundial. En este momento, como dirá Edmund Husserl, se hizo evidente que la razón autónoma no podía ser la base sólida para una nueva humanidad: «Esta seguridad grandiosa quedó desenmascarada como pura ingenuidad» (Husserl, 1935/2006).

En su devenir histórico, la ciencia fue desvelando su propia naturaleza paradójica. Esto lo sabemos bien hoy, cuando vivimos inmersos, como dijera Beck, en la sociedad del riesgo, aquella en la que «las amenazas son producidas industrialmente, externalizadas económicamente, legitimadas científicamente y minimizadas políticamente» (Beck, 2002).

Las paradojas de la ciencia

En su conocido artículo La ciencia como vocación, Max Weber llamó la atención sobre las paradojas de la ciencia; Georg Simmel las aplicó a la tecnología y Husserl reiteró la misma problemática («penuria de las paradojas») en la ya citada conferencia de 1935. En nuestro tiempo, ha sido Lamo de Espinosa quien ha tematizado esta cuestión de manera amplia y explícita. Por nuestra parte, intentamos además identificar y diferenciar su estatuto y significado, y ponerles nombre.

Paradoja ontológica. La ciencia consiste en el método, en la duda permanente y sin fin, en la desestabilización incesante de las creencias y prejuicios preexistentes. Históricamente, sirvió como un instrumento de crítica contra el poder sustentado y legitimado en falsos prejuicios e ideologías. Pero, fundada en una lógica autónoma –la búsqueda del saber por el saber–, como todas las esferas sociales («los negocios son los negocios», «el arte por amor al arte»), se mueve en un limbo moral: no una parte de la ciencia, aquella que genera efectos indeseables, sino toda la ciencia. El saber no tiene otra finalidad que satisfacer la curiosidad de saber, por tanto, se investigará todo lo que pueda ser investigado. Alguien irá más allá. Ahora bien, no existe una ciencia de la ciencia y, por tanto, la sociedad no puede ser gobernada por ella. Al respecto, Weber dirá que «todas las ciencias naturales responden a la pregunta sobre qué hemos de hacer si queremos dominar técnicamente la vida. Pero si podemos o debemos dominar técnicamente la vida, y si eso en última instancia tiene sentido, son cuestiones que dichas ciencias dejan en suspenso» (Weber, 1919/2005, p. 40).

Paradoja política. La ciencia no es neutra; lo quiera o no, tiene amo y sirve a muchos amos, por no decir a todos los que ejercen de tales. Según Jürgen Habermas, existe una trama social de intereses que eligen estrategias y determinan objetivos a la investigación. Hay tres tipos de intereses fundamentales: técnicos, comunicativos y emancipatorios. En el mercado capitalista, la ciencia y la técnica sirven para legitimar el dominio, aunque solo sea determinando las prioridades de la investigación, que a su vez determinan qué presente y qué futuro construimos. El futuro está colonizado por los intereses dominantes en el presente.

Paradoja ecológica. La ciencia, cuando se aplica, genera efectos y externalidades imprevisibles, inesperadas y, en ocasiones, indeseables. Hoy somos conscientes de ello. El progreso puede ser regresivo. La ciencia como estrategia para solucionar problemas genera otros problemas y efectos adversos: los aerosoles destruyen la capa de ozono; al liberar la energía nuclear, se generan residuos radioactivos que serán tóxicos durante miles de años; las benzodiacepinas, eliminadas por la orina, contaminan los mares; Cambridge Analytica utiliza nuestros datos para manipulaciones psicológicas y políticas masivas. Como afirma Lamo de Espinosa (2018, p. 331): «Sin ciencia no habríamos tenido calentamiento global; sin ciencia ignoraríamos el mismo calentamiento; sin ciencia seríamos incapaces de controlar y reducir el calentamiento». Y como reza la sociología común, el infierno está empedrado de buenas intenciones.

Si bien el italiano Jacobus Aconcio fue el primero en poner en circulación la palabra método, son Francis Bacon (izquierda) y René Descartes (derecha) los que consolidan esta noción como procedimiento sistemático para generar conocimientos nuevos. Aquel fue el gran hallazgo del siglo: descubrir cómo descubrir. / The Board of Trustees of the Science Museum / Wellcome Collection Gallery

Paradoja social. La celeridad con la que se produce el avance en el conocimiento científico genera un gap constante y dramático entre el descubrimiento de lo que es posible y lo que es deseable. La disparidad entre la velocidad a la que se produce ciencia y tecnología derivada de esta para aplicarla a la vida cotidiana y el ritmo de producción de consenso sociopolítico destruye las seguridades existenciales y las formas de organización social y genera una incertidumbre endémica, con conflictos de difícil resolución. Así está sucediendo en este momento tanto en el mundo de la producción económica y del empleo como en el de la organización democrática y los estados de bienestar. Sabemos que estamos asentados sobre un sistema que desplaza y externaliza los problemas a las generaciones futuras. «Compramos tiempo» (Streek, 2016) porque, en última instancia, somos conscientes de que no sabemos qué hacer con lo que sabemos.

Paradoja moral. El espíritu de la ciencia consiste en una marcha «obsesivo-compulsiva» hacia delante que impregna toda la sociedad, pero ello sucede ignorando las cuestiones éticas. No se trata solamente de saber cómo queremos vivir y cómo podríamos vivir si conociéramos todas las posibilidades de la vida, sino de un saber más radical y específicamente humano: qué debemos hacer. Ciertamente, la respuesta a esta pregunta es complicada porque vivimos en sociedades secularizadas, basadas en el derecho a la libertad cultural y compuestas por individuos que se rigen por el principio de autonomía personal, pero ello no obsta para reconocer que no solamente se trata de una cuestión de conocimiento (que puede aportarlo la ciencia) sino de sabiduría (que es un saber más complejo). Al decir de Husserl, «meras ciencias de hechos hacen meros seres humanos de hechos», pero el problema radica en la significatividad vital de la ciencia, y, como afirma Sloterdijk, «si el saber es poder, no todo saber será bienvenido» (Sloterdijk, 2003, p. 48).

Las resistencias a la ciencia

Quienes se ocupan de la comunicación científica suelen poner mucho énfasis en la teoría del déficit cognitivo, según la cual las resistencias hacia la ciencia en la sociedad se deberían a un problema de desconocimiento o ausencia de alfabetización específica. Ahora bien, tal planteamiento ignora, al menos, cinco fenómenos básicos de las sociedades modernas que cambian la exposición de los individuos a los resultados de la ciencia y, por tanto, sus experiencias y su sentido de estar en el mundo: la escolarización universal (por defectuosa que sea), la presencia generalizada de medios de comunicación y la ocupación de su agenda informativa por noticias sobre avances y descubrimientos (al menos la televisión), la medicalización de la trayectoria vital de los individuos (sistemas de bienestar), la tecnificación de los procesos productivos (mercado) y la impregnación de la vida cotidiana con toda clase de instrumentos derivados de la aplicación del conocimiento científico, especialmente en los últimos diez años. Pero, sobre todo, hace caso omiso de las consecuencias indeseables de la aplicación tecnocientífica en muchos campos, como ya hemos visto.

«La ciencia no es neutra; se quiera o no, tiene amo y sirve a muchos amos, por no decir todos los que ejercen como tales»

A nuestro entender, son más bien las paradojas citadas, basadas en la experiencia multisecular, las que han hecho mella en la confianza sobre la tecnociencia, y han originado una panoplia de posiciones diferentes, hostiles en unos casos y meramente reticentes en otros, que generan representaciones sociales donde prima la ambivalencia. Por supuesto que existe todavía una credulidad ingenua y una apropiación mágica de numerosas aplicaciones tecnocientíficas, pero no son estos los fenómenos más relevantes a la hora de hablar de desconfianzas y resistencias. Como afirmaba Husserl: «La transformación de la valoración pública (de la ciencia) fue inevitable en especial después de la guerra; y tal transformación se ha convertido en la generación joven, como lo sabemos, en un estado de ánimo hostil» (Husserl, 1935/2006).

La percepción social de la ciencia y la técnica

Los estudios sobre percepción social de la ciencia, que en España realiza y publica con regularidad la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), y los análisis de estos que ha venido realizando Cristóbal Torres Albero, permiten extraer unas conclusiones claras: en las preguntas genéricas se muestra una percepción positiva, pues la mayoría de las personas entrevistadas (54,4 %) considera que los beneficios de la ciencia y la tecnología son mayores que los perjuicios. Pero lejos de poder hablar de un consenso general positivo, hay que señalar la existencia de valoraciones ambivalentes, que dependen de variables sociodemográficas, y que se manifiestan de forma diversa ante distintos campos y aplicaciones de la tecnociencia. Así, la clonación, los transgénicos o la energía nuclear suelen suscitar amplios recelos, mientras que otras aplicaciones son mejor valoradas. La mayoría de la población considera que no toda aplicación tecnocientífica es positiva en todas sus facetas, e incluso se llega a considerar que algunas aplicaciones son más perjudiciales que beneficiosas (FECYT, 2017).

De acuerdo con Torres Albero y Lobera (2017a, 2017b), «la evaluación que los individuos realizan de las aplicaciones tecnocientíficas complejas está conectada con esquemas o atajos cognitivos anclados en su ideología política, su religiosidad o su creencia en la capacidad general de la tecnociencia». Existen, por tanto, mediaciones culturales de gran calado que determinan las evaluaciones concretas de determinados grupos o categorías sociales.

«Hay grandes dosis de cinismo en nuestra sociedad y la posverdad no es más que otro de sus nombres»

Las investigaciones de la FECYT permiten identificar una posición reflexiva, derivada de una percepción crítica de los riesgos de determinadas aplicaciones. Quienes se sitúan en esta posición buscan activamente información, la analizan y examinan las credenciales de las fuentes y demandan capacidad de decisión e influencia en la toma de decisiones. No deslegitiman la ciencia en sí, sino la ciencia que se hace y sus usos. Son defensores del principio de precaución y pueden formar parte de movimientos sociales que se oponen a determinadas prácticas al tiempo que solicitan participar en la investigación (por ejemplo, las asociaciones de personas con enfermedades raras).

Esta posición es beneficiosa para la ciencia y para la sociedad, aunque en ocasiones pueda generar retrasos en los avances científicos o incluso cometer errores. Pero entre el déficit cognitivo y la posición reflexiva debe haber muchas otras posiciones intermedias y diversas.

El fracaso de los procesos de modernización de nuestras sociedades, la creciente especialización, complejidad y velocidad de la ciencia y la incertidumbre y perplejidad moral sobre sus aplicaciones, así como la dificultad de gobernanza de las sociedades, han engendrado malestares y descontentos de muy diverso tipo. Dos me parecen de especial interés: el fundamentalista y el cínico.

El primero se refugia en el pasado, rechaza las consecuencias morales de la modernización, porque destruyen sus sistemas de creencias fundamentales, pero no dejará de utilizar sus herramientas y técnicas para imponer su visión del mundo. El segundo es más sofisticado, pero surge también del descontento y adopta una actitud de pragmatismo conformista, que considera legitimado desde una posición de cierta superioridad. Está inmunizado contra la verdad y afirma que esta es relativa, que solo hay versiones que compiten en el mercado, donde opera la ley del más fuerte.

Creo que no hace falta un esfuerzo notable para convencernos de que hay grandes dosis de cinismo en nuestra sociedad y que la posverdad (los fakes) no es más que otro de sus nombres. Las sucesivas versiones, cada cual más inverosímil, de las autoridades de Arabia Saudí sobre el asesinato del periodista Jamal Khashoggi son un buen ejemplo. Conocemos bastante bien la política de Donald Trump y las trampas que le han llevado y le mantienen en el poder; y ¿qué decir de Putin?, ¿o de Jair Bolsonaro?, ¿o de los líderes del Brexit que luego trasladan sus capitales a Mónaco? ¿Y del barullo judicial con las hipotecas?

La ciencia como estrategia para solucionar problemas puede provocar otros problemas y efectos adversos. Por ejemplo, los residuos radioactivos generados por la energía nuclear, o la contaminación de las aguas con sustancias químicas provenientes de medicamentos que humanos y animales evacuamos a través de la orina. El progreso también puede ser regresivo. / Pxhere

El cinismo contemporáneo es muy distinto del quinismo antiguo. Aquel fue una escuela moral, protagonizada por algunos individuos concretos y marginados, que enseñaba a vivir con sencillez, más si cabe, «con lo puesto y sin prejuicios». Aquellos cínicos no respetaban creencias y códigos de conducta, pero tampoco pretendían hablar desde un saber superior. Afirma Peter Sloterdijk que «en el nuevo cinismo está actuando una negatividad madura que apenas proporciona esperanza alguna, a lo sumo un poco de ironía y de compasión» (Sloterdijk, 2003, p. 42).

El nuevo cinismo surge tras la desilusión, tras la derrota de las esperanzas ilustradas. Puede presentarse como un escepticismo realista, pero no deja de ser fatalista. Es una actitud de desconfianza frente a los valores morales de la sociedad y un rechazo al compromiso personal. Es pragmático y conformista; se opone al optimismo y al candor ingenuo. Utilizará todos los beneficios que le proporciona la sociedad, pero no está convencido de que puede mejorar y merece la pena luchar por ello. No es que no haya alcanzado el conocimiento (y, por tanto, necesite alfabetización); al contrario, presume de saber ya todo y ha llegado al convencimiento irrefutable de que todo son intereses y máscaras. El cínico sospecha que el bien público es el escondrijo de los intereses individuales, pero se comporta con indiferencia. Por ello, asume un apoyo implícito al statu quo.

Al hablar así podemos dar a entender que el cinismo es un fenómeno individual, pero, tal como sostiene Sloterdijk:

Hace ya mucho tiempo que al cinismo difuso le pertenecen los puestos clave de la sociedad, en las juntas directivas, en los parlamentos, en los consejos de administración, en la dirección de las empresas, en los lectorados, consultorios, facultades, cancillerías y redacciones. (Sloterdijk, 2003).

El fin de los grandes relatos sobre el devenir de la historia de la humanidad, el incremento de los riesgos y las incertidumbres manufacturadas; el creciente proceso de individualización, donde cada individuo es cargado con la responsabilidad (y la culpa) de su destino; el desprestigio de las instituciones de autoridad; la aceleración del cambio tecnológico y la dificultad de su asimilación en la vida cotidiana (amenazas al trabajo, guerras culturales, etc.); la corrupción masiva; el auge de las desigualdades y las secesiones entre ricos y pobres; la sensación permanente de amenaza por flujos incontrolados de personas, de significados, de productos, etc., pero sobre todo la presencia de liderazgos, democráticamente elegidos, que rompen todos los cánones de la gobernanza global y funcionan mediante una despiadada desvergüenza, están generando nuevos procesos de legitimación y construcción de consenso, basados en la postverdad y el cinismo. Las elites dirigentes han decidido convertir en públicos los juegos de lenguaje que operaban en la vida privada: la mentira sistemática.

En el mercado, el conocimiento se astilla en versiones y triunfa la que dispone de mayor capacidad asertiva, la más vociferante y enredadora. Es una mera cuestión de marketing. Y lo sabemos.

Una museología para el siglo XXI

Con todos los «peros» que se quiera y con todas las paradojas que hemos mostrado, la tecnociencia sigue (y seguirá) siendo la forma cultural dominante o predominante, incluso en sociedades que pueden perder el valor de la democracia; es la urdimbre de la cultura de nuestra época.

Los museos forman (formarán) parte esencial de este sistema de transformación de la ciencia en cultura. Pero ¿cómo lo haremos? Dado que la ciencia y la sociedad cambian, también debe evolucionar la divulgación de la cultura científica. Por supuesto, hemos de incorporar las nuevas tecnologías y la transformación de las mediaciones, la experiencia sensible y pragmática, los talleres pedagógicos, la participación e implicación creativa, la inclusión social, la interdisciplinariedad (quebrar la disyunción entre ciencia y arte o ciencia y cultura), y la coordinación entre actores.

«Ciencia y sociedad no van al mismo ritmo, pero la ciencia no deja de producir sociedad, aunque lo haga de forma imprevisible y perversa»

Todos estos son «tópicos» que uno encuentra en la literatura al uso. Pero, además de lo anteriormente expuesto se derivan algunas consecuencias: en primer lugar, no hay que simplificar la ciencia, ni ignorar las paradojas ni las consecuencias indeseables. Al contrario, hay que asumirlas y mostrarlas. En segundo lugar, no se debe prescindir del contexto social y, por tanto, de los determinantes sociopolíticos de la ciencia. Tampoco hay que desatender a los públicos ni tomarlos como meros consumidores o clientes. No deben olvidarse las implicaciones éticas de la ciencia ni el décalage entre esta y el consenso social, sino situarse en esa encrucijada, en esa brecha, e intervenir. Ciencia y sociedad no van al mismo ritmo, pero la ciencia no deja de producir sociedad, aunque lo haga de forma imprevisible y perversa. Hay que deliberar siempre, porque, como afirmaba Pico della Mirandola en 1486, «nada es más favorable al logro de la verdad que el ejercicio frecuente y continuo de la discusión» (Della Mirandola, 1486/2006, p. 22).

Necesitamos una nueva política de la comunicación de la cultura científica, en que los ciudadanos sean cada vez más capaces de incorporar el conocimiento de la ciencia a la gestión de su vida cotidiana; una política que postule la democratización de la ciencia (ciencia abierta); una política que además de la mejora económica garantice la preeminencia de valores como la solidaridad, la libertad de pensamiento y la democracia; una política que estimule la imaginación social y abra oportunidades para sociedades y modos de vida más justos.

En 1794, l’Abbé Henri Gregoire presentó a la Convención Nacional un informe con una insólita visión positiva del trabajo que proponía la creación de un Conservatoire National des Arts et Métiers. En primer lugar, debía ser capaz de reunir las diversas colecciones existentes de máquinas, de instrumentos y modelos de todas las artes en un local común «donde el sentimiento de belleza o el genio de las artes llamará a quienes las cultivan para iluminar y fomentar su trabajo». Pero el objetivo final de este conservatorio no era de carácter estrictamente museístico, sino promover «la prosperidad física y moral de la República». También estas palabras están vigentes hoy: la tecnociencia es necesaria al servicio de la prosperidad física y moral de la res publica. Deberíamos evitar a toda costa que no se desate el vínculo histórico entre ciencia, democracia y res publica.

REFERENCIAS
Beck, U. (2002). La sociedad del riesgo global. Madrid: Siglo XXI editores.
Della Mirandola, Pico. (2006). Discurso sobre la dignidad del hombre. Medellín: Editorial Pi. (Trabajo publicado originalmente en 1486).
FECYT. (2017). Percepción social de la ciencia y la tecnología 2016. Madrid: FECYT.
Husserl, E. (2006). La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental. Buenos Aires: Prometeo Editorial. (Trabajo publicado originalmente en 1935).
Lamo de Espinosa, E. (2018). Escritos de teoría y estructura sociales. De nuevo sobre la sociedad reflexiva. Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas.
Sloterdijk, P. (2003). Crítica de la razón cínica. Madrid: Ediciones Siruela.
Streek, W. (2016). Comprando tiempo. La crisis pospuesta del capitalismo democrático. Madrid: Katz editores.
Torres Albero, C., & Lobera, J. A. (2017a). El declive de la fe en el progreso. Posmaterialismo, ideología y religiosidad en las representaciones sociales de la tecnociencia. Revista Internacional de Sociología, 75, 3, e069. doi: 10.3989/ris.2017.75.3.16.61
Torres Albero, C., & Lobera, J. A. (2017b). Factores sociales de la oposición a aplicaciones tecnocientíficas controvertidas. En FECYT, Percepción social de la Ciencia y Tecnología en España 2016. Madrid: FECYT.
Weber, M. (2005). La ciència i la política. Valencia: PUV. (Trabajo publicado originalmente en 1919).

© Mètode 2019 - 100. Los retos de la ciencia - Volumen 1 (2019)

Catedrático de Sociología. Vicerrector de Cultura, Igualdad y Planificación de la Universitat de València.

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