Gesta y vida de un insigne botánico

Simón de Rojas Cosme Damián Clemente y Rubio nació el 27 de septiembre de 1777 en el seno de una familia de labradores relativamente acomodada de Titaguas (Valencia). Su abuelo paterno, José Clemente, fue en su tiempo y según palabras del propio Simón “una persona de espíritu emprendedor, viveza, genio, fuerza de reflexión y buen gusto”, que ejerció en su juventud como escribiente en la ciudad de Valencia y fue nombrado en 1731 “Notario Apostólico y Administrador de la Baylía de Alpuente, Aras y Titaguas”. Por esta razón volvió a su pueblo, donde se casó con Teresa Collado, heredera de una notable fortuna que le convirtió en el mayor propietario local, al tiempo que obtenía la escribanía del juzgado de Titaguas, que quedó así en manos de los Clemente durante varias generaciones. Pero aquella gran fortuna quedó muy fragmentada por la “escasa fuerza de reflexión” (en palabras de Simón) de su padre, Joaquín Blas Clemente Collado (1737-1808), quien se casó dos veces y engendró nada menos que dieciséis hijos, de los cules sólo seis lograron sobrepasar la pubertad. Simón de Rojas era hijo de la segunda mujer, Juliana Rubio, y el cuarto en la línea de sucesión, sin ninguna posibilidad de heredar un día la escribanía, que era para el primogénito, Juan de la Cruz.

Como solía ocurrir con los hijos segundones, sus padres pensaron que la mejor solución para Simón sería la carrera eclesiástica, por lo que a la edad de diez años ingresó en el Seminario de Segorbe, diócesis a la que pertenecía Titaguas. Tras estudiar cuatro años de Humanidades, fue enviado a Valencia para hacer los estudios superiores. Allí cursó filosofía con Antonio Galiana y obtuvo el grado de maestro en artes, continuando luego con otras disciplinas propias de la carrera eclesiástica, entre las cuales sus preferidas eran las lenguas, sobre todo la griega y la hebrea, además del latín. Muy pronto empezó a dar muestras de su escasa vocación sacerdotal y a sentirse más atraído por las ciencias de la naturaleza. Dedicaba sus mejores horas a recoger y clasificar plantas y animales, y a llevar a término un interesante catálogo. Eran aquellos años de finales del siglo XVIII cuando Antonio José Cavanilles hacía sus viajes por las tierras de Valencia y publicada las Observaciones sobre el Reyno de Valencia (1795-97), y la ciencia botánica cobraba cada vez más adeptos en los ambientes universitarios.

En el año 1800, ya con 23 años y todavía sin decidir sobre su carrera eclesiástica, Simón de Rojas marchó a Madrid para opositar a las cátedras de Lógica y Ética en el Seminario de Nobles y, aunque no las ganó, se le asignaron varias sustituciones en el Colegio de San Isidro, aprovechando la ocasión para asistir como alumno entre 1800 y 1801 a las clases de árabe, botánica, mineralogía y química. Allí entró en contacto con algunos profesores y alumnos con los que habría de colaborar en obras de gran trascendencia. Entre ellos estaba Casimiro Gómez de Ortega (Añover del Tajo, 1741 – Madrid, 1810), botánico y primer catedrático del Jardín Botánico de Madrid, que fue instalado bajo su dirección en el Paseo del Prado y en el que Clemente habría de trabajar durante muchos años. Otro gran amigo, esta vez condiscípulo, fue Mariano Lagasca (Encinacorba, 1776 – Barcelona, 1839), con quien Clemente empezó a colaborar ya en 1801, publicando en agosto de 1802 una Introducción a la Criptogamia española, inserta en el tomo V de los Anales de Ciencias Naturales. Aquel mismo año de 1802, Clemente fue nombrado profesor de la cátedra de árabe, en sustitución de su titular Miguel García, que estaba enfermo. Allí conoció entonces al catalán Domingo Badía Leblich, gran amante también de la lengua árabe y de las ciencias naturales, pero diez años mayor que Clemente, a quien logró convencer para tomar parte en un aventurado proyecto científico (luego resultó ser de espionaje) en el norte de África. Tal proyecto había sido aprobado por el Gobierno en abril de 1801 y suponía una estancia previa en los jardines botánicos de París y Londres, lo que sin duda sirvió de acicate a Clemente, quien, desoyendo en esta ocasión los consejos de Lagasca, Gómez de Ortega y otros profesores y compañeros, aceptó el reto y dejó en mayo de 1802 su puesto como profesor, iniciando con Badía el viaje previo por Francia e Inglaterra, países en donde coleccionaron nueve tomos de herbarios que remitieron al Jardín Botánico de Madrid. Estando en Londres, Domingo Badía se practicó la circuncisión, acto que casi le cuesta la vida, y ambos se disfrazaron de árabes y tomaron los nombres de Ali-Bey Abdalak (Badía) y Mohamad Ben-Alí (Clemente), antes de embarcarse con destino a Cádiz, desde donde pensaban saltar luego hasta Marruecos. En Cádiz lograron hacerse pasar por árabes, incluso entre los marroquíes que allí vivían.

De repente y casi sin aviso, Domingo Badía partió en solitario a Tánger (29 de junio de 1803) con la promesa de llamar luego a Clemente, cosa que nunca habría de suceder. En su último contacto por carta (13 de julio de 1803) Ali-Bey decía adiós definitivamente a su “amado Clemente” y le comunicaba que veía imposible su compañía por tierras de África. Queda la duda de si Badía no quiso comprometer a su amigo en una misión que, quizá desde sus orígenes, nada tenía de científica, y de si Clemente llegó a saber alguna vez, antes de la ruptura de relaciones, que se trataba en realidad de una misión de espionaje encargada por Godoy. En todo caso, algo debía sospechar cuando en su carta de respuesta a Ali-Bey, Clemente (todavía Mohamad Ben Alí) prometía guardar “un sigilo más que sacramental”.

Su sacrificio y su silencio fueron recompensados por Godoy con una asignación de 1.500 reales mensuales durante cuatro años y el encargo de hacer un estudio sobre las producciones y la historia natural del Reino de Granada (algo parecido a lo que Cavanilles había hecho en Valencia) con total independencia de cualquier otra autoridad académica y administrativa. Aquella circunstancia permitió a Clemente dedicarse en exclusiva a un trabajo que le apasionaba. Durante casi dos años (en 1805 fue llamado a Madrid para hacerse cargo de la Biblioteca del Jardín Botánico) recorrió todos los rincones del antiguo reino de Granada y de la zona de Jerez y Sanlúcar, donde residía, recogiendo muestras de plantas silvestres y cultivadas, observando las prácticas de cultivo, la naturaleza del suelo, los distintos microclimas y, lo que era más importante, la adecuación de cada planta o cultivo al medio natural, así como su mayor productividad con vistas a una agricultura científica. La mayor parte de aquellos trabajos (textos, colecciones de plantas, etc.) fueron depositados en el Jardín Botánico de Madrid, donde permanecen inéditos. Otra parte sería publicada en el Ensayo sobre las variedades de la vid común que vegetan en Andalucía y en varios artículos aparecidos entre 1806 y 1807 en el Semanario de Agricultura y Artes.

Su estancia en Andalucía le permitió conocer a tres agrónomos de prestigio como eran Esteban y Claudio Boutelou y Francisco Terán, director del Jardín Experimental de Sanlúcar de Barrameda, quienes le animaron a aplicar sus grandes conocimientos en botánica y criptogamia a una nueva disciplina poco desarrollada hasta entonces en España como era la ampelografía, materia en la que Clemente habría de convertirse en la máxima autoridad europea gracias a su ya citado Ensayo sobre las variedades de la vid, obra publicada primero en forma de artículos en el Semanario de Agricultura que dirigía Francisco Antonio Zea, y luego en forma de libro en 1807, el mismo año en que de nuevo tuvo que volver a Sanlúcar para hacerse cargo de la dirección de su Jardín Experimental, que Clemente revitalizó con un gran proyecto: la creación de un campo de experimentación en donde habrían de ser reunidas todas las variedades de vid de España, al estilo del que había propuesto Chaptal en Francia cuando era ministro de Interior. Eran aquellos los mejores momentos de un joven Clemente, quien con sólo treinta años, gozaba de gran prestigio internacional y era muy respetado en los ambientes científicos y políticos de España. Su discurso de toma de posesión en Sanlúcar, aunque nunca publicado, fue muy comentado, por su actitud crítica frente a la ciencia pura desligada de la actividad económica, defendiendo en contrapartida la aplicación práctica a la agricultura de los estudios de fisiología vegetal, meteorología, química y geología. En esencia, ésta era la opción que él mismo había desarrollado a la hora de escribir su célebre Ensayo y que luego habría de transmitir en otros estudios sobre cereales y en las adiciones a la Agricultura general de Herrera.

Desgraciadamente, sus grandes proyectos con el Campo de Experiencias de Sanlúcar se vinieron abajo en 1808, primero con la caída en desgracia de su “protector” Godoy (motín de Aranjuez de marzo) y luego con la invasión de España por parte de las tropas de Napoleón a comienzos del mes de mayo. Su actitud ante el nuevo régimen afrancesado debió de ser ambigua o confusa, como opina Emili Giralt: de una parte su talante liberal le hacía simpático al gobierno de José I, en el que tenía muchos amigos, pero al mismo tiempo no quería pasar por colaboracionista. Su amigo Mariano Lagasca, director del Jardín Botánico de Madrid desde 1807, rechazó los cargos que Bonaparte le ofreció en el nuevo gobierno y se alistó en el ejército español como médico. Clemente se movió libremente por Andalucía y Madrid sin ser molestado por los franceses, pero en 1812 decidió refugiarse en su pueblo natal, Titaguas, en donde algunos dicen que llegó incluso a formar una partida de guerrilleros contra los franceses, aunque la verdad parece ser otra. Como escribió su primer apasionado biógrafo, Miguel Colmeiro, quien utilizó información de primera mano, durante su estancia en Titaguas el sabio Clemente se dedicó a tareas científicas y humanitarias: reunió datos para escribir la historia civil, natural y eclesiástica de Titaguas; hizo un plano topográfico del término; escribió la genealogía de los apellidos locales; propuso nuevos nombres para las calles adaptándolos al saber popular (calle de la Tajadera, del Lobero, del Colmenero…); enseñó a los niños y adultos a clasificar las diferentes especies de pájaros y plantas; fomentó las actividades culturales creando una compañía de teatro en la que él mismo hizo papeles de protagonista, como en El médico a palos y en El alcalde de Zalamea.

Finalizada la guerra, en 1814 volvió a ser reclamado desde la Diputación Provincial de Cádiz para formar un plano topográfico y estadístico de aquella provincia, pero otra oferta más razonable y segura desde el punto de vista económico le llevó de nuevo a ocupar su plaza de bibliotecario en el Jardín Botánico de Madrid, a cuyo frente volvía a estar su amigo Mariano Lagasca. Entre ambos llevaron a término varias tareas, como fue la catalogación de las valiosas colecciones de plantas americanas formadas por José Celestino Mutis en Bogotá, que fueron remitidas a Madrid en 1817, aunque su obra más célebre fue la edición por encargo de la Sociedad Económica Matritense de la Agricultura general de Alonso de Herrera, con el objetivo de recuperar la versión original de 1513 (varias ediciones posteriores en 1643, 1677 y así hasta 27, la habían desvirtuado con añadidos sin valor) y actualizarla con adiciones de mayor rigor científico y actualidad que fueron encargadas a los propios Lagasca y Clemente y a otro selecto grupo de especialistas, entre los que estaban Antonio Sandalio de Arias, Claudio Boutelou, Francisco de Paula Martí, etc.

La colaboración de Clemente fue sin duda la más importante y valiosa, ya que redactó el prólogo, las adiciones a las castas de trigo, al cultivo del algodón y, sobre todo, a las variedades y cultivo de la vid, la vinificación, los principales vinos de España, etc. Mientras hacía todas estas cosas, aún tuvo tiempo para estudiar la carrera de farmacia.

Tras el pronunciamiento de Riego en 1820 y el restablecimiento de la Constitución Gaditana, aquel grupo de intelectuales liberales fueron invitados a participar en la vida política. Clemente fue propuesto para encabezar la lista de doce diputados que correspondían al antiguo reino de Valencia, cosa que aceptó, pasando luego a formar parte de las comisiones de Agricultura, de Salud y de Instrucción Pública. Sin embargo la política no era algo que atrajera al insigne titagüense, quien sólo intervino un vez en el Parlamento para defender la creación de una granja experimental de agricultura en su querido Sanlúcar de Barrameda. Sintiéndose enfermo de la fiebre amarilla contraída años atrás, Simón de Rojas Clemente solicitó licencia para restablecerse de su quebrantada salud y en septiembre de 1821 se marchó a Titaguas, donde habría de pasar los siguientes cinco años.

Durante su última y larga estancia en el pueblo natal, Clemente habilitó la vivienda que hoy lleva su nombre en la calle del Mesón y volvió a retomar la recopilación de datos para su Historia natural de Titaguas, incorporando ahora estudios de gran valor sobre la economía local, el comercio, el transporte fluvial de madera, las variantes dialectales, etc. Al mismo tiempo continuó sus estudios sobre la naturaleza, tomó notas de temperaturas y precipitaciones en diferentes puntos del término, cultivó plantas en un pequeño huerto cual si fuera un jardín botánico y llenó su casa de colecciones de plantas, insectos y animales disecados, formando así una especie de museo de ciencias naturales presidido por una efigie de Santa Teresa de Jesús, por la que Simón de Rojas sentía gran devoción. También amplió su campo de inquietudes al estudio de las abejas, para lo cual dispuso una colmena dentro de su casa con unos agujeros en la pared para que las abejas pudieran entrar y salir al campo. De aquellas observaciones dejó muchas notas en los márgenes de un ejemplar de la Agricultura general de Alonso de Herrera, que heredó su sobrino, y en varias cuartillas que acabaron en manos de la familia de Antonio Sandalio de Arias, a quien durante un tiempo se atribuyó erróneamente su autoría.

    Prematuramente envejecido debido a la fiebre amarilla y a una oftalmía cada vez más acusada, Clemente tuvo que volver de nuevo a Madrid en 1826 a requerimiento del Gobierno para ordenar y concluir algunos de sus muchos trabajos inacabados y todavía sin publicar. El riguroso invierno de 1826-1827 minó la salud de aquel hombre sabio que murió en una casa sin número de la calle del León de Madrid el 27 de febrero de 1827, cuando todavía no había cumplido los cincuenta años.

Juan Piqueras. Departamento de Geografía, Universitat de València.
© Mètode 34, Verano 2002.

 

Simón de Rojas Cosme Damián Clemente y Rubio.

 

«Estando en Londres, Domingo Badía se practicó una circuncisión, acto que casi le cuesta, y ambos se disfrazaron de árabes y tomaron los nombres de Ali-Bey Abdalak (Badía) y Mohamad Ben-Alí (Clemente), antes de embarcarse a Cádiz, desde donde pensaban saltar luego hasta Marruecos»

 

Durante casi dos años recorrió todos los rincones del antiguo reino de Granada y de la zona de Jerez y Sanlúcar, donde residía, recogiendo muestras de plantas silvestres y cultivadas, observando las prácticas de cultivo, la naturaleza del suelo, los distintos microclimas y, algo más importante, la adecuación de cada planta o cultivo al medio natural. Fruto de este trabajo sería el Ensayo sobre las variedades de la viña común que vegetan en Andalucía.

 

«Su actitud ante el nuevo régimen afrancesado debió de ser ambigua o confusa: de una parte su talante liberal la hacía simpático al gobierno de José I, en el que tanía muchos amigos, pero al mismo tiempo no quería pasar por colaboracionista»

 

 

En Titaguas (en la foto) el sabio Clemente se dedicó a tareas científicas y humanitarias: reunió datos para escribir la historia civil, natural y eclesiástica de Titaguas; hizo un plano topográfico del término; escribió la genealogía de los apellidos locales; propuso nuevos nombres para las calles adaptándolos al saber popular (calle de la Tajadera, del Lobero, del Colmenero…); enseñó a los niños y adultos a clasificar las diferentes especies de pájaros y plantas…

© Mètode 2013 - 34. Cambio global - Disponible sólo en versión digital. Verano 2002

Departamento de Geografía, Universitat de València.

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