Una reflexión sobre la melancolía del hombre de ciencia

Grabado de Dürer, Melencolía I, (1514).

Son melancólicos los prisioneros del mundo de los fenómenos. Una lectura reciente sobre la melancolía me ha ayudado a identificar algo probablemente olvidado en la ciencia de nuestro tiempo: el carácter melancólico del hombre de ciencia. Aún no sé si afirmar que se llega a la ciencia por melancolía o que la visión que nos otorga la ciencia sobre la realidad inyecta melancolía. La melancolía es un estado del ánimo y, en general, se admite que no se llega a tal estado en respuesta a un problema particular. El individuo deviene melancólico cuando su incapacidad para entender o darle sentido a su existencia se convierte en algo omnipresente. La pregunta que formulo, cuya respuesta afecta al individuo particular que hace ciencia, es en qué medida el conocimiento que ella le suministra le proporciona claves para comprender o dar sentido a la realidad y a su existencia. El perfil del hombre de ciencia, como el del artista, ha ido cambiando desde sus albores, aunque también cabe la precisión de que se ha desvirtuado de forma significativa, por razones que pueden hacerse explícitas, y que podríamos englobar bajo la denominación de “ciencia positiva”. La ciencia es un método de conocimiento de la realidad. Una intuición que puede sobrevenir de su aplicación sistemática es la de una realidad eternamente inasible, no aprehendida en su totalidad. El método de la ciencia se concreta, además, en una práctica individual. ¿Cómo responde el científico a la intuición a la que llega tarde o temprano sobre el carácter inaprensible de la realidad? Aunque oculta, o pretendidamente ocultada, existe una irrenunciable ligazón entre ciencia y reflexión existencial y, por lo tanto, entre el científico y la búsqueda del sentido de la existencia. Por otro lado se viene diciendo que la reflexión existencial es cosa de otros, los humanistas, circunscribiéndola a un ámbito donde la ciencia no participa o no debe participar. A ello contribuye, por cierto, la historia reciente de la ciencia, con sus espectaculares logros positivos, que propicia una imagen limitada del científico, o cuanto menos, alejada de su significado original.

Dentro de la propia comunidad científica se ha creado el mito de la independencia que debe existir entre los logros del conocimiento científico y las grandes preguntas en torno a la existencia. Sorprende aún más tal desvinculación de la reflexión existencial cuando, por el contrario, es habitual en cualquier otra actividad relacionada con el pensamiento o la imaginación pensar, con mayor o menor inquietud, sobre el significado de la existencia. Los primeros balbuceos de la ciencia con Galileo pretendían conocer la realidad con la garantía que proporcionan la racionalidad y objetividad del método que, por entonces, empezaba a ponerse en marcha. No obstante, la creciente profesionalización de la práctica científica, vista como un procedimiento solvente encaminado a la resolución sistemática de problemas, ha podido deslucir ese objetivo original de aproximación al conocimiento de la realidad.

El hombre está permanentemente enclavado en la móvil frontera que separa las regiones del conocimiento y del desconocimiento. Pues bien, la ciencia contribuye, más fácilmente que cualquier otra actividad, a emplazarlo en tal frontera, agudizando dilemas e incertidumbres. Lo que tenemos enfrente es un océano de desconocimiento. Nada más próximo que la ciencia, con su método, para plantearnos la incertidumbre de lo que no conocemos o lo que no podemos explicar. Puesta en toda su dimensión explicativa, la ciencia es una forma limitada, aunque sin límite reconocible, de conocimiento de la realidad en su conjunto.

«Existe una irrenunciable ligazón entre ciencia y reflexión existencial y, por lo tanto, entre el científico y la búsqueda del sentido de la existencia»

El empirismo subyacente en la ciencia actual, su reciente tradición antimetafísica, así como sus espectaculares logros, llevan al científico a un cierto grado de despersonalización. Puede argumentarse que, aun aceptando la limitación del alcance de la ciencia en el ámbito de lo estrictamente personal, también podemos sentirnos satisfechos con el conocimiento adquirido y las mejoras derivadas de su aplicación. Pero tal tesis no deja de ser una tesis de resignación, pues quien la sostiene no puede quedar totalmente satisfecho con ella, al menos de puertas adentro. Habría que reivindicar una ciencia mas personalizada, que nos lleve, junto al extraordinario edificio que con ella se ha construido, a ese terreno tan natural para otras formas de pensamiento constituido por la reflexión existencial.

Probablemente tal reivindicación, y su implementación efectiva, acerque esas dos culturas, otrora juntas, que viven en la mayor de las ignorancias una respecto de la otra. Cuando se organizan foros de encuentro, la percepción que uno tiene es que los contertulios argumentan desde la autoridad que la historia de sus campos les ha otorgado, si es que eso puede llamarse argumentar, pero ciertamente sin superar el abismo. ¿Por qué pueden entenderse e intercambiar experiencias un escritor y un músico, con dos lenguajes diferentes, y ello ser tan difícil cuando el segundo interlocutor es un científico? Sólo veo una solución, que por otra parte nos devuelve a sus orígenes, y que supone un mayor esfuerzo por parte de la hermana mayor del conocimiento en nuestros días, la ciencia, algo así como un lance de generosidad intelectual hacia otras formas de conocimiento. La clave del acercamiento estaría en la individualización de la ciencia. Partiendo de su positiva totalidad, declaradamente despersonalizada, continuaríamos con la reflexión que tal conocimiento nos suscita personalmente. Ese ejercicio nos acerca al resto, entre otras muchas cosas.

 

© Mètode 2002 - 36. Paisajes del olvido - Disponible solo en versión digital. Invierno 2002/03

Catedrático de Genética, Universitat de València.

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