El espino blanco y el oráculo de Agamenón

Etnobotánica de ‘Crataegus monogyna’ Jacq.

A orillas de torrentes y arroyos, en las fronteras frescas y soleadas de los bosques o en los límites de los campos de cultivo dominan los setos espinosos. Unos eficaces disuasores del paso de los humanos y de los herbívoros domesticados, que no pueden atravesarlos impunemente sin dejarse en ellos jirones de ropa o de piel. Rosáceas como el endrino (Prunus spinosa), la zarza (Rubus ulmifolius)1 o los rosales silvestres (Rosa sp.) imponen la ley, acompañados del majuelo o espino blanco Crataegus monogyna Jacq., un arbolillo capaz de ocupar también, solitario y orgulloso, montes potencialmente boscosos.

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© Valentín Rodríguez

El espino blanco es una planta vigorosa que ha servido de patrón a otros frutales: acerolos (Crataegus azarolus), perales (Pyrus sp.) y ciruelos (Prunus sp.) injertados sobre el espino blanco beben la savia vivificante del tronco sobre el que crecen y se reencarnan cada verano en nuevos y agradables frutos; incluso la Encyclopédie (1757) se hace eco de ello al afirmar que el nisperero (Mespilus germanica) injertado en un espino blanco «donne des nèfles en plus grande quantité et de meilleur goût».

La longevidad del espino blanco es tan notable que en Normandía sirve para delimitar los vértices de las propiedades rurales. Una resistencia cantada por el «príncipe de los poetas» en la Francia del Renacimiento, Pierre de Ronsard (1524-1585), en la oda Le bel aubépin.

¡Vive, gentil espino blanco!
Vive sin fin,
vive sin que nunca el trueno,
el hacha, los vientos
o el tiempo
te puedan derribar.²

«Los setos espinosos son unos eficaces disuasores del paso de los humanos y de los herbívoros domesticados, que no pueden atravesarlos impunemente sin dejarse en ellos jirones de ropa o de piel»

No es de extrañar que los helenófilos romanos adoptaran la palabra griega krataios(κραταιός: «fuerza», «vigor») para denominar este árbol; un nombre que más tarde aprovecharía el padre de la taxonomía, el sueco Carl von Linné (1707-1778), para designar Crataegus, no solo la especie sino todo el género.3

La madera, dura y resistente, ha sido muy apreciada en tornería para hacer instrumentos de todo tipo, desde husos para hilar hasta estacas para matar a los legendarios vampiros en Serbia y en Croacia. Y como leña da buen fuego y mejor carbón; desde muy antiguo se tuvo que regular la tala de estos árboles con leyes como la irlandesa Aithig fedo o «madera comunitaria» (Mac Coitir, 2003).

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El espino blanco es una planta tan longeva que el aubépine de Saint Mares sur la Futaie, en la región del Pay de la Loire, de unos mil quinientos años, se considera el árbol más viejo de Francia y uno de los más antiguos de Europa. / © Mètode

La riqueza en espinas fuertes4 y lacerantes ha originado fitónimos con el significado de “valla espinosa”,5 como el inglés hawthorn, los neerlandeses haagdoorn y hagedoorn, y el noruego hagtorn. Y lo mismo se expresa en una lengua tan alejada como el euskera, donde recibe el nombre de arantzazu, “seto de espinos / espinas”. 6

Las espinas, inicialmente suaves, verdes y guarnecidas de pequeñas y efímeras hojas, se hacen tan fuertes que en Rusia los carpinteros las empleaban como clavos. Son temidas por el dolor que provocan al mismo tiempo que se ha considerado que hacen dormir, como recoge el fitónimo islandés svefnthorn (“espino del sueño”). Esa capacidad somnífera figura en leyendas como la Völsungasaga (Saga de los volsungos), donde el héroe Sigurd (Sigfrido) duerme con una espina de este árbol a la bella pero arisca Brynhildr (Brunilda); y en cuentos como La bella durmiente del bosque, la cual se duerme –tanto en la versión francesa de Perrault (La belle au bois dorment) como en la alemana de los hermanos Grimm (Dornröschen)– al pincharse con el huso de hilar, típico instrumento fabricado con esta madera.

Los setos, entre el mundo de los hombres (casas, cultivos, caminos) y el nemoroso de los dioses (bosques), facilitan la aparición de madonas o similares: en la antigua Roma la ninfa Carna –venerada en las colinas que rodeaban la primitiva urbe– llevaba como atributo una rama de espino blanco. Muchas órdenes religiosas, al colonizar espacios ocupados por los setos, acabaron adaptando el nombre a los monasterios, como el cisterciense Santa María de la Santa Espina, en el valle del río Bajoz (Valladolid).

LLos setos de espino blanco son ideales para que a su sombra «cada pastor explique su historia»,7 junto a ellos se ponen asientos para que «hablen ancianos y se mezan los amantes».8Pero también para que «los jóvenes amantes exhalen tiernas palabras» (Burns)9 y se acaricien incluso más allá de la muerte, como evoca el romance castellano del Conde Niño10 al referirse a las tumbas de los amantes:

De ella nació una rosa
de él un espino albar
crece el uno, crece el otro
los dos se van a juntar.

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Las flores del espino blanco se utilizan para preparar tisanas como tónico cardíaco y para combatir el insomnio. El flavonoide quercetina, un antioxidante presente en las flores, es el responsable de estas propiedades. / © E. Laguna

«A pesar de que todo el mundo coincide en la belleza de las flores, por lo que respecta al aroma las opiniones son discrepantes: mientras que para unos el espinoproduce una peste repulsiva, para otros resulta agradable»

Al despedirse el invierno, las ramas del espino blanco se llenan de hojas de base estrecha y limbo dividido en lóbulos redondeados más largos que anchos. Como escribió el médico renacentista Andrés Laguna (1499-1559),11 «son de tal manera cortadas que en su extremo se parecen a las del apio». I s’han considerat galactogèniques, com llegim en el Codex Zabálburu (s. xiv): «para faser venir leche ala muger toma las fojas del espino albar i cuese las con qual quier leche i da lo ala muger i avra abondo».

Lee el artículo completo en: La cara del dolor. Ciencia y ética de un síntoma universal. Mètode, 71. Otoño 2011.

Notas
1. Véase el artículo «Barroc esbarzer» (Mètode 55, otoño de 2007). (Volver al texot)
2. «Or vis, gentil aubépin,/ Vis sans fin,/ Vis sans que jamais tonnerre,/ Ou la cognée, ou les vents,/ Ou les temps/ Te puissent ruer par terre.» (Volver al texto)
3. El género Crataegus, con unas 1.250 especies, ocupa fundamentalmente zonas templadas y subtropicales del hemisferio norte. (Volver al texto)
4. Mientras que las espinas son ramas afiladas, los aguijones son formaciones epidérmicas que saltan fácilmente por presión lateral; a pesar de eso, se han utilizado como sinónimos, como recogen algunos fitónimos valencianos y mallorquines quizá derivados de aguller: garguller, engarguller, garbuller, garaüller, graüller, agraüller, garganyer... (Volver al texto)
5. Del primitivo germánico Hecke, “valla”, “seto”, han derivado el inglés hedge, el alemán Hag, los neerlandeses haag y hage, y el noruego hag; y seguidos del sustantivo “espina”: thorn (inglés), Dorn (alemán), doorn (neerlandés) o torn (noruego). (Volver al texto)
6. A partir del sustantivo arantza, “espino/espina” + sufijo abundancial zu; étimo quizá relacionado con el mozárabe arça, “seto”, antecesor de uno de nuestros fitónimos, espino blanco (véase «Barroc esbarzer», del mismo autor, en Mètode nº 55, otoño de 2007, pág. 57). (Volver al texto)
7. «Every shephered tells his tale/under the hawthorn in the dale», del poema melancólico Il Penseroso (1645), de John Milton. (Volver al texto)
8. «The Hawthorn bush, with seats beneath the shade, Foro talking age oro whispering lovers made», del poema pastoral The deserted village (“La aldea abandonada”), del angloirlandés Oliver Goldsmith (1730-1774). (Volver al texto)
9. «Tis when a youthful, loving, modest pair/ In other’s arms, breathe out the tender tale», en The Cotter’s Saturday night, del poeta nacional escocés Robert Burns (1759-1796).  (Volver al texto)
10.Anónimo, del siglo xv-xvi. Habla de los amores entre el hijo de un conde y la hija de la reina. Como esta rechazaba la unión, mandó matar al joven, y la princesa murió de tristeza. Sin embargo, enterrados, el amor era más fuerte que la muerte y perduró en el seto entrelazado de rosal silvestre y espino blanco. Hay una versión musicada, cantada por el valenciano Paco Ibáñez (1934-). (Volver al texto)
11. Traductor al castellano del libro sobre plantas medicinales De materia medica, del médico, farmacólogo y botánico griego del siglo i dC Dioscórides Pedáneo. (Volver al texto)

© Mètode 2011 - 71. La cara del dolor - Número 71. Otoño 2011

Catedrático de secundaria de Ciencias de la Naturaleza.
IES Badia del Baver (Alicante)