Médicos, cirujanos, barberos y boticarios

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La documentación conservada en los ricos archivos de los antiguos territorios de la Corona de Aragón nos permite hacer una intensa aproximación a los practicantes de la medicina de la Baja Edad Media. El estudio prosopográfico posibilita entrever con bastante nitidez un mosaico de personajes y situaciones diversas con relación a la asistencia médica y el progreso social alcanzado gracias al ejercicio de esta antigua profesión. A partir de esta información, podemos seleccionar algunos casos, en absoluto excepcionales, con los que lograremos adentrarnos en un fascinante mundo de ciencia y medicina de base galenista, aún poco conocido por los historiadores generales y el público lector. En este caso, situaremos nuestro microscopio sobre la ciudad de Valencia, pionera en legislación y prácticas médicas desarrolladas en el Occidente europeo desde el siglo XIII y que ponen de manifiesto esta nueva forma de entender la salud y la enfermedad, dentro un contexto de clara medicalización social.

Durante la Baja Edad Media, apenas existió cobertura asistencial organizada, si exceptuamos las ayudas económicas que podían proporcionar las cofradías y corporaciones de oficios a los artesanos enfermos que allí se habían inscrito, o bien alguna ayuda para enfermos, ancianos y niños ofrecida esporádicamente por los consejos municipales, directamente o a través de las instituciones hospitalarias. Con todo, hay que recordar que los municipios valencianos se preocuparon cada vez más de garantizar una asistencia médica a sus vecinos por medio de la contratación de un médico, físico o cirujano, de prestigio.

La asistencia médica solía iniciarse, e incluso limitarse en muchos casos, en las atenciones que las mujeres podían dispensar en el ámbito doméstico con aquellos conocimientos que empíricamente habían aprendido y transmitido durante generaciones. El médico y escritor valenciano Jaume Roig, criticó con saña la obstinación de las mujeres, a las que acusaba de prescindir del médico y reconfortar a sus maridos con todo tipo de remedios –una mezcla de supersticiones extraídas de la folk-medicina: amuletos, conjuraciones, herboristería, etc.– obtenidos de una cultura popular de transmisión oral femenina, que acababan en ocasiones trágicamente y era, por lo tanto, su negligencia la que dejaba al médico libre de toda culpa. Pero hay que entender que la enfermedad era un trastorno en la vida de las personas, ya que obligaba a abandonar el trabajo, con la consiguiente pérdida económica, y a hacer frente a gastos extraordinarios derivados de los honorarios de los médicos, así como del cambio de dieta y de las medicinas consumidas. Un gasto demasiado oneroso para mucha gente.

 

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Ilustración procedente de la Chirurgia de Roger de Salerno. Jesucristo como médico ofrece curación espiritual a través del sacrificio en la cruz, mientras un cirujano examina a sus pacientes heridos antes de aplicarles tratamiento.
Hagan clic en la imagen para verla con más detalle.

«La enfermedad era un trastorno en la vida de las personas, ya que obligaba a abandonar el trabajo, con la consiguiente pérdida económica, y a hacer frente a gastos extraordinarios demasiado onerosos para mucha gente»

    Algunas de estas mujeres consiguieron fama como curanderas o también «médicas», lo que propiciaba que muchos valencianos de toda condición recorrieran a ellas. Algunas cobraban dinero, la mayoría cantidades poco significativas y otras simplemente curaban por administrar sus conocimientos y su «gracia» para bien de las personas. Algunas eran cristianas y utilizaban también oraciones canónicas para sanar a sus enfermos: hombres, mujeres, niños, ancianos e incluso animales. Pero no era extraño encontrar, asimismo, mujeres musulmanas y judías sanando indistintamente individuos que no fueran de su religión. Alfonso el Benigno prohibió en los fueros de 1329 que las mujeres pudieran suministrar brebajes, si bien consintió que atendieran a recién nacidos y a otras mujeres. Algunas eran denunciadas y tenían que pagar multas ante la justicia, otras hacían su trabajo sin demasiados problemas, asistiendo incluso a los monarcas. Hay que recordar, sin embargo, que parteras, comadres o matronas realizaban, generalmente sin ninguna participación masculina, todas las actividades médicas relativas a la ginecología, la obstetricia y la atención a parturientas y recién nacidos.

UN médico para el rey: Pere Ros d’Ursins

A principios del siglo XIV nacía Pere Ros d’Ursins, descendiente de una familia de caballeros romanos asentados en Valencia después de la conquista de Jaime I. No conocemos el nombre de sus padres, pero sabemos que tuvo una hermana llamada Margarida y un hermano llamado Bartomeu, de oficio boticario. Ambos mantuvieron una estrecha colaboración en varios asuntos privados y actuaron como procuradores uno del otro, prestándose dinero y, ya al final, siendo Bartomeu el albacea del testamento de Pere. Otros miembros de la familia tuvieron cierta relevancia social, como seria el caso del notario Jaume Ros.

Ros d’Ursins estuvo estrechamente vinculado a la parroquia de San Martín. En 1367, apenas medio año antes de la muerte del ilustre médico, el rey le autorizó a fundar una capilla dedicada a Santa Ana y las once mil vírgenes, en beneficio de su alma y la de sus parientes. También fue autorizado a gravar una pensión para la creación de un beneficio y la celebración de misas para bien de las almas de su linaje. Aunque el médico tenía residencia en Valencia y en esta ciudad desarrolló la mayor parte de su actividad profesional y económica, su vinculación a Castellón de la Plana parece también evidente, según las referencias a propiedades y a habitantes con los que tenía varios negocios.

Casado con Brunissén de Llagostera, tuvo dos hijas, Constança y Peronella. Intentó poner remedio a esta contrariedad de no haber obtenido herencia masculina, con un privilegio de legitimación otorgado por Pedro el Ceremonioso. Así pues, dos hijos bastardos del médico, Ofred y Bonifaci, recibieron los apellidos paternos en 1359. Pero este plan se malogró y ninguno de los dos figuraría como beneficiario en el testamento. El médico buscó otra posibilidad para la estabilidad y el progreso de su linaje con un buen casamiento para su hija Peronella, una de las estrategias fundamentales utilizadas por el patriciado burgués.

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© British Library, Royal Ms. 15, DI, f. 18r.; procedent de la Història Bíblica de Guyart des Moulin, vol. 4, realitzada per Jean de Ries a Bruges el 1470

El cuidado de los enfermos era para las mujeres una responsabilidad importante. A veces algunos remedios caseros eran recogidos en recetarios de uso común, tal como se puede comprobar en la imagen (British Library, Royal Ms. 15, DI, f. 18r.; procedente de la Historia Bíblica de Guyart des Moulin, vuelo. 4, realizada por Jean de Ries en Brujas en 1470).

«La asistencia médica solía limitarse a las atenciones que las mujeres podían dispensar en el ámbito doméstico con aquellos conocimientos aprendidos y transmitidos durante generaciones»

    En 1356, Pere Ros concertó un primer matrimonio para su hija con un miembro de una de las familias más importantes del patriciado urbano valenciano: los Marrades. Lluís Marrades debía recibir una dote de 30.000 sueldos, muy por encima de lo que un profesional liberal podía ofrecer a su hija. Esto le permitía emparentar con una influyente y prominente familia. Sin embargo, quizá por la muerte de Lluís, en 1362 Peronella se casaba con Bernat Mercer, adscrito a la casa real por ser hijo del camarlengo del rey, mosén Mateu Mercer, gracias a la participación del monarca en el acuerdo. Aunque había cambiado el tipo de familia, no así la estrategia, ya que ahora el nuevo yerno era miembro de la nobleza y, además, vinculado a la casa real. Pero no deja de ser significativo que el hijo de este matrimonio, Martí Mercer, decidiese llevar el nombre y apellidos de su abuelo como un alias, si bien no se dedicó a la misma profesión.

En septiembre de 1359, Ros consiguió un privilegio del Ceremonioso que tendría importantes repercusiones sobre su linaje. Se trataba de una provisión según la cual su hijo o el descendiente que llevase sus apellidos y hubiese conseguido el título de maestro en medicina en un estudio general, gozaría de una pensión de 100 libras anuales y de la condición de médico real, junto con sus sucesores. El primero que recibiría este privilegio seria Domingo Ros d’Ursins, sobrino de Pere, quien se convertiría en médico del rey Martín el Humano.

Aunque fue médico de nobles, como el obispo de Valencia o el conde de Luna, hay que vincular estrechamente a Pere Ros a la corte de Pedro el Ceremonioso, quien siempre lo intituló «médico mayor» y «profesor en medicina». Desconocemos en qué universidad se formó, pero parece ser que ya en 1329 atendía las enfermedades de los miembros de la casa real. Acompañó al rey en diversas campañas militares y viajes, donde siempre existía el temor de poder contagiarse de alguna epidemia inesperada, sufrir alguna herida, o bien simplemente se requería un consejo para mantener un régimen de salud adecuado. En su nombre actuó en varios asuntos de interés político, que el rey quería solucionar de manera rápida y práctica con el recurso a un hombre de confianza y con el prestigio de Ros d’Ursins.

En 1342, Pedro el Ceremonioso le otorgó la primera de sus valiosas concesiones, al ennoblecerlo y darle título de caballero. A esta concesión continuarían toda una serie de beneficios económicos que nos dan una clara muestra del sistema de gratificación extremadamente variable establecido por la casa real para sus familiares, y también de cómo una vida al servicio de la monarquía podía proporcionar a un médico competente una fortuna nada despreciable. Entre 1348 y 1354 recibió los derechos sobre la prisión de Valencia, un horno y el derecho de hornaje, junto con la escribanía de Vilafranca, aldea de Morella; el derecho de fadiga de una mesa de cambios de Valencia; una mesa de carnicería y la mesa del peso, además de huertos y edificios, todo en la misma ciudad. También sabemos que tenía los derechos sobre la escribanía del justicia de Castellón de la Plana. Desde 1343, recibía una pensión anual de 4.000 sueldos a los que se sumaron, en 1348, 1.000 sueldos más, una cantidad total muy considerable. Claro que, el sistema retributivo, como solía ser habitual, experimentó cambios en función de la coyuntura. Efectivamente, en 1362, inmersos en la guerra de Castilla que tanto desgastaría las arcas reales y castigaría los territorios de la Corona de Aragón, el médico renunció a esta lucrativa pensión, que fue sustituida por otra mucho más baja, y a los derechos sobre la prisión (carcelleria) de la ciudad de Valencia. Hay que decir que muchas de estas donaciones al médico se hicieron después de uno de los momentos más trágicos que haya vivido el Occidente europeo, con la visita de la Peste Negra de 1348, que se repetiría en sucesivas oleadas durante toda la Baja Edad Media. Una muestra de que los parámetros de eficacia que observaba aquella sociedad no son comparables a los nuestros, es el hecho de que a pesar del rastro de muertes dejado por la epidemia, el rey aumentó las donaciones a su médico en agradecimiento por sus servicios.

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© La Grande Chirurgie de Guy de Chauliac,
segle XIV. Bibliothèque Nationale, París, ms. Francais 396, f. 366r.

En su condición de maestro, como se puede apreciar por sus atributos académicos, Guy de Chauliac recibe en consulta a algunos pacientes. Se pueden apreciar diferentes tipos de consultas que debían solucionar regularmente los cirujanos medievales.

«Con una formación académica centrada en el galenismo,los médicos dominaban los contenidos doctrinales y podían explicar la causa de las enfermedades y tratarlas en consecuencia»

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© Bibliothèque Nationale, París, ms. Francais 995, f. 11v.; La Danse Macabre, segle XV
Un próspero físico ataviado con ropas lujosas examina un frasco de orina. Pero ni él mismo puede evitar la visita de la muerte.
   

El rey también le hacía entrega anual, como al resto de los miembros de su casa, de una suma destinada a ataviarse de acuerdo con su categoría social y su puesto al servicio de la corona. La seda, las pieles y las joyas abundaban en los trajes de los físicos. La razón no era otra que demostrar que estaban situados en lo más alto de la estructura médica, y en gran medida también de la sociedad del momento. Eran aquellos que, con una formación académica centrada en el galenismo, dominaban los contenidos doctrinales y podían explicar la causa de las enfermedades y tratarlas en consecuencia, hacían los diagnósticos a partir de la observación de la orina y el pulso de los enfermos, un trabajo que se podía hacer bien vestido y compuesto, ya que la parte de la acción manual era reservada normalmente a los barberos, cirujanos y boticarios.

Ros hizo testamento el 5 de septiembre de 1367 y murió unos días después. Como no podía ser de otro modo, una herencia tan cuantiosa como la que dejó resultó ser altamente conflictiva. Ya a los pocos meses de su muerte comenzaba un pleito con el castellonense Bernat Albert, y la heredera se enfrentaba a Beatriu de Jérica, y también a su propia madre. Un mercader de la ciudad reclamó a los albaceas del médico dinero prestado tiempo atrás. Por último, hay que citar el enfrentamiento entre la Cofradía de San Jaime, la más antigua de la ciudad y que reunía a la más selecta nómina de prohombres, y los herederos de Pere Ros por una parte de la herencia que correspondía a la benemérita institución. El asunto no se resolvió hasta 1469.

   

EL mundo de los negocios a través del boticario Esteve Valença

El perfil laboral de los boticarios medievales resulta bastante difuso porque la amplitud de la gama de actividades de carácter artesanal y mercantil que podían desarrollar era amplísima. Todos los ceremoniales que rodeaban los acontecimientos más relevantes e intensos, centrados en las celebraciones litúrgicas y sacramentales, dependían en gran medida del abastecimiento de determinados productos que hacían sus boticarios. En primer lugar, se dedicaban a la venta de productos alimenticios y, sobre todo, de especias, indispensables en la cocina y la farmacopea medievales, por lo que también eran conocidos como especieros. También hay que mencionar la gran importancia que alcanzaron en la manipulación del azúcar y la confitería. En segundo lugar, fabricaban medicamentos siguiendo las recetas emitidas por los físicos, que obligatoriamente se debían escribir en romance para ser entendidas y elaboradas correctamente. En tercer lugar, hay que hablar de la manipulación de la cera, producto indispensable en la iluminación de los edificios. En cuarto lugar, proporcionaban las resmas de papel, la cera gomosa y la tinta de diferentes colores necesarios en la escritura. Para finalizar, otro sector significativo en sus actividades fue la fabricación de perfumes y la cosmética en general. Cabe decir, sin embargo, que muchos productos más se almacenaban en las cámaras de los boticarios esperando la comercialización, como tejidos diversos y muchas materias primas. Pocos negocios escaparon a la avidez de ganancia de hombres de negocios como los boticarios-especieros, también conocidos a menudo como “candeleros de cera” y algunos como “pañeros”, según la importancia que tuviese en su negocio la materia en cuestión.

El 21 de junio de 1388, el boticario Esteve Valença, miembro de una familia oriunda de Tortosa, decidió que era un buen momento para hacer testamento. Él, junto con el señor de Alcántara y un armero de Valencia, patroneaban una galera que saldría desde el puerto de Valencia en una expedición de castigo contra los moros de Barbería. Los riesgos eran indudables, y Valença quiso ordenar sus últimas voluntades.

La cuantía de los anaqueles piadosos y las disposiciones ordenadas sobrepasan lo que era habitual entre el grupo de los artesanos, y se acerca a los gastos que solían hacer la pequeña nobleza y el patriciado. Este boticario quiso ser enterrado en una capilla de la catedral, con retablo incluido, que seria construida especialmente para él. Adscrito iría un beneficio para bien de su alma y la de sus padres, que se sostendría con una pensión censal. También se preocupó de ordenar los detalles de su sepelio, donde un buen número de acompañantes llevarían cirios, y las telas de oro y los símbolos familiares no faltarían. En caso de morir fuera de Valencia se ordenaba un traslado solemne de sus huesos. Los gastos a los que obligaba toda aquella ostentación sólo estaban al alcance de unos pocos ciudadanos que querían marcar así su diferencia respecto a los demás. Con todo, no hay indicios de que el sueño de Valença llegara a hacerse realidad.

Pero Esteve Valença no moriría en aquella expedición. De su vida tenemos detalles muchos años después, que confirman aún más el prestigio y el poder económico de que gozaba. Una muestra de ello es el montante elevado de la dote entregada a su hija (15.000 sueldos) –superior al que podían entregar los notarios a sus hijas– cuando se concertó el matrimonio con un maestro de la ceca. Y, más sorprendente aún, si lo comparamos con lo que el boticario recibió en tiempo de sus nupcias (5.000 sueldos), hecho que indicaba la progresión de su fortuna. Y también es sintomático que formase parte de los diez diputados que por primera vez dirigieron el hospital de la Reina, el 15 de febrero de 1410.

Su taller debió ser muy dinámico y su casa de grandes dimensiones, como lo indica el hecho de que llegase a tener en propiedad cinco esclavos y varios aprendices. En la Valencia tardomedieval no era nada extraño que los artesanos poseyeran uno o más esclavos para ayudarles en sus tareas cotidianas y en el servicio doméstico, que con el tiempo aprendían los rudimentos del oficio, y algunos llegaban a tener un alto grado de competencia que se podía traducir en la sustitución temporal del amo, llevando los registros escritos en el libro de contabilidad del taller, elemento indispensable para el buen funcionamiento de estos negocios. Estos esclavos se podían adquirir con facilidad en el lucrativo mercado valenciano y constituían una importante proyección en el trabajo del taller, sobre todo de aquellos con clientes procedentes de la nobleza o la casa real. Los aprendices que convivían con el boticario, a los que alimentaba, vestía y tenía cuidado de su salud, contribuían con su trabajo físico y con el tiempo podían conseguir tareas que requerían mayores conocimientos. También sabemos que las mujeres de los boticarios participaban en los trabajos del taller y que al enviudar continuaban con el negocio del marido, como muy probablemente fue el caso de Joaneta, su esposa.

Esteve Valença era propietario de diversas parcelas en la huerta de Valencia que tenía alquiladas o establecidas en enfiteusis. Controlaba así diversas rentas procedentes de estos establecimientos o bien de otros subestablecimientos de los que era señor intermedio. También era propietario de un molino harinero y un casal arrocero, situados en la Huerta de Valencia, que tenía arrendados, de una alquería en el término de Rascanya y varios inmuebles en la capital.

Como solía ser habitual entre los que acumulaban dinero líquido gracias a sus actividades económicas, Esteve Valença actuaba como prestamista habitualmente. Entre sus clientes se contaban caballeros, mercaderes, notarios y artesanos varios, a los que llegó a prestar sumas considerablemente cuantiosas. Pero de los negocios de mayor envergadura que le conocemos destacan dos compañías de madera de las que fue socio inversor con otros individuos de diversas profesiones.

 

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© Manuscrito hebreo del Canon de Avicena, copiado en Italia a finales del siglo XV. Bolonia, Biblioteca Universitaria, ms. 2197, f. 492r.

Taller de boticario abierto a la calle en una ciudad medieval. Alrededor se pueden apreciar diversas escenas de tratamientos médicos.
Hagan clic en la imagen para verla con más detalle.

«Los boticarios fabricaban medicamentos siguiendo las recetas emitidas por los físicos, aunque la gama de actividades de carácter artesanal y mercantil que podían desarrollar era amplísima»

LoS barberos, auténticos protagonistas de la cobertura sanitaria

Con sus mulas o asnos cargados con los bártulos necesarios, recorrían los caminos polvorientos buscando clientes, o bien abrían talleres donde poder atenderles. No hay rincón, desde las aldeas de los macizos montañeros hasta la gran ciudad, que escape de su presencia. No en balde se constituyeron en el auténtico paraguas sanitario de la sociedad medieval.

El taller del barbero formaba parte del paisaje cotidiano indispensable de villas y ciudades, y era uno de los lugares de sociabilidad masculina. Era rápidamente identificable por el uso de una cortina especial y de una publicidad que consistía en la presentación de botellas llenas de sangre en las ventanas. Era común encontrar entre el mobiliario y los instrumentos habituales las sillas especiales de barbería, bacines para el agua, toallas, navajas de afeitar, peines, tijeras y espejos, así como el delantal (mandil) del barbero, libros de cirugía y medicina, además de juegos y otros elementos destinados a la distracción de los clientes que esperaban su turno. En la barbería podía trabajar más de un barbero, ya que a veces se concertaban sociedades de dos o más individuos, familiares o no, para repartirse las ganancias y conseguir más clientela. En otras ocasiones, era el barbero el que utilizaba esclavos y aprendices para poder asistir a más gente. Un ejemplo entre muchos podría ser el del joven barbero Joan de Morelló. Al inicio de 1403 se concertó su matrimonio con Bartomeua, la hija de un campesino de la ciudad, que le entregó una modesta dote de 600 sueldos. Muy probablemente hacía poco que había abierto su taller y decidió tomar un aprendiz o afermat que le ayudase en su tarea. Antoni Goda, un zurrador de la ciudad, dejó con Morelló a su hijo Pere durante siete años. Durante este período, Pere aprendería el oficio y también recibiría instrucción del barbero en la lectura y la escritura, a cambio de obedecer todas las órdenes de su patrón y no huir nunca. Morelló también se comprometía a darle comida y bebida, vestirlo y calzarlo, atenderlo en la enfermedad y entregarle al fin del proceso unas telas para hacerse ropa. Esta era la base del sistema de aprendizaje abierto con que se enseñaban la gran mayoría de los que practicaban la medicina en aquella época.

En la ciudad de Valencia, los barberos siempre fueron el grupo más abundante dedicado a la sanidad y la medicina, superando a boticarios, físicos y cirujanos, y fue uno de los primeros oficios artesanales que dispuso de una organización propia. Efectivamente, en febrero de 1310, Jaime II les concedió la facultad de crear una almoina o cofradía, únicamente con connotaciones sociales, religiosas y benéficas. En 1416, el Arte y Oficio de los Barberos, cuyos miembros se reunían habitualmente en el monasterio de Santa María de la Merced para tratar sobre los asuntos que les eran propios, tenían unos estatutos que ya contemplaban los aspectos técnicos de su actividad, especialmente los relativos a una aplicación correcta de la sangría, una de las acciones terapéuticas más habituales entre las que solían practicar. En beneficio de los ciudadanos, Alfonso el Benigno ya había regulado en una modificación foral estas actividades, y era conveniente intervenir para eliminar malas prácticas que pusieran en peligro la salud de los pacientes.

Aunque el progreso social y económico que experimentaron fue muy importante durante la Baja Edad Media, gracias a la creciente importancia concedida al trabajo manual y a la consideración cada vez más favorable de la cirugía, los barberos siempre ocuparon el escalón más bajo dentro del mundo de la sanidad. Así lo indica la valoración de su patrimonio en los registros impositivos, como también las lacónicas menciones en sus inventarios de bienes y su presencia escasa en la documentación notarial comparada con el rastro que suelen dejar médicos y boticarios.

Ellos desarrollaban una amplia gama de actividades que comenzaba por el lavado, el corte, el peinado de los cabellos y el rasurado de las barbas. También se añadían como tareas habituales la práctica de la flebotomía o sangría terapéutica, la limpieza y la extracción de piezas dentales, si bien hay que decir, que en esta época apareció una figura conocida como el queixaler que centró mayormente su actividad en el cuidado de las dentaduras y la realización de pequeñas operaciones de cirugía, entre las que destacaba la sutura de heridas.

LaS minorías religiosas y la medicina: Omar Tahuell

Uno de los tópicos historiográficos más habituales ha sido el de la figura del judío usurero. En gran medida, el incremento de los conocimientos sobre los hebreos medievales ha contribuido a difundir una imagen más completa, de la cual emerge el judío médico. Claro que, ni todos los judíos fueron prestamistas ni tampoco médicos, si bien es casi imposible encontrar en la Corona de Aragón una comunidad hebraica mínimamente organizada donde no aparezcan ambas figuras.

Numerosas villas y ciudades tuvieron grandes comunidades organizadas de judíos (aljamas), aunque difícilmente llegaron a superar un diez por cien de la población total. En ellas encontramos fácilmente familias notables de judíos vinculadas durante generaciones a la práctica de la medicina. En general, hay que recordar que el prestigio de los practicantes de la medicina de esta religión fue elevado y que los reyes de la Corona de Aragón disponían de ellos con frecuencia para cuidar de su salud y la de sus familiares. Ahora bien, hay que decir que estos no podían acudir a los estudios generales y que, por lo tanto, aprendieron el oficio por el sistema abierto de aprendizaje artesanal, tal como ocurrió con barberos y boticarios, y muchas veces con físicos y cirujanos.

 

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© Saltiri de Lutrell, c. 1340. British Library, ms. Add. 42130, f. 61r
Un barbero-cirujano practica una flebotomía o sangría terapéutica a un paciente.

«Los barberos se constituyeron en el auténtico paraguas sanitario de la sociedad medieval. El taller del barbero formaba parte del paisaje cotidiano indispensable de villas y ciudades, y era uno de los lugares de sociabilidad masculina»

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© Manuscrito hebreo del Canon de Avicena, copiado en Italia a finales del siglo XV. Bolonia, Biblioteca Universitaria, ms. 2197, f. 402r.

Un médico visita a un enfermo, le toma el pulso y conversa con la familia.
  «El prestigio de los practicantes judíos de la medicina fue elevado y los reyes de la Corona de Aragón disponían de ellos con frecuencia para cuidar de su salud y la de sus familiares»

Omar Tahuell era un físico que habitaba la aljama de Valencia, si bien tenía propiedades dispersas en varios puntos de la Huerta. Ocupaba uno de los mejores asientos en la sinagoga y ejerció algunos cargos de cariz político como el de síndico y adelantat de la aljama, hecho que lo ponía en contacto directo con el monarca y sus delegados para resolver algunos asuntos concretos que afectaban a los judíos de la ciudad en la relación con su señor, el rey, dado que los judíos pertenecían directamente al patrimonio real.

En el seno de las comunidades judías se generaron conflictos internos derivados de fuertes tensiones suscitadas entre aquellos individuos de mayor prestigio, pero también por las grandes diferencias derivadas de los desequilibrios económicos y sociales que predominaban. La oposición y el odio hacia Omar Tahuell se pueden percibir en diversas denuncias interpuestas por él mismo ante Pedro el Ceremonioso. Algunos no aceptaron que decidiese vender su asiento en la sinagoga a un precio poco conveniente, otros decidieron no pagar las contribuciones por el gran odio que le tenían. Pero las cosas llegaron más lejos y tomaron en ocasiones un tono dramático, cuando algunos judíos le acusaron de hereje. Cabe sospechar que se trataba de una difamación, pero la intervención del obispo de Valencia alertó al rey. Este recordó al mitrado que sólo la autoridad real podía actuar sobre el pueblo judío, y en varios documentos conminó a sus oficiales a intervenir en el asunto. Finalmente, fue el infante Juan quien intervino para resolver la situación y, naturalmente, todo parece indicar que favorablemente al médico. Omar incluso tuvo que afrontar las agresiones y el secuestro de su hija Mira. El alcalde de Valencia y el gobernador dictaron en favor de Tahuell e impusieron una fuerte multa al secuestrador, así como una fuerte indemnización para Tahuell. No era extraño en estas condiciones de inseguridad y temor tan grandes, que el rey protegiese de manera muy especial a la familia del médico, junto con otras dos familias de renombre de la aljama. A pesar de todo, un año después los quebraderos de cabeza de Omar y los suyos continuaban: sus enemigos llegaron a incendiar la casa de su hijo.

Hay que entender la protección ofrecida por el rey en el contexto de utilidad y provecho que sacaba de personajes como Omar Tahuell. En primer lugar, individuos cultos y letrados (Tahuell también examinó a futuros médicos), con enemigos dentro de la aljama como hemos visto, pero también poderosos y respetados, eran imprescindibles como interlocutores. Hay que decir que las aljamas judías eran una sustanciosa fuente de ingresos que la realeza utilizaba con profusión y algunos individuos eran grandes contribuyentes a los cuales había que tratar con cuidado, como era el caso de Tahuell. Un síntoma del poder económico de Omar es la frecuencia con la que prestó dinero, así como las elevadas cantidades que invertía, repartidas entre varios individuos de la ciudad y también en algunas aljamas sarracenas y municipios próximos.

El destino de la familia, como el de tantos otros judíos, se torció en 1391, cuando el progrom contra la judería culminó con la conversión de familias enteras como la de los Tahuell.

BIBLIOGRAFÍA
Ferragud, C., 2005. Medicina i promoció social a la Baixa Edat Mitjana (Corona d’Aragó, 1350-1410). CSIC, Madrid.
Garcia Ballester, L., 1989. La medicina a la València medieval. Medicina i societat en un país medieval mediterrani. Alfons el Magnànim, Valencia.
Mcvaugh, M. R., 1993. Medicine before the plague. Practitioners and their patients in the Crown of Aragon. 1285-1345. Cambridge University Press.

Carmel Ferragud Domingo. Doctor en Historia de la Ciencia por la Universitat de València. Profesor de secundaria (Col·legi Santa Maria Auxiliadora, Algemesí).
© Mètode, Anuario 2008.

   
© Mètode 2011 - 53. Cartografía - Contenido disponible solo en versión digital. Primavera 2007

Doctor en Historia de la Ciencia por la Universitat de València. Profesor de secundaria (Col·legi Santa Maria Auxiliadora, Algemesí).