Dominique Pestre

6-73
6-73Anna Mateu

Dominique Pestre, director de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París, llega al Palacio de Cerveró de Valencia con aire fresco y desenfadado. Este histórico edificio, propiedad de la Universitat de València, es la sede del Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia López Piñero y el lugar escogido para hacer la entrevista. En un inglés académico y perfecto, Pestre se presenta, saluda y pregunta en qué lengua se desarrollará la conversación. Francés, es la respuesta. Satisfecho con la réplica, emprende el camino hacia el ascensor que conducirá a una sala más íntima.

Su aspecto dista bastante de la idea tópica y preconcebida que a menudo tenemos del investigador. Alto, delgado, peinado impecable y juvenil, y con una vestimenta muy actualizada. Gafas de pasta negras con detalles de color beige, camisa blanca con los botones superiores desabrochados y americana oscura que se quita para la entrevista. Más que un maestro en física y de físicos franceses parece un personaje bohemio de los años veinte parisinos. Mientras toma asiento serenamente, los nervios y los agobios parecen alejados de la vida de Pestre, uno de los principales representantes franceses de la historia política, social y cultural de la ciencia. Este físico de formación preside en la actualidad el Comité de Historia del Armamento, vinculado al Ministerio de Defensa francés. Es también consejero para cuestiones de ciencia y sociedad en la región Ródano-Alpes (Francia) y ha sido maestro en escuelas y universidades de todo el mundo, como en California, São Paulo, Roma, Ginebra, Bruselas, Zúrich o la propia Harvard (Massachusetts). De larga trayectoria y fructífero currículo, hay que destacar que durante años ha sido el director del Centre de Recherche en Histoire des Sciences et des Techniques de La Villette, y posteriormente del Centro Alexandre Koyré.

Su relación con los medios de comunicación es más que frecuente, y es por eso que la experiencia en este campo le permite mantener un tono relajado, tranquilo y bastante familiar a lo largo de la entrevista.

¿La ciencia y la tecnología han mejorado a la sociedad occidental? ¿La han hecho más racional?
¿Más racional? Es complicado responder con exactitud esta pregunta. Lo que sí que podemos afirmar es que la incorporación de la ciencia y la tecnología ha contribuido a crear una sociedad más estandarizada, estabilizada, científica y gobernable. Pero no más racional. Las creencias religiosas no han desaparecido con la llegada del siglo xxi, por ejemplo.

¿Piensa usted que la sociedad en la que vivimos actualmente es mejor que la del siglo xvi, por ejemplo?
Es diferente. La actual es una sociedad escrita, donde la mayoría de personas aprenden a escribir y a hacer cuentas en la escuela. Anti­gua­mente, en cambio, existía una sociedad oral, donde no había necesidad de escribir ni de comunicarse a través de la escritura, aunque sí que había quien sabía hacerlo, pero era una minoría. ¿Qué modelo es mejor? Probablemente cada uno es adecuado para su época. Está claro que el progreso es una ventaja, pero la pregunta que nos tenemos que hacer es: ¿a quién beneficia este progreso? Al medio natural, por ejemplo, no le favorece precisamente la actual sociedad contaminante.

El punto final a esta pregunta lo escribió Pestre hace ahora tres años, en Ciencia, dinero y política (Universidad Rovira i Virgili). Esta obra trata la relación entre el mundo científico y el político, económico y militar. Se centra, sobre todo, en los grandes sistemas científicos que se han desarrollado a partir de los años cincuenta del siglo pasado. En la obra, Dominique Pestre explica, en relación a la cuestión anterior: «En caso de poder hablar de una racionalización de las sociedades industriales a través de la ciencia, se trata de una racionalización que se introduce en la gestión industrial y la de las administraciones, en la gestión macroeconómica y la de las actividades de salud pública, en la de los ejércitos y la de la violencia militar. El pensamiento racional, con un fuerte componente matemático y lógico, ha acabado invadiendo no solo el pensamiento que regula la guerra, sino también lo que controla la producción; no solo la organización administrativa, sino también el complejo biomédico.»

Usted habla de un modelo nuevo de producción de saberes diferente al modelo clásico. ¿Podría precisar los rasgos del uno y del otro? 

El modelo clásico se centra en la universidad y la ética académica, mientras que el modelo contemporáneo está en las aulas, pero también en las empresas innovadoras, las instituciones financieras, estrechamente dependientes de los mercados. El primero funciona jerárquicamente y es una institución estable, y el segundo es más flexible e inestable, se basa en contribuciones que tanto pueden provenir de las necesidades económicas como de la demanda social o de las exigencias de los accionistas. El clásico considera que la ciencia es independiente de la valoración social, mientras que el contemporáneo pone en juego múltiples formas de validación. Para resumir, el primer modelo de saber es el de la ciencia pura, alejada de las exigencias de la vida social, y el segundo modelo depende de las demandas sociales y opera en situaciones de incertidumbre y urgencia.

¿El discurso de la ciencia pura ha permitido a Occidente mantener sus ideales intelectuales y su supuesta superioridad? ¿El objetivo es esencialmente ideológico?

Sí, es una gran producción ideológica y moral. En el siglo xix la ciencia se concibió como el gran éxito occidental, que reafirmaba nuestros valores morales como la racionalidad y la superioridad. Era una muestra de la calidad moral fabricada por el propio mundo occidental. De hecho, los ilustrados ingleses inventaron una categoría moral, un individuo ideal, que tenía que ser hombre, aristócrata, inglés y con conocimientos superiores. Ser un gran científico significaba, en aquel momento, ser un hombre con una moral altamente superior. Sin embargo, esta superioridad no se reduce solamente al hombre científico sobre el no científico, sino también a los blancos frente a los negros; a los hombres frente a las mujeres, y a la aristocracia frente al pueblo. 

«El discurso de la ciencia pura ha contribuido, por tanto, a legitimar a los sabios y los intelectuales y a convertirlos en personajes superiores dedicados únicamente al conocimiento y al bien público, si bien simultáneamente estos personajes tan altruistas se incorporaban de manera asombrosamente nueva al mundo de los negocios y al de las industrias basadas en el conocimiento», remata Pestre en Ciencia, dinero y política.

En cuanto al sentimiento nacional que nace con la aparición de los estados en el último tercio del siglo xix, ¿tiene la ciencia algún papel en la construcción de la identidad nacional?
Por supuesto. Es el momento de la construcción de la ideología nacional, afianzada mediante la enseñanza y el discurso histórico, fortalecida mediante legislaciones laborales y protección social, y consolidada con la promoción sistemática de la técnica y la ciencia.

Y esta promoción ha continuado en el siglo xx también, ¿no? Estoy pensando en la carrera espacial que enfrentó a la URSS y a los EE UU durante la Guerra Fría.

Sí, la carrera espacial en concreto está más relacionada con una competición internacional en el campo del desarrollo de la ciencia y la tecnología. Ocurre lo mismo con las grandes exposiciones de alcance mundial, que tienen un objetivo claro: mostrar al resto de naciones el progreso, el perfeccionamiento y, en cierta medida, la superioridad de la propia nación.

¿Podemos hablar, por tanto, de un capitalismo científico, en cuyo centro existe una fuerte relación entre el poder y la ciencia y la tecnología?
Por supuesto. La emergencia del sistema liberal supone un cambio de reglas. El progreso también implica efectos nocivos, por ejemplo en la ciudad, la acumulación de basuras orgánicas. La producción en masa, propia de un régimen capitalista, requiere estabilidad y, para obtenerla, la administración ha llevado a cabo grandes inversiones, en equipamiento, académicas, técnicas y tecnológicas… que permiten que los ciudadanos acepten positivamente el sistema. Es así como se obtiene la aprobación de la administración, la industria, el sistema jurídico y el Estado.

«El progreso también implica efectos nocivos». Con estas palabras tan contundentes, Dominique Pestre concluye su última respuesta. Sin embargo, pasadas un par de horas, el científico intervendría ante los alumnos de la Universitat de València en un seminario titulado On Science and Technical Production in the Last Thirty Years. Chronicle of a Mutation

Laura Bayarri. Estudiante de Periodismo de la Universitat de València.
© Mètode 73, Primavera 2012.

 

 

8-73Anna Mateu

 

«Está claro que el progreso es una ventaja, pero debemos preguntarnos a quién beneficia. Al medio natural, por ejemplo, no le favorece la actual sociedad contaminante»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«La carrera espacial está más relacionada con una competición internacional en el campo del desarrollo de la ciencia y la tecnología para mostrar al resto de naciones el progreso, el perfeccionamiento y, en cierta medida, la superioridad de la propia nación»

 

 

© Mètode 2012 - 73. La fuerza del mundo - Primavera 2012

Estudiante de Periodismo de la Universitat de València.