«La invención de la naturaleza», d’Andrea Wulf

El naturalista perseguido por 10.000 cerdos

La invención de la naturaleza
El nuevo de Alexander von Humboldt  
Andrew Wulf 
Taurus, Barcelona,  2016, 578 páginas.

En los tiempos actuales de fragmentación del conocimiento resulta necesario recordar la importancia que tienen la observación y la interpretación de datos desde una mirada amplia, apasionada por el saber y por la comprensión general del mundo. Y esta biografía de Alexander von Humboldt (1769-1859) recupera y pone en valor de nuevo la figura de este explorador tanto de territorios como de ideas. La autora, la historiadora y escritora Andrea Wulf, quiere rescatar así de cierto «olvido» a Humboldt para otorgarle el papel que le pertenece como padre de la ecología. Inventor de las isotermas y descubridor del ecuador magnético, supo ver la conexión global de la naturaleza a través de las zonas climáticas que se repetían en los diversos continentes, en lugares muy alejados unos de otros.

Para Humboldt, las montañas ejercían un gran poder de atracción. Era consciente de la importancia de observar, anotar, dibujar y examinar las diferencias y las similitudes. Comparar. Por eso ascendió al volcán del Chimborazo (Ecuador) durante su viaje de cinco años por Sudamérica. Con cerca de 6.400 metros de altura se creía que era la cima más alta del mundo. El ascenso le aportó los datos necesarios para confirmar que «todo» estaba relacionado. En los Andes había plantas semejantes a las de los bosques alemanes y a las de los Alpes suizos. Eso confirmaba la idea de la existencia de relaciones en zonas climáticas muy alejadas las unas de las otras. Fiel a la tradición naturalista, dibujó el Chimborazo de forma que las plantas se representaban según la altitud. Y aquella imagen llena de información, Naturgemälde (palabra alemana que significa “pintura de la naturaleza”), se podía aplicar a otras montañas del mundo.

Efectivamente, la naturaleza era un todo donde cada parte estaba relacionada e influía en el resto. Humboldt destacó el importante desastre que conllevaba la acción humana para la naturaleza y el bosque como garante de la humedad y de la protección del suelo ante la erosión. Los monocultivos también creaban una fuerte dependencia e incrementaban las condiciones de esclavitud e injusticia.

Después de cinco años de viaje y aventura, bien resumidos en los mapas iniciales que aparecen en el libro, Humboldt llegó a París en 1804, donde recibió una gran bienvenida. Volvía con más de 2.000 especies de plantas nuevas para los europeos. Humboldt quería poner por escrito lo que había aprendido en la expedición y eso requería varios volúmenes con grandes ilustraciones que mostraran la belleza de cuanto había encontrado. Pero también quería escribir libros más asequibles y que llegaran a un público más amplio. Sus libros aportaban datos pero sin renunciar al estilo. Humboldt consideraba, como su amigo Goethe, que razón e imaginación iban de la mano. Creía en la potencia de las imágenes para capturar el interés del lector. Una imagen la puede entender más gente. «A todos les gusta ver», acostumbraba a decir.

«El libro aporta contexto ligando la ciencia que se hacía a las circunstancias políticas y sociales de la época. De hecho, la Royal Society destacó esta aproximación compleja y basada en datos al otorgarle el premio al mejor libro de ciencia en 2016»

Trabajador incansable, continuó recopilando datos y publicando su obra. Hablaba muy rápidamente, preguntaba constantemente y gozaba de una extraordinaria memoria. Se mantenía en un impulso perpetuo, investigaba con ansia. Todo dato resultaba escaso. Sentía verdadero frenesí por el conocimiento. Era, según él mismo explicaba, como si le persiguieran «10.000 cerdos». Este carácter, sin embargo, lo hacía también impaciente y un poco frío en las relaciones que no le aportaran un verdadero estímulo a su ávida mente. Un acierto del libro de Andrea Wulf es precisamente mostrar la complejidad de Humboldt, también a través de las relaciones familiares y personales. La historiadora aborda de manera sutil pero clara cuestiones como la homosexualidad de Humboldt, especialmente a través de la intensa amistad que mantenía con hombres jóvenes e inteligentes, y cómo estas relaciones provocaban tiranteces con su hermano Wilhelm. Igualmente, el libro aporta contexto ligando la ciencia que se hacía a las circunstancias políticas y sociales de la época. De hecho, la Royal Society destacó esta aproximación compleja y basada en datos al otorgarle el premio al mejor libro de ciencia en 2016.

Alexander von Humboldt no dejó de pensar en viajar en toda su vida. Quería más montañas, subir al Himalaya para medir y, de nuevo, comparar. No recibió nunca el permiso necesario que tenía que otorgarle la Compañía Británica de las Indias Orientales (Wulf apunta al temor a críticas como las que había hecho del sistema colonial español). Calmó su ansia de aventura con un viaje por Asia. Tenía 59 años y mucha vitalidad aún porque ni una epidemia de ántrax impidió que llegara al macizo de Altai, entre Rusia, China y Mongolia. No era el Himalaya pero servía para continuar comparando datos.

A los 65 años, edad de jubilación para muchos, Humboldt inició un nuevo proyecto en el que quería representar el mundo, una obra que describiera la naturaleza en su totalidad: Cosmos. Una idea ambiciosa que, unida al resto de su titánica obra, sirvió de inspiración a científicos, escritores y políticos, tanto coetáneos como posteriores. Goethe, Charles Darwin, Henry David Thoureau, Ralph Waldo Emerson, Julio Verne, Lord Byron, Coleridge, o el propio Simón Bolívar, entre otros, encontraron un profundo estímulo en sus obras. Lo admiraban, lo leían y lo comentaban. De hecho, Andrea Wulf va más allá de Humboldt y, como una exploradora que quiere emular al biografiado, se adentra en otras microbiografías, vidas y obras que se vieron sacudidas por la gran figura del naturalista.

Perico Pastor

© Mètode 2017 - 92. El universo violento - Invierno 2016/17

Observatori de les Dues Cultures, revista Mètode.

Llicenciada en Periodisme per la Universitat Autònoma de Barcelona i Màster en Història de la Ciència i Comunicació Científica per la Universitat de València. És membre de l’Observatori de les dues cultures, grup d’investigació pluridisciplinari de la Universitat de València que analitza les relacions entre periodisme i ciència. Actualment, la seua recerca se centra en la comunicació del càncer, tant en la premsa com en les xarxes socials.