Caminos de controversia: la recepción del evolucionismo en Valencia

Controversial paths: How the teory of Evolution was received in Valencia. In the last decades of the 19th century, dominant structures of European thinking saw themselves affected by Darwin’s theories about the evolution of organic forms, despite a certain lack of understanding. In Valencia a similar situation occurred. Darwinism and other theories about evolution were received in this local context and generated an ideological conflict that supplanted scientific debate.  

La sociedad occidental actual deja poco espacio para la pasión por el conocimiento y por la interpelación de los grandes problemas de la humanidad. Hoy en día es casi impensable que la obra de un pensador o de un científico pueda hacer tambalear las ideologías dominantes. Son demasiado tupidos los filtros de la difusión del conocimiento para brindarle campo a la sorpresa, y solamente la sorpresa permite al pequeño ganarle por la mano al grande. Además, entre los hombres y las mujeres de hoy no son frecuentes precisamente los ingenuos, y sí, por el contrario, los indolentes, poco dispuestos a abrir los ojos al oír hablar de respuestas a los grandes problemas antes mencionados. En la segunda mitad del siglo XIX, sin embargo, la situación era muy diferente. Sin duda, la sociedad, incluso en las ciudades de vanguardia intelectual, era menos culta que ahora, pero era bastante más receptiva a las propuestas de cambio. Las ideas revolucionarias en la política y en el trabajo, en la sanidad y en la economía, se mezclaban para conformar un caldo hirviente donde se sumergían gustosamente muchas conciencias, procedentes de todas las clases sociales. Un caldo que otras conciencias, con intereses también dispersos, pero con un celo preservador común, trataban de enfriar con soplidos de pensamiento tradicional. En este proceso, también las ideas científicas y filosóficas jugaban a las batallas, en todos los bandos… ¡y de qué manera tan audaz!

En este contexto vio la luz en 1859 El origen de las especies de Charles Darwin. La historia de la ciencia y del pensamiento conoce pocas obras tan influyentes. Y esto, sin olvidar que pocas fueron tan mal entendidas en su contenido, en su sentido y en su intención, y prácticamente ninguna otra tan poco seguida ni tan deficientemente. Su espacio glorioso lo ganó por chocar con el estándar y empujar la alternativa, con una intensidad que no se le conocía a ninguna otra elaboración científica desde hacía dos siglos.

El impacto de la obra de Darwin en la Valencia del último tercio del siglo XIX, a pesar de llegar con retraso, sacudió las estructuras ideológicas dominantes de manera semejante a como lo había hecho y estaba haciendo en los otros países europeos. Hablamos de retraso, porque las fuentes nos indican que la obra de Darwin solamente fue conocida en nuestro ámbito, en una dimensión amplia y pública, como en el resto del estado, coincidiendo con el Sexenio Revolucionario, aquel fascinante período abierto con la revolución de 1868 y cerrado con el regreso de la dinastía borbónica en 1875. Un período de efervescencias políticas, de esperanzas sociales y de apertura ideológica. También un período de fracasos, por supuesto. Un período, en todo caso, conveniente para la difusión de las nuevas ideas, amortiguadas no hacía tanto por la estructura represiva del estado isabelino.

Los primeros tiempos de discusión y defensa publica de las ideas darwinistas –y más ampliamente, evolucionistas– en Valencia, estuvieron protagonizados por profesores de nuestra universidad. No es necesario enorgullecerse, aunque tampoco sea ningún oprobio. En cualquier caso, y situándonos en el contexto, tiene cierta valía, si pensamos que la norma en la asimilación del evolucionismo en España fue más el chismorreo que la reflexión científica. Parece ser que fue el barcelonés Rafael Cisternas Fontseré, catedrático de historia natural en la Facultad de Ciencias desde el 1861 hasta su muerte, en 1876, el primero en Valencia que explicó las teorías evolucionistas a sus alumnos, antes incluso de 1868. Esto, al menos, es lo que testimonió su discípulo, años después –concretamente, de 1892 a 1913– también titular de la cátedra en cuestión, Eduard Boscà Casanoves. Está claro que Cisneras tenía que enseñar con prudencia. Todavía eran tiempos, los de antes del triunfo revolucionario, de rígido control, en que la libertad de cátedra era solamente un sueño. Buena prueba encontramos en otro profesor de la Universitat de València, Josep Ortolà Gomis, titular de la cátedra de fisiología en la Facultad de Medicina desde 1866, de la que un año después fue separado, seguramente por mostrar su adhesión al darwinismo en dos discursos publicados con motivo de su acceso a la mencionada cátedra. Ahora bien, los buenos tiempos no tardaron en llegar. Ortolà fue rehabilitado el 1868 por las nuevas autoridades, y la discusión pública y la enseñanza de las doctrinas evolucionistas dejaron de estar perseguidas. Poco a poco, Darwin comenzaba a ser conocido más ampliamente.

De especial relevancia resultó la publicación el 1871 de la nueva obra de Darwin, The Descent of Man and Selection in Relation to Sex, conocida entre nosotros como El origen del hombre. Bueno, hemos hablado de la publicación de esta obra, pero, más correctamente, tendríamos que referirnos, para nuestros propósitos, a la publicación el año siguiente de la traducción francesa. Generalmente, Darwin fue conocido, en estas primeras etapas y entre nosotros, por las versiones francesas, las cuales, en más de un punto, modificaban peligrosamente el sentido de los originales. Solamente en 1876 será traducido al castellano El origen del hombre, mientras que El origen de las especies tendrá que esperar a 1877. Y mientras tanto, la polarización ideológica sobre el darwinismo tomaba cuerpo, para estallar definitivamente al acabar el Sexenio. La Restauración, ciertamente, supuso un paso atrás por lo que respecta a las libertades de pensamiento y cátedra; sin embargo, a pesar de algunas disposiciones legales restrictivas, el evolucionismo ya era tema de absoluto dominio público, y las disputas sobre la cuestión, muchas veces alejadas del terreno de la ciencia, y en una cantidad nada despreciable de casos, violando las más elementales normas de educación, pasaron a ser elemento cotidiano en el mercado editorial y la prensa.

 

La evolución humana fue uno de los aspectos que más controversias suscitó entre partidarios y opositores a las doctrinas evolucionistas. Esta lámina, correspondiente a una obra de Haeckel, tiene un encabezamiento muy provocador, “Esqueletos de cinco monos antropoides”… incluyendo el hombre.

Si regresamos a la Universidad de Valencia, encontramos en el año 1877 un significativo discurso de apertura de curso del cirujano aragonés, catedrático de anatomía quirúrgica, Nicolás Ferrer y Julve, en el que criticaba las doctrinas materialistas mediante los estudios sobre la antigüedad de la especie humana. Darwin, naturalmente, era duramente atacado. A pesar de las referencias a la religión, Ferrer todavía planteaba una línea argumental según la cual el evolucionismo se tenía que combatir con argumentos científicos. Así estaba actuando desde hacía ya unos años un valenciano residente en Madrid, Joan Vilanova Piera, primer catedrático de paleontología en la Universidad Central –y en todo el estado– y componente estudioso de la estratigrafía, los fósiles y la prehistoria de las tierras valencianas. Vilanova era un ferviente católico, y se oponía al darwinismo y a otras teorías sobre la transformación de las especies procurando hacer uso de los datos que ofrecían las ciencias de la tierra. Su línea fundamental intentaba hacer concordar el relato del Génesis con las evidencias del registro geológico. Vilanova es tal vez el ejemplo más notable del científico católico, antievolucionista, pero respetuoso con sus adversarios. Su magisterio perduró en otro valenciano, el autodidacto Josep Joaquim Landerer Climent, un hombre de posición acomodada establecido en Tortosa que fue más allá en los intentos de armonizar ciencia y religión y que llegó a admitir parcialmente el evolucionismo.

Estas contribuciones muestran qué superficiales son las percepciones de la polémica sobre la obra de Darwin como un combate entre la intransigencia religiosa y el avance de la ciencia. Esto, en todo caso, no significa que no hubiera reacciones ultramontanas protagonizadas por numerosos autores católicos. Al género en cuestión pertenece la obra Contra Darwin. Supuesto parentesco entre el hombre y el mono, el autor de la cual era el catedrático de psicología, lógica y filosofía moral del Instituto de Segunda Enseñanza de Valencia, Manuel Polo Peyrolón. Polo, natural de Teruel, era bien conocido por su militancia carlista, y hasta su traspaso, en la segunda década del siglo XX, se manifestó como uno de los más irreducibles “anti-cualquier-tipo-de-nueva-idea”. En el prefacio del libro mencionado, publicado por primera vez en 1878, y con una segunda edición bastante celebrada en 1881, consideraba el darwinismo una “absurda teoría al principio vergonzante y al parecer inofensiva, pero contraria en realidad á todo lo más inconcuso para el hombre de ciencia, y á todo lo más santo para el católico”. A pesar de esto, y a pesar de párrafos todavía más rotundos páginas más adentro, el libro de Polo no era en todo caso el ejemplo extremo de la pérdida de formas entre los adversarios del evolucionismo en España.

Es necesario reseñar que en el libro de Polo encontramos muchas referencias a las doctrinas monistas, especialmente a las del naturalista y morfólogo alemán Ernst Haeckel, catedrático en Jena. Se considera a Haeckel el principal apóstol del darwinismo –también del lamarckismo– en el ámbito cultural germánico. Su visión particular de la evolución, y su sincretismo científico, lo llevarían a desarrollar una serie de teorías, cada vez más extravagantes, caracterizadas precisamente por un monismo radical. Por cierto, que el monismo también será, años después, tema básico de impugnación para otro valenciano, el jesuita Antoni Vicent Dolz, en un libro bastante más sensato, y sin duda mucho más fundamentado en los datos científicos que el de Polo. En realidad, Haeckel fue desplazando a Darwin del centro de las críticas de los antievolucionistas españoles. El basto materialismo del alemán y su actitud abiertamente hostil al cristianismo ayudaron, sin duda, a este cambio de objetivo. Está claro que también hay que prestar atención a que Haeckel fue el inspirador de los trabajos de numerosos evolucionistas y, singularmente, del catedrático de anatomía de la Universidad de Valencia Pelegrí Casanova Ciurana, autor de la obra La biología general, publicada en Valencia en 1877 con un breve pórtico o salutación del propio Haeckel, con el que Casanova mantuvo relación epistolar e incluso contacto directo, porque le hizo una visita en Jena. Aunque fue el más radical en sus planteamientos, Casanova no fue el único evolucionista en la Facultad de Medicina de Valencia, ya que por su claustro pasaron también otros profesores receptivos, entre los cuales destaca Santiago Ramón y Cajal. En cualquier caso, la incorporación del evolucionismo en la práctica científica en todos estos casos se realizó haciendo un uso poco parcial –a veces, claramente erróneo– de los postulados de Darwin, muestra fehaciente de cómo se reivindicaba la figura del naturalista inglés, pero no se le seguía en el terreno científico. Posiblemente, sea en ciertas partes de la obra herpetológica del ya mencionado Eduard Boscà donde mejor reflejada se encuentra la influencia de Darwin entre estos primeros evolucionistas valencianos, especialmente por la manera en la que se enfrentó al estudio de la distribución geográfica de los reptiles y anfibios ibéricos. Pero años después, y coincidiendo con sus estudios paleontológicos con materiales de la colección que Josep Rodrigo Botet había regalado a la ciudad de Valencia, Boscà se deslizará hacia concepciones bastantes extravagantes del hecho evolutivo, como las defendidas por el paleontólogo y antropólogo argentino Florentino Ameghino.

    El exceso de reivindicación de la figura de Darwin y el escaso rigor a la hora de entender su obra son, en síntesis, las características básicas que encontramos entre los primeros evolucionistas valencianos. Y así continuarán las cosas durante mucho tiempo. En 1909, los estudiantes de medicina de Valencia organizaron un acto público de homenaje con motivo del centenario del nacimiento de Darwin. Intervinieron los viejos apóstoles Casanova y Boscà, además de Miguel de Unamuno, paladín de causas dudosas en la España de la época, este con un discurso lleno de metafísica absurda. Del mismo modo que hace treinta años, se alzaron las voces de los supuestos defensores de la religión, las tradiciones y el orden. Muchos más años tendrían que pasar para que Darwin dejara de suscitar entre nosotros otras discusiones que las científicas. Tal vez ahora es mejor conocido. Pero, ¿lo es más que entonces?

Jesús Ignasi Català. Instituto de Historia de la Ciencia y Documentación “López Piñero”, Universitat de València.
© Mètode 28, Invierno 2000/01. 

 

 

De arriba a abajo, portada del libro de Manuel Polo y Peyrolón contra Darwin Supuesto parentesco entre el hombre y el mono, cuya segunda edición se publicó en Valencia en 1881. Debajo de su aparente ingenuidad, se esconde una de las invectivas más despiadadas escritas en España contra el evolucionismo. En el centro, portada del número monográfico que la revista valenciana Tribuna Médica dedicó al homenaje que algunos estudiantes y profesores de la Facultad de Medicina de Valencia rindieron a la figura de Charles Darwin, para conmemorar el centenario de su nacimiento. Portada de la traducción castellana de la obra de Ernst Haeckel La perigénesis de los plastídulos, publicada en Valencia, con prólogo de Peregrí Casanova. Las doctrinas evolucionistas de Haeckel mezclan sincréticamente ideas lamarckistas y darwinistas con la filosofía monista.

  

En esta lámina del paleontólogo valenciano Joan Vilanova Piera, se representan, entre otros ejemplares, restos humanos encontrados en Orihuela (núms. 6 y 7) e instrumentos de Parpalló (núms. 18 a 23).

 

«El exceso de reivindicación de la figura de Darwin y el escaso rigor a la hora de entender su obra son las características básicas que encontramos entre los primeros evolucionistas valencianos».

  

Lámina de un articulo de Eduard Boscà, donde se representan dos especies nuevas de anfibios ibéricos, establecidas según las nuevas ideas de la sistemática evolucionista. Una de ellas, Ammorictys cisternasii, fue dedicada por Boscà a su iniciador en las doctrinas de la evolución, Rafael Cisternas.

 

Retrato de Darwin, poco antes de su muerte. La expresión deja ver los sufrimientos de la enfermedad crónica.

 

El más notable representante de la oposición científica al darwinismo en España fue el paleontólogo valenciano Joan Vilanova Piera. Sus posiciones contrarias al darwinismo, emitidas siempre desde el respeto y la medida, no impidieron a Vilanova realizar importantes contribuciones al conocimiento de la prehistoria.

 
 

De arriba a abajo, Peregrí Casanova, catedrático de anatomía de la Universidad, fue el más activo difusor del evolucionismo en Valencia. Retrato del naturalista Eduard Boscà, uno de los mayores conocedores de la fauna valenciana. Retrato de madurez de Ernst Haeckel, el máximo difusor del darwinismo por el continente europeo.

 

Tarjetas postales enviadas por el evolucionista alemán Ernst Haeckel a su discípulo valenciano Peregrí Casanova. Se representan paisajes de la isla de Java.

 

© Mètode 2013 - 28. Evolución - Disponible solo en versión digital. Invierno 2000/01

Profesor de Historia de la Ciencia. Departamento de Humanidades, Universidad CEU Cardenal Herrera de Valencia.