Civilización y adaptación

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© A. Ponce & I. Rovira
A pesar de la demagogia, nunca va a haber para todos. Las desigualdades se exacerbaron primero con la revolución agrícola, luego todavía más con la revolución industrial y han llegado a cotas más altas con la revolución del sector servicios propiciada por la informática.

Como, en su día, el alce irlandés o el tigre de dientes de sable, el fenotipo humano dominante se va desajustando progresivamente con respecto al medio que ampara su supervivencia; el resultado es la extinción a corto o medio plazo, salvo una vuelta a una concepción naturalista de la existencia que reformatee planteamientos y actuaciones.

La etología es la ciencia del comportamiento. Este se constituye en farsa biológica cuando, por ejemplo, la proyección etológica induce a pensar que somos algo más que organismos sobre la base de que tenemos autoconciencia y un sentido más o menos exultante de nuestra historia. Todo ello se encuentra tipificado en una evolución cultural que se supone que ha ido a mejor, como lo supuso ya canónicamente Charles Darwin en El origen del hombre (1871). Y se supone que ha ido a mejor en la medida en que ha facilitado la supervivencia y la longevidad a una proporción relativamente más numerosa de personas que en otras épocas, singularmente en lo que denominamos Primer Mundo, y especialmente mediante el pensamiento científico y el hacer tecnológico. Además, parte importante de la farsa en cuestión se basaría en tener la sensación en ese Primer Mundo de que las supersticiones o conocimiento imaginario han ido desapareciendo. Es decir, que se habría venido dando una descontaminación metafísica más o menos gradual del pensamiento en nuestra historia (Castrodeza, 2003).

O sea que por fin, mal que bien, todos los directamente implicados sabríamos ya a qué atenernos sin abrigar expresamente expectativas sobrenaturales que nos encaminaran a un paraíso de circunstancias o a una supervivencia más allá de lo que consideramos como nuestra propia muerte personal e intransferible.

En realidad, todo esto justamente expresado, en gran medida y para una mayoría de primermundistas, son obviedades, de modo que la farsa no solo está servida sino que se asume como si no lo fuera, como se asume que el sol sale y se pone o que todos, al menos en pequeños detalles, decidimos sobre nuestras vidas. Seríamos en efecto, según dicha farsa, animales tan racionales que nuestra animalidad sería retórica más que otra cosa. Una farsa etológica es, pues, la manifestación de una norma de reacción comportamental que no se ajusta al medio como sería de esperar y que por lo tanto pone la supervivencia en entredicho sobre todo si esa falta de ajuste va a peor.

La mirada crítica

Para neutralizar esta especie de huída hacia adelante etológica, mediante la llamada posmodernidad crítica (Bielskis, 2005) se pretende cambiar el chip y mirar de otra manera más naturalizada lo que hasta la fecha se habría considerado como historia unilineal (la historia identificada con Occidente). Es decir, se trataría de mirar la historia como acontecer multivario con fórmulas pluralistas en las que entramos todos pero sin expresar preferencias ontoteológicas (lo que serían las perspectivas nietzscheanas matizadas por Heidegger) en un espíritu que satisfaga un altruismo recíproco a gran escala como medio de promover una Estrategia Evolutivamente Estable (EEE) de manera global (Levin, 1999).

Desde dicha mirada crítica con interés corrector, a fin de volver a encarrilar nuestras perspectivas de supervivencia en un sentido biológicamente más genuino, lo primero que se constata es que la ciencia y la tecnología están teóricamente en manos de todos los humanos, pero, claro, como es de ley etológica, en realidad están controladas por parte de esa minoría que se ha convenido en llamar Occidente (y occidentalizados varios como pueda ser Japón, aunque, más que menos, en un mundo globalizado sólo quedaría una dirección a seguir como el americano-japonés Francis Fukuyama especulaba ya en el distante 1992).

De esta manera, aunque se trate de resolver los problemas de todos, tienen prioridad los problemas de los occidentales de primera; problemas que se van paliando en buena medida a costa de los problemas de los otros. Porque, como es asimismo de ley etológica, el altruismo recíproco está viciado por el engaño y corregido idealmente por la detección de ese engaño. Además, dicho altruismo en principio solo funciona entre iguales, de modo que si una facción domina en principio no hay ni altruismo ni reciprocidad ni, claro está, estabilidad sociopolítica alguna en una perspectiva global, y la huida hacia delante, o sea, la farsa, se acelera aún más.

La cuestión etológica, por otra parte, tiene otros recovecos desestabilizantes, porque, a la postre, los denominados genéricamente «problemas humanos» se van desbrozando, que no resolviendo, mediante consumo energético. Pero ese consumo per capita nos dice que no solo no hay para todos, sino que, y a pesar de que sea muy fácil hacer demagogia al respecto, parece que nunca va a haber más que para una minoría (lo que ha ocurrido desde que el hombre es hombre –o, en general, el animal es animal– como ya lo percibieran en la época victoriana con una intensidad inusual, fomentada por la atmósfera de la revolución industrial, tanto el reverendo Thomas Malthus secundado por Karl Marx y compañía, en el primer caso, como el mencionado Darwin en el segundo). Una situación que, históricamente, se exacerba en un principio con la revolución agrícola, luego todavía más con la revolución industrial, y llega incluso a cotas más altas de tensión discriminatoria (diferenciadora) con la revolución del sector servicios propiciada por la informática como sutilmente percibía Heidegger.

 

«Una farsa etológica es la manifestación de una norma de reacción comportamental que no se ajusta al medio como sería de esperar y que por lo tanto pone la supervivencia en entredicho»

 

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© M. Lorenzo
Desde la sociedad emergen movimientos y organizaciones «sin fronteras» para intentar desactivar mínimamente las desigualdades existentes. Son gestos éticamente encomiables que nos permiten mirar de otra manera, pero que sin embargo parecen ayudar más a precipitar el colapso que a evitarlo.

«La ciencia y la tecnología están teóricamente en manos de todos  los humanos, pero, como  es de ley etológica, en realidad están controladas por parte  de esa minoría que se ha convenido en llamar Occidente»

 

 

 

 

 

 

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© B. Pajares
Desde la crítica y el arte se denuncian las desigualdades existentes. La exposición «Niños de la calle en la estación Victoria (Bombay)», del fotógrafo Benito Pajares, se pudo ver este verano en La Nau de la Universitat de València. Una muestra que, según el autor, pretendía sensibilizar a los visitantes sobre la tragedia que viven estos niños para que de alguna manera se pueda reaccionar ante situaciones como estas.
 

«El engaño y la detección del engaño en los seres humanos están etológicamente extendidos entre los depredadores y sus posibles presas, pero también entre miembros de la misma especie»

Contracultura oportunista y sentido biológico

Como antídoto etológico a esa situación fársica potencialmente explosiva, desde la posmodernidad crítica se acusa, desde el arte «responsable» (fundamentalmente la literatura) se denuncia (a menudo con desesperanza nihilista), y desde la misma sociedad emergen «activistas sin fronteras» (médicos y voluntarios de toda índole) para intentar desactivar mínimamente esa disyuntiva en cuyo acontecer nos la jugamos todos. Todo se reduce, efectivamente, a «mirar de otra manera» (que no «a otro lado») y a desplegar gestos tan elocuentes como éticamente encomiables que paradójicamente, quizá a medio plazo, no van a hacer más que precipitar el colapso anunciado (porque el desfavorecido rescatado de su miseria más procaz por los activistas sin fronteras estará así en mejor posición dialéctica para enfrentarse a un Occidente opresor en su opulencia relativa, aunque no de un modo especialmente deliberado). Porque no se puede potenciar un mejor reparto energético a expensas no solo del que posee y que dice (decimos) que «necesito todo lo que tengo» sino que afirma que «necesito más». Porque en Occidente, aparte del núcleo de potentados de turno, ¿quién está contento con su suerte?

Y es que el altruismo recíproco como estrategia evolutiva estable con todas sus dificultades no propicia un final de la historia a gusto de nadie. La selección natural en términos científicos o coloquiales, lo mismo da, es oportunista y no favorece ni el bien, ni la verdad ni la belleza (para la versión inefable no habría más que poner mayúsculas). De manera que el bien, la verdad y la belleza son, en los términos del estructuralista galo Jean Baudrillard, simulacros para la construcción de una hiperrealidad generalizable, como Disneylandia, donde la farsa se autolegitima en toda su desmesura etológica (Perry, 1998).

Lo cierto es que el altruismo recíproco como código de conducta interanimal se queda etológicamente en más bien poco. Para ir directamente al grano, y como se atisbaba hace unas líneas, en las transacciones entre cooperantes el que logra engañar al otro, queriendo o sin querer, obteniendo más de la transacción de lo que le corresponde, se ve favorecido por la selección natural porque obtiene así relativamente más recursos para su supervivencia y la de los suyos y esta es la base de la propia prosperidad que se instrumenta siempre a costa de la ajena, aunque no se ajuste estrictamente a un sistema de suma cero. Ahora bien, el que no se deja engañar, queriendo o sin querer, igualmente se ve favorecido por la selección natural por razones igualmente obvias pero va a remolque del primero.

Agentes correctores desde el instinto

En efecto, el engaño y la detección del engaño en los seres humanos, e instintivamente en el resto de los seres vivos, están etológicamente extendidos de forma amplia, especialmente entre los depredadores y sus posibles presas, pero también entre miembros de la misma especie en competencia por los recursos limitados. Asimismo, uno puede dejarse engañar a sabiendas, como cuando se recibe un regalo, de modo que el que regala, o simplemente le permite al otro que se aproveche a su costa, o guarda la deuda para cobrarla cuando convenga, aunque por momentos las relaciones entre ambos se vean agradablemente lubricadas por esa cesión aparentemente gratuita de largueza.

De modo que en la etología de la cooperación y de la competencia, siguiendo a los filósofos de la sospecha, es decir, a Sigmund Freud, a Karl Marx y, especialmente, a Friedrich Nietzsche, nada es lo que parece. Porque el altruismo recíproco, viciado por el engaño y su detección, está en la línea del dictamen general de Freud, para quien las razones reales de nuestras actuaciones están enterradas en el subconsciente, y las razones aparentes son las que funcionan en nuestra convivencia para no infundir sospechas sobre nuestras verdaderas intenciones (que por lo general no las conocemos ni siquiera nosotros mismos, ahí está el truco etológico). Lo mismo sucede con Marx, pero ya a nivel de grupo o clase, y en Nietzsche cabe destacar su interpretación de la razón, encarnada en la figura de Sócrates, como instrumento del resentimiento en aquellos que no pueden llegar a los recursos como los poderosos de la tierra (el resentimiento depura así la racionalidad pensante y la devalúa como instrumento privilegiado de conocimiento).

  
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© B. Pajares
El altruismo en principio solo funciona entre iguales, de modo que si una facción domina, en principio no hay ni altruismo ni reciprocidad. Aunque se trate de resolver los problemas de todos, tienen prioridad los problemas de los occidentales de primera, que se van paliando en buena medida a costa de los problemas de los otros. En la imagen, una fotografía de la exposición de Benito Pajares, en la que muestra la vida de los niños que viven en la estación Victoria de Bombay en situaciones de pobreza extrema. 
 

«El altruismo recíproco como estrategia evolutiva estable con todas sus dificultades no propicia un final
de la historia a gusto
de nadie»

¿Cómo sabiendo lo que sabemos sobre nuestra propia naturaleza y condición, sobre todo ya a estas alturas, puede existir un contrato social, por muy tácito que este sea, que incentive la cooperación?

La farsa neutralizada

La clave de que el juego del contrato social continúe entre todos, y con no poca intensidad, es que, a la postre, todos nos curamos en salud porque «a la fuerza ahorcan», es decir, no hay otra salida etológica, farsa incluida. En efecto, todos creemos saber en quién podemos confiar y por qué se puede confiar en nosotros, todo ello hasta cierto punto, claro está, simplemente porque hacemos constantemente publicidad de que somos de ley y casi nos lo creemos. Todos queremos tener fama de buenos (hablando de gente normal en una sociedad en equilibrio), y en nuestros cotilleos, conversaciones casuales y no tan casuales, insistimos en lo que pensamos, en lo que nos parece mal, en lo que nunca haríamos, en lo que sí haríamos si se nos diera la oportunidad, etc. Criticamos y hablamos mal del que no está presente, simplemente para demostrar al interlocutor de turno que somos mejores, en el sentido de ser más dignos de confianza. Incluso, los criminales convictos tratan siempre de justificar sus acciones, y de no poder hacerlo, proclaman un arrepentimiento de lo más sincero a los cuatro vientos. La farsa estriba en considerar que esa dinámica no es digna de los seres humanos cuando es lo que nos define como seres vivos.

Y es que no es cuestión de que las cosas tengan sentido, es cuestión simplemente de que las leyes de la etología nos fulguren tan inflexiblemente como las económicas o las físicas en un universo que a los efectos funciona así. De manera que intentar que algo tenga sentido no tiene sentido, valga la paradoja. Además, el sentido, para insistir, es como el libre albedrío o los tan traídos y llevados tipificados como el bien, la verdad y la belleza, o sea, siempre existe una apariencia de esas directrices que cuando se exponen con más claridad se convierten en simulacro de lo estipulado y punto.

¿Cuál es el fin de nuestro gran melodrama en la farsa etológica subyacente? Se trabaja y se sufre para no trabajar y no sufrir y cuando se llega al menos a una apariencia de ese estado tan añorado como inefable –el de una jubilación bien provista, claro–, no se sabe qué hacer, se necesita un hobby, o sea, una manera ya hiperreal de trabajar y sufrir, de matar el tiempo en fin, como lo ve Paul Feyerabend en su autobiografía Matando el tiempo (1994-1995). Porque lo auténticamente decepcionante es que a la postre lo único que se consigue es seguir en las mismas, o sea, nada relevante, pero decepción que nos encarrila como seres vivos sin pretensiones, que es lo biológicamente idóneo.

Lo que se quiere decir en definitiva es que, en buena medida, quizá paradójicamente, y en contra de la opinión muy extendida del Calígula de Albert Camus, somos responsables de nuestros actos pero no por razones morales (ahí ese Calígula inventado tendría razón), sino por razones estrictamente instrumentales. Es decir, nuestros congéneres nos pueden pedir cuentas de lo que hacemos o decimos, e incluso pensamos, por lo que nos hacemos acreedores de su confianza o no según se tercie. Algo análogo también sucedería con los animales no humanos que adoptan un comportamiento por los premios aparejados y dejan otro por los castigos que acarrean, que es lo que en esencia son los reflejos condicionados que dirigen toda etología no heredada. En general, claro, las condiciones reinantes incentivan ciertos comportamientos a expensas de otros en prácticamente todos los seres vivos con adaptaciones etológicas facultativas (no rígidas).

Ahora bien, según los cánones tradicionales, un animal no humano no será responsable en la medida en que su comportamiento condicionado sería tan rígido, relativamente al del hombre, que no se le podrían exigir responsabilidades. Su flexibilidad comportamental sería asimilable a una especie de neurosis obsesiva incurable desde el punto de vista de lo humano. En un sentido parejo, un animal sería como un humano (un niño) sin uso de razón. Un humano con uso de razón, y especialmente un adulto, sabe en buena medida qué comportamiento es aceptable por sus congéneres, aunque esta circunstancia haya que centrarla antropológicamente. Pero esto, especialmente después de las investigaciones de Frans B. M. de Waal y colaboradores, también lo sabe un animal superior, concretamente si es un mono antropoide. Es más, entre estos animales se da una política de alianzas y transgresiones, cuando la oportunidad se presenta (Schino, 2007), lo que se traduce en la formación de una jerarquía (pecking order) cuyo mantenimiento se basa en una violencia más o menos ritualizada como sucede en muchos otros organismos ya genéticamente no tan cercanos a nosotros.

Una diferencia importante para con el hombre es que este memoriza las situaciones relativamente mucho más a largo plazo que el mono antropoide y además, por esa facultad relativamente más intensa del «verlas venir», se pone en el lugar del otro de un modo mucho más acentuado que el simio y equivalente, adivinando de ese modo con más precisión las intenciones de su congénere. La farsa, se insiste, es pensar que esa función nos hace los «reyes de la creación». Contener la farsa es asumir nuestra condición etológica más naturalizada.

BIBLIOGRAFÍA
Bielskis, A., 2005. Towards a Postmodern Understanding of the Political: From Genealogy to Hermeneutics. Palgrave Macmillan. Basingstoke.
Castrodeza, C., 2003. La Marsopa de Heidegger: El lugar de la ciencia en la cultura actual. Dykinson. Madrid.
Levin, D. M., 1999. The Philosopher’s Gaze (Modernity in the Shadows of Enlightenment). University of California Press. Berkeley-Los Angeles-Oxford.
Perry, N., 1998. Hyperreality and Global Culture. Routledge. Nueva York.
Schino, G., 2007. «Grooming, coalitions and reciprocal altruism in primates». Journal of Anthropological Sciences, 85: 235-236.

Carlos Castrodeza. Profesor titular de Epistemología. Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia. Universidad Complutense de Madrid. .
© Mètode 67, Otoño 2010.

 

«Todos creemos saber en quién podemos confiar y por qué se puede confiar en nosotros simplemente porque hacemos constantemente publicidad de que somos de ley y casi nos lo creemos»

© Mètode 2011 - 67. Naturaleza humana - Número 67. Otoño 2010

Profesor titular de Epistemología. Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia. Universidad Complutense de Madrid.