Divanes y gurús

El origen y los peligros de la pseudopsicología clínica

DOI: 10.7203/metode.8.9977

La pseudociencia presenta una alarmante presencia en el contexto de la psicología clínica y es, además, muy peligrosa. Como conjunto de ideas pseudocientíficas, la pseudopsicología clínica muestra la peculiar característica de constituir toda una tradición paralela a la psicología, con numerosas ramificaciones y desarrollos teóricos y prácticos interrelacionados. En este escrito repasaremos esa tradición, desde la hipnosis pseudocientífica hasta el psicoanálisis, y desde la new age hasta la actual neuropseudociencia. Tras ello, revisaremos algunos de los peligros de la pseudociencia relacionada con los trastornos mentales.

Palabras clave: pseudociencia, psicología, psicoanálisis, new age, psicoterapias.

«Los colegios y la práctica profesional de la psicología padecen un gran nivel de penetración pseudocientífica»

La psicología clínica tiene un serio problema con la pseudociencia (Lilienfeld, Lynn y Lohr, 2003), entendida como aquellas prácticas e ideas carentes de garantía epistémica que, como estrategia retórica, se impostan como ciencia (Fasce, 2017; Hansson, 2009). Si bien es cierto que las facultades de psicología, al menos en nuestro contexto, suelen presentar buenos estándares de fundamentación científica respecto a los contenidos de los títulos oficiales, lo cierto es que, para frustración de los buenos profesionales que abundan en el campo, los colegios y la práctica profesional de la psicología padecen un gran nivel de penetración pseudocientífica. Tradicionalmente ha sido un lugar común hablar del gap (“brecha”) existente entre la investigación y la práctica psicológicas (Lilienfeld et al., 2003), con unos investigadores rigurosos y bien formados en el campo metodológico y unos practicantes con una actitud poco dada a la fundamentación científica de sus intervenciones. Esta situación parece continuar hoy en día, con una cantidad considerable de psicólogos dispuestos a incorporar prácticas pseudocientíficas a sus intervenciones (Stapleton et al., 2015).

Cerca del 15 % de los cursos organizados por el Colegio Oficial de Psicólogos de la Comunidad Valenciana entre el 16 de marzo y el 23 de noviembre de 2017 presenta contenido pseudocientífico explícito. Arriba, jornadas de análisis bionergético celebradas en 2013 declaradas de interés científico profesional por el COPCV. / Mètode

Sin ir más lejos, una búsqueda rápida en las webs de las instituciones encargadas de ofrecer formación para ejercer la psicología clínica o de velar por el respeto a su código deontológico nos hace notar de forma inmediata esta falta de apego por la práctica basada en evidencia. Por ejemplo, el Colegio Oficial de Psicólogos de la Comunidad Valenciana  (COP-CV) ofertó y ofertará en los próximos meses cursos de análisis bioenergético, interpretación de sueños, psicoanálisis, constelaciones familiares o terapia gestalt, entre otros. De hecho, cerca del 15 % de los cursos organizados por el COP-CV entre el 16 de marzo y el 23 de noviembre del 2017 presenta contenido pseudocientífico explícito.

Una explicación a este fenómeno podríamos encontrarla en la baja preparación en metodología y filosofía de la ciencia que reciben, en términos generales, los psicólogos, algo que propicia la propagación y el mantenimiento de los denominados psicomitos entre estudiantes y profesionales, tanto en el contexto hispanohablante como en el anglosajón (Hughes, Lyddy y Lambe, 2013) –por ejemplo, que las personas que padecen esquizofrenia tienen personalidad múltiple o que el polígrafo es una herramienta fiable para detectar mentiras–. Dado que la psicología es, aunque joven, una ciencia, y que por ello su práctica e investigación requieren de una capacidad correctamente entrenada para el razonamiento científico, basado en la evidencia obtenida mediante metodologías empíricas y fiables, resulta necesario que los psicólogos reciban entrenamiento explícito durante su formación en materia de detección de pseudociencias. No existe una correlación clara entre el conocimiento de datos científicos y un mayor escepticismo (Johnson y Pigliucci, 2004; Majima, 2015), lo cual nos indica la necesidad de ofrecer una formación más sólida en relación a los fundamentos conceptuales del pensamiento crítico (Lilienfeld, Lohr y Morier, 2004).

«Hoy en día existe una cantidad considerable de psicólogos dispuestos a incorporar prácticas pseudocientíficas a sus intervenciones»

Esta necesidad de agudizar el razonamiento científico queda reflejada en el código deontológico español de la psicología, que establece en varios de sus artículos la obligatoriedad tanto del practicante como del investigador de basar en la evidencia científica la totalidad de las afirmaciones e intervenciones que realice en calidad de psicólogo. Especialmente relevantes en este sentido son los artículos cinco, veintidós y treinta y tres, en los cuales se establece de forma tajante que la psicología ha de estar basada en evidencia científica, que únicamente los enfoques que gocen de ella son merecedores de respeto por parte de las personas involucradas en el campo y que todas las enseñanzas que un psicólogo transmita en clase han de estar, a su vez, basadas en estas evidencias. Por supuesto, el código no indica que no se pueda trabajar en hipótesis o que no se pueda opinar: lo que indica es que las hipótesis y las opiniones no han de ser presentadas como psicología a menos que estén debidamente respaldadas —y es en este «debidamente» donde están fallando los mecanismos de vigilancia epistémica de la comunidad de psicólogos.

«Resulta necesario que los psicólogos reciban entrenamiento explícito durante su formación
en materia de detección de pseudociencias»

Algunas de las personas que deciden hacer caso omiso a estas exigencias profesionales suelen escudarse en lo que se ha denominado como «el veredicto del dodo», en referencia al pasaje de Alicia en el país de las maravillas en el que todos los participantes de una carrera resultan ganadores. Los defensores del veredicto del dodo sostienen que todas las psicoterapias tienen la misma eficacia porque lo importante es la aptitud del psicoterapeuta y los factores comunes a todas ellas, siendo las técnicas específicas algo puramente anecdótico. Sin embargo, esta idea ha sido ampliamente refutada por la evidencia disponible (Marcus, O’Connell, Norris y Sawaqdeh, 2014). Una evidencia que concluye que existen psicoterapias que no gozan de eficacia demostrada y otras que gozan de evidencia de tipo I y II (ensayo clínico aleatorizado –(ECA)– y metaanálisis de ECA), que es aquella que se ha de considerar como realmente fiable. Cabe mencionar que es la terapia cognitiva-conductual aquella que más evidencia de tipo I y II tiene para la enorme mayoría de los trastornos mentales valorados en las guías oficiales y extraoficiales de práctica clínica ética, basada en evidencia.

Todavía se propagan y mantienen los denominados psicomitos entre estudiantes y profesionales de la psicología. Por ejemplo, que el polígrafo es una herramienta fiable para la detección de mentiras. / Alejandro Tovar

De la hipnosis al psicoanálisis

La pseudopsicología tiene una serie de características muy peculiares que la convierten en un caso algo diferenciado dentro de la vasta lista de pseudociencias que encontramos en la sociedad. Una de sus características más llamativas es que se trata de un enorme conjunto de ideas y técnicas relacionadas, en su mayoría, entre sí. Al contrario de lo que sucede con la pseudobiología o con la pseudofísica, la pseudopsicología constituye toda una tradición paralela a la psicología que se ha ido desarrollando a lo largo del último siglo. Por ello, es posible rastrearla hasta un origen más o menos bien definido que habitualmente recae en la figura de Franz Mesmer, un médico de origen alemán que desarrolló una teoría denominada «magnetismo animal» o «mesmerismo», un tipo de astrología médica que consideraba las enfermedades como un desequilibrio en un supuesto medio etéreo (Darnton, 1968). Mesmer seguía las ideas, aunque en una versión secular, del sacerdote, exorcista y curandero Johan Joseph Gassner, con quien mantuvo una polémica respecto al origen de sus supuestas curaciones, alegando Mesmer que la razón real de las mismas era su postulado magnetismo en lugar de una intervención divina. Las altamente sugestivas sesiones mesmerianas, al contrario que los exorcismos, se cubrían con un manto de pseudociencia a través del uso de barras metálicas que eran introducidas en soluciones hidroelectrolíticas a fin de que trasmitieran al cuerpo de los pacientes ligeras corrientes eléctricas.

Sin embargo, al intentar poner en práctica sus ideas intentando curar a una joven música afectada de ceguera, la situación terminó en un rotundo fracaso que lo obligó a abandonar Viena en 1777 y a refugiarse en París. Pese a que la posición oficial del estado francés rechazaba las ideas de Mesmer, según nos indican las resoluciones dictadas por la Real Academia de Ciencias y la Real Academia de Medicina, el rey Luis XVI se interesó por estas curiosas prácticas y quiso conocer su valor real en mayor profundidad. Para ello nombró a cuatro miembros de la Facultad de Medicina a fin de que las investigaran, aunque a petición de esos cuatro miembros se designó también a cinco personas adicionales provenientes de la Facultad de Ciencias, entre los que encontramos nombres tan notables como Jean Bailly, Benjamin Franklin o Antoine Lavoisier. Tras analizar en detalle la teoría y la práctica de Mesmer, elaborando experimentos y observando sus sesiones, determinaron que se trataba de mera charlatanería y que el supuesto magnetismo animal no era más que una invención. Respecto a sus supuestos resultados determinaron que no se trataba más que de la imaginación tanto de los practicantes como de los pacientes. Como consecuencia a esta investigación, Mesmer tuvo que abandonar también París y su biografía posterior nos resulta prácticamente desconocida.

El «mesmerismo» o «magnetismo animal» es una teoría desarrollada por el médico alemán Franz Mesmer (1734-1815), quien consideraba las enfermedades como un desequilibrio en un supuesto medio etéreo. Sus sesiones, altamente sugestivas, se cubrían con un manto de pseudociencia a través del uso de barras metálicas que eran introducidas en soluciones hidroelectrolíticas a fin de que transmitieran al cuerpo de los pacientes ligeras corrientes eléctricas. Este grabado de 1780, de autoría desconocida, muestra un «baquet» –procedimiento de terapia de grupo de Mesmer– con varias personas sentadas alrededor de una mesa. Un hombre con un bastón tiene un aro de hierro alrededor del tobillo; otros miembros del grupo llevan aros parecidos; a la izquierda, un hombre ha hipnotizado a una mujer. / Mètode

Una cantidad considerable de estudiosos aceptó el veredicto llevado a cabo por el grupo de expertos, obviando las ideas de Mesmer y finalmente fundando la psicología científica en base a técnicas de psicofisiología. Otro grupo, en cambio, continuó organizando las sesiones mesmerianas hasta desarrollar lo que hoy en día denominamos hipnosis (Gauld, 1992). Especialmente relevante fue James Braid, quien acuñó el término a mediados del siglo xix y, rechazando la idea mesmeriana del magnetismo animal, definió los estados hipnóticos como un «sueño nervioso». La hipnosis se fue desarrollando paulatinamente hasta la creación de dos escuelas enfrentadas: la de Nancy y la de París. La escuela de Nancy, con Hippolyte Bernheim y Ambroise-Auguste Liébeault a la cabeza, defendía que la hipnosis era mera sugestión, mientras que la escuela de París, con Jean-Martin Charcot liderándola, explicaba los estados hipnóticos en base a una teoría somática que los relacionaba directamente con una forma de trastorno mental latente. La hipnosis experimental de Charcot estaba ya estrechamente relacionada con la práctica clínica, aplicando la técnica a mujeres a las que denominaba «histéricas» y que eran en realidad personas con diversos trastornos mentales o altamente sugestionables.

«El psicoanálisis es la mayor influencia de la práctica totalidad de la pseudopsicología que podemos encontrar hoy en día en el mercado»

Esta segunda criba, sin embargo, ayudó a radicalizar aún más el carácter de la hipnosis de tradición mesmeriana, dotada ya de un mayor contenido teórico. Su influencia no declinó, siendo, de hecho, la base del que constituye el gran constructo pseudopsicológico: el psicoanálisis. En efecto, entre los discípulos de Charcot, en París, se encontraba un joven Sigmund Freud que practicó la hipnosis adhiriéndose a sus teorías acerca del fenómeno en relación a la histeria (Gelfand y Kerr, 1992). Junto a Charcot, la otra gran influencia del joven Freud fue Josef Breuer y su «método catártico», también basado en la hipnosis, aunque Freud decidió abandonar su uso práctico en favor de lo que denominó «asociación libre». La sombra del psicoanálisis fue y sigue siendo larga, y entre los años veinte y cincuenta del siglo xx aparecieron decenas de escuelas diferentes que se guiaban por un determinado intérprete de Freud –Carl Gustav Jung, Wilhelm Reich, Fritz Perls, Jacques Lacan, etc.–, y que convirtieron al psicoanálisis en la mayor influencia de la práctica totalidad de la pseudopsicología que podemos encontrar hoy en día en el mercado, con ideas ya refutadas como la represión de memorias como mecanismo de defensa (Loftus y Ketcham, 1994), el origen emocional e infantil del trastorno mental o la catarsis como forma de curación. En efecto, la mayor parte de las ideas de Freud carecen de respaldo científico, tanto como modelo del funcionamiento de la mente humana (Meyer, 2005) como cuando son empleadas bajo la forma de psicoterapia (Smit et al., 2102).

Tras este periodo dominado por el psicoanálisis, en el que aparecieron pseudopsicoterapias como las afamadas vegetoterapia caracteroanalítica, la orgonterapia –un tipo de energía vital postulada por Wilhelm Reich que fue refutada por Albert Einstein en persona– o la terapia gestalt –que no hay que confundir con la «psicología de la Gestalt» que estudiaba las leyes de la construcción mental de la experiencia–, tiene lugar la siguiente gran fuente de pseudopsicología clínica: la new age.

De la ‘new age’ a la neuropseudociencia

La new age fue un movimiento contracultural propio de los Estados Unidos que se basó en la creencia astrológica de que la Tierra entraría en la era de Acuario y que, con ello, comenzaría una nueva etapa para la humanidad (Heelas, 1996). Si bien es cierto que la astronomía nos dice que ello no sucederá hasta el siglo xxvi, los adeptos a la new age situaron el paso en el 4 de febrero de 1962. Dado que Acuario es un signo que es caracterizado por el pensamiento científico y la intuición, ello se vería reflejado en cambios en el conocimiento y en la moral de los habitantes de su era. La relación con el movimiento hippie fue inmediata; también fue importante el sincretismo que desarrolló con el cristianismo, al considerar que esta nueva era sería una realización de la segunda venida de Cristo, no tanto en persona sino más bien en lo que respecta a su mensaje. Si bien es cierto que los comienzos de la new age se basaron en una serie de ideas meramente esotéricas, aunque con claras trazas pseudocientíficas, basadas en la exploración espiritual, el misticismo, el exotismo oriental y la medicina alternativa, su desarrollo posterior radicalizó estas cuestiones hasta sus extremos. El movimiento se fue deslizando poco a poco hacia el desarrollo de pseudociencias de corte espiritualista, altamente manipulativas y con un elevado peligro de sectarismo, habitualmente comandadas por uno de los abundantes gurús que iban apareciendo.

«La ‘new age’ funcionó como un catalizador para el surgimiento y la distribución de pseudociencia»

La new age fue un movimiento contracultural propio de los Estados Unidos que se basó en la creencia astrológica de que la Tierra entraría en la era de Acuario y que, con ello, comenzaría una nueva etapa para la humanidad (Heelas, 1996). Si bien es cierto que la astronomía nos dice que ello no sucederá hasta el siglo xxvi, los adeptos a la new age situaron el paso en el 4 de febrero de 1962. Dado que Acuario es un signo que es caracterizado por el pensamiento científico y la intuición, ello se vería reflejado en cambios en el conocimiento y en la moral de los habitantes de su era. La relación con el movimiento hippie fue inmediata; también fue importante el sincretismo que desarrolló con el cristianismo, al considerar que esta nueva era sería una realización de la segunda venida de Cristo, no tanto en persona sino más bien en lo que respecta a su mensaje. Si bien es cierto que los comienzos de la new age se basaron en una serie de ideas meramente esotéricas, aunque con claras trazas pseudocientíficas, basadas en la exploración espiritual, el misticismo, el exotismo oriental y la medicina alternativa, su desarrollo posterior radicalizó estas cuestiones hasta sus extremos. El movimiento se fue deslizando poco a poco hacia el desarrollo de pseudociencias de corte espiritualista, altamente manipulativas y con un elevado peligro de sectarismo, habitualmente comandadas por uno de los abundantes gurús que iban apareciendo.

La new age funcionó de este modo como un catalizador para el surgimiento y la distribución de pseudociencia, especialmente psicológica. Pese a que la new age impulsó muchas pseudociencias anteriores o exóticas, como el reiki o la homeopatía, una gran parte de ellas fueron invenciones propias desarrolladas a través del Instituto Esalen, cristalización de lo que Aldous Huxley denominó «movimiento del potencial humano», o, de un modo menos radical, del Instituto de Investigación Mental de Palo Alto –la estrecha relación entre ambos centros queda plasmada en figuras centrales que trabajaron en ambos a lo largo de sus vidas, como Virginia Satir o Gregory Bateson–. Estos dos centros fueron la fuente de la llamada «psicología humanística», una corriente que en su práctica totalidad de aproximaciones a la psicoterapia carece de evidencia científica que la respalde –siendo una excepción la terapia familiar–. Entre las pseudopsicoterapias propias de la new age (Lilienfeld et al., 2003), que se cuentan por decenas y con varias de ellas bastante radicales (Singer y Lalich, 1996), encontramos la psicología transpersonal, el rebirthing o renacimiento, el coaching –estrechamente vinculado a una secta hinduista denominada «misión de la luz divina»–, la terapia primal, la hipnosis regresiva, la terapia de vidas pasadas, las constelaciones familiares o la PNL.

El porqué de la especial profusión con la que la new age generó pseudopsicología en relación a otros campos se debe tanto al propio carácter del movimiento como a los grandes avances que iba presentando la psicología y a los descubrimientos que iba realizando la neurociencia en su proceso gradual de maduración. Se insertaron así en la tradición iniciada por la hipnosis pseudocientífica y continuada por el psicoanálisis, pero incorporando grandes dosis de misticismo y de exotismo, y empleando técnicas como la respiración profunda u «holotrópica» –causa de estados alterados de consciencia debido a la hipocapnia–, la inmersión acuática, el uso de alucinógenos o la sugestión catártica grupal.

La pseudociencia propia de la new age aún resulta muy exitosa, aunque muchas de sus complejas teorizaciones se han ido acomodado al lenguaje que más popular resulta a día de hoy, en lo que podemos denominar neuropseudociencia, como el neurocoaching, el brainspotting, el neuropsicoanálisis o el EMDR –una técnica basada en una falsa imitación de los movimientos sacádicos del sueño REM, que contradice cuestiones básicas de neurofisiología y que funciona por visualización encubierta (Herbert et al., 2000; Salkovskis, 2002)–. Incluso hubo una época durante los años ochenta en la que se pusieron de moda aparatosas máquinas milagrosas con nombres que explotan el lenguaje de la neurociencia de un modo prácticamente caótico, como el «estimulador electroneural transcutáneo», el «supercargador cerebral» o el «configurador sincroenergizante de ondas cerebrales» (Lilienfeld et al., 2003). De este modo, el mercado de la pseudopsicología ha pasado de la privacidad del psicoanálisis al colectivismo espiritualista de la new age, y de ahí a lo que ahora observamos como una forma muy comercial de pseudopsicología que huye de la imagen de iluminación, tratando de camuflarse, en cambio, entre las formas y las palabras más ortodoxas de la psicología y de la neurociencia.

A la luz de todo este proceso de evolución cultural vivida por la pseudopsicología a fin adaptarse al entorno científico de cada época, debemos buscar la explicación a la gran penetración en la psicología científica de, por ejemplo, el EMDR o la PNL, tanto en lo refinado de las tácticas retóricas de estas ideas como en el hábitat en el que residen en la actualidad. Un hábitat que presenta una peligrosa combinación de baja presión deontológica con una actitud de corrección política respecto a este tipo de prácticas que, en base al impacto retórico del vocabulario de la larga tradición pseudopsicológica, son capaces de reblandecer las capacidades críticas de los psicólogos y de los usuarios.

Jugar con fuego (y quemarse)

La pseudopsicología no constituye un conjunto de prácticas inocuas, sino que repercute en la calidad del sistema sanitario y puede ser peligrosa por varias razones (Lilienfeld, 2007). La primera fuente de peligro es la contaminación de la psicología y la pérdida de prestigio de esta disciplina. Es común encontrar gente, incluso otros científicos, que no considera la psicología con toda la seriedad que merece; ello conduce a la desconfianza y esta lleva a la comunidad de psicólogos al aislamiento y a debilitarse frente a su pseudociencia local. Esta pérdida de prestigio repercute, además, en el nivel de confianza que depositan en la psicoterapia otros profesionales de la salud, como los médicos, que muchas veces no confían en derivar a sus pacientes hacia la psicología pese a que sabemos que, para algunos trastornos, como ciertos casos de depresión, la psicoterapia es más eficaz y eficiente que el uso de psicofármacos (Cuijpers et al., 2013). De hecho, en España la tasa de contratación pública de psicólogos clínicos es claramente deficiente, con cerca de cuatro psicólogos por cada 100.000 habitantes, un número varias veces inferior a la media europea –de dieciocho–. La consecuencia directa del bajo número de psicólogos clínicos y de la poca confianza en el campo es que buena parte de las personas con trastornos mentales acaba acudiendo a terapeutas no cualificados.

«Sostener ideas equivocadas nos puede llevar a tomar decisiones erróneas respecto a nuestra salud»

Otro peligro, compartido con cualquier otra pseudoterapia que se entienda a sí misma como una alternativa al tratamiento contrastado, es la evasión de tratamiento. Una persona con un trastorno mental puede perder mucho tiempo buscando ayuda en técnicas pseudopsicológicas mientras su problema evoluciona a peor o mientras se ve obligado a padecerlo de forma innecesaria. Hay quien puede ir al psicoanalista durante más de un lustro por un problema, por ejemplo, de ansiedad que en lugar de remitir se mantiene en el tiempo. Hay casos documentados de evasión de tratamiento ya desde Freud, siendo especialmente claro el caso de la joven Ida Bauer (Dora), una intervención que deja en evidencia lo peligroso y altamente contraintuitivo de su punto de vista. Cuando Dora desarrolló un cáncer de colon tras haber sido psicoanalizada llegó tarde a que le hicieran un diagnóstico adecuado, porque pensaba que estaba somatizando sus problemas emocionales tal como Freud le había indicado en el pasado –unos problemas emocionales cuya etiología se basaría en deseos incestuosos hacia su padre y en una homosexualidad latente de la que Freud estaba convencido, dado que Dora se había resistido cuando un amigo de su padre la acosó sexualmente–. Sostener ideas equivocadas nos puede llevar a tomar decisiones erróneas respecto a nuestra salud.

Candace Newmaker, nacida en 1989, falleció a los diez años por asfixia en una sesión de terapia de renacimiento. El caso fue llevado a los tribunales, y actualmente Colorado y Carolina del Norte prohíben este tipo de terapias. En la imagen, una sesión de renacimiento. / Beatriz Fernández

Por supuesto, también puede darse el caso de daño directo. Estas técnicas suelen ser llevadas a cabo por personas que no tienen la capacitación suficiente para trabajar en contextos clínicos y que, por ello o porque simplemente decidan no respetarlos, en muchas ocasiones no siguen los protocolos adecuados en casos de, por ejemplo, pacientes con tendencias suicidas o comorbilidad. No hay ningún cuadro que un mal psicoterapeuta no pueda empeorar, una posibilidad que se ve agravada cuando las técnicas que se aplican no se pliegan a la evidencia disponible, permitiendo la actuación desregulada del terapeuta. Uno de los casos más lamentables y que más repercusiones tuvo fue el de Candace Newmaker, una niña de diez años que falleció por asfixia en una sesión de terapia de renacimiento. Candace fue enrollada en unas mantas y aplastada bajo el peso de dos adultos por cerca de una hora en presencia de su madre mientras gritaba pidiendo socorro, hasta que, finalmente, dejó de respirar. El caso de Candace, debido a su extrema gravedad, fue llevado a los tribunales, y hoy en día existe la llamada «ley Candace» que prohíbe la terapia de renacimiento en los estados de Carolina del Norte y Colorado.

Otro caso muy habitual es el de las falsas memorias, ya sea por confabulaciones a fin de llenar una laguna o por distorsiones de memorias reales. Las falsas memorias han sido ampliamente estudiadas y cualquier persona con la suficiente pericia es capaz de generarlas. Especialmente famoso es el experimento que logró que los sujetos estuvieran plenamente convencidos de que habían visto a Bugs Bunny en los parques temáticos de Disney (Braun, Ellis y Loftus, 2002) –Bugs Bunny es propiedad de Warner Bros–. Cuando manipulamos una memoria esta es reconsolidada con el cambio y resulta virtualmente imposible diferenciar entre lo original y lo añadido en ella, a menos que podamos inferirlo de alguna otra información. Existen infinidad de casos documentados de afectados por falsas memorias –unos afectados que tienen sus propias asociaciones, como la False Memory Syndrome Foundation. Muy documentados fueron los casos de epidemias de falsas memorias de abusos rituales satánicos en algunas localidades de los Estados Unidos en los años ochenta. Una persona a la que le sea inducida una falsa memoria de terribles abusos sexuales, un caso común en varias prácticas influidas por la idea psicoanalítica de las memorias reprimidas (Lilienfeld et al., 2003), puede sufrir severos daños emocionales, por no mencionar la posibilidad, también documentada, de que se lleven a cabo acciones legales contra una persona inocente en base a estos testimonios erróneos.

Por todo lo dicho, la pseudopsicología es peligrosa y no se tiene que tomar a la ligera. Es, además, una gran familia con una amplia tradición, gran penetración en la psicología contemporánea y un enorme constructo teórico que la unifica y que, con diferentes variaciones y matices, va apareciendo en todas sus ramas. No hemos de infravalorar sus recursos y capacidad de sofisticación. Constituye un formidable reto para la psicología, una rama del conocimiento que a muchos nos gustaría que llevase a cabo una limpieza que, además de necesaria, empieza a ser urgente.

REFERENCIAS

Braun, K. A., Ellis, R., & Loftus, E. F. (2002). Make my memory: How advertising can change our memories of the past. Psychology & Marketing, 19(1), 1–23. doi: 10.1002/mar.1000

Cuijpers, P., Sijbrandij, M., Koole, S. L., Andersson, G., Beekman, A. T., & Reynolds, C. F. (2013). The efficacy of psychotherapy and pharmacotherapy in treating depressive and anxiety disorders: A meta-analysis of direct comparisons. World Psychiatry12(2), 137–148. doi: 10.1002/wps.20038

Darnton, R. (1968). Mesmerism and the end of the Enlightenment in France. Cambridge: Harvard University Press.

Fasce, A. (2017). Los parásitos de la ciencia. Una caracterización psicocognitiva del engaño pseudocientífico. Theoria: An International Journal of Theory, History and Foundations of Science, 32(3): 345-363. doi: 10.1387/theoria.17775

Gauld, A. (1992). A history of hypnotism. Nueva York: Cambridge University Press.

Gelfand, T., & Kerr, J. (1992). Freud and the history of psychoanalysis. Nueva Jersey: The Analytic Press.

Hansson, S. O. (2009). Cutting the Gordian Knot of demarcation. International Studies in the Philosophy of Science, 23(3), 237–243. doi: 10.1080/02698590903196007

Heelas, P. (1996). The New Age Movement. Nueva Jersey: Blackwell Publishing.

Herbert, J. D., Lilienfeld, S. O., Lohr, J. M., Montgomery, R. W., T O’Donohue, W., Rosen, G. M., & Tolin, D. F. (2000). Science and pseudoscience in the development of eye movement desensitization and reprocessing: Implications for clinical psychology. Clinical Psychology Review20(8), 945–971. doi: 10.1016/S0272-7358(99)00017-3

Hughes, S., Lyddy, F., & Lambe, S. (2013). Misconceptions about psychological science: A review. Psychology Learning and Teaching, 12(1), 20–31. doi: 10.2304/plat.2013.12.1.20

Johnson, M., & Pigliucci, M. (2004). Is knowledge about science associated with higher skepticism of pseudoscientific claims? The American Biology Teacher, 66(8), 536–548. doi: 10.1662/0002-7685(2004)066[0536:IKOSAW]
2.0.CO;2

Lilienfeld, S. O. (2007). Psychological treatments that cause harm. Perspectives on Psychological Science, 2(1), 53–70. doi: 10.1111/j.1745-6916.2007.
00029.x

Lilienfeld, S. O., Lynn S. J., & Lohr, J. M. (Eds). (2003). Science and pseudoscience in clinical psychology. Nueva York: The Guilford Press.

Lilienfeld, S., Lohr, J., & Morier, D. (2004). The teaching of courses in the science and pseudoscience of psychology: Useful resources. Teaching of Psychology, 28(3), 182–191. doi: 10.1207/S15328023TOP2803_03

Loftus, E., & Ketcham, K. (1994). The myth of repressed memory. Nueva York: St. Martin’s Press.

Majima, Y. (2015). Belief in pseudoscience, cognitive style and science literacy. Applied Cognitive Psychology, 29(4), 552–559. doi: 10.1002/acp.3136

Marcus, D. K., O’Connell, D., Norris, A. L., & Sawaqdeh, A. (2014). Is the Dodo bird endangered in the 21st century? A meta-analysis of treatment comparison studies. Clinical Psychology Review34(7), 519–530. doi: 10.1016/j.cpr.2014.08.001

Meyer, C. (Ed.). (2005). Le livre noir de la psychanalyse: Vivre penser et aller mieux sans Freud. París: Les Arènes.

Salkovskis, P. (2002). Review: Eye movement desensitization and reprocessing is not better than exposure therapies for anxiety or trauma. Evidence-based Mental Health, 5(1), 13. doi: 10.1136/ebmh.5.1.13

Singer, M., & Lalich, J. (1996). Crazy therapies: What are they? Do they work? Nueva Jersey: Jossey-Bass.

Stapleton, P., Chatwin, H., Boucher, E., Crebbin, S., Scott, S., Smith, D., & Purkis, G. (2015). Use of complementary therapies by registered psychologists: An international study. Professional Psychology: Research and Practice46(3), 190–196. doi: 10.1037/pro0000015

Smit, Y., Huibers, M. J., Ioannidis, J. P., Van Dyck, R., Van Tilburg, W., & Arntz, A. (2012). The effectiveness of long-term psychoanalytic psychotherapy: A meta-analysis of randomized controlled trials. Clinical psychology review32(2), 81–92. doi: 10.1016/j.cpr.2011.11.003

© Mètode 2017 - 95. El engaño de la pseudociencia - Otoño 2017

Filósofo de la ciencia, con formación en neurociencia. Actual­mente es doctorando en el Departamento de Filosofía de la Universitat de València (España). Es experto en el problema de la demarcación y en los mecanismos psicológicos que dan pie al pensamiento irracional. Es, además, un activo divulgador de la ciencia y de su filosofía.