Donde la naturaleza nos dice lo que no nos puede decir en ningún otro lugar

Las calas a través de la pintura

pintura mallorquina

La capacidad de la pintura para crear espacios míticos se ve reflejada en las obras que tienen como protagonistas a las calas baleares, con artistas como Santiago Rusiñol, Degouve de Nuncques o Joaquim Mir. Sin embargo, el papel de la pintura no ha sido el que se habría podido esperar para concienciar a los ciudadanos del valor del paisaje, y muchos de estos espacios no se han salvado del impacto del turismo y la construcción.

Visitantes y mallorquines ante el paisaje

Sobre el protagonismo del paisaje en la pintura mallorquina en el paso del siglo xix al xx no se han detectado dudas significativas. Cierto es que reducir a este género la historia de aquel período esplendoroso sería del todo inadmisible: tanto como pretender que el paisajismo practicado con posterioridad no merece ninguna atención especial –nos lo impugnarían las figuras de Miquel Brunet, de Jaume Mercant, de Juli Ramis, etc., hasta el propio Miquel Barceló–. Sí que es cierto, sin embargo, que de la capacidad de la pintura de crear espacios míticos fuimos especialmente conscientes a partir de aquellos artistas, mayoritariamente externos –visitantes de postrimerías del siglo xix y principios del xx– a la conquista de la luz, que contribuirían a sintonizar la pintura mallorquina con los movimientos predominantes en el continente: en una primera etapa, hay que consignar el peso en esta modernización de figuras como Santiago Rusiñol, Degouve de Nuncques o Joaquim Mir.

«La cala nos invita a la construcción de la imagen de nuestra relación con el mar»

La influencia que vino a agitar más adelante un panorama propenso a la inercia es la de Anglada Camarasa, que con el estallido de la Gran Guerra dio por prácticamente concluida su etapa francesa y se estableció en la isla acompañado de una cohorte de discípulos y apóstoles. A través del arte, Mallorca aparecerá con trazos más definidos en el Mediterráneo, un hito cultural del que aún hoy somos deudores, por más que la ruin propensión a olvidar los frutos sociales de la cultura lo haya ignorado sistemáticamente. Justo es decir que, a Mallorca se podía llegar siguiendo un camino propio: de forma que, al margen de estas dos grandes oleadas, los artistas que obraron en la isla forman una nómina numerosa, desde Francisco Bernareggi, con obras como Cala Figuera, hasta Berhard Gutmann y tantos otros, muchos de los cuales aún esperan ser estudiados en su relación con nuestro país.

Pero no es exactamente la influencia que ejercieron en nuestros pintores lo que nos interesa señalar ahora, sino su contribución a la percepción del paisaje, es decir, a la creación del paisaje por parte de los mallorquines, nuestros antepasados.

 

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El pintor belga William Degouve de Nuncques representó parte del litoral mallorquín. Arriba, su visión de la cala Sant Vicenç. William Degouve de Nuncques. Cala de Sant Vicenç, ca. 1901. Óleo sobre tela, 170 x 111 cm. Fotografía: Joan Torres. Archivo Gran Enciclopedia de la Pintura y la Escultura en las Baleares

El paisaje percibido

El paisaje, la percepción de la realidad física del país, obviamente no nace entre nosotros con la llegada de los artistas externos que hemos mencionado, básicamente catalanes, y con la evolución pictórica que aceleraron en nuestro entorno artístico. Algunos pintores isleños la habían practicado con acierto, por más que una sensación de lejanía respecto a la modernidad les escatima carácter fundacional. Además, la Renaixença ya había creado unos espacios míticos literarios a partir de determinados paisajes y, singularmente, de algunos elementos dotados de especial capacidad simbólica. L’olivera de Pons Gallarza; y, en una etapa posterior, El pi de Formentor de mosén Costa Llobera; o el árbol mutilado o la pageseta que baja de la sierra alcoveriana: habían cimentado las bases de una profunda relación literaria con una tierra que el arte empezaba a mirar como imagen y símbolo de un pasado y de un destino. Podríamos decir que la geografía se convierte en paisaje cuando la persona se comunica en busca de preguntas o respuestas, de afirmaciones o de negaciones, que trascienden la naturaleza física del medio. «La lengua dice la patria», escribió el gran poeta ibicenco Marià Villangómez Llobet, pero el paisaje nos conforma su imagen. El paisaje también nos dice la patria, y es así porque nuestra mirada convierte la tierra en un asunto del espíritu.

«A través del arte, Mallorca apareció con trazos más definidos en el Mediterráneo, un hito cultural del que aún hoy somos deudores»

Ahora bien, no conviene olvidar lo reducido que era el campo de influencia de los poetas de la Renaixença o de los de la edad de oro de la poesía insular. El paisaje era una conquista de la sensibilidad orientada por la cultura, pero esta cultura tenía un radio de acción rico por su recepción, pero paupérrimo por su alcance demográfico. Este radio de acción, con los años, no se ha ampliado en sintonía con la demografía ni con el PIB, disfunción que nos conduciría a la dramática realidad de una riqueza que no ha creado progreso y que nos propone las más sombrías reflexiones, sobre todo porque nada, en el panorama actual, indica voluntad de emprender un nuevo rumbo.

Viajeros y calas

Una vez más tendríamos que aludir a los viajeros del xix, que crearon y propagaron por el continente europeo la imagen de Mallorca –sobre todo, pero también la de Menorca y la de Ibiza– a través de sus descripciones, en general acompañadas de ilustraciones en blanco y negro –el color tardará en aparecer– y de calidad desigual. Sus autores no se pueden resistir a la invitación de nuestra luz, sobre la que saldrán todo tipo de explicaciones, más legendarias que científicas, pero que, en cualquier caso, contribuirán a reforzar la imagen de lugares que, como la cala de Sant Vicenç, cala Figuera de Santanyí, los puertos de Sóller y de Pollença o el torrente de Pareis (en Sa Calobra), con el tiempo se convertirán en espacios míticos, templos panteístas de culto a la naturaleza.

La cala de Sant Vicenç, en el norte de la isla, es el espacio mítico por antonomasia creado por la pintura. Joaquim Mir o Degouve de Nuncques le dedicaron atención en su obra. Pero no lo debemos exclusivamente a la elocuencia de sus acantilados o del combate entre mar y tierra que se insinúa o se explicita. Lo debemos, en una primera instancia, al hecho de ser una cala. Este bienaventurado accidente geográfico nos convida –convida al artista– a la construcción de la imagen de nuestra relación con el mar, al mismo tiempo que, precisamente por señalar límites, se hace metáfora del infinito; o escenario simbólico –La cala encantada, de Joaquim Mir– y, en cualquier caso, porque describe más que ninguna otra forma de la naturaleza la totalidad de una parábola del hombre sobre la tierra.

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Cala Figuera de Santanyí, al sur de la isla, inmortalizada por el pintor de la luz argentino Francisco Bernareggi. Francisco Bernareggi. Cala Figuera, 1934. Óleo sobre tela, 201 x 102 cm. Fotografía: Joan Torres. Archivo Gran Enciclopedia de la Pintura y la Escultura en las Baleares

Aprender a mirar el paraíso

El aprendizaje de la mirada es un hecho fundamental en el devenir de una comunidad humana. Podríamos decir que los isleños, gracias a este aprendizaje y a pesar de algunas adulteraciones de la visión compartida, hemos llegado a alcanzar una imago mundi a partir de los elementos geográficos y humanos con los que nos sentimos íntimamente vinculados. De alguna manera podríamos decir que la formación de la mirada nos ha permitido vislumbrar un paraíso que ahora ya solo podemos soñar sobre la base de la reversibilidad de las obras de los hombres que impiden la simple prefiguración. Las calas son los espacios en los que este paraíso se nos manifiesta. La pintura nos ha enseñado a mirar el país de otro modo, nos ha mostrado cómo convertir algunos de sus lugares en espacios sagrados, sagrados porque la Tierra los ha elegido para decirnos algo que no dice en ningún otro lugar.

«La pintura nos ha enseñado a mirar el país de otro modo, nos ha mostrado cómo convertir algunos de sus lugares en espacios sagrados»

Este argumento estaba en el fondo de una cierta movilización popular para evitar la urbanización de las dunas de Truro, que Edward Hooper representó en telas memorables. En estos paisajes, es obvio que nos habla del silencio del mundo. Los habitantes del lugar consideran que Hopper sacralizó el lugar, la luz y este aire de ausencia, al trasladarlos a la tela. El arte, el gran arte, elige los altares de la naturaleza. Así, cuando la hemos visto señalada por el arte, ya nunca más la volveremos a mirar prescindiendo del aliento que latía en la tela. La capacidad del arte para transformar las cosas y los sentimientos es infinita: una serenísima naturaleza muerta de Zurbarán convoca la más alta intensidad espiritual, como también lo hace un dripping angustiado de Jackson Pollock.

¿Un paisajismo frustrado?

No es necesario confeccionar una nómina de pintores que han contribuido a la sacralización de nuestra tierra proyectando su mirada. En cuanto a la creación de estos altares de la naturaleza, de resonancias panteístas, ejemplos como los de la cala de San Vicenç nos llegan con una carga artística tan gloriosa que aún se nos hace extraño ir al espacio físico de la cala y verla tan alejada, por la vulgaridad codiciosa, del ideal que habían levantado los más grandes paisajistas del país y aquellos que nos han visitado. Al contrario de lo que pasó en Truro, aquí no ha habido una sociedad civil lo bastante sensible y culta como para impedir los impactos que dinamitan estos espacios míticos, en los que todos nos deberíamos poder reconocer.

«No ha habido una sociedad civil lo bastante sensible y culta como para impedir los impactos que dinamitan estos espacios míticos»

El rol de la pintura, concretamente del paisajismo, en nuestra sociedad no ha llegado a ser tan decisivo como habríamos tenido derecho a esperar. Podríamos preguntarnos si de ello es una razón principal el hecho de que no aprendiéramos a mirar por nosotros mismos, sino que lo hiciéramos inducidos por la mirada externa. Es posible que el hecho de construir el paisaje a partir de la admiración que la isla provocaba en los visitantes contaminase los materiales con los que lo construimos, y que este paisaje ya naciese como una mercancía y no tanto como un patrimonio espiritual. Si este fuera el caso, más grave sería nuestra responsabilidad, ya que, a diferencia de otros países, a nosotros el paisaje también nos fue revelado por la pintura.

Bibliografía
Frontera, G., 1996-1998. Gran enciclopèdia de la pintura i escultura a les Illes Balears. Promomallorca. Palma.
Frontera, G., 2011. El paisatge, una construcció cultural. Discurso de ingreso en la Acadèmia de Belles Arts de Sant Sebastià. 6 de octubre de 2011.

© Mètode 2012 - 74. La cala encantada - Verano 2012
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Escritor y especialista en arte, Mallorca.