El impacto social de la movilidad humana

Una visión no dicotómica del cambio cultural e individual

doi: 10.7203/metode.81.3269

Este artículo reflexiona sobre el balance de costes/beneficios en las sociedades, tanto emisoras de población como receptoras, y en las personas que las componen. Se trabaja en todo momento desde la doble perspectiva grupal/individual. Se describe el proceso dinámico de cambio y el impacto del cambio cultural e individual producido por la aculturación. Todo esto salpicado por algunas reflexiones desde una sociedad nómada como la nuestra.

Palabras clave: migraciones, personalidad, cambio, impacto social, impacto psicológico.

Estabilidad y cambio social

Frente a los retos que, como sociedad en general y como comunidad académica en particular, nos traza el continuo flujo e intercambio de personas en nuestras más que permeables fronteras, nos preguntamos cuál es nuestra respuesta ante tan nuevas y tan viejas cuestiones. Es conocido por todos que ahora son nuestros jóvenes, nacidos o no aquí, «los que se marchan» o, al menos, piensan en marcharse. Sin embargo, en los imaginarios sociales, mucho menos flexibles que la realidad de los datos, se siguen cargando las tintas contra «los que llegaron», sin tener en cuenta el respeto al derecho a emigrar inherente a la naturaleza humana. Derecho que se fundamenta en ofrecer posibilidades de supervivencia y mejora a todos los seres humanos.

«En los imaginarios sociales, mucho menos flexibles que la realidad de los datos, se siguen cargando las tintas contra los inmigrantes»

Quizá esta nueva disyuntiva frente a la inmigración, que desde hace unas décadas vive nuestro país (la del nosotros, los de aquí, frente a vosotros), se nutre en la vieja de sedentarios frente a nómadas y los conflictos que se causaban a su costa. La reflexión propicia sería plantearse hasta qué punto somos nómadas y sedentarios al mismo tiempo o más bien si somos nómadas por naturaleza. Y de ahí surgen otras preguntas cruciales: ¿Hasta qué punto tienen cabida estas dicotomías –sedentarios/nómadas, inmigrantes/autóctonos, nacionales/extranjeros– en el siglo de la universalidad y de una pretendida globalización? ¿Se puede transitar sin coste alguno a la «aldea común»? Algunos informes nos pueden dar luz sobre la movilidad humana frente al sedentarismo en nuestro planeta. Los datos de 2011 aportados por el Banco Mundial acaban con la asunción de la migración sur-norte como única dirección del flujo migratorio. Aunque fue la más importante en las últimas dos décadas, parece que ha sido superada por la migración sur-sur (véase tabla 1).

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Tabla 1. Datos sobre migración y remesas en 2011. «Sur» se refiere a países de ingreso bajo y mediano («países en desarrollo») según la definición de la clasificación de países del Banco Mundial. Fuente: Banco Mundial, 2011

Tras analizar estas cifras podríamos mantener la idea de un sedentarismo «natural» en el ser humano y preguntarnos hasta qué punto lo estadísticamente «normal» es moverse del lugar de origen. Parece, sin embargo, que no todos los individuos son sedentarios, o al menos no lo son en una parte productiva y reproductiva de sus vidas. Si asumimos que las sociedades están conformadas por grupos de individuos que comparten una cultura (entendida como productos culturales, valores, normas y reglas sociales secundadas por el grupo de individuos), ¿en qué medida se puede afirmar que las sociedades son sedentarias en su mayoría y las culturas que comparten inamovibles?Más bien deberíamos pensar al ser humano como nómada, a las sociedades en continua reposición de individuos y a las culturas en perenne cuestionamiento y regeneración. Enemiga directa de esta posibilidad de cambio en la perspectiva es la admisión de que nos gusta la estabilidad. Lo inamovible y arraigado nos aporta seguridad. Mi hipótesis de trabajo desde hace años parte de esta asunción, aunque formulada como: «no nos gusta el cambio o el cambio nos sienta mal».

Prima facie, se desprenden dos argumentaciones, una más atávica que apela al miedo a lo desconocido y otra, subsumida en esta, que es el desagrado implícito a la pérdida de control sobre sí mismo (y sus circunstancias). También se trabaja a dos niveles de análisis: el poblacional y el individual. La necesidad de seguridad y el miedo a lo desconocido pueden ser la base del rápido crecimiento de los prejuicios a nivel grupal, pero a nivel individual también producen efectos colaterales. Por eso aquí se van a tratar brevemente los efectos del cambio y sus posibles indicadores, tanto desde niveles de análisis poblacionales como individuales. Para terminar, abordaremos una última reflexión que intentará dilucidar si los cambios a nivel de población sientan las bases para el cambio individual o si son los cambios individuales los que modulan los efectos sobre el impacto de los sociales y si se trata de un proceso público o privado. Somos conscientes de que las relaciones e implicaciones entre ambos niveles están poco estudiadas. Faltaría, pues, un mayor conocimiento de los vínculos entre las partes psicológicas y culturales en el proceso del cambio aculturativo. Como afirmaban recientemente Berry et al. (2011), la psicología transcultural del siglo xxi debería hacer esfuerzos en esta línea.

El impacto migratorio del proceso de cambio

Aunque el Diccionario de la Real Academia de la Lengua define la palabra impacto con claras connotaciones negativas, aquí la entendemos como los efectos (positivos y negativos) en una cultura o individuo como consecuencia de una modificación en el entorno cultural. La cuestión es siempre saber cómo medir este impacto. Una medida acertada es relevante por las consecuencias que se desprenden. El análisis del proceso desde lo individual a lo poblacional puede ayudar a elaborar tanto políticas de movilidad internacional más eficaces (en un nivel macropolítico), pasando por una intervención nacional y local más válida, como un acercamiento psicosocial y sanitario más útil. Resulta de vital importancia mantener en juego todos estos niveles de análisis si se quieren resultados que aseguren el bienestar social e individual. De aquí que, tanto en la formación como en la intervención, sean necesarias dinámicas interdisciplinares que aúnen los esfuerzos de la comunidad académica.

Empezaremos esta propuesta de análisis con la tentativa de descripción de algunos parámetros que pueden aclarar el proceso. Podemos considerar distintas variables moduladoras de la intensidad de este impacto. En primer lugar, el número de individuos: el tamaño del grupo de individuos que migran (ya sea que parten de o llegan a una comunidad) y el del grupo receptor implican consecuencias diversas para el cambio social. Consideramos que la percepción de seguridad y control en el poder de decisión cambia según el tamaño percibido, aunque no necesariamente manejan el poder sociopolítico las mayorías numerales. Nos referimos a la seguridad que aporta, en general, la pertenencia a un grupo mayoritario. Todo esto tiene también claras influencias en el bienestar individual percibido. Así, si entendemos por sociedad dominante a la de mayor número de individuos, cabría preguntarse, a título de ejemplo, qué pasaría si a un pueblo del interior, habitado por pocos autóctonos (cincuenta personas, en su mayoría ancianos) llegaran doscientos inmigrantes y, por consiguiente, cuál sería la cultura dominante y quién recibiría mayor impacto migratorio. En segundo lugar, el tiempo de exposición al impacto: debemos tener en cuenta el tiempo de permanencia del inmigrante y el de exposición al contacto de los autóctonos con otras culturas. No tiene las mismas implicaciones sociales y psicológicas una estancia de pocos meses que una de años. De hecho, los cambios en la personalidad y/o identidad de la persona expuesta al cambio cultural son más estables y se miden mejor a partir de los tres años de contacto intercultural (Villarroya, 1993).

La tercera variable serían los efectos transitorios o permanentes (generacionales): se trata de valorar las diferencias intergeneracionales a la luz de la migración. Es decir, si se emigra siendo un adulto plenamente enculturado o se emigra siendo todavía un niño o adolescente. Se hace mención especial a los nacidos en un país distinto al de sus padres, la llamada segunda generación, debido a la numerosa bibliografía que apunta hacia una mayor vulnerabilidad psicológica de este grupo. Por último, consideramos la distancia geográfica, lingüística y cultural: la hipótesis es clara, a mayor diferencia entre la cultura de origen y la de acogida, mayor shock cultural. Se debería considerar aquí el modelo de Hofstede (1978) con cinco dimensiones útiles para comparar las culturas entre sí: distancia al poder, individualismo/colectivismo, masculinidad/feminidad, tolerancia a la incertidumbre y proyección vital a corto o largo plazo. Estas dimensiones pueden servir como guías generales de comparación cultural para entender que a mayor distancia en estas variables, se requiere mayor esfuerzo por las culturas en contacto y es necesaria una mayor plasticidad en sus individuos. De las cinco dimensiones, consideramos que la de individualismo/colectivismo es la más importante para evaluar el impacto del cambio aculturativo. Es la más cercana al concepto de apoyo social percibido y a la necesidad (o no) de un sentido de pertenencia más estrecho. Es decir, supondrá diferencias en la manera de afrontar el miedo a lo desconocido y a la inseguridad que provoca la soledad, y todo esto tanto para los que emigran como para los que reciben. Esta variable se tradujo a nivel individual por Triandis et al. (1985), que propusieron la dicotomía: idiocéntricos (pertenecientes a sociedades individualistas) frente a alocéntricos (pertenecientes a sociedades colectivistas). En ambos acercamientos el énfasis está en la importancia que tiene el grupo para el individuo.

Del cambio cultural al cambio individual

Una vez expuestos los parámetros y variables, de forma sucinta, veamos el proceso de estabilidad/cambio.

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Figura 1. El proceso de estabilidad/cambio de los migrantes es dinámico y regenerativo.

Como intentamos mostrar de forma gráfica en la figura 1, se trata de un proceso dinámico y regenerativo. Así, si la cultura la entendemos como una serie de «estilos de vida compartidos por un grupo de personas» (Berry et al., 1992) y nos posicionamos en una perspectiva ontológica realista de la cultura, asumimos que la cultura posee una realidad concreta y puede observarse a partir de los individuos que la viven. A partir de esta asunción general se desprenden las siguientes reflexiones que han dado paso al modelo dinámico de cambio: el cambio en uno o más de estos modos en un número representativo de personas repercute en un cambio cultural. En el caso de sociedades más colectivistas, el cambio es asumido por los líderes representativos; una sociedad o cultura determinada mantiene y conforma al individuo mediante un «equilibrio entre las partes» que madura en un yo integrado armonioso; si se cambia tan solo una de las partes, el equilibrio se altera y este cambio hace que toda la estructura se resienta; si dos o más estructuras culturales entran en contacto, se pueden desprender algunas partes no esenciales de las que se puede prescindir y/o cambiar o mejorar; la restauración del equilibrio será posible en la medida en que el cambio no afecte a partes sustanciales para la identidad ni requiera un número excesivo de cambios; al final se produce la restauración del equilibrio mediante la regeneración y vuelta a la armonía; como consecuencia se produce la etnogénesis (surgimiento de nuevos grupos etnoculturales) y el cambio en la personalidad del individuo.

«La necesidad de seguridad y el miedo a lo desconocido pueden ser la base del rápido crecimiento de los prejuicios a nivel grupal»

Se trata de un proceso de aculturación entendido como el cambio cultural que empieza cuando dos o más sistemas culturales autónomos entran en contacto. Como venimos señalando, el gráfico muestra el proceso en dos niveles y dos culturas. Aquí entendemos la aculturación como un proceso de adaptación psicológica que sigue tres fases (Berry y Kim, 1985): contacto (es necesario y puede ser físico o simbólico); conflicto (que es inevitable) y adaptación (que se entiende como la resolución del conflicto). Es en estas fases de especial vulnerabilidad y reconstrucción cultural y psicológica donde inciden el miedo a lo desconocido y la necesidad de control. Así, dependiendo del mayor o menor miedo que se tenga, se pueden dar las siguientes «soluciones» de convivencia a nivel grupal: asimilación digestiva (políticas que obligan a los migrantes a ajustarse a las normas y a la cultura del país receptor); multiculturalismo (políticas que promueven la tolerancia de las diferencias culturales de los migrantes) e interculturalismo (políticas que buscan construir nuevas identidades y culturas). Del mismo modo, y en perfecta relación lineal con el miedo/respeto, en un plano individual podemos encontrar las siguientes posturas: xenofilia (sobrevaloración –étnica, cultural, social y nacional– del extranjero); xenofobia (prejuicio negativo contra el extranjero); exofobia (prejuicio negativo de los migrantes frente a la sociedad del país receptor con la consecuente formación de guetos) y endofobia (rechazo de los migrantes al propio grupo de pertenencia y adaptación pasiva al integrismo de la sociedad del país receptor). Puesto que hemos mencionado el cambio en la personalidad del individuo, una descripción breve de lo que entendemos por personalidad parece apropiada en este punto, como se muestra en la figura 2.

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Figura 2. Estructura de la personalidad de los individuos.

De modo sucinto, hemos resumido la estructura de la personalidad para mostrar cómo la configuración de la personalidad de los individuos desde la cultura, plasmada en las costumbres y pautas de crianza, conforman las competencias sociales e interpersonales y confieren una cosmogonía particular generadora de creencias y valores. Se suman las variables actitudinales y temperamentales para, a través de los diferentes contextos de vida, determinar la conducta humana. Sin embargo, conviene preguntarse si la personalidad puede cambiar, en qué variables cambia y por qué, y finalmente qué relaciones se establecen entre personalidad y cultura. Si, por ejemplo, un individuo tiene un conflicto entre una variable temperamental y una creencia de su origen cultural, es posible que en la nueva cultura se sienta más a gusto y cambie esta creencia con relativa facilidad. A partir de las investigaciones realizadas en estos años, hemos demostrado que la personalidad se adapta al cambio cultural. Las variables en las que se cambia se escogen con el objeto de disminuir la inadaptación producida por la distancia cultural. No se cambia al azar ni en todas las dimensiones de la personalidad. En una investigación donde comparábamos italianos y españoles (tanto autóctonos como migrantes), cuando los españoles eran inmigrantes en Italia mostraban un nivel de extraversión significativamente más parejo a los italianos que a los españoles autóctonos. Con los italianos residentes en España ocurría lo mismo, es decir, se parecían más a los españoles autóctonos (Villarroya, 1993). Por tanto, se cambia en aquellas variables que facilitan la adaptación psicológica, pero sin perder el sentido de la identidad. En este equilibrio se basa la adaptación psicológica de las personas y, por ende, de las sociedades que conforman. En esta reconstrucción es donde reaparece la sensación de control y el miedo a lo desconocido empieza a sustituirse, en el mejor de los casos, por el respeto mutuo. La nueva cuestión sería saber hasta qué punto somos conscientes de estos pactos con la diversidad.

Efectos del cambio desde una perspectiva poblacional o individual

Como ya indicamos al principio, la asignatura pendiente (para los que trabajamos en psicología transcultural y en migraciones) radica en averiguar más sobre las relaciones que se establecen entre las variables y parámetros culturales y las psicológico-individuales. En ausencia de estos resultados, hemos seguido las recomendaciones de Berry et al. (2011) cuando afirman que se empieza por una descripción y evaluación de los procesos de aculturación y de los resultados de la misma, de forma independiente. De este modo, la adaptación puede ser principalmente interna o psicológica (la sensación de bienestar, de autoestima) o sociocultural (la unión del individuo con los demás en la nueva sociedad generada). Asumimos que son las variables individuales y la personalidad las que modulan los efectos sobre el impacto que reciben las variables sociales. Ninguna política social concreta puede tener éxito si los individuos a los que implica no están preparados para asumirla. Y aunque así sea, existirán marcadas diferencias individuales en cómo se vive e interpreta la medida y el proceso de cambio que implica. En este aspecto disentimos de Berry cuando afirma que los cambios sociopolíticos y demográficos sientan las bases del cambio individual. Más bien propondríamos que debe estudiarse el cambio individual para poder extrapolar las configuraciones de los efectos de las medidas sociales. Cuando se afirma que el cambio cultural es «grupal», y de ahí afecta a los individuos de forma paralela, se están sentando las bases de la investigación de forma errónea. Defenderíamos contrariamente que el individuo, desde su cosmogonía personal, evalúa y adapta los cambios para llegar a un equilibrio homeostático. Que se encuentren similitudes con individuos de su propio lugar de origen (con contacto o no entre ellos), tan solo indica que las pautas de crianza y los contenidos socioculturales eran los mismos antes de la exposición al contacto cultural. Se trataría de cambiar el punto de partida asumiendo que si el grupo es una entelequia, al menos el individuo es una entelequia o microcosmos más apresable para la investigación psicológica. Por tanto nos limitaremos a una exposición separada de los efectos de la aculturación pero con múltiples guiños de interacción.

Nivel poblacional

Se van a valorar las consecuencias del impacto cultural en el cambio sociocultural desde dos ejes dicotómicos: el grupal frente al individual y la sociedad de origen frente a la sociedad receptora (tabla 2).

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Tabla 2. Consecuencias del impacto cultural en las sociedades de origen y de llegada. / Elaborado a partir de Baggio, 2010

Nivel individual

Todo lo dicho hasta aquí sirve para evaluar los efectos de este proceso dinámico sobre el individuo. Vayan por caso dos reflexiones básicas: el cambio individual es inevitable y será más o menos desagradable según la cantidad de cambio exigido y el imperativo de que no afecte al yo y/o al sentido de identidad. Entre los efectos desagradables encontramos la vulnerabilidad, que conlleva emocionalidad negativa (miedo, ansiedad) y aparición del prejuicio, al menos cuando se da mayor emocionalidad (tabla 3).

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Tabla 3. Efectos del impacto cultural sobre los individuos migrantes y autóctonos.

En esta línea Berry y Kim (1985) acuñan el concepto de «estrés aculturativo» que define como el estrés producido por estresores específicos del proceso de aculturación. Los síntomas característicos son la ansiedad, la depresión, los síntomas psicosomáticos y la confusión de identidad. Llegados a este punto conviene recordar que el proceso de cambio es inherente tanto a los inmigrantes como a los autóctonos. Según la bibliografía especializada, las dimensiones psicológicas donde se ha medido el cambio aculturativo, además de las señaladas, son: cambios afectivos, habilidades específicas, valores, autoestima (entendida en su aspecto emocional), sentimientos de control y competencia, estructura motivacional, en los roles sociales y familiares, red de amistades, identificación étnica y estrategias de afrontamiento. Cabe recordar que estos efectos pueden deberse a la sensación de pérdida de control sobre las circunstancias vitales y de eficacia percibida (por ejemplo la sensación que experimenta un padre cuando la sociedad dominante le cuestiona y censura la transmisión de valores a sus hijos; no solo se siente amenazado y desautorizado, sino que se siente menoscabado en su valía como figura paterna). En este sentido, los teóricos de la atribución y la «indefensión aprendida», como Martin Seligman (1975), afirman que la pérdida de control continuada sobre las circunstancias vitales produce síntomas depresivos. Sin embargo nos gustaría señalar que, si añadimos el factor tiempo en el proceso de adaptación, estos efectos negativos se convierten en temporales, alrededor de los primeros tres años de permanencia (Villarroya, 1993). A partir del momento en que desaparece la fase de conflicto, el proceso se convierte en muy positivo para los individuos que cambian. A lo largo de extensas entrevistas, nuestras conclusiones siempre fueron que la persona que cambia culturalmente se empodera poco a poco de su cambio y tiene una magnífica oportunidad de reconstrucción de su personalidad que le hace más consciente de su identidad y de su poder de control frente a su entorno (Villarroya, 2007, 2010). Recuérdese que todo esto se da tanto para las personas de la sociedad receptora como para los que llegan.

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© Mètode 2014 - 81. Itinerancias - Primavera 2014

Profesora titular del departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos y directora del Master Universitario Internacional en Migraciones y del doctorado de Movilidad Humana. Universitat de València.