La fiesta como patrimonio cultural

El 18 de mayo de 2001 la UNESCO declaró el Misteri d’Elx «Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad», declaración que se vio reforzada en 2008 con la inclusión de esta fiesta en la «Lista representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad». Similar proceso siguieron, en el ámbito valenciano, las fiestas de Nuestra Señora de la Salud de Algemesí, que vinieron a engrosar dicha lista en noviembre de 2011. Ambos casos son sumamente significativos, pues hasta no hace mucho, solo las obras calificadas como de «alta cultura» (pinturas, esculturas, monumentos, etc.) eran consideradas como patrimonio cultural. Y es que, lejos de constituir un legado evidente, la consideración de cualquier bien como patrimonio implica su problematización mediante una serie de procesos: en primer lugar, una selección de elementos del pasado; en segundo, una interpretación de los mismos; y, en tercero, un proceso de negociación: nuevos agentes sociales luchan para obtener el reconocimiento de una práctica cultural como legítima a través de la valoración como patrimonio cultural. Este fenómeno solo puede aparecer cuando la tradición deja de ser válida como principio de reproducción social, de manera que el patrimonio es una forma de modernización de esta. Una forma radicalmente moderna, que implica la conciencia de ruptura entre pasado y presente, la interpretación de tal ruptura en términos de pérdida y la vinculación de la práctica con un grupo o comunidad determinada.

«Las tradicionales formas festivas adquieren nuevos significados, de entre los que podemos destacar los identitarios y los vinculados al consumo de bienes culturales»

En casos como los señalados, nos encontramos ante rituales que tienen su origen en devociones medievales o barrocas, que hoy consiguen la protección de burocratizadas políticas culturales, lo que implica la codificación de la «autenticidad» de la fiesta mediante el empleo de criterios técnicos y fríamente racionales. Además, en sociedades secularizadas, las tradicionales formas festivas adquieren nuevos significados, de entre los que podemos destacar los identitarios y los vinculados al consumo de bienes culturales. El turismo es, pues, una fuerza dinamizadora de vital importancia en el desarrollo del patrimonio cultural, que deviene así al mismo tiempo local y global: deja de ser exclusivo de la comunidad originaria para convertirse en parte del acervo común de la humanidad.

En la Comunidad Valenciana, como se ha dicho ya, dos fiestas cuentan con el máximo reconocimiento. El Misteri d’Elx, cuyos orígenes se remontan al siglo xv, es un drama sacro que, recreando la Asunción y Coronación de la Virgen, se escenifica en agosto en el interior de la basílica de Santa María. El caso de Algemesí ejemplifica muy bien las transformaciones en los significados de la fiesta: devoción de origen medieval vinculada al ciclo de la cosecha (septiembre), se ha organizado como fiesta mayor del municipio durante la Edad Moderna para, tras una fase de crisis, revitalizarse y conseguir su actual consideración. Pero hay otras fiestas, como las fallas, que intentan en estos momentos conseguir el reconocimiento de la UNESCO, y no faltan las que generan polémicas acerca de su carácter como bien cultural, como el toro embolado. Finalmente, cabe apuntar que los esfuerzos de patrimonialización de la fiesta abarcan múltiples manifestaciones, como por ejemplo las representaciones teatrales de la Pasión, el Cant de la Sibil·la (Patrimonio Inmaterial en Mallorca recuperado aquí en poblaciones como Gandia y Ontinyent) o las escenificaciones de entradas y embajadas de moros y cristianos, por no hablar de la excepcional riqueza de festividades como el Sexenni de Morella o el Corpus valenciano.

© Mètode 2012 - 75. El gen festivo - Otoño 2012

Catedrático de Sociología. Vicerrector de Cultura, Igualdad y Planificación de la Universitat de València.

Profesor Asociado del Departamento de Sociología y Antropología. Universitat de València.