La fragilidad del conocimiento

El arte perdido de las vidrieras

Fragile Knowledge. Stained glass – a lost art. The oldest stained-glass windows that remain today are to be found in the cathedral of Augsburg. They were made around the year 1000 and represent the figures of the four prophets. However, written evidence would indicate that there were already stained glass windows at the end of 5th century. It was the development of gothic architecture that boosted the stained-glass window as a monumental art form. Once this art form’s age of glory had passed, in the 15th century, it was no longer valued and society did not use stained-glass windows in their architecture. The master craftsmen who made stained glass were so secretive about their procedures that the methods they used were lost when their work-shops closed down.

«El único campo en el que la vidriera puede tener un desarrollo es la restauración del patrimonio»

La enorme complejidad de los procesos que intervienen en la realización de una vidriera, así como el secretismo con que siempre han guardado sus procedimientos los maestros vidrieros, han sido la causa de que, en los períodos en los que esta disciplina no ha sido valorada por la sociedad ni utilizada por la arquitectura, los talleres hayan tenido que cerrar y los conocimientos sobre los métodos de elaboración se hayan olvidado. Son muy escasos los tratados que explican la manera de hacer vidrieras y, en general, son poco útiles porque, según hemos podido comprobar de manera experimental, en algunos de los más famosos las recetas que ofrecen o no son fruto de una experiencia del autor o son difícilmente reproducibles por la deficiente descripción de los materiales, procesos y medidas. Es más, en el caso del tratadorecetario sobre procedimientos pictóricos de Cennino Cennini, los procesos descritos muestran un desconocimiento absoluto sobre la materia.

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Rosetón de la iglesia de San Hipólito en Támara (Palencia). Esta vidriera había desaparecido y se reconstruyó partiendo de cero. La imagen quiere reflejar la estructura de las lacerías de piedra en una parte de manera ordenada y en la otra de manera desordenada. © Vetraria

Estos tratados han producido una enorme confusión, ya que, como suele pasar en el mundo académico, los textos se asumen y copian, y muchas veces los contenidos se difunden sin una labor crítica experimental. Uno de estos tratados, que de hecho es el más citado en la literatura sobre la materia, es el del monje Theophilus, escrito hacia el año 1100 y titulado Schedule diversarum artium, en el que describe los diferentes procedimientos necesarios para llevar a cabo una vidriera pintada. Otro de los tratados más famosos es el de Antonio de Pisa, del que sabemos que era vidriero por la firma encontrada en una vidriera de la catedral de Florencia, en la que escribió su nombre con la fecha de 1395.

El resurgimiento del arte de la vidriera

Es en el siglo XVIII cuando se producen más escritos de esta naturaleza debido, en gran medida, a los problemas que genera la falta de profesionales con conocimientos suficientes no ya para nuevas realizaciones, sino para acometer las imprescindibles labores de mantenimiento. En este sentido, España es un país singular puesto que no tuvo los conflictos religiosos que vivió el resto de Europa propiciados por los movimientos protestantes. La naturaleza iconoclasta de estos conflictos produjo un alarmante deterioro de las obras de arte religiosas. Por su naturaleza iconoclasta, países como Francia o Inglaterra llegaron a plantearse incluso la destrucción completa de las vidrieras de sus templos. Este propósito no llegó nunca a materializarse debido a su coste pero, en aquel contexto, hubo un total desinterés por la conservación de estas obras, lo que produjo pérdidas irreparables.

«Es importante que un químico se forme en un taller o que un licenciado en bellas artes sienta pasión por la química»

Otra circunstancia es el atraso cultural endémico de la Península, que nos privó de los avances del movimiento ilustrado francés e inglés, profundamente contrario al arte de la vidriera, que consideraba medieval y, por tanto, decadente. Es muy significativo, por ejemplo, que en uno de los proyectos culturales más importantes de la historia occidental como es la Enciclopedia francesa, en la que se tratan prácticamente todas las disciplinas artísticas, no se haga ni una sola referencia a la vidriera pintada.

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Proceso de reintegración de calibres en un panel de la catedral de Ávila durante la restauración que se realizó en 2005. En color se ven las partes originales. Gran parte de la restauración de esta vidriera de 1498 se realizó a partir de documentación sobre el autor, Juan de Valdivieso. El tratamiento de pátinas se ha hecho mediante grisalla. Los elementos utilizados para la restauración son muy diferentes a los del original. © Vetraria

En este contexto hay dos tratados españoles de enorme relevancia. El primero tiene su origen en la necesidad de terminar el programa iconográfico de la catedral de Segovia en el año 1674, para el que no encuentran ni maestro vidriero ni materiales adecuados. Esta circunstancia obliga al cabildo, a través del fabricante de vidrios Don Juan de Danís y del pintor Francisco de Herranz, a realizar una compleja investigación sobre los procedimientos perdidos, cuyo resultado fue la realización de cincuenta y cuatro vidrieras de esta catedral, aún hoy conservadas. Al término del proyecto el cabildo les pidió que redactaran la experiencia, para que no se volviera a perder este conocimiento. Más que un tratado en sentido estricto, es una memoria, escrita dieciséis años después de la obra.

La obra está compuesta de dos partes bien distintas. El Tratado de la fábrica de vidrio resume la investigación de Juan de Danís sobre la fabricación de vidrio soplado de color, mientras que la segunda, Modo de hacer vidrieras, describe los diferentes procesos para realizar una vidriera pintada. Este es, probablemente, el primer escrito sistemático sobre la recuperación del arte de la vidriera en la Península.

«Los procedimientos pictóricos son fruto de la investigación científica de artistas, puesto que los resultados son predecibles y siempre reproducibles»

El otro tratado tiene un origen similar a éste, puesto que se produce en la catedral de Toledo por la necesidad de mantener las vidrieras existentes. Fue redactado en 1718 por Don Francisco Sánchez Martínez, maestro vidriero encargado de la conservación de las vidrieras. Pero, debido a lo confuso de su escrito, realizado a modo de notas de taller, el cardenal Don Francisco Antonio de Lorenzana rehizo el tratado en 1764, seguramente mejorando la redacción pero interpretando de manera errónea muchos de los contenidos.

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Alfonso Muñoz, en el laboratorio. A la izquierda, tomando fotografías de la superficie del cristal con un microscopio para analizar las patologías que presenta. A la derecha, limpiando una pieza mediante estereozoom. © Vetraria

El cuestionamiento del neoclasicismo y el advenimiento de los movimientos neomedievalistas propiciaron el surgimiento de un enorme interés no sólo por recuperar los viejos procesos, sino también por reinventar la disciplina para la arquitectura, gracias a la elaboración de nuevas soluciones plásticas. Desde el neorrománico y neogótico europeo hasta el movimiento racionalista se han producido las mejores vidrieras pintadas de la cultura occidental, hecho del que, lamentablemente, todavía no somos conscientes. Es una gran empresa social, económica y cultural pasar de la más absoluta indiferencia, salvo los casos anteriormente mencionados y pocos más, a tener un desarrollo plástico y material como el que se puede apreciar en las vidrieras historicistas del siglo XIX o en las producciones modernistas, art decó o racionalistas, con un desarrollo tan lógico desde el punto de vista formal.

Desde las experiencias primeras de autores como Violet-le duc, centrado en la recuperación y reconsideración de la Edad Media, injustamente valorada y profundamente despreciada por el movimiento ilustrado, hasta el desarrollo de fundamentos plásticos tan profundos y originales como los de Anglade o Martorell, las obras producidas son fruto de una investigación en los más diversos órdenes de la cultura, condensada y expuesta en las creaciones vidrieras de ese período. En los textos de los teóricos que hicieron posible este proceso se percibe siempre la preocupación por el desconocimiento sobre la vidriera y la necesidad de recuperar los secretos acerca de sus técnicas. En el punto álgido del período, cuando existían en Europa talleres como la casa Mayer o Maumejean, autores como Luis Pérez Bueno alaban el esfuerzo y la dedicación de todos los que han trabajado y trabajan por esta recuperación, expresando con cierta tranquilidad que ya nunca más en la historia se podrán perder las técnicas necesarias para la elaboración de vidrieras.

Los desastres de la guerra

Estos autores se equivocaban y, hoy, setenta años después, la vidriera pintada vive uno de los momentos más difíciles de los últimos 150 años. La Segunda Guerra Mundial supuso una destrucción de patrimonio histórico-artístico jamás vista en Europa y produjo la necesidad de restaurar, reedificar y replantearse la gestión de este patrimonio. Pero, por otro lado, nos ha dejado un vacío cultural muy profundo por razones que no podemos desarrollar en este artículo pero que, en definitiva, han roto el desarrollo lógico que hubiese tenido Europa, y han provocado un proceso que se podría denominar de transculturación en favor de manifestaciones artísticas y culturales totalmente determinadas por quien realmente fue el único ganador de ese conflicto, los Estados Unidos.

Panel de la catedral de Ávila antes y después de la restauración. La pieza que faltaba se reintegró con la misma tonalidad que el original, aunque se le añadió una capa de pátina que un especialista puede observar de cerca pero que los visitantes, desde lejos, no pueden apreciar. © Vetraria

Un ejemplo claro de ello es el deslumbrante período que va desde 1907, cuando Pablo Picasso pinta Las señoritas de Avignon, un cuadro fundamental, verdadero inicio de las vanguardias, hasta 1940, año en el que la guerra interrumpe el trabajo y el desarrollo de los artistas de esta generación. Durante este período, lo más vanguardista en el continente Americano eran los muralistas mejicanos: Rivera, Orozco y Siqueiros. Después de la guerra resultó que el movimiento abstracto americano (expresionismo abstracto o action painting) era lo más vanguardista y Europa, con artistas como Tatlin, Malevich, Kandinsky, Brancussi o Picasso, era una especie de colonia cultural. Uno de los pocos que reaccionó contra este movimiento de transculturación, que algunos autores llaman «guerra fría cultural», fue Jean Paul Sastre, lo que le supuso, en cierta medida, una marginación bastante elocuente.

En este marco histórico la vidriera no podía subsistir mucho tiempo, sin apenas recursos energéticos, con las fábricas de vidrio funcionando de manera muy precaria, dedicadas exclusivamente a la reconstrucción de los desastres de la guerra y, sobre todo, con una economía prácticamente de subsistencia. La arquitectura de posguerra en Europa tiene un carácter urgente y social, puesto que la necesidad imperiosa de dar cobijo a la población y la escasez de materiales producen una arquitectura sin concesiones a las artes aplicadas. El único campo en el que la vidriera puede tener un desarrollo es la restauración del patrimonio. Este hecho, aún hoy, se puede apreciar en toda Europa, donde hablar de vidrieras es hablar prácticamente de restauración. Desgraciadamente, esta crisis hizo que se cerraran todos los grandes talleres europeos y los maestros que no emigraron al continente americano o que no murieron durante la contienda se jubilaron. Todo el conocimiento recuperado tan costosamente, toda la experiencia acumulada por tantos maestros y toda la industria dedicada a fabricar los materiales necesarios se perdieron como consecuencia directa del conflicto y por las posteriores derivas históricas que ha seguido Europa: unas veces de manera drástica y otras, a veces más dolorosas y significativas, se han diluido en el tiempo por falta de interés y de cultura.

Nuestros orígenes

Nuestro taller, en donde trabajamos Carlos Muñoz de Pablos, Pablo Muñoz Ruiz y Alfonso Muñoz Ruiz, proviene en gran medida de la extinta Casa Maumejean, donde Carlos Muñoz fue contratado para realizar cartones gracias al reconocimiento de la escuela de San Fernando, que le concedió el Premio de Estado en dibujo. Fue en Maumejean donde Carlos conoció a los últimos maestros vidrieros del siglo, expertos pintores dedicados cada uno a un aspecto concreto de la plástica, como por ejemplo la ornamentación renacentista, el retrato, los paños y ropajes… Allí se impregnó del ambiente vidriero, del amor por los procesos, las herramientas y, en definitiva, por todo lo que esta disciplina supone. El complemento necesario a esta formación fue la Escuela Superior de Bellas Artes de Madrid, por la que, en distintos períodos, hemos pasado los tres. Allí hemos tomado conciencia de la importancia de los procedimientos pictóricos, de su historia y su trascendencia determinante para la plástica, así como de otros aspectos de la creación artística (perspectiva, anatomía, dibujo del natural…).

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A la izquierda, cúpula de Mejorada del Campo. A la derecha, Bóveda en el monasterio de El Prado, sede de la Consejería de Cultura y Patrimonio de la Junta de Castilla y León, en Valladolid, con una superficie de 250 m². Las cúpulas y bóvedas implican un complejo trabajo de pintura y grabado, con elementos opacos y la aplicación de grisallas y esmaltes. © Vetraria

Conscientes como somos de nuestro pasado y de nuestro presente, sentimos la ineludible necesidad de dejar testimonio de este bello arte en la forma que le ha negado siempre la historia, recopilando, ordenando y, si es posible aumentando, los conocimientos vidrieros y haciéndolo de una manera sistemática y comprensible en el futuro. Para ello estamos desarrollando un proyecto muy ambicioso en cuanto a su significado, aunque modesto en los recursos, que cuenta con un equipo de científicos del Instituto de Ciencia de los Materiales de la Universitat de València. Para la labor que nos hemos propuesto es necesario un equipo multidisciplinar, puesto que la diversidad de aspectos que confluyen en la vidriera hace imposible que una sola persona o un equipo de personas con la misma especialidad sean capaces de desentrañar las cuestiones fundamentales de esta actividad, pero también es complejo que personas con especialidades tan aparentemente distintas puedan entenderse (en el sentido en el que Wittgenstein habla sobre los lenguajes privados).

Por eso damos tanta importancia a que un químico se forme en un taller, o a que un licenciado en bellas artes sienta pasión por la química. Yo lo tengo visualizado como lo planteaba aquel matemático que estudiábamos en la enseñanza primaria, Ben y sus conjuntos: el espacio que todos nosotros compartimos será la intersección de nuestras esferas de conocimiento, cuantas más experiencias y conocimientos tengamos y éstos sean más generales, mejor será la comunicación. En definitiva, a eso lo llamamos cultura.

Un conocimiento para el futuro

Los intentos por dejar constancia de los conocimientos necesarios para realizar vidrieras pintadas, en mayor o menor medida, han fracasado a lo largo de la historia. Esto es debido a que los tratados que se han escrito no se han realizado de una manera metódica, en el sentido científico del término, como sí ha pasado con el mundo de la cerámica, donde la literatura es extensa y de gran calidad. Por tanto nos hemos planteado, en primer lugar, recopilar, en la medida que nos sea posible, los tratados escritos anteriormente, y llevar sus propuestas al campo de la experiencia. En segundo lugar nos hemos propuesto analizar las grisallas y los esmaltes de vidrieras de diversas épocas. Por último, pretendemos formular grisallas y esmaltes, publicando los resultados con un lenguaje científico.

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Cúpula de la residencia de Mister Tanaka en Madrid. Una de las especialidades del taller Vetraria es la realización de cúpulas y bóvedas, trabajo complejo, dada la dificultad de hacer cuerpos semiesféricos o abovedados con un material como es el cristal. Esta cúpula tiene un diámetro de seis metros y una altura de dos y medio. © Vetraria

La primera parte ya la hemos realizado, con poco éxito, con los tratados del Monje Theophilus, de Antonio de Pisa y de Francisco de Herranz. Los problemas más habituales los tenemos con los materiales y con las medidas que emplean, indescifrables en la actualidad. Por ejemplo, Francisco de Herranz utiliza una escoria procedente del trabajo del hierro, material que recoge de un pueblo de Segovia llamado Otero de Herreros y cuya composición desconocemos, dado que la descripción que hace sobre el proceso de selección es confusa. Paralelamente a esto, estamos analizando grisallas procedentes de vidrieras históricas del patrimonio español de diversas épocas, y grisallas de fabricación contemporánea (hemos analizado y probado las grisallas más utilizadas en el mercado europeo con resultados muy preocupantes) y tratamos de formular composiciones y elaborar procesos de fabricación que nos proporcionen las características necesarias, no sólo de estabilidad química y física sino buenas cualidades plásticas. Además de las grisallas, trabajamos en el estudio de esmaltes y colorantes por interferencia, como el amarillo de plata o los rojos de cobre, en donde nuestros avances son muy esperanzadores.

Una consideración que hacemos los pintores a los químicos y que, a veces, resulta muy difícil de transmitir, es que los procedimientos pictóricos son fruto de la investigación de artistas, investigación que yo denomino científica, puesto que los resultados, predecibles y siempre reproducibles, sólo son posibles con un método muy elaborado de investigación y experimentación. Las sustancias que analizamos no son sólo sílice, hierro, cobalto, plomo… La elaboración, las cualidades necesarias para una buena aplicación a pincel, su capacidad de cubrir en mayor o menor grado la superficie, son los aspectos que posibilitan el lenguaje plástico y los constituyentes básicos que dan soporte a la obra. Es decisiva, por tanto, la intervención de todas las disciplinas que se relacionan con el problema a estudiar, y que cada una aporte las consideraciones que, desde su especialidad, son capaces de aportar.

El gran problema de esta forma de trabajo en equipo es que el lenguaje de cada una de las disciplinas, así como la perspectiva y estrategias a la hora de abordar las cuestiones, es muy diferente y que los miembros del equipo puedan entenderse es a veces complicado. Por esta razón es fundamental contar con personas con una formación amplia, que les proporcione una visión general de la realidad y les facilite las herramientas para que la puesta en común de los problemas y el aporte de soluciones sean fluidos y positivos. Crear un equipo de estas características es realmente complejo, más aún cuando vivimos en un país en el que el apoyo a proyectos que requieren largos períodos de trabajo no es tarea fácil; si además no son especialidades de las que se denominan estratégicas o tienen relación con las humanidades la única posibilidad es contar con la vocación de los integrantes y el convencimiento en la necesidad de profundizar en el conocimiento y desarrollo de la disciplina en cuestión y sus implicaciones culturales, sociales y económicas. Debemos generar en nuestra sociedad los mecanismos que permitan paliar el atraso cultural endémico que antes mencioné, haciendo que los proyectos culturales, en el más amplio sentido de la palabra, tengan un amplio apoyo social y una continuidad en el tiempo, una labor en la que la universidad es una piedra angular.

© Mètode 2008 - 56. Materia de arte - Contenido disponible solo en versión digital. Invierno 2007/08

Taller Vetraría Muñoz de Pablos, Segovia.