¿Científicos literatos? ¡Por supuesto!

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Los científicos estamos acostumbrados a escribir. Ya sea para tomar notas de nuestras observaciones, experimentos o intuiciones (notas que después serán consultadas y es preciso que sean descifrables por el propio autor), ya sea para escribir los trabajos que serán publicados (mejor: que no serán publicados si no son comprensibles, con independencia de que sean interesantes científicamente o no), ya para preparar los proyectos que algunos árbitros supuestamente entendidos en el tema de la investigación que proponemos deberán juzgar. Y aún, si somos enseñantes, será necesario que preparemos adecuadamente las clases, los apuntes, los textos que recomendaremos a nuestros alumnos (y, eventualmente, los manuales que querremos publicar y que servirán, poco o mucho, para introducir a los estudiantes en la materia en la que se supone que somos expertos).

«Es necesario que el científico sea también hombre (o mujer) de letras. Hay científicos, sin embargo, que son ágrafos, con independencia de que sean buenos o no en su campo»

Es preciso, pues, que el científico sea también hombre (o mujer) de letras. Hay científicos, sin embargo, que son ágrafos, con independencia de si son buenos o no en su campo, de si saben exponer sus hipótesis, de si sus clases son magistrales o no. Todos conocemos excelentes profesionales de las ciencias o las humanidades que, a pesar de bordar sus clases y conferencias, son, desgraciadamente, incapaces de escribir dos renglones comprensibles, no digamos ya un texto (científico, ensayístico, docente) aprovechable. También hay, evidentemente, buenos científicos que no solo escriben ciencia, sino que son capaces de hacerlo para el gran público: son los divulgadores de la ciencia. Carl Sagan, Edward O. Wilson, Richard Dawkins, Stephen Jay Gould, Lewis Thomas, Jared Diamond, por no citar más que algunos de los «grandes» en el mundo anglosajón, escriben y han escrito para un público general, relativamente culto, que recibe las enseñanzas de la ciencia a pequeñas dosis, simplificadas y atractivas que estos maestros de la public understanding of science (como se la conoce internacionalmente) nos proporcionan. En nuestro país hay un montón de científicos divulgadores de la ciencia, desde Claudi Mans y Xavier Duran (químicos) a David Bueno, Carles Lalueza, Andrés Moya, Martí Domínguez y Pere Puigdomènech (biólogos), desde Jordi Agustí y Miquel de Renzi (geólogos) a David Jou, Jorge Wagensberg y Josep Enric Llebot  (físicos). (Me paro aquí, no por falta de ejemplos, sino porque agotaría el espacio que se me ha dado.)

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Mètode

Algunos científicos son hombres de letras de otra manera: su capacidad de creación va más allá del ámbito que conocen bien, que es el del sector concreto de la ciencia que cultivan en las universidades y centros de investigación. Así, tenemos científicos que son excelentes poetas (quiero decir, que escribir versos que rimen poco o mucho, somos muchos los que lo sabemos hacer; pero los creadores de verdadera poesía se pueden contar con los dedos de la mano). En nuestro país, y solo como ejemplo, son David Jou (físico), Jaume Terradas (ecólogo) y Carles Miralles (filólogo). También hay quien escribe teatro (¡y le representan las obras!), como Ramon Gomis (endocrinólogo); quien es un guía ilustrado de los países que recorre (como Santiago Riera, ingeniero e historiador, o Carles Pedrós, microbiólogo); quien escribe para la chiquillería y la juventud (de nuevo Jaume Terradas). Y, evidentemente, los hay que divulgan la ciencia del pasado (Xavier Bellés, biólogo y aficionado a los bestiarios medievales) o hurgan con éxito en la ficción científica (Miquel Barceló, ingeniero; Pere Puigdomènech, Pere-Joan Cardona, médico; Carles Cuadras, matemático).

Ya son más contados los que se atreven con la novela, con conexiones (o no) con la ciencia que profesan (Marià Alemany, Martí Domínguez, Sergi Rossi, biólogos). Y he dejado para el final el rosario de científicos que traducen a su lengua obras de ciencia o de divulgación de su campo (o de otros); la tarea del traductor es importantísima y no está exenta de capacidad creativa, para interpretar al autor, para aclarar dudas al lector o para lo que haga falta. La lista de buenos traductores de ciencia en nuestro país sería larguísima, y se la ahorro al lector.

«Si el establishment universitario y científico no valora nuestra producción literaria no científica, o divulgativa, o poética… ¿por qué continuamos escribiendo? Porque somos literatos»

El riesgo de citar a algunos científicos literatos es dejarse a otros en el tintero, y no seguiré por aquí. En cambio, sí que quiero destacar un par de cosas a propósito de los científicos que tienen la literatura como violín de Ingres. Por una parte, el hobby literario permite una válvula de escape que la ciencia seria no admite. Hace años que hemos dejado atrás aquellas revistas científicas que permitían que los artículos empezasen, poco más o menos, así: «Con ocasión de una excursión a las bellas montañas de xxx, pude herborizar alrededor de la histórica villa de xxx. Al pie de lo que aún queda del castillo de xxx, cuál no fue mi sorpresa al encontrar un rodal de la rarísima especie de helecho xxx, que los botánicos locales, no demasiado avispados, no habían detectado ni citado.»

Hoy las revistas científicas (¡y los autores!) son más directas y concentran en pocas palabras lo más relevante de las investigaciones que queremos publicar. Y evidentemente, si se tiene la inquietud de la creación literaria, no se le puede dar salida mediante la publicación científica estricta. Es necesario que encuentre los caminos que han recorrido desde siempre los escritores sin adscripción profesional (o con adscripción no científica: abogados, arquitectos, economistas, políticos, etc. también escriben literatura diversa).

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Basado en una obra de Jaume Plensa

Por otra parte, no es solo el deseo de crear literatura lo que empuja a los científicos a escribir fuera del marco de su ámbito concreto de experiencia. A menudo (y cada vez más, en los tiempos que corren), es el deseo de denunciar los disparates que ven cada día, en su ámbito de trabajo o en la sociedad en general y, ¡qué caramba!, que tienen tantas ganas de sacar a la luz como los autores no científicos (por definirlos de alguna forma) o los periodistas de investigación. Las miserias de la vida universitaria, desde la docencia y la gestión hasta el campo de batalla que es el mundo de la investigación, tanto en el laboratorio como en las revistas científicas y en las empresas (farmacéuticas, armamentísticas, o lo que sea) que hacen (o compran) parte de esta investigación; la política científica y universitaria, la conexión de esta con la política tout court. E incluso la propia experiencia en nuestra rama del árbol de la ciencia que nos hace ver de forma privilegiada los problemas que, como sociedad poco o nada informada en estas ramas concretas, sufrimos sin percatarnos, o quizá solo superficialmente. Yo mismo, por no ir más lejos, he publicado media docena de libros y algún centenar de artículos sobre temas ambientales; la divulgación y la denuncia aparecen en ellos a partes iguales.

¡Ay! Estas expansiones literarias, valgan lo que valgan por sí mismas y las reciban como las reciban los lectores, tan solo suelen tener el premio de la autosatisfacción de quien las escribe. La divulgación científica, a pesar de no ser fácil de cultivar en ningún campo de la ciencia, no es valorada aún en nuestro país como debería serlo, ni por los responsables de la política científica (¡prueben a defender ante un tribunal de oposiciones o de acreditaciones su obra divulgativa!), ni por los propios colegas no literatos (es el llamado efecto Sagan, porque este excelente astrónomo y astrofísico, autor prolífico de ciencia-ciencia, tuvo la osadía de divulgar ciencia, y muy bien, y de escribir buena ciencia-ficción). Y aún peor tratados son los textos de opinión (experta o no), ya aparezcan en diarios generales o en revistas culturales poco o muy especializadas. Y no hablemos de la obra literaria, que puede estar a la altura de la de autores no científicos y ser bastante premiada, pero siempre será considerada menor para parte de los colegas, críticos con la obra ajena a pesar de que quizá no tengan ninguna como propia, salvo la científica.

Así pues, si el «mercado» es tan reducido en nuestro país; si los colegas no siempre entienden nuestra necesidad de escribir cosas diferentes de los artículos y libros científicos y técnicos que corresponden a nuestra área de conocimiento; si el establishment universitario y científico no valora nuestra producción literaria no científica, o divulgativa, o poética… ¿por qué continuamos escribiendo? Porque somos literatos. Porque tenemos tanto derecho como cualquier hijo de vecino, por eso mismo. Porque otear el mundo desde la atalaya de la ciencia permite vislumbrar matices que desde otras atalayas quizá se pasan por alto. Porque los resultados suelen ser buenos, o muy buenos.

© Mètode 2014 - 81. Itinerancias - Primavera 2014

Catedrático de Ecología de la Universidad de Barcelona y presidente del Institut d’Estudis Catalans (Barcelona).