Luces que se apagan

08-68

La noticia de la muerte del director de cine Claude Chabrol me hizo recordar que, el pasado verano, nos ha abandonado un puñado de sabios a los que debíamos gratitud, como el historiador del arte Alfonso Pérez Sánchez y el de la ciencia José María López Piñero. Los valencianos debemos reconocer al primero, como mínimo, por sus estudios sobre los pintores Josep Ribera –un librito divulgativo de Pérez Sánchez es una de las cosas más ponderadas y luminosas que he leído sobre el genial setabense– y Jeroni Jacinto Espinosa, entre otros. Nuestra deuda con el segundo es aún más profunda. 

José María López Piñero nació en la ciudad de Mula, en Murcia, y estudió medicina en Valencia, donde se doctoró en 1960. Aquí fue catedrático de Historia de la Medicina, desde el año 1969 al 1988, y aquí fundó, en 1985, el Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia –ahora bajo el patronato del CSIC y la universidad valenciana–, que es una de las instituciones académicas de más sólido prestigio con que contamos. López Piñero vivió y trabajó en Valencia durante más de cinco décadas y dedicó una buena parte de sus trabajos a la recuperación de enormes porciones de nuestra historia cultural.

En una sentida necrológica publicada en El País, Luis Berenguer Fuster nos hizo saber que, en la década de los sesenta, López Piñero fue un memorable director del Colegio Mayor Luis Vives por su liberalidad, simpatía, sensatez y espíritu dialogante. No cabe duda, pero su figura es mucho más importante que eso. A mi modesto parecer es el historiador de la ciencia española, y especialmente de la medicina, más importante de la segunda mitad del siglo xx. En esta disciplina, su obra es una referencia ineludible. Siguió en ello la huella de precedentes ilustres, como Vicent Peset, Lluís Garcia Ballester o el doctor Cerveró, y, a su vez, nos ha legado un montón de discípulos y colaboradores eminentes, como Víctor Navarro, Vicent Lluís Salavert –desgraciadamente, también desaparecido–, Jorge Navarro, Vicent Graullera y María Luz López Terrada.

La enorme cantidad y variedad de sus publicaciones marea, pero yo destacaría, entre tantas, la participación en el Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, que es una suculenta mina de informaciones sobre la materia, y el seminal, y primorosamente escrito, Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos xvi y xvii. Tampoco podemos olvidar sus pioneros estudios sobre bibliometría –con la colaboración de su mujer, la también historiadora María Luz Terrada–, sobre Cajal, sobre Darwin, etc. Menos todavía, porque nos toca de más cerca, los trabajos que dedicó a la ciencia y la cultura valencianas, como la Història de la ciència al País Valencià, con Víctor Navarro, o el breve y delicioso Joan de Cabriada i la introducció de la ciència mèdica a Espanya, o sus numerosos estudios sobre la tradición científica en nuestro país desde el Renacimiento a la Ilustración. De paso, diré que nuestro autor no tuvo nunca ningún problema en publicar textos en valenciano, como demuestran los dos últimos títulos que he mencionado y corroboran diferentes artículos de su pluma en revistas como Afers y Mètode. López Piñero conocía y apreciaba como pocos la historia intelectual de este país, que hizo suyo, y le servía bien. No cabe duda de que estamos hablando de una gran figura.

Como es notorio, la de la ciencia en España no ha sido una historia aparatosamente brillante, precisamente (y solo dentro este conjunto, más bien raquítico, se puede decir que la aportación valenciana ha sido bastante digna), pero la desidia ignorante con la que después se la ha tratado ha hecho que pareciera aún más triste de lo que en realidad era. La pila de datos que López Piñero nos ha rescatado, y las sensatas apreciaciones con las que los acompañaba, han contribuido mucho a que podamos hacer una evaluación más justa de este campo. Sin duda, él creía que una correcta comprensión de nuestro pasado científico –con sus logros y sus carencias– era un fundamento necesario para un presente más sólido y un futuro más rico, porque la ciencia, como el conocimiento, es un proceso en marcha que lo vincula todo. Por ello, le habría dolido la noticia, aparecida este verano, de que la sanidad pública, en el País Valenciano, funciona peor que en ninguna otra autonomía del Estado. Y no porque nuestros médicos sean incompetentes. Como los valencianos, como es sabido, no nos ponemos nunca enfermos, no nos hace falta mejorar hospitales ni asistencias, y por eso nuestros gobernantes tienen unas prioridades mucho más urgentes –como cerrar repetidores de TV3, que es un canal de lo más deletéreo para la salud pública–. Así, mientras los sabios van abandonándonos, nuestro historial médico va como va.

Enric Sòria. Ensayista y poeta (Barcelona)
© Mètode 68, Invierno 2010/11.

Este artículo se publicó en el suplemento Quadern del diario El País el pasado 16 de septiembre de 2010.

 08-68©Miguel Lorenzo

«José María López Piñero creía
que una correcta comprensión
de nuestro pasado científico
–con sus logros y sus carencias–
era un fundamento necesario para un presente más sólido y un futuro más rico, porque la ciencia, como
el conocimiento, es un proceso
en marcha que lo vincula todo» 

© Mètode 2011 - 68. Después de la crisis - Número 68. Invierno 2010/11

Ensayista y poeta (Barcelona)