Las raíces triviales de lo fundamental

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Prometo no reincidir, pero permítaseme, por una vez, hablar de mi libro. La energía es una palabra precientífica, pero no gana su rigor y eficacia hasta después de Galileo y Newton. La palabra información fue, hasta la Segunda Guerra Mundial, una mera sensación en el cambio del estado de ánimo. La ocurrencia de un suceso que tiene una cierta probabilidad antes de ocurrir cambia el estado de ánimo de quien lo contempla. Sólo después de pensadores como Shannon, Fisher, Turing y Jaynes el concepto gana solera y credibilidad. La palabra museo se ha cargado de polvo durante los últimos dos siglos y muchos museos de ciencia prefieren cambiar de palabra ante el temor de estimular el recuerdo de las hieráticas vitrinas decimonónicas (así es como han florecido los Experimentariums, Eurekas, Exploratoriums, etc.). Sin embargo existe otra opción: concebir buenos museos hasta que la palabra se dignifique de nuevo.

Bien, esta introducción es para preparar el salto del significado de otra palabra. Es el concepto trivial. La palabra tiene hoy un uso prioritariamente peyorativo («solo ha dicho trivialidades», «para decir trivialidades, mejor no abrir la boca»…). De hecho, en casi todos los idiomas existen dos sentidos diferentes de la palabra trivial. Por un lado, trivial es algo por todo el mundo conocido, una verdad común que se garantiza a sí misma y que, por lo tanto, no necesita apelar a la observación de la realidad para convencer a los demás. Por la misma razón, la realidad es incapaz de hacer mella en una verdad trivial. Pero, por otro lado también llamamos trivial a lo que no tiene importancia, a lo que es incapaz de trascender, a lo que no tiene la menor posibilidad de contribuir a la creación de nuevo conocimiento. 

Pues bien, estoy pensando que quizá haya que aceptar que lo trivial no es trivial, es decir, que la estructura de verdad autogarantizada de una proposición no tiene por qué significar, necesariamente, que la proposición sea intrascendente. Más bien al contrario, quizá se pueda afirmar que bajo cualquier ley fundamental de la naturaleza se esconda una raíz de estructura trivial (Las raíces triviales de lo fundamental, Tusquets editores, 2010). La trivialidad es una garantía de verdad y, para conseguir que ésta tenga además cierta trascendencia, entonces hay que construir un esquema conceptual idóneo inspirado, ese sí, en la percepción de la realidad que observamos en el mundo. Conviene distinguir tres clases diferentes de verdades autogarantizadas: las trivialidades circulares, las trivialidades blindadas y las trivialidades estadísticas.

Las trivialidades circulares son aquellas cuyo predicado ya está contenido en su sujeto. De cualquier buena definición surge una trivialidad circular. Por ejemplo: «Todo individuo vivo tiende a perseverar su identidad» (donde la identidad es la parte del individuo que tiende a perseverar). La evolución biológica y el mecanismo de la selección natural se asientan en esta clase de trivialidad.

Las trivialidades blindadas son aquellas que cubren todas las alternativas lógicamente posibles. Por ejemplo, «mañana o bien lloverá o bien no lloverá». No hace falta esperar a mañana para recoger una constatación experimental. Otro ejemplo es la gran afirmación de Descartes: «El estado de movimiento de un cuerpo tiende a perseverar a menos que una causa no le obligue a lo contrario». La primera ley de Newton, columna de la mecánica clásica, tiene esta estructura, donde la causa es, ni más ni menos que la fuerza…

Las trivialidades estadísticas son aquellas cuya verdad está basada en un número inmenso de casos representativos en contraste con lo que ocurre con cualquiera de sus alternativas posibles. Por ejemplo, el estado macroscópico del equilibrio termodinámico está representado por trillones de configuraciones microscópicas en claro contraste con cualquier estado que no sea de equilibrio. En tal trivialidad descansa el fortísimo y temido segundo principio de la termodinámica según el cual, en un sistema aislado, cualquier tiempo pasado fue mejor.

Quizá estemos ante uno de los enigmas mejor guardados de lo más fundamental del conocimiento humano: su fuerza procede de una raíz trivial, mientras que su trascendencia emana de un buen esquema conceptual extraído de una buena observación de la realidad de este mundo.

Jorge Wagensberg. Director científico de la Fundación La Caixa, Barcelona.
© Mètode 68, Invierno 2010/11.

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© Jorge Wagensberg
© Mètode 2011 - 68. Después de la crisis - Número 68. Invierno 2010/11

Profesor titular del Departamento de Física Fundamental. Universitat de Barcelona.