Experiencia antártica

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Llegamos a Buenos Aires en enero. El Irizar, el rompehielos que nos embarcaría hacia la base argentina Esperanza, se había quedado atrapado en el hielo del mar de Wedell. Eso nos hizo pensar en otras épocas, y nos sorprendió. No nos hubiese sorprendido tanto después de los dos meses que tendríamos que pasar en la Antártida, sometidas a cambios frecuentes, fuertes y súbitos, climáticos o logísticos. La espera en Buenos Aires se hacía interminable. Así, a principios de febrero, gracias al director de la DNA (Dirección Nacional del Antártico), Mariano Memolli, que organizó una complicada operación logística, el Hércules, nuestro avión, aterrizó en la pista de arena de la base Frey, en la península antártica, para embarcar en el barco oceanográfico Deseado, rumbo a la base Esperanza, mientras visitábamos oficialmente algunas bases. Una mañana de mucho viento subíamos a las lanchas para desembarcar en la base Esperanza. Llegamos al final del verano austral, justo cuando los jóvenes pingüinos, acabados de criar, están a punto de partir. Es la época de las altas temperaturas, cuando los torrentes del deshielo cruzan la tierra desnuda y solo los glaciares están cubiertos de nieve, el resto son grandes extensiones multicolor de roca volcánica.

Bahía Esperanza (63º 23′ S, 56º 59′ W) está situada en la punta norte de la península antártica, un brazo del tierra que se extiende hacia Hornos desde el continente antártico. La Antártida es uno de los lugares de la tierra menos afectados por la influencia humana directa, sin embargo, paradójicamente, en la península antártica se manifiesta con gran intensidad el calentamiento del planeta.

 

«La Antártida es uno de los lugares de la tierra menos afectado por la influencia humana directa, sin embargo, paradójicamente, en la península antártica se manifiesta con gran intensidad el calentamiento del planeta»

 

 

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 «La observación meticulosa fue la vía de encuentro en nuestras disciplinas como artista visual y como científica marina»

La vida en el fin del mundo

En Bahía Esperanza conviven los residentes de la base permanente argentina y una de las colonias más numerosas de pingüinos de Adelia (Pygoscelis adeliae), formada por más de 120.000 parejas de cría. Actualmente las poblaciones de estos pingüinos están en recesión, pero no directamente a causa de la perturbación humana, sino por los cambios que se están produciendo en su ambiente. Estudios realizados en Bahía Esperanza comparando poblaciones más próximas a la base (más afectadas a priori por la presencia humana) y más alejadas (menos perturbadas) no muestran diferencias en el éxito de cría u otros parámetros indicativos de la salud de la población. Cuando nosotros llegamos allí aún quedaban ejemplares de individuos jóvenes, pero en pocos días las colonias quedarían abandonadas hasta la siguiente temporada de cría. Cada año, durante esta época, se repite el mismo espectáculo, grupos de pingüinos más o menos numerosos atravesaban tranquilamente nuestro asentamiento en su camino hacia el mar. La base está constituida por unos trece barracones y otras tantas construcciones como el casino, donde se hacen las reuniones semanales de los sábados, la usina o taller, los almacenes, los laboratorios, la estación meteorológica, las cámaras de víveres, la caseta del mareógrafo, la escuela (ya que en esta base pasan el invierno unas pocas familias con sus hijos), el museo o la caseta de piedra donde un grupo de hombres de la expedición de Otto Nordenskjld resistieron el invierno antártico comiendo y calentándose a base de pingüinos.

 

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Nosotras vivíamos en el barracón 12, con Rubén Montiel, taxidermista ya jubilado, pero aún en activo, del museo de historia natural de Buenos Aires, y Darío Sosa, militar practicante de culturismo, premiado con una estancia en la base y dedicado a la exposición y venta de recuerdos antárticos a los cada vez más abundantes visitantes. Rubén había vivido otras épocas en la Antártida. Ahora recogía los pingüinos ya muertos para exponerlos disecados en el pequeño museo que él mismo estaba remodelando. Era un hombre solitario que nos cautivaba por su entusiasmo y conocimiento de la Antártida. Había empezado a trabajar en la época en que se utilizaban perros y se cazaban pingüinos y ahora, ya mayor, continuaba yendo allí por amor. Uno de los últimos días nos permitió acompañarlo a sus dominios: un pequeño brazo de tierra rodeado de playas donde los lobos marinos (Arctocephalus gazella) formaban un grupo tan numeroso que se hacía muy difícil caminar evitándolos. Los lobos marinos defienden su espacio y se camuflan miméticamente con las rocas. Rubén se puso en medio del grupo blandiendo un bastón y gesticulando en un lenguaje secreto para nosotras para obligar a los animales a abrirnos paso.

 

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Observar los cambios

Los primeros días los pasamos literalmente siguiendo el recorrido de los jóvenes pingüinos, caminando sobre la capa viscosa de kril deglutido adornada por millones de huesos y cadáveres no descompuestos. Los seguíamos a distancia, tratando de emular su comportamiento. Les estuvimos grabando durante días cerca de la base: en la estación meteorológica, con las antenas parabólicas o la bandera de fondo; cerca del mar; presenciando los divertidos preludios de su bautizo marino; patinando por los glaciares, atacados por squas, el parásito austral (Catharacta maccormicki).

A finales de verano la marcha de los pingüinos dio paso a otro espectáculo. El horizonte de Bahía Esperanza mira hacia el estrecho antártico. La circulación de las aguas y la marea transportan bloques de hielo de formas sorprendentes y medidas diversas que aparecían y desaparecían de nuestra mirada. La variabilidad del sistema es emocionante: las nevadas dejan paso a vientos de 200 km/h que se lo llevan todo; el mar cambia desde el azul intenso hasta el verde de las floraciones de microalgas o se vuelve medio viscoso cuando empieza a helarse. Cada mañana, la bahía nos ofrece una nueva sorpresa.

 

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La observación meticulosa fue la vía de encuentro en nuestras disciplinas como artista visual y como científica marina. Como los sensores que registran datos, pasamos horas y horas presenciando aquel espectáculo y grabando selectivamente lo que considerábamos más significativo. Los sistemas naturales son sistemas complejos en los que intervienen multitud de factores. La variabilidad del medio antártico te hace sentir la fragilidad de los sistemas naturales, la necesidad de entender cómo funcionan y de transmitir este sentimiento. Nuestra primera propuesta, Experimento núm. 1, fue realizar un vídeo donde poníamos de manifiesto los límites de nuestra percepción. Allá, en la Antártida, el tiempo se materializaba y daba paso a una sucesión infinita de paisajes heterogéneos. Cuando hace poco mirábamos las fotografías que hicimos durante el tiempo que pasamos en la base Esperanza, la variabilidad que nos muestran no parece en consonancia con el tiempo pasado y el espacio limitado en que caminamos por él. La serie de fotos Base Esperanza: registro de variabilidad es la segunda propuesta, que incide en la complejidad de los sistemas naturales y de nuestra observación.

Las imágenes que acompañan este artículo forman parte de la serie de 29 fotografías Base Esperanza: registro de variabilidad (2006), fruto del proyecto de colaboración de Mireya Masó y Mercedes Masó. Como resultado de la estancia de dos meses que las dos vivieron en la base argentina Esperanza, en la Antártida, nació también el vídeo Experimento n° 1. La pregunta que se esconde tras estos trabajos no es otra sino ¿a qué ritmo deben sucederse los cambios para que seamos capaces de percibirlos?

Mireya Masó. Artista visual, Barcelona.
Mercedes Masó. Bióloga marina, Centre Mediterrani d’Investigacions Marines i Ambientals (CMIMA), CSIC. Barcelona.
© Mètode, Anuario 2009.

 

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© Mètode 2011 - 57. Radiaciones - Contenido disponible solo en versión digital. Primavera 2008