Las ruinas del recuerdo

Recuerdo la infancia y primera adolescencia en el pueblo como un espacio de felicidad, sobre todo porque era un espacio habitado por los bosques y las bestias.

«Entre los frutales, los más apreciados eran los ciruelos, porque permitían hacer juegos y escondrijos entre las ramas, y nos ofrecían las ciruelas casi sin estirar la mano»

Los abuelos, paternos y maternos, vivían en dos masías apartadas, y en direcciones opuestas, a un par de horas de camino del pueblo lleno de fábricas movidas por un río donde se habían instalado mis padres al casarse y pasar del mundo agrícola al mundo industrial. La masía materna estaba en medio de los bosques de Les Guilleries y a mí me parecía un lugar indómito, misterioso, casi salvaje, rodeado de bosques espesos que aún me parecían más misteriosos y salvajes. La masía paterna estaba en la plana de Vic, en el centro de una extensión de huertos desperdigados con árboles frutales bien alineados, plantados con simetría, y campos de trigo y de cebada y de avena, con un bosquecillo tranquilo cerca, en resumidas cuentas como trazado con tiralíneas por un delineante pulcro y ordenado.

A menudo mi madre me hacía ir a las dos masías con algún encargo, y volver con una cesta llena de comida, el queso que hacía la abuela con un pañuelo de colar, pan blanco que amasaba el abuelo en un horno de leña que había en un rincón de la sala con el hogar en medio y escaños en cada pared y unos rosarios ennegrecidos de hollín en la punta más alta de un respaldo, y longanizas y morcillas que sacaban de la despensa, que era una estancia grande con un montón de jamones colgando en las vigas y racimos de uva que se secaban y que no sé de dónde la llevaban porque, como decía el abuelo, «aquí no se da el vino» y cuando le preguntábamos por qué no se daba, él decía que «el tiempo no lo permite» y añadía que «el tiempo, aquí, es demasiado reconsagrado, como los campesinos y la gente de Vic», una despensa oscura que nada más abrir la puerta ya desprendía un olor rancio que cosquilleaba la nariz. En la masía de la plana también tenían una despensa, pero estaba en el desván y no tenía aquel olor fuerte sino que exhalaba un perfume de fruta porque el suelo estaba lleno de manzanas, membrillos para hacer confitura, nueces y avellanas y toda la fruta del tiempo que querían guardar aunque sólo fuera unos días, ciruelas de todos los colores, o bien peras y cerezas, que eran las que me gustaban más, y eso de la fragancia más suave y delicada era porque en casa de los abuelos de mi padre mataban menos que en casa de mi madre. Mataban menos, decían, y todo el mundo ya sabía qué querían decir.

146-56

© Frederic Amat, Tríptico de las ruinas del recuerdo, 2008

Si me tenía que quedar a dormir alguna noche en la casa de Les Guilleries, pasaba miedo, porque no había luz eléctrica, sólo lámparas de carburo o de aceite que se tenían que llevar en la mano para iluminar el lugar adonde ibas, incluso al retrete, que estaba al fondo del porche, sobre el estercolero. Antes de irnos a dormir, nos reuníamos todos alrededor de la lumbre y rezábamos el rosario, que conducía la abuela, con todas las estaciones y decenas de invocaciones finales a San José para que nos dé una buena muerte, y a otros santos y santas para obtener toda clase de beneficios, no se acababa nunca, y a veces el abuelo o la tía me tenían que soltar un pescozón porque yo me dormía. El cuarto donde me tocaba dormir tenía las paredes de piedra y el suelo de madera, con rendijas por donde se podían guipar las vacas que estaban abajo, y los colchones eran de lana de oveja tan mullidos que podías arrojarte a ellos como si cayeras de un precipicio, y por la noche sentía afuera el canto de la lechuza, que yo escuchaba con temor porque el abuelo decía que anunciaba la muerte de alguien.

No aprendí nunca a ordeñar las vacas, me resultaban un poco repugnantes aquellas ubres blandas y grandiosas, pero me gustaba ver como las mujeres cogían un taburete y se acercaban y las apretaban con gestos a la vez delicados y contundentes. El abuelo bautizaba a todo el ganado, las cabras, el chivo, las ovejas, las vacas, los caballos, las yeguas y los dos perros, que se llamaban Murillo y Anta. El abuelo salía a apacentar el ganado y a veces se pasaba semanas fuera, en la montaña, por eso yo no sabía si en mis visitas esporádicas a la masía lo encontraría o no, dependía de la estación del año y del ganado, circunstancias que yo no controlaba. El abuelo siempre llevaba una ramita en la boca o en la oreja, más que nada tomillo pero también espliego o romero. Yo conocía el nombre de las plantas que me hacían coger por los ribazos y prados para llevármelas al pueblo en una cesta para dar a los conejos y gallinas que criaba mi madre en un gallinero pequeño que se había montado en un rincón del huerto de casa. Llantenes, rabanizas, cerrajas y esparceta eran las más apreciadas. De la masía paterna, me llevaba una cesta de fruta, según la época, y los abuelos nos dejaban, a los primos y a mí, llenarla nosotros mismos arrancándola de los árboles. Las cerezas eran grandes y rojas y formaban pendientes, las ciruelas de dos o tres clases diferentes, las peras, gordas y jugosas, los membrillos, que eran los que me gustaban más por su gusto ácido, un poco amargo, nada empalagoso, y también manzanas y nueces y calabazas…

«No había luz eléctrica, sólo lámparas de carburo o de aceite que se tenían que llevar en la mano para iluminar el lugar adonde ibas»

En el bosque apreciábamos más los árboles grandes que los pequeños. Los arbolillos nos parecían de tan baja categoría como las matas y las malas hierbas, los considerábamos una especie de árboles pequeños y raquíticos, que no habían sabido crecer. No tenían la importancia ni la presencia imponente de los robles, de los pinos más altos o de los chopos, que de alguna manera se parecían a los cipreses del cementerio, quizá por su verticalidad impecable y por la distribución en fila y casi militar. Los robles eran los preferidos, quizá porque todos aparentaban muchos años y daban una sensación de fortaleza y seguridad. Podíamos trepar a las ramas y coger las bellotas, encapsuladas en el cascabillo como una capucha. Entre los árboles frutales, los más apreciados eran los ciruelos, porque permitían juegos y escondrijos entre las ramas, y nos ofrecían las ciruelas casi sin estirar la mano. En las carreteras había plátanos, que proporcionaban una sombra protectora del calor, eran los centinelas del camino de asfalto, y formaban un túnel de sombra y frescura, un refugio para los caminantes y para los pocos que iban en coche. Las carreteras del país han perdido toda su gracia cuando los cortaron en nombre de no sé qué teoría vial. Ahora, las carreteras parecen un desierto llano y sin ningún misterio.

147-56

© Frederic Amat, Tríptico de las ruinas del recuerdo, 2008

La abuela de Les Guilleries salía al atardecer a recoger hierbas. Había una diferencia entre «recoger hierbas» y «recoger hierba», la primera expresión quería decir que escogía las hierbas según sus cualidades medicinales o estéticas, y la segunda significaba que iba a recoger cualquier tipo de hierba sin elegir demasiado porque era para dar de comer a los conejos, exactamente como hacíamos nosotros. Nosotros no sabíamos distinguir las hierbas buenas de las malas o inútiles, pero ella, la abuela, las elegía, las limpiaba y hacía ramilletes bien ligados con una cinta y los colgaba en la viga del desván o los metía en botes de vidrio para conservarlos, y a veces, para venderlos a los herbolarios del pueblo. Así escuchábamos nombres fabulosos que parecía que la abuela se hubiese inventado, como rosa de Noel, hierba de Santiago, hierba del rocío…, y nos preguntábamos quién había bautizado con aquellos nombres extraordinarios aquellas plantas humildes, era cosa de maravilla, pensábamos. Había toda clase de hierbas que llevaban nombres de santos, como la hierba de San Juan, la hierba de San Pablo o de San Pedro, casi todos los santos debían tener su hierba e incluso estaban loslos nazarenos o penitentes, la hierba de la oblea o la hierba del rosario. Después estaban las que hacían referencia a algún detalle anatómico de los animales, como boca de dragón, conejitos, uva de zorra, rabo de gato o cabeza de mosca. Algunos nombres describían la enfermedad que curaban, como hierba de la rabia, hierba de los leprosos, hierba pejigueraOtros nombres eran poéticos, como azuzón, hierba de la herradura, hierba de las coyunturas, hierba de la sangre, vara de oro. Y después estaban los inclasificables, que la abuela nos debía explicar cómo era lo que se llamaban de aquella manera, como el cien-nudos o hierba nudosa, hierba flámula, hierba de los bataneros, cardo corredor, sobre la que la abuela se inventaba leyendas y cuentos en los que intervenían todos los bandoleros de la comarca, desde En Joan de Serrallonga hasta las brujas del castillo de Sabassona.

No he vuelto nunca más a visitar las dos masías, que ahora son de los primos. Creo que me tengo que preparar muy bien para contemplar las ruinas del recuerdo.

Frederic Amat. Premio Nacional de Artes Visuales 2007. Pintor, grabador y escenógrafo. Su obra plástica está adscrita a las tendencias experimentales y conceptuales.

© Mètode 2011 - 56. Materia de arte - Contenido disponible solo en versión digital. Invierno 2007/08

Escritor. Su última novela es Pan negro, con la que ganó los premios Joan Crexells 2003, Lletra d’Or 2004 y Premio Nacional de Literatura 2004.