El pensamiento interdisciplinario

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El pensamiento interdisciplinario es aquello por cuya teoría todo el mundo siente simpatía, pero cuya práctica pocos ejercen. Se reconoce como fecundo pero siempre se aplaza mediante la simple estrategia de evitar la proximidad de la frontera. ¿Por qué habríamos de favorecer el pensamiento interdisciplinario?

Digamos para empezar que la interdisciplinariedad es necesaria porque la realidad no tiene la culpa de los sucesivos planes de estudio que se pactan en escuelas y universidades. Pero reconozcamos en seguida que la interdisciplina es posible, claro, gracias a la existencia previa de disciplinas. Sin embargo la academia tiende a ocupar los difusos y resbaladizos territorios fronterizos con la invención de nuevas disciplinas, es decir, tiende a agravar el problema forzando la emergencia de nuevos conocimientos puros, por mucho que estos nazcan con apellidos compuestos tales como biofísica, bioquímica, geofísica, biomatemática, sociobiología, geoquímica, antropopaleontología… O sea: el vacío de la frontera tiende a rellenarse con nuevas especialidades que llegan con sus propios métodos, sus propios lenguajes y sus propias complejidades. Esta manera de tratar la interdisciplinariedad no hace que las fronteras existentes sean más permeables, sino que las multiplica a ritmo de plaga.

¿Cómo se distingue una disciplina de otra? Esta cuestión recuerda la de las grandes clasificaciones que han triunfado en ciencia: la de las partículas elementales (como elementos que constituyen los átomos), la de los átomos (como ladrillos de la materia según Mendeleiev), la de los individuos vivos (según Linneo, Darwin, Margulis…). ¿Se puede arriesgar también una taxonomía del conocimiento? ¿Se puede dibujar un mapa de las regiones del conocimiento? La teoría matemática de conjuntos ofrece dos clases de relaciones fundamentales para clasificar: las de equivalencia (permiten decidir si dos elementos pertenecen a no a la misma clase) o las de orden (permiten ordenar cualquier par de elementos). Sin embargo, tales clasificaciones no parecen servir en el caso que nos ocupa porque el conocimiento es necesariamente impuro y mestizo, es decir: el conocimiento es interdisciplinario por naturaleza, por esencia, por definición. No puede no serlo, sencillamente.

Conocimiento es pensamiento transmisible a otras mentes. Para elaborar conocimiento a partir de un pensamiento se necesitan tres cosas: un pedazo inteligible de realidad, un método y un lenguaje. El método sirve para reducir algo presuntamente infinito (el pensamiento creado dentro de un intrincado de trillones de neuronas) a algo necesariamente finito (el conocimiento limitado en el tiempo y encuadrado en el espacio) capaz de atravesar la realidad para encontrarse con una mente receptora. El lenguaje se necesita para codificar el pensamiento emisor en conocimiento exportable y para decodificar tal conocimiento en un pensamiento receptor (la partitura en música, las palabras en poesía, los objetos y fenómenos en museología, las ecuaciones en física…).

Curiosamente, las grandes formas de conocimiento se clasifican por el método empleado y probablemente son siempre la combinación mestiza de tres tipos puros (y por lo tanto inexistentes en el límite como formas puras): ciencia, arte y revelación. Las disciplinas científicas a su vez se clasifican según sea la complejidad de sus contenidos (física, química, biología…). Por otro lado, las disciplinas artísticas se clasifican según el lenguaje empleado (pintura, escultura, literatura, cine, teatro…). Y, finalmente, las disciplinas reveladas se clasifican según sea la entidad que tiene a bien regalarnos el conocimiento (una divinidad, una experiencia mística, la propia conciencia, una tradición…).

Todas las edades creativamente gloriosas de la historia tienen algo en común: su talante interdisciplinario. Dos ejemplos: el Renacimiento en Florencia y en Viena a principios del siglo xx. Quizá no se pueda forzar el ambiente propicio a través de una política ministerial, pero sí se puede aumentar la probabilidad de una atmósfera en la que el creador se aficione a olfatear otros métodos, a manejar otros lenguajes y a nutrirse de otras complejidades.

Jorge Wagensberg. Director científico de la Fundació La Caixa, Barcelona.
© Mètode 78, Verano 2013.

 

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Jorge Wagensberg

© Mètode 2013 - 78. La luz de la evolución - Verano 2013

Profesor titular del Departamento de Física Fundamental. Universitat de Barcelona.