El legado del «Crystal Palace»

“Las exposiciones universales inspiraron la creación de numerosos e importantes museos, sobre todo de aquellos dedicados a la ciencia y la tecnología.” Con estas palabras, Robert Brain da una contundente respuesta a la pregunta acerca de los orígenes de los museos de ciencia fundados a finales del siglo XIX y principios del XX. Los ejemplos que presenta refuerzan esta afirmación. El South Kensington Museum de Londres, el Technische Museum für Industrie und Gewerbe de Viena, el Deutsches Museum de Munich y el Museum of Science and Industry de Chicago se fundaron tras el éxito de las exposiciones de Londres (1851), Viena (1873), París (1881) y Chicago (1893), respectivamente.

Sin embargo, el contexto que dio origen a estos museos de ciencia es algo más complejo. El objetivo de este texto es precisamente explorar los orígenes de los denominados museos de ciencia, en el sentido moderno de la expresión: instituciones que adoptan un intencionado papel didáctico presentando una determinada imagen de lo que es la ciencia y en donde las decisiones son tomadas, por lo general, bajo la influencia de fuertes intereses políticos y económicos.

Exposició Internacional de París, 1900. Interior del Palau de l’Electricitat. (Whipple Museum, Cambridge)

Entre el museo y la biblioteca de aparatos

A finales del XVIII y principios del XIX, distintas colecciones de objetos empiezan a reconstituirse como museos públicos. Sin embargo, es conveniente matizar apropiadamente esta afirmación. Por ejemplo, los museos establecidos por las sociedades filosóficas de este período habrían sido concebidos en beneficio exclusivamente de sus miembros. Tal y como ha escrito Butler, reunir objetos no era un motivo primario. Más bien, las colecciones resultaron del esfuerzo inevitable por desarrollar una amplia base cultural para estas organizaciones. Artefactos científicos fueron a menudo incluidos, por lo general, con un objetivo práctico, más que para ser vistos únicamente como tales. Como centros de trabajo práctico –continúa Butler– estas instituciones “no eran lo que nosotros consideraríamos museos de ciencia o el equivalente de los modernos science centres. Eran en realidad bibliotecas de aparatos”.

«La relación fundamental entre las exposiciones universales y aquellos nuevos museos de ciencia es algo plausible. Los nuevos museos proveyeron un necesario correctivo a un acercamiento exclusivamente libresco a la educación científica»

A mediados del XIX, sin embargo, una nueva idea de museo se abre paso en un nuevo contexto. En el nuevo concepto iba a representar un papel central la educación de la población. En este sentido, la implicación de los gobiernos en programas culturales para educar a la población trajo consigo una nueva organización. Particularmente interesante resulta el ejemplo británico. Queda muy claro en este caso cómo, tras los cambios radicales en la organización social e institucional de la ciencia en la Gran Bretaña de principios del XIX, el estado de la ciencia (en especial por lo que a la educación técnica se refiere) se convirtió en materia de interés oficial durante las décadas de 1860 y 1870. Este proceso se aceleró tras la Great Exhibition de 1851 en Londres. Ideada para mostrar la supremacía económica e industrial del imperio británico, la competición arrojó algunas sorpresas y, en algunos casos, resultados preocupantes para la nación anfitriona. Por una parte, la exposición identificó el ideal de progreso con la mejora del conocimiento científico y tecnológico. Por la otra, se hizo patente que Gran Bretaña carecía de un sistema organizado de educación científica y técnica. La muestra de 1851 se convertiría en el estímulo necesario para reformar esta educación, con el fin de mantener la supremacía industrial y económica británica entre las naciones industrializadas. El gobierno comenzó a responsabilizarse de la educación y la ciencia: proporcionó lugares para establecer una educación superior en las provincias, mejoró la dotación de los laboratorios de las universidades, estableció puestos para la enseñanza y la investigación, y organizó los principios de una investigación industrial. Al mismo tiempo, muchas personas a título individual colaboraron en el objetivo de alcanzar un exitoso sistema de educación científica, gracias en gran medida a aportaciones económicas. Finalmente, la fundación del Industrial Museum of Scotland en Edimburgo (1855) y del South Kensington Museum en Londres (1857) fue concebida por el gobierno británico como parte importante de las soluciones al problema. La decisión de fundar el segundo de ellos (el antecesor del Science Museum de Londres), un museo nacional presentado como alternativa a la educación científica y tecnológica del momento, fue fruto, al menos en parte, de la presión a la que la comunidad científica sometió al gobierno. Dirigido a una audiencia no especialista, su objetivo era el de motivar a la gente en el estudio y comprensión de la ciencia y de sus usos industriales.

Exhibición eléctrica de París, 1881. Interior de la exposición dedicada a Edison. (Encyclopédie)

El caso de Francia, la otra gran potencia de este período, es diferente. En su pugna con Gran Bretaña, las exposiciones nacionales francesas –precursoras de la Great Exhibition de 1851– promovieron deliberadamente un mayor desarrollo económico e industrial. A pesar de la restauración en 1814 de una monarquía conservadora y sin interés alguno en materia de educación científica, la relativa paz de una Francia cada vez más industrializada, tan sólo rota por la revolución de 1830, contribuyó de forma decisiva a que sus escuelas técnicas realizaran destacadas contribuciones durante estos años, tras la importante herencia del período revolucionario. A mediados de siglo, París se convertiría en el más importante y destacado centro para la formación de ingenieros. La École Polytechnique y sus écoles d’application, así como la École Centrale des Arts et Manufactures, dan muestra de la buena salud de que gozaba la educación técnica en Francia. Gran Bretaña, por el contrario, comprendía, tras la exposición de 1851, que era necesaria una nueva y adecuada política de educación científica, con el fin de mantenerse económicamente a la cabeza de las naciones industrializadas. De este modo, la creciente preocupación británica serviría de estímulo para la creación de los primeros museos de ciencia, concebidos como piezas clave de la reforma educativa propuesta.

Maquinaria textil expuesta en el interior del Science Museum de Londres. (Fotografía apare­cida en el año 1928 en la revista Nature.)

El ideal de progreso: industria, ciencia y tecnología

La revolución industrial promovió el desarrollo de un nuevo sistema económico con nuevas desigualdades sociales. Si bien algunas personas defendieron la necesidad de fundar estos nuevos museos con el fin de proporcionar una completa educación que llegara a todas las clases sociales, lo cierto es que los intereses económicos de la nueva sociedad entregada al capitalismo fueron cruciales y completan la descripción de lo acontecido durante este período. De hecho, la importancia de los factores económicos nos hace entender el desarrollo de estas instituciones y el modo en que la ciencia era (y todavía es) mostrada al público: un conocimiento científico presentado sobre las bases del ideal de progreso; y un progreso que, por sí mismo, supuestamente proporciona soluciones a los problemas del ser humano. El interés económico de la industria apoyó sin lugar a dudas la proyección de estas ideas que representan un ideal de ciencia altamente contaminado.

Otro éxito de la Great Exhibition de 1851 fue la moda que originó, como se comprueba por el gran número de exposiciones que la seguirían. Ello fue vital para el desarrollo de otros museos, al tiempo que un asunto central en el desarrollo del orgullo nacional. La tradición que se instauró en el siglo XIX de muestras y exposiciones universales proporcionaría una imagen del rápido y extenso progreso de la sociedad industrial. Estas exposiciones permitieron contemplar el estado del comercio, las artes, o el esfuerzo humano de buena parte de los países del mundo. Sin embargo, fueron lugares donde la mayoría de las personas vieron bienes que nunca podrían permitirse poseer, máquinas que no manejarían jamás, y todo tipo de objetos que no habían sido realizados para ellos. También se convirtieron en lugares para la distracción y el entretenimiento del público, un aspecto que sobrevive igualmente en muchos de los museos de ciencia de hoy en día. Las exposiciones, así como los museos de ciencias que posteriormente se fundarían sobre sus bases, se convirtieron en lugares para una presentación intencionada de lo que es la ciencia y el progreso.

La relación fundamental entre las exposiciones universales y aquellos nuevos museos de ciencia es algo plausible. Los nuevos museos proveyeron un necesario correctivo a un acercamiento exclusivamente libresco a la educación científica. Como he presentado en este texto, las exposiciones universales jugaron un papel crucial en los orígenes de los museos de ciencia modernos, pero no podemos olvidar la importancia de un período en el que también se concibieron numerosas reformas culturales. En este contexto general surgió una nueva idea de museo que completa, al menos en parte, la nueva situación; que hizo posible no sólo pensar, sino también crear las condiciones para que aparecieran esas instituciones que hoy llamamos museos de ciencia.

Artz, F. B., 1996. The Development of Technical Education in France, 1500-1850. The Society for the History of Technology and MIT. Cambridge.

Bennett, J. A. et al., 1994. 1900: The New Age. Whipple Museum of the History of Science. Cambridge.

Brain, R., 1993. Going to the Fair. Readings in the Culture of Nineteenth-Century Exhibitions. Whipple Museum of the History of Science. Cambridge.

Butler, S. V. F., 1992. Science and Technology Museums. Leicester University Press. Leicester-Londres-Nueva York.

© Mètode 2013 - 35. Sinfonía del caos - Disponible solo en versión digital. Otoño 2002
Profesor del departamento de Historia de la Ciencia y Documentación. Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia López Piñero . Universitat de València.
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