La cosecha del 53 y la ciencia olvidada

Recientemente hemos cerrado el ciclo de conferencias que, organizado por la Cátedra de Divulgación de la Ciencia de la Universitat de València, celebraba el cincuenta aniversario de la publicación, el 25 de abril de 1953, en el número 4.356, volumen 171, páginas 737 y 738 de la revista Nature del articulo “A Structure for Deoxyribose Nucleic Acid”. En él, James Dewey Watson y Francis Harry Compton Crick daban a conocer “su descubrimiento”: que la molécula de DNA estaba formada por dos cadenas antiparalelas, complementarias, que se enrollan sobre un eje común de simetría en una conformación de doble hélice. Pero repasando el citado número y volumen de la revista, llama la atención que bajo el titulo general de “Molecular Structure of Nucleic Acids”, aparte del ya mencionado articulo de Watson y Crick, aparecen dos más, uno en las páginas 738 y 740, de M. H. F. Wilkins, R. Stokes y H. R. Wilson sobre la estructura molecular de los ácidos desoxipentosanucleicos en el que denuncian la configuración helicoidal de la cadena polinucleotídica, observada por estudios de difracción de rayos X. El otro artículo aparece en las páginas siguientes, 740 a 742, y está firmado por Rosalind E. Franklin y R. G. Gosling, y trata sobre la configuración molecular del timonucleato sódico, poniendo de manifiesto mediante diagramas de rayos X la estructura helicoidal del desoxirribonucleato sódico del timo de ternera.

Sin duda la aportación de Watson y Crick marcó el inicio de una nueva era en la biología y dio entrada de forma abrumadora e imparable al desarrollo de la biología molecular, pero atrás quedaban nombres de investigadores que de una u otra manera fueron encajando las piezas del complicado entramado que llevaría a los dos protagonistas citados al hallazgo final, que, como otros grandes descubrimientos, también presenta sus lados oscuros. En el camino quedaron una gran cantidad de científicos que jugaron el papel de “comparsas” y “extras”, algunos con talla de gigante, cuyos nombres han quedado en segundo lugar en la apasionante aventura de la investigación sobre el origen de la vida. Ahí están nombres como el de Wilhem Conrad Röetgen (1845-1923), descubridor de los rayos X, a los que tanto debe la comprensión de las estructuras cristalinas por difracción de dichos rayos, como demostraron Arnold Sommerfeld (1868-1951), Walther Friederich (1883-1968) o Paul Kniping (1883-1931) entre otros. Sin olvidar a los Bragg, padre (William Henry Bragg, 1862-1942) e hijo (William Lawrence Bragg, 1890-1971) y los grupos que trabajaron en el Laboratorio Cavendish de Cambridge, entre los que hay que mencionar a Desmond Bernal (1901-1971) y a Max Perutz (1914-2001), personajes fundamentales, como se ha dicho, de la “conexión físico-química” del descubrimiento de la estructura del DNA (Sánchez Ron, 2003). Aunque en toda esta trama también representarían un importante papel algunos personajes del California Institut of Technology (Caltech), como Linus Pauling (1901-1994), que, entre otras aportaciones, definió la hélice alfa como estructura básica de las proteínas, y del King’s College de Londres, como Maurice Wilkins (1916) y sobre todo Rosalind Franklin (1920-1958), la gran olvidada del DNA, cuya memoria ha recuperado recientemente Brenda Maddox en una excelente biografía (Maddox, 2002).

Si analizamos la historia de las ciencias en general, y de la biología en particular, encontraremos que hechos como los comentados se repiten en el largo y tortuoso camino que ha recorrido la investigación desde sus orígenes. Sobre los descubrimientos científicos tienen una gran influencia las circunstancias políticas, sociales, económicas y culturales, lo que hace que algunos de ellos tengan trascendencia pasados muchos años desde que se produjeron. Es bien conocido el caso de Gregor Mendel, cuyos trabajos no sólo fueron ignorados, sino que también fueron fuertemente criticados por sus contemporáneos, entre ellos el botánico suizo Karl von Naegeli, a quien Mendel había enviado sus manuscritos antes de publicarlos. Tendrían que pasar treinta y cuatro años desde su publicación y dieciséis desde su muerte para que, en 1900, los redescubriese Hugo de Vries, quien no sólo dio a conocer el trabajo de Mendel, sino que, en su teoría de las mutaciones, reconocía dos tipos de variaciones, unas ambientales que no se trasmitían de padres a hijos, y otras, las mutaciones, trasmisibles de padres a hijos; y con ello recuperaba las teorías del monje del monasterio de Brno. Al tiempo que De Vries en Holanda, Karl Correns en Alemania y Eric Tschermak en Austria contribuirían al reencuentro y a la valoración de la obra de Mendel. Tanto De Vries como Mendel fueron redescubiertos de nuevo por Thomas Hunt Morgan (1866-1945) en 1926, al descubrir cómo los genes se trasmiten a través de los cromosomas, descubrimiento que confirmaba las leyes de la herencia y que sentaba las bases de la genética experimental moderna.

También Charles Darwin tuvo sus antecesores olvidados, incluso al gran Jean-Baptiste Lammark (1744-1829) apenas se le recuerda, y fue el primero que sostuvo la trasmisión hereditaria de los caracteres adquiridos (lamarkismo). Pero en esta galería de científicos olvidados es necesario recordar a Alfred Russell Wallace (1823-1913), quien, junto a Rosalind Franklin, representa el victimismo de dos de los grandes iconos científicos, el darwinismo para Wallace y el DNA para Franklin. Wallace, incansable viajero concibió, independientemente de Darwin, el principio de la selección natural y casi al mismo tiempo que éste presentó sus observaciones en la Sociedad Lineana de Londres y publicó Contribuciones a la teoría de la selección natural en 1870. Antes, en 1858, había enviado a Darwin sus observaciones sobre las Molucas, lo que animó a éste a acelerar la teoría de la selección natural. Viajero incansable, Wallace puso de manifiesto la influencia de la separación histórica de las tierras emergidas y de los mares sobre la genealogía de las especies, y en su obra El darwinismo, publicada en 1889, criticó la teoría de Darwin. Aunque olvidado Wallace, es de justicia reconocer que ambos deben de compartir la paternidad de la teoría de la evolución.

Pero el desarrollo de la ciencia no sólo hace desaparecer personajes y olvidarlos, también desaparecen campos científicos. Esto en biología es especialmente espectacular ya que el inicio y posterior desarrollo de la biología molecular ha ido dejando en el camino áreas científicas que antaño tuvieron gran importancia. Pero su desaparición no se debe a que hayan dejado de ser útiles o de interés para el conocimiento o la investigación, es sencillamente que el ímpetu y la fuerza con la que han irrumpido en el escenario científico las nuevas ciencias han eclipsado al resto de la actividad científica. Las posibilidades que abrieron los descubrimientos en biología molecular y genética después del descubrimiento de la estructura del DNA fueron enormes, aunque la in­fluencia del DNA se redescubrió con su síntesis in vitro por Arthur Kornberg en 1960 y sobre todo con la “manipulación” de la compleja molécula mediante las técnicas del DNArecombinante en la década de los setenta. Este fue el punto de partida del espectacular desarrollo de la biotecnología. Ello hizo caer actividades científicas que en el campo de la biología habían tenido una enorme importancia, como fueron la botánica, la zoología y la propia fisiología vegetal, que pasaron a convertirse en ciencias no útiles, y para sobrevivir tuvieron que cambiar sus objetivos pasando del estudio de las plantas y los animales al de las moléculas. Estas ciencias arrastraron en su caída a los investigadores que no fueron capaces de reconvertirse y entregarse a los nuevos objetivos científicos, más rentables y mejor tratados por las nuevas directrices de las políticas científicas. En su caída también arrastraron las materias que se ocupaban de estos aspectos científicos, de tal manera que poco a poco fueron perdiendo importancia y créditos hasta su desaparición en la nueva organización de los planes de estudios universitarios. Todo ello se refleja en que actualmente se produce un claro desequilibrio entre ciencia y tecnología, favorable hacia esta última, de tal manera que actualmente en la universidad y en los centros de investigación hay muchos tecnólogos y pocos científicos. La situación actual ha hecho exclamar a Melvin T. Tyree cuando recibió el premio Marcus Wellemberg: “Cincuenta años después del advenimiento de la genética molecular hemos eliminado de los planes de estudio de la mayoría de las universidades disciplinas tales como la taxonomía, la anatomía y la fisiología de la planta completa. Aún mantenemos la ecología pero se está debilitando por el desvío de fondos hacia la genética molecular” (Tyree, 2003).

¿Hacia dónde ir?, ¿qué hacer para que las ciencias avancen en igualdad, con fortaleza y calidad hacia el futuro? Quizás la respuesta a estas preguntas la tenga de nuevo Melvin Tyree, quien plantea el peligro de la poca integración entre las áreas de conocimiento y del aislamiento que entre ellas se está produciendo. Y así, en el discurso de recepción del premio Marcus Wellemberg realiza una advertencia que debería ser tenida muy en cuenta por toda la comunidad científica: “Es necesario que anatomistas, morfólogos, taxónomos, fisiólogos y otros científicos que trabajan en la biología tradicional establezcan una estrecha colaboración con los genéticos moleculares y hay que dar buenos incentivos a todos ellos para que puedan trabajar juntos. Necesitamos que estas personas estén constantemente en contacto y trabajen en colaboración integrando sus estudios a diferentes niveles de organización, desde la genética molecular a la fisiología y la ecología.” Será la única forma de conseguir una ciencia más justa y equilibrada, con una mayor posibilidad de futuro.

Bibliografía
Maddox, Brenda
, 2002. Rosalind Franklin. The Dark Lady of DNA. Harper Collins.
Sánchez Ron, J. M., 2003.  “La conexión fisico-química del descubrimiento del ADN”, en García Barreno, P. (dir.): 50 años de ADN. La doble hélice. Espasa Forum. Madrid.
Tyre, M. T., 2003.  “Wallemberg Prize acceptance speech. The future of Biology: reason for concern”. Plant physiology,  131: 3-5.

Manuel Costa. Vicerrector de Política Científica y Cooperación Internacional, Universitat de València.
© Mètode 38, Verano 2003.

 

La aportación de Watson y Crick marcó el inicio de una nueva era en la biología y dio entrada de forma abrumadora e imparable al desarrollo de la biología molecular. En la imagen, la primera página del artículo de Watson y Crick.

 

 

«Actualmente se produce un claro desequilibrio entre ciencia y tecnología, favorable hacia ésta última, de tal manera que actualmente en la universidad y en los centros de investigación hay muchos tecnólogos y pocos científicos»

 

 

Los principales protagonistas del descubrimiento del DNA. Arriba,  Rosalind Franklin, junto a Francis Crick, Maurice Wilkins y James Watson. Abajo, Thomas H. Morgan trabajando en su laboratorio.

© Mètode 2013 - 38. Caminos de plata - Disponible solo en versión digital. Verano 2003

Vicerrector de Política Científica y Cooperación Internacional, Universitat de València.

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