Los Pirineos: magia y fantasías

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© Carles Santana
El valle de Arròs, dentro del valle de Arán en los Pirineos catalanes. Varias leyendas populares explican el origen de la cordillera. Según una de ellas, unos pastores se negaron a dar limosna a un mendigo, que en realidad era Nuestro Señor. Como castigo, los maldijo y los prados quedaren convertidos en ventisqueros, los rebaños en canchales y los pastores y perros en cerros rocosos.

la formación de la cordillera

Cuentan que, al principio de los tiempos, Dios hizo el mundo liso y llano como la palma de la mano. Pronto, sin embargo, lo encontró demasiado monótono y quiso darle un poco de variedad poniendo montañas. Llenó un saco de rocas, se lo cargó al hombro y fue a dar una vuelta por la explanada de aquel mundo sin estrenar. De vez en cuando, se cansaba de camino llano, sacaba una piedra del saco y la lanzaba frente a él. Nada más tocar el suelo, la piedra crecía y crecía hasta convertirse en una montaña. He aquí que cuando Dios pasaba por el lugar en donde hoy están los Pirineos, se le reventó el saco sin darse cuenta, así que fue dejando tras él un largo reguero de piedras. Este es el origen de los Pirineos.

Leyenda popular

La leyenda, mencionada por Juan Avilés en su viaje del año 1892 al Pallars, el valle de Arán y Andorra, y posteriormente recogida por Joan Amades, es una de las explicaciones míticas sobre la formación de la cordillera, pero no la única. Según otra leyenda muy conocida en ambos lados de los Pirineos, estas montañas eran en tiempo antiguo un auténtico paraíso para el ganado. Hasta que un día se presentó un mendigo pidiendo limosna y los pastores, en lugar de acogerlo, le azuzaron los perros. El pedigüeño, que en realidad era Nuestro Señor, los maldijo, y en el acto los prados quedaron convertidos en ventisqueros, los rebaños en canchales y los pastores y perros en cerros rocosos. Aunque el hecho tuvo lugar en el macizo de la Maladeta, la maldición divina salpicó los valles próximos, desde el Ésera hasta el Segre.

La tercera leyenda nos llega desde la antigüedad clásica por tradición libresca. Nos cuenta que, cuando Hércules atravesaba las tierras del sur de la Galia para enfrentarse al monstruo hispánico Gerión, fue acogido por el rey Bébrix, padre de la princesa Pirene. El héroe se emborrachó y, bajo los efectos del vino, sedujo a la chica con falsas promesas de matrimonio. Alcanzado su propósito, el granuja continuó su camino, dejando a la chica abandonada en el palacio de su padre. Meses más tarde, Pirene, después de dar a luz una serpiente, huyó horrorizada hacia el bosque, donde fue devorada por las fieras. Al volver de la expedición, el héroe encontró los restos de la infortunada princesa dispersos por el bosque. Los recogió y, tras darles sepultura, levantó sobre la tumba un grandioso mausoleo de piedra. Y bautizó todas estas montañas con el nombre de Pirene.

Los Pirineos, pues, se originan por un error o por una maldición divina, según las dos primeras versiones; o bien por la violación de una princesa, según la tercera. Decididamente, la visión tradicional que tanto los pirenaicos como los eruditos forasteros tienen de estas montañas no es muy halagüeña.

Refugio de leyendas y de prácticas de magia

Pese a la diversidad geográfica de la cordillera pirenaica (a causa de la mayor o menor altura de las montañas y de la orientación de las riberas) los valles de la cara norte y los que miran hacia mediodía comparten raíces culturales comunes. La teoría es corroborada tanto por la toponimia de origen vascoide que el filólogo Joan Coromines identifica casi de punta a punta de los Pirineos, como por la cultura popular. En este caso es el etnógrafo R. Violant i Simorra, en la obra El Pirineo español, su principal defensor. En los valles pirenaicos que se asoman al sur (los que personalmente hemos estudiado) sobrevivió hasta bien avanzado el siglo xx un buen rosario de narraciones míticas y de prácticas y rituales mágicos. Las causas de esta pervivencia son diversas.

En primer lugar, hay que mencionar el profundo arraigo que encontró en estos valles la cultura prerromana, seguramente de tronco vascoide. Las posteriores invasiones históricas (romanos y sarracenos) no les afectarán mucho; en todo caso la incidencia fue mucho más superficial que en las tierras bajas o en la costa. El aislamiento geográfico es otro factor muy evidente. Las cordilleras transversales de la vertiente sur (Prepirineo, Montsec, etc.) cierran aún más el acceso a unos valles ya de por sí bastante alejados de las grandes ciudades. En realidad, hasta principios del siglo xx, los valles pirenaicos (por lo menos los del Pirineo catalán) duermen el sueño tranquilo de la tradición, ajenos a cualquier cambio que venga de fuera. A partir de entonces, sin embargo, los excursionistas, los viajeros y, sobre todo, los ingenieros de las hidroeléctricas empiezan a despertar a los pirenaicos a la modernidad. Finalmente, tenemos el paisaje. No cabe duda de que una geografía variada en cambios estacionales, pródiga en precipicios terroríficos y en cimas celestiales, en bosques misteriosos y en desfiladeros y cuevas infernales tiene que ser más propensa a la fantasía de sus habitantes que la monotonía de los horizontes de la tierra llana o del mar. No solo los sueños de la razón, también los accidentes del terreno engendran monstruos. Unos monstruos quizá espeluznantes en el pasado, pero que, vistos hoy en día, nos parecen deliciosamente fantásticos.

A continuación seleccionaremos algunos ejemplos de narraciones míticas y de prácticas mágicas, extraídas de los tres reinos clásicos de la naturaleza: rocas, plantas y animales. 

La montaña quebrada

El héroe medieval Roldán, sobrino legendario de Carlomagno y protagonista de La Chanson de Roland, ha dejado de punta a punta de los Pirineos unos sesenta lugares bautizados con su nombre. La mayoría tienen que ver con algún accidente geográfico singular (rocas, peñas, pasos de montaña…) o con monumentos megalíticos, que la imaginación popular ha interpretado como obra de gigantes. La obra más famosa y espectacular es sin duda la llamada Brecha de Roldán, un paso tallado en la roca entre el Pirineo aragonés (Parque Nacional de Ordesa) y el valle de Gavarnie que el gigante abrió a golpes de espada, tras ser derrotado por los sarracenos en Orreaga (Roncesvalles). El gigante tuvo tiempo de bajar hasta el País Valenciano para abrir a golpes de puñal otra muesca impresionante en la montaña del Puigcampana (Marina Baja). La puñalada de Roldán es la obra del gigante más alejada de los Pirineos.

 

 

«Parece evidente, pues, que los antiguos habitantes de la zona debían creer que
el hecho de pasar
una criatura quebrada a través de “la montaña herniada” conllevaba poderes mágicos»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Las tierras pirenaicas están llenas de espacios mágicos y fantásticos. En la imagen, el santuario mariano de Erboló, el más milagroso del Pallars. Tanto chicos como chicas iban allí a buscar pareja, al mismo tiempo que las mujeres casadas pedían a la Virgen tener criaturas. Los santuarios marianos, y particularmente la devoción a la Virgen, eran a menudo cristianizaciones de un antiguo culto a las janas o encantadas, que también tenían virtudes fecundadoras.

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La impresionante muesca de la Brecha de Roldán, vista desde el lado español. Se cuenta que fue un gigante quien abrió el paso, cortando la roca, entre el Pirineo aragonés (Parque Nacional de Ordesa) y el valle de Gavarnie, después de ser derrotado en Orreaga (Roncesvalles).
   

«Una geografía variada en cambios estacionales, pródiga en precipicios terroríficos y en cimas celestiales, en bosques misteriosos y en desfiladeros y cuevas infernales tiene que ser propensa a la fantasía de sus habitantes»

En el otro extremo de los gigantes encontramos los minairons, unos seres fantásticos tan repequeños que en un canuto de agujas o de caña, donde se suelen guardar, caben miles. Cuando alguien abre el canuto mágico, los minairons salen a chorro como un enjambre de moscas, exigiendo un trabajo. «¿Qué haremos?, ¿qué diremos?», refunfuñan sin parar. En caso de que el amo no les mande nada, se le enroscan al cuello y lo estrangulan. Trabajadores incansables y eficaces, pueden realizar cualquier trabajo en un abrir y cerrar de ojos, si bien su especialidad es limpiar de piedras una zona de la montaña y amontonarlas todas en un determinado sitio. En las comarcas del Pirineo occidental de Cataluña hay muchos montones de piedras, los canchales, a menudo conocidos como «Tarters dels Minairons», obra de estos trabajadores fabulosos. Los más conocidos se encuentran en la comarca del Alto Urgel: el Ras de Conques (Ars) y el Tarter dels Minairons (La Guàrdia d’Ares).

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© Jep de Moner
Uno de los muchos «tarters de minairons» de los Pirineos, en la carretera del puerto del Cantó (Pallars Sobirà). Los minairons son unos seres fantásticos tan pequeños que en un canuto de agujas o de caña, donde se suelen guardar, caben miles. Su especialidad es limpiar de piedras una zona de la montaña y amontonarlas todas en un determinado lugar.

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© Jep de Moner
Se contaba que el amo de cal Servós de Castellàs (Alt Urgell) tenía el diabólico canuto de los minairons, unos trabajadores incansables que podían realizar cualquier tarea en un abrir y cerrar de ojos.

Abundan también los ejemplos de maldición divina. Cuenta la leyenda que vivían en Espot dos cazadores empedernidos que, por el vicio de la caza, no respetaban fiesta ni trabajo. El día de la romería de san Mauricio subieron a la ermita como toda la gente del pueblo. En el momento más solemne de la misa, cuando el cura levantaba la hostia, los cazadores divisaron desde la puerta un rebeco que pacía a orillas del lago. Sin pensárselo dos veces, se levantaron de un brinco y salieron para cazarlo. El animal arrancó a correr en dirección a la montaña. Perseguido por los cazadores, atravesó el bosque, trepó por el canchal y continuó subiendo, escalando por el canal que separa los dos picos. Cuando los cazadores ganaron el collado, el animal se había esfumado. En el acto un rayo del cielo los fulminó y quedaron transformados para siempre, ellos y el perro, en estatuas de roca. Hoy, con un poco de imaginación, aún se pueden ver las dos siluetas humanas, recortadas en el collado de Els Encantats, la montaña del Parque Nacional de San Mauricio a la que han dado nombre. 

Mi amigo Xavier Macià nació en 1961 en la casa Forn de Viu de Llevata, una aldea de la Alta Ribagorza. Su madre, al darse cuenta de que el niño padecía una hernia o quebradura, lo encomendó a san Gervasio, un santo especialista en bebés herniados. La mujer materializó la promesa llevando al niño a hombros hasta la ermita del santo, situada a dos horas y media de Viu por un camino pedregoso y lleno de espinas, cuyo último tramo la mujer hizo descalza. El lugar más peculiar del trayecto es el paso del Portús, un desfiladero tan estrecho que parece abierto de un hachazo, que cruza por dentro de la barrera calcárea de la montaña de Sant Gervàs. La capilla del santo queda un poco más abajo, ya en la parte conocida como la Terreta. Parece evidente, pues, que los antiguos habitantes de la zona debían creer que el hecho de pasar una criatura herniada a través de «la montaña quebrada» conllevaba poderes mágicos. Probablemente sant Gervàs (san Gervasio) es la cristianización de alguna otra divinidad anterior. Sea como sea, lo importante es que el bulto de la hernia desapareció del vientre del pequeño Xavier y nunca más se ha vuelto a quejar de ella. Y eso que de mayor tuvo que realizar trabajos pesados, como segar la hierba de prados empinados, dar clases de literatura a jóvenes universitarios y escribir versos. 

Secretos de las plantas

Si la montaña herniada no hubiese sanado a Xavier, la madre podía recurrir también a los poderes del roble quebrado, aunque este ritual, aparte de considerarse primitivo a mediados del siglo pasado, era más complejo y necesitaba la ayuda de otras personas. Para llevarlo a cabo había que buscar por el bosque un roble joven (el tronco poco más o menos como la muñeca de una persona) y dos hombres, uno que se llamase Joan y el otro Pere. La noche de san Juan, a las doce en punto, se resquebrajaba el tronco del árbol, de arriba abajo, procurando que no se acabase de partir. Entonces Joan cogía la criatura en brazos y la hacía pasar por el medio de la resquebrajadura, diciendo: «Toma, Pere, aquí te doy la criatura quebrada.»Pere la cogía desde el otro lado del tronco y la devolvía a Joan también por el interior del árbol: «Toma, Joan, yo te la devuelvo curada.» El paso de la criatura se tenía que hacer nueve veces seguidas. Después, se unía la resquebrajadura y se ataba el tronco muy firmemente con paños y cuerdas. Si la resquebrajadura cicatrizaba, el bebé también sanaba. El árbol tenía que ser un roble, uno de los árboles sagrados de los pirenaicos y también de los vascos.

En cuanto a plantas mágicas, especialmente con cualidades sanadoras, hay que hablar de las encantadas, que conocían sus secretos. Un mito que ha permanecido muy vivo en los valles pirenaicos hasta el siglo pasado. Las encantadas eran mujeres fantásticas que vivían escondidas en el interior de las cuevas, grutas y simas, no muy lejos de la población y generalmente cerca de un curso de agua. Por toda la cordillera presentan varias denominaciones: encantades (Cataluña en general), fous (Cerdaña), encantàries (Ribagorza), janes (valle de Capdella), moras (Aragón), hades o blanquetes (Pirineo gascón) y laminak (Pirineo de Navarra). Se trata de un mito complejo y polivalente, estrechamente ligado al mundo vegetal. Esta leyenda, recogida en el valle de Cardós (Pallars Sobirà) es un ejemplo significativo: 

Cuentan que hace muchos años, la gente de casa Peretó de Aineto tuvo la suerte de cazar a una encantada y la tenían encerrada en la cocina. Era como una mujer normal, pero muy pequeña y se negaba a hablar. Una noche, poco después de que la dueña hubiese puesto un cazo de leche al fuego para que hirviese, la encantada gritó: «¡Corre, corre! ¡Que la leche se escapa!» La mujer se abalanzó hacia el cazo para evitar que se derramase la leche, momento que la encantada aprovechó para huir de la cocina. Antes de pasar la puerta, la mujercilla dijo algo más: «Nunca sabréis para qué es buena la raíz de la acedera.»

Leyenda popular

 
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A la roca de les Set Cadolles (Bonansa, Alta Ribagorça) les encantàries o encantades estenien la bugada. Aquests éssers fantàstics coneixien els secrets màgics de les plantes. Tot indica que es tracta d’antigues divinitats relacionades amb la natura, que serien esborrades o reconvertides pel cristianisme.
   

«Las encantadas eran mujeres fantásticas que vivían escondidas en el interior de las cuevas, grutas y simas, no muy lejos de la población y generalmente, cerca de un curso de agua»

La acedera es una planta de raíces gruesas que abunda en prados y pastizales (probablemente Rumex crispus, según Coromines). La gente del país aseguraba que servía para algo importante, pero ninguna persona humana sabía explicar para qué. Se ve que tan solo las encantadas conocían su secreto. Todo indica que se trata de antiguas divinidades relacionadas con el agua y la vegetación, que posteriormente serán borradas por el cristianismo o bien reconvertidas en cultos marianos. Algunos detalles del mito así parecen demostrarlo: que reciban también el nombre de janes (derivado de Diana, diosa romana de los bosques y de las fuentes), que según la leyenda desaparecieron de los pueblos porque no soportaban el sonido de las campanas o, finalmente, que, por ejemplo, la Virgen de los Dolores del pueblo hoy deshabitado de Montsor (al sur de Collegats) se encontrase, según la leyenda, en el Forat dels Encantats. En este sentido, según la antropóloga Isaure Gratacós (1987), el caso de Lourdes es el más evidente, a pesar de que la Iglesia oficial haya conseguido borrar de la historia del santuario algunos detalles sospechosos. Por ejemplo, que la gente del pueblo conocía la cueva de Massavielha como era tuta deras hadas. De hecho, la aparición no fue reconocida como la Virgen María hasta las últimas apariciones, y «Eso», como lo llamaba Bernadette, se le aparecía junto a un escaramujo (arbusto sagrado de los pirenaicos). En fin, que Bernadette, para entrar en tránsito, a parte de embadurnarse la cara con barro, tenía que comer hierbas. 

El sitio donde el buey se paró

El oso pardo es el animal salvaje más mitificado de los pirenaicos. Los andorranos y los pallareses del Sobirà no hablan del oso, sino de la osa. Así, en femenino, como la naturaleza. De hecho, el animal se comporta como la naturaleza: en invierno se refugia bajo la nieve, donde tiene que permanecer dormido hasta las puertas de la primavera. Por otra parte, el oso es el animal más corpulento del bosque y el que tiene un comportamiento más semejante al humano, ya que es capaz de erguirse sobre las patas posteriores (los pirenaicos desconocían los simios). No es extraño, pues, que la leyenda lo considere originalmente como un hombre maldito por Dios (un herrero peludo y malhablado que Dios convirtió en oso). Debe ser por estos orígenes que el oso muestra un cuidado especial (ejemplar para las personas) en la tarea de educar a sus hijos. El oso era, en definitiva, un pobre herrero convertido en bestia por maldición divina y, a la vez, la propia madre naturaleza personificada. 

Si el oso es el animal emblemático del bosque (la fiera salvaje), el toro o la vaca es el animal totémico del corral. Gracias a este animal, los pirenaicos han podido sobrevivir a lo largo de siglos en un medio hostil. La raza vacuna les ha dado alimento (carne y leche), ropa de abrigo y calzado (la piel) y, sobre todo, fuerza para trabajar el campo (los bueyes). No es extraño, pues, que bueyes y vacas, a parte de encontrar el lugar donde se ocultan imágenes sagradas (como pasa por toda Cataluña), a parte de dar nombre al valle de Bohí (conocido en los primeros textos medievales como vallis bovinus), sean también los encargados de guiar a los humanos montaña abajo e indicar el sitio donde tienen que construir el nuevo pueblo. 

   
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Vacas pastando en el prado del santuario de Santa Maria d’Àneu (Pallars Sobirà). Los habitantes de los Pirineos han aprovechado el alimento, la ropa y la fuerza de trabajo que las vacas y los bueyes les han proporcionado. No es extraño que, además de dar nombre a lugares como el valle de Bohí, estos animales sean los protagonistas de diversas leyendas pirenaicas.
 

«Si el oso es el animal emblemático del bosque, el buey o la vaca es el animal totémico del corral. Gracias a este animal, los pirenaicos han podido sobrevivir en un medio hostil»

Esta leyenda, que combina el animal-guía con el paraíso perdido y con un tema tan actual como es el cambio climático, es sin duda una de las narraciones más preciosas y significativas de los Pirineos. La encontramos en Arinsal (Andorra), en la Cerdaña y en otros lugares de los Pirineos gascones. En 1993, cuando reuníamos material narrativo para la confección del libro Viaje al Pirineo fantástico, la escuchamos de labios de Florenci de casa Ignàsia de Lles de Cerdanya, tal como él la había oído explicar a sus abuelos.

Origen legendario de Lles de Cerdanya

En la cima de la Tossa de Sirvent, a más de 2.800 metros de altura, había en tiempos antiguos una cabaña donde vivía una familia de pastores formada por los abuelos, el matrimonio joven y un niño de siete u ocho años. Era una época en la que no nevaba ni hacía frío, de forma que el ganado pacía todo el año por la montaña, verde verano e invierno. Una mañana el niño se despertó temprano y, como tenía ganas de mear, se levantó para salir a orinar afuera. Al abrir la puerta de la cabaña se quedó maravillado ante un espectáculo que no había visto nunca. Volvió adentro a despertar a los padres:

—Padre, madre, corred, ¡salid! Llueven vellones de una especie de lana limpia, muy fría

   
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El lago del Diablo (Tavascan, Pallars Sobirà), conocido como la puerta al infierno por una leyenda que narra las consecuencias diabólicas de la aparición de un cerdo negro y cornudo emergiendo de las aguas de este lago.
   

Los padres, que tampoco conocían la nieve ni habían visto nunca nevar, fueron a comunicar este extraño fenómeno al abuelo de la casa, un hombre tan viejo que no podía andar y no se movía de la cama en todo el día. El viejo masculló:

—¡Ya tenemos aquí la nieve otra vez! 

Dijo que había oído explicar a sus abuelos que en tiempos antiguos allá arriba no se podía vivir porque hacía mucho frío y la nieve, que cubría la montaña buena parte del año, no dejaba crecer los pastos. Ahora, pues, que la nieve había vuelto, tenían que irse y bajar a establecerse al lugar más hondo del valle. Les advirtió que abandonasen la cabaña aprisa y tirasen abajo sin entretenerse, ni preocuparse por él, que solo les resultaría un estorbo durante el viaje. Que no padeciesen, pues, por un viejo, que pronto moriría. Ya le enterraría la nieve. Los jóvenes no lo acababan de ver claro:

—El valle de la Cerdaña es muy profundo, padre. Explíquenos hasta dónde tenemos que llegar.

El viejo les dijo:

—El buey os guiará. Conducidlo montaña abajo y en el sitio donde el buey se pare, construid la nueva casa.

Así lo hicieron. Cogidos al rabo del buey se pusieron en marcha en medio de una tormenta de nieve, tan espesa que no se veía a dos dedos de la nariz. Al cabo de mucho rato de deslizarse cuesta abajo, salieron de la niebla y poco después, el buey se paró. En este llano de más abajo de Arànser, conocido como Casanadill, los fugitivos de la nieve levantaron la nueva barraca, la primera casa del pueblo de Lles de Cerdaña. 

Bibliografia
Amades, J., 1949. El Pirineu. Tradicions i llegendes. La Llumenera. Barcelona (Reeditado en 1997 por Garsineu, Tremp.)
Avilés, J., 1993. El Pallars, Arán y Andorra (Notas e impresiones de un viaje, 1892). Garsineu. Tremp.
Coll, P., 1993.  Muntanyes maleïdes. Ampúries. Barcelona.
Coll, P., 1997. Viatge al Pirineu fantàstic. Columna. Barcelona.
Coromines, J., 1965. Estudis de toponímia catalana (vol. I). Barcino. Barcelona.
Duhourcau, B., 1985. Guide des Pyrénées mystérieuses. Sand. París.
Echandi, S., 2000. Corpus de Rolandiana Pirenaica (Lugares y leyendas de Roldán en los Pirineos). Instituto de Estudios Altoaragoneses. Huesca.
Gavasa, J. et al., 2001. Lugares mágicos del Pirineo Aragonés. Sua. Bilbao.
Gratacós, I., 1987. Fées et Gestes. Privat. Tolosa.
Marliave, O., 1990. Panthéon Pyrenéen. Loubatières. Portet-sur-Garonne.
Marliave, O., 1995. Pequeño diccionario de mitología vasca y pirenaica. Olañeta. Barcelona.
Pallaruelo, S., 1984. Viaje por los Pirineos misteriosos de Aragón. Edición del autor. Zaragoza.
Verdaguer, J., 1886. Canigó. Tipografia de Giró. Barcelona.
Violant, R., 1949. El Pirineo español. Plus Ultra. Madrid.

Pep Coll. Escritor, Lérida. Su última novela, Les senyoretes de Lour­des, ganó el premio Sant Jordi 2007. 
© Mètode 69, Primavera 2011.

   
© Mètode 2011 - 69. Afinidades electivas - Número 69. Primavera 2011
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