Entrevista a Maria Josep Cuenca


Foto: M. Lorenzo

El nuevo edificio del Rectorado, situado en la antigua Facultad de Farmacia, es verdaderamente deslumbrante. Los anchos corredores, los inmensos vestíbulos, las solemnes escaleras, lo dotan de una estética mayestática, un poco faraónica. Con estos escenarios, con estas líneas de fuga inmensas, no es fácil encontrar un buen fondo fotográfico: las personas se pierden en las perspectivas colosales. De esta manera, el fotógrafo de Mètode busca y rebusca un ángulo adecuado, un decorado sobrio, donde Maria Josep Cuenca se encuentre cómoda, donde se olvide que está siendo sometida a un agobiante reportaje fotográfico. Acompaño al fotógrafo y a su resignada modelo por los largos corredores, y al fin salimos a una amplia galería, desde donde se contempla toda la ciudad, con la espadaña del Micalet al fondo. Mientras Miguel Lorenzo cambia uno de sus objetivos, Maria Josep Cuenca espera paciente, apoyada en la barandilla, que aquel suplicio acabe con la mayor brevedad posible.

    En su despacho, se relaja un poco. Sorprende el orden absoluto que impera en aquella sala: la mesa, limpia de cualquier papel. El fotógrafo continúa buscando el ángulo, ahora mueve uno de los cuadros de la pared, ahora una planta: Maria Josep Cuenca asiste con una media sonrisa a esas maniobras. Lentamente empezamos un diálogo, prudente pero con una cierta complicidad. Maria Josep Cuenca hace tiempo que desarrolla diferentes tareas de gestión en la Universitat (entre otras, fue directora del Servicio de Normalización Lingüística de la Universitat de València y coordinadora de un Programa Erasmus), por lo que conoce bien el funcionamiento interno de la academia. Pero también es muy conocida por sus trabajos en el campo de la sintaxis y de la lingüística aplicada a la enseñanza de las lenguas; en este punto es una investigadora con una buena nómina de artículos y libros especializados.

La primera pregunta no resulta fácil de plantear –por su aparente trivialidad– pero no me resisto a formularla. Tal y como va el mundo, ¿ser vicerrectora de Investigación es gratificante?
Todavía no lo sé. Espero que sí. Estar encargada del Vicerrectorado de Investigación es un reto, que espero que dé frutos, sobre todo para la universidad. Confío en que mi gestión pueda contribuir a mejorar la investigación. De todas maneras, “tal y como va el mundo” ser vicerrector de Investigación no sólo es una tarea de gestión, sino también de reivindicación del trabajo del investigador en el desarrollo de la ciencia, como un instrumento fundamental para el bienestar de la sociedad. Pero un bienestar no sólo material, sino también en otros niveles más relacionados con los valores y la cultura. En este sentido un vicerrectorado de investigación tiene por delante una tarea reivindicativa muy fuerte, empezando por la lucha por conseguir financiación.

Que es cada vez más limitada.
Actualmente, es muy importante luchar por conseguir recursos para la investigación en general y para la investigación básica. Con la ideología neoliberal imperante, la concepción de la ciencia está modificándose: cada vez se busca más una ciencia que tenga un producto inmediato, lo que se llama “innovación”, la cual, ciertamente, es importante y no es incompatible con la investigación básica. Claro está que los científicos tienen que dar una respuesta –un retorno, aun cuando no es una palabra que me guste– a la inversión que la sociedad hace en ellos. Pero todo no se puede basar en esto. La ciencia siempre ha ido muy por delante de lo que son las necesidades de la sociedad, y quizás ésta es la única manera de avanzar a largo plazo. El neoliberalismo está cambiando la forma de entender la ciencia y, además, el apoyo actual a la investigación es claramente insuficiente.

¿Y cómo compagina su investigación filológica con la ciencia experimental?
Me considero lingüista, es decir, especialista en el lenguaje. Dicho así es muy amplio. Mi especialización es la sintaxis catalana, pero, como lingüista, me intereso por el lenguaje en general y trabajo con diferentes lenguas y en diferentes lenguas. En cuanto a la orientación de mi investigación, soy una persona bastante teórica; aun así, me interesan las teorías que tienen una aplicación. Por eso siempre he pasado de la lingüística teórica –que no he abandonado nunca– hacia los aspectos de la lingüística aplicada, especialmente a la enseñanza de lenguas y a la traducción. La investigación aplicada tiene que partir de unas hipótesis, de una teoría, que se pone a prueba en el terreno aplicado y, de esta manera, se enriquecen tanto teoría como aplicación.

Sus traducciones reflejan este estudio del lenguaje.
Para un lingüista, traducir es un reto, una forma diferente de reflexionar sobre el lenguaje. Para mí, traducir desde diferentes lenguas a diferentes lenguas es muy estimulante. La mayor parte de trabajos que he traducido no han partido de una iniciativa propia, sino que me los han encargado. Esto también es atractivo, porque te ves obligada a ampliar tus inquietudes.

¿Y no elige lo que traduce?
¡Es que no me da tiempo! Quiero decir que me interesan muchas cosas. ¡Tengo tantas cosas que hacer! A veces tengo una cierta sensación de dispersión en las tareas de investigación y también con respecto a otras actividades vinculadas a la enseñanza y a la traducción; pero siempre hay debajo un denominador común: la sintaxis.

Por tanto, su interés por un texto no es tanto su contenido sino su sintaxis. La traducción del libro Els enciclopedistes i la música de Enrico Fubini es verdaderamente brillante y esmerada.
Me interesa la traducción como ejercicio que pone a prueba los conocimientos lingüísticos, no solamente de sintaxis. Procuro hacer las traducciones con cuidado, lo cual es fácil cuando, como en el caso del libro de Fubini, la obra está bien escrita.

Su visión de la ciencia es de verdad interesante, un poco infrecuente. ¿Tiene una visión de la ciencia, o por decirlo así, del método, que se acerca más a las ciencias experimentales que a las humanidades?
Bien, ¡es que soy una persona un poco infrecuente! [Ríe]. El lenguaje es el rasgo más destacado de los humanos, y precisamente desde el lenguaje puedes llegar a muchos aspectos más: es un punto de encuentro de las diferentes “facetas” de los seres humanos, incluyendo las sociales y las biológicas. Por otra parte, el lenguaje tiene un componente muy científico: tiene unas reglas. Y es esto lo que me interesa, encontrar estas leyes.

Hace unos años, en una entrevista que hicimos al actual rector, Francisco Tomás, cuando ocupaba el cargo de vicerrector de Investigación, comparó la situación de los becarios a la de los protagonistas de la película Full Monty. Desde entonces, la situación de los investigadores no ha variado mucho, en todo caso ha empeorado.
La investigación está poco incentivada. Hoy investigar implica tantas horas de gestión que llega un momento en que ya no puedes investigar. Tan sólo se puede hacer investigación con ilusión. El problema es que estamos llegando a un punto en que no te dejan hacer investigación. Para tener recursos, tienes que pasar calvarios burocráticos: solicitud de proyectos, justificaciones, memorias… También puede ser decepcionante formar becarios cuando sabes que éstos muy difícilmente encontrarán un puesto de trabajo como investigador. Pensar que tienes un becario durante cuatro años y que después irá al paro crea una sensación de decepción, no sólo en el becario, sino también en el director de la investigación.

…irá al paro sin paro…
Sí, y sin reconocimiento profesional. Está muy mal pagado, porque hay que pensar que quienes consiguen una beca son los mejores de cada promoción; personas que han hecho y hacen un esfuerzo enorme. Y, en cambio, en el mercado laboral, gente mucho menos preparada tiene un sueldo mayor y más reconocimiento social. Y, además, cuando acaba la beca, pongamos que con cerca de treinta años, no sabes qué será de tu vida.

¿Pero cree que este país quiere potenciar la investigación en un futuro? ¿No nos estamos transformando un poco en Las Vegas, en el parque recreativo de Europa?
No sería tan tajante. Es cierto que se hacen algunas políticas “superficiales”, políticas de maquillaje, coyunturales, para justificar gastos en I+D. Por otra parte, se está perdiendo la política a largo plazo. Por referirnos a un caso concreto y actual, los contratos Ramón y Cajal son una iniciativa excelente, pero, ¿qué pasará dentro de cinco años con los dos mil investigadores que habrá contratado el Ministerio? ¿Se les tendrá que dar una nueva beca? Y después, ¿qué? Pensemos que la edad media de los Ramón y Cajal de la convocatoria de 2002 es de treinta y cinco años. Cuando acaben la beca, tendrán cuarenta, estarán más que cualificados para la investigación y, si no cambian las cosas, tendrán que buscar un puesto de trabajo.

¿Quizás lo peor que ahora te puede pasar es que te den una beca? Es entrar en un callejón sin salida.
Lo que pasa es que el investigador es por naturaleza una persona con ilusión y muchos confían en que podrán salir de este callejón. Pero si las esperanzas no se concretan, al final se crea una situación de frustración, que también afecta al director de la investigación porque no puedes pasar el relevo, no puedes tener discípulos, detrás de ti no hay nadie que continúe la investigación que has hecho.

Y hay una nómina de investigadores valencianos muy brillantes.
Efectivamente. Creo que por eso las políticas de investigación tendrían que aprovechar este potencial, esta ilusión. Y a menudo lo que se hace es despilfarrar estos recursos.

Quizás hay falta de difusión de la ciencia valenciana. ¿No cree que la sociedad desconoce gran parte de la investigación que ahora se desarrolla en nuestros laboratorios?
Probablemente, falta difusión. Pero lo que no sé es si esto es trabajo también del investigador. Porque al final el científico tiene que investigar, dar clases, hacer gestiones, ir a reuniones de departamento, participar en los órganos de la universidad. Y además de todo eso: ¡divulgar! Eso no es un investigador. Eso es superman o superwoman. La tarea de divulgación es importante, pero no tengo claro que esto sea necesariamente una tarea del mismo científico. El investigador, en primera instancia, tiene que investigar y, en muchos casos, enseñar como forma de difusión, de transferencia de sus conocimientos y de implicación con la sociedad.

Y estos investigadores ¿cree que enseñan bien? Esta concentración en la investigación ¿no ha quitado un poco de calidad a la docencia?
No lo sé. Es cierto que ser un buen investigador te da prestigio en la universidad y, en cambio, por hacer una buena docencia no recibes este reconocimiento.

¿Y no se tendría que reconocer de alguna manera una buena docencia?
¿Y cómo se reconoce? Creo que una buena docencia es una cosa íntima entre tú y tus alumnos.

Una buena clase cuesta mucho esfuerzo de preparar…
¡Y tanto! Pero, ¿cómo se evalúa esto? Evidentemente, están las evaluaciones de los alumnos, pero los resultados, aunque son indicativos, son relativos.

¿Por qué? Parece que las evaluaciones de los alumnos son bastante imparciales. Lo bastante próximas a la realidad.
¡Es que la realidad no existe! [Ríe abiertamente]. Caramba, hemos llegado a un debate un poco bizantino. Quería decir que la realidad depende de los sujetos. Un buen profesor no es un buen profesor por él mismo, es un buen profesor en relación a unos buenos alumnos. Pienso que hay alumnos que no responden, con los cuales no sintonizas. Hay muchos alumnos que buscan un título universitario y, por tanto, la disciplina que les enseñas no les importa demasiado. Y un buen profesor tan sólo lo puede ser si los alumnos hacen un buen trabajo. Por esto digo que es muy difícil de evaluar esta docencia.

¿No continúa siendo la universidad demasiado elitista? Demasiado cerrada a la sociedad, por ejemplo, a los profesores de secundaria. ¿No se ha perdido este deseo de ilustrar a la sociedad?
Creo que es importante la proyección de la universidad a la sociedad. Lo que pasa es que esto se ha transformado casi en un tópico, en un reproche a la universidad.

Quizás se tendría que evaluar en un currículum académico la tarea divulgativa.
Filosóficamente hablando, estoy de acuerdo. Pero es muy complejo. Volvemos a lo mismo: no es fácil evaluar la divulgación y establecer criterios valorativos objetivos que no acaben dejando en segundo término la tarea investigadora propiamente dicha.

Pienso, por ejemplo, en la obra de Joan Fuster, tan divulgativa y atractiva. Tan sugerente a pesar de tratar aspectos áridos de la literatura.
Pero Joan Fuster es excepcional. Cuando escribe la Història de la literatura catalana él siempre está detrás, y ésta es la cualidad que más me gusta de los investigadores y también de los escritores, como José Saramago. A parte de la elaboración literaria de su obra, detrás hay una filosofía de la vida, una filosofía del ser humano. Una coherencia vital que traspasa el contenido de la obra.

¿Cuáles son sus escritores preferidos?
Me interesan muchos y muy diversos. Por ejemplo, García Márquez, Pere Calders o Mercè Rodoreda. En Rodoreda, veo que por debajo de una apariencia sencilla, debajo de un localismo y de una visión cotidiana de la existencia, hay muchas cosas, sobre todo desde un punto de vista femenino. Igual que Fuster o Saramago, Rodoreda está detrás de su obra, y su condición de mujer en una sociedad determinada queda bien patente.

¿Lee obras de divulgación científica?
Me gustan mucho los libros de Marvin Harris, por ejemplo. Son sugerentes y divertidos. También he leído con gusto algunas obras del Premio de Divulgación Científica de la Universitat de València, como El cervell polièdric. Pero, ¿sabes qué pasa? Hay muchas cosas interesantes para leer. Y, por desgracia, no tengo todo el tiempo que querría.

Martí Domínguez. Director de Mètode.
© Mètode 36, Invierno 2002/03.

 

 

 

 

 

 

 

«Es cierto que ser un buen investigador te da prestigio en la universidad y, en cambio, por hacer una buena docencia no recibes este reconocimiento»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Foto: M. Lorenzo

 

«Para un lingüista, traducir es un reto, una forma diferente de reflexionar sobre el lenguaje»

 

«Los contratos Ramón y cajal son una iniciativa excelente, pero, ¿qué pasará dentro de cinco años con los dos mil investigadores que habrá contratado el ministerio? ¿Se les tendrá que dar una nueva beca? Y después, ¿qué?»

 

Foto: M. Lorenzo

 

«Al final el científico tiene que investigar, dar clases, hacer gestiones, ir a reuniones de departamento, participar en los órganos de la universidad. Y además de todo esto: ¡divulgar! Eso no es un investigador, eso es un superman»

 

Foto: M. Lorenzo

 

«Pero Joan Fuster es excepcional. Cuando escribe la “Història de la literatura catalana” siempre está detrás, y ésta es la cualidad que más me gusta de los investigadores y también de los escritores, como José Saramago»

 

 

 

© Mètode 2013 - 36. Paisajes del olvido - Disponible solo en versión digital. Invierno 2002/03