Francisca Mompó

La pintura en cierto modo salva al género humano, genera emoción, reflexión, enriquece, motiva para vivir serenamente.
Francisca Mompó

Existe un aspecto en el mundo cotidiano de Francisca Mompó que llama la atención: el espacio donde piensa y pinta sus cuadros. Es el estudio en el que trabajaron Rafael Solbes y Manuel Valdés, cuando fueron Equipo Crónica. Allí trabajó también nuestra pintora, cuando Manuel Valdés ya firmaba su obra como Valdés, y allí siguió trabajando, cuando Manolo se trasladó a Nueva York.

Pero esta herencia no se redujo al lugar. Quizá por tratarse de un lugar poderoso, con una carga de vivencias plásticas tan fuerte que resultaba imposible de eliminar. Por eso Francisca Mompó continúa una larga trayectoria popartística, tan enraizada en territorio valenciano.

«Francisca Mompó conjuga la expresividad, dentro de un orden. Y ella misma confiesa que lo suyo se encuentra en el primitivo pop art»

¿Y cuál es la aportación de Francisca Mompó? ¿Qué tiene su pintura que no tenga el resto de la producción popera? La mayoría de los estudiosos coincide en que conjuga la expresividad, dentro de un orden. Y ella misma confiesa que lo suyo se encuentra en el primitivo pop art, en tanto que sirvió de puente entre la tradición abstracta y la figuración contemporánea. Y con esta declaración de principios no hace sino recordarnos sus comienzos abstractos, su interés por la materia y el gesto. «Se trata de conciliar situaciones de objetos y personas con elementos formales de absoluta raíz abstracta, informalista o geométrica». ¡Ahí es nada! Menos mal que, al final, la lectura le puede resultar más bien fácil al espectador.

Y es que, «Francisca Mompó regresa constantemente al lugar del crimen», aseguraba Carlos Pérez, a finales de 1999, con ocasión de la muestra «Encáusticas», presentada en el castillo de Requena. Y la propia autora se lo confesaba a Martí Domínguez en El País: «No te engañes. ¡El pintor tiene que ir a la fuente! De donde estás tú no te vendrá nada. ¡Yo no tengo nada que descubrir en la calle del Turia! Eso es una visión idealista del arte… Los pintores siempre buscamos el auxilio de las vanguardias. Después lo llevas a tu registro. El trabajo de un pintor es de corredor de fondo, es un largo proceso de maduración, que va entendiendo cuáles son los grandes éxitos de la vanguardia artística del momento y va tirando del hilo.»

En sus principios está –parece que de manera clara– su reflexión sobre los diferentes acentos popartísticos que en el mundo –mundo occidental, más bien– han sido. Por mi parte –dicho sea con todo el riesgo que fuera necesario–, me parece oportuno añadirle algunas influencias –buenas, por supuesto– más, como son las del Dada, Arroyo y Adami, Linder y Condo, así como las de otros creadores más o menos narrativos.

La pintura de Francisca Mompó es amplia en sugerencias, al tiempo que se manifiesta con la suficiente ambigüedad como para propiciar múltiples lecturas. Vamos, que, como dirían los semióticos, nos hallamos ante una obra polisémica. ¿Y eso es bueno? Eso es buenísimo, ya que –a la hora de contemplarla– provoca reflexiones diferentes y diferenciadas, personales e intransferibles. Y eso, tal como está el panorama reflexivo, es de agradecer.

Número 66 (2010): Ona verda

Francisca Mompó. Agenda botánica, 2010. Serie «Botánico». Gouache, collage sobre papel, 70×100 cm.

Francisca Mompó. Del natural, 2010. Serie «Botánico». Gouache, collage sobre papel, 50×70 cm.

Francisca Mompó. Doble hoja, 2010. Serie «Botánico». Gouache, collage sobre papel, 70×100 cm.

Francisca Mompó. Estrecha relación, 2010. Serie «Botánico». Gouache, collage sobre papel, 50×70 cm.

Francisca Mompó. Informe vegetal, 2010. Serie «Botánico». Gouache, collage sobre papel, 30×41 cm.

Francisca Mompó. Labor documental, 2010. Serie «Botánico». Gouache, collage sobre papel, 50×70 cm.

© Mètode 2011 - 66. Onda verde - Número 66. Verano 2010

Crítico de arte (Valencia).