Bach, Beatles, Berio

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musica2Teresa Ciges
Parece evidente que la música juega un papel trascendental en nuestras vidas. Pero, ¿qué sabemos?

Friedrich Nietzsche dijo que, sin la música, la vida sería un error. Franz Liszt afirmó que la música es el corazón de la vida. Incluso Albert Einstein llegó a decir que si no fuera físico, probablemente sería músico, explicando que su violín era lo que más alegría le daba en la vida. Parece evidente que la música juega un papel trascendental en nuestras vidas. Pero, ¿qué sabemos? ¿Cómo nos afecta? ¿Qué pasa en nuestro cerebro cuando la escuchamos? ¿Se ha incorporado a nuestro genoma? Dicho de otro modo: ¿somos los humanos criaturas musicales innatas?

¿EL MEDIO MÁS ANTIGUO DE COMUNICACIÓN?

En 1781, tres años después de la muerte de Rousseau, se publicó su Ensayo sobre el origen de las lenguas, en el que plasmaba la idea de que había un precursor único para el lenguaje y la música, y reconstruía la primera lengua como una especie de canción. Darwin también se refirió a esta idea explicando que la música constituía una forma antigua e importante de comunicación humana, entrelazada pero independiente del lenguaje. El neurólogo Steven Brown habla del musilanguage, que no es más que el antepasado común de la música y el lenguaje. Según Brown, las numerosas características en común entre música y lenguaje indican el origen común de dos especializaciones diferentes nacidas del mismo sistema de comunicación de las emociones. Un concepto similar al del musilanguage es lo que sostiene Steven Mithen, quien explica que música y lenguaje se desarrollaron a partir de un único sistema de comunicación, versátil y capaz de expresar muchas cosas: el sistema Hmmmm. El acrónimo Hmmmm hace referencia a holístico, multimodal, manipulativo y musical. Cuando el ser humano comenzó a caminar sobre dos patas, el Hmmmm debió dar vida a un lenguaje compuesto de combinaciones de palabras. Y, lo que quedó de aquello, se convirtió en música.

Actualmente se defiende la separación entre música y lenguaje, tesis que se ve corroborada, entre otras cosas, por la prioridad que posee la música en el desarrollo. Los niños, desde muy pequeños, demuestran interés y sensibilidad por los ritmos y las melodías del habla, antes de ser capaces de entender el sentido de las palabras. De hecho, en la actualidad se sabe que hay una separación cerebral entre las capacidades lingüísticas y musicales, aunque están interconectadas, y prueba el hecho de que la capacidad musical puede permanecer dentro del cerebro aunque haya ausencia del lenguaje.

EL CEREBRO: UN AUTÉNTICO INSTRUMENTO MUSICAL

Es inevitable preguntarse qué es lo que ocurre exactamente en nuestro cerebro al escuchar una canción. En primer lugar, las ondas sonoras llegan a los tímpanos y les hacen vibrar. Con estos, vibran los huesos del oído y una estructura situada dentro del caracol que se llama membrana basilar. Esta estructura es muy importante porque es aquí donde se produce la transformación de la vibración mecánica en impulsos eléctricos. Un aspecto importante es que las frecuencias que componen el sonido se transmiten por nervios separados. Esta información del sonido descompuesto debe unirse de nuevo para representar las diferentes voces e instrumentos, y cómo se realiza es una cuestión que la ciencia aún no ha podido explicar. De momento, se han identificado una serie de estructuras que intervienen en este proceso: algunas subcorticales (entre ellas los ganglios basales y el cerebelo) y otras corticales (sobre todo el córtex auditivo). Cuando escuchamos canciones con letra, también intervienen estructuras encargadas de procesar el lenguaje. A todo esto debemos añadir estructuras involucradas en procesos de memoria, de emoción, de cognición compleja y procesos motores que sincronizan el ritmo de la música con el ritmo cerebral, y permiten, por ejemplo, que podamos bailar.

 

«Rousseau plasmó la idea de que había un precursor único para el lenguaje y la música, y reconstruía la primera lengua como una especie de canción»

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Estructuras que intervienen en el proceso de descomposición del sonido: córtex auditivo, ganglio basal y cerebelo.
 

 

 

«Los niños, desde muy pequeños, demuestran interés y sensibilidad por los ritmos y las melodías del habla, antes de ser capaces de entender el sentido de las palabras»

Además, cabe destacar que, como la melodía y la letra se guardan en lugares separados –pero conectados– de nuestro cerebro, cada vez que oímos una canción que ya hemos oído en otra ocasión entran en acción dos sistemas neuronales interconectados: el sistema de análisis melódico, que activa la memoria almacenada de la música, y el sistema de análisis lingüístico, que se ocupa de recuperar la letra. Cuando escuchamos de forma repetida una canción creamos fuertes lazos neuronales entre los dos sistemas, de manera que la activación de uno estimulará automáticamente la activación del otro. Los estudios corroboran que se reconocen mejor las canciones que las melodías puramente instrumentales, ya que la memorización de las canciones establece una red de información cerebral más extensa y elaborada, dado que implica el manejo de, al menos, dos sistemas.

Aunque la neurociencia es un campo por explorar, en la actualidad podemos afirmar que las redes neuronales que procesan el tono y el ritmo son diferentes entre sí. Mientras que la melodía activa en la misma medida los dos hemisferios cerebrales, la armonía requiere una mayor actividad del hemisferio izquierdo, y el ritmo activa básicamente el cerebelo. Además, se sabe que en el cerebro de músicos profesionales se localizan y se activan las redes neuronales de la música de una manera diferente a como ocurre en el cerebro de los que no son músicos: en los primeros se activa el área temporal superior izquierda, mientras que en los segundos se activa el área temporal superior derecha.

En definitiva, la música suena a través de nuestro cuerpo, es percibida mediante nuestros sentidos e interpretada por nuestro cerebro. Y no es extraño que, a estas alturas, numerosos investigadores estén convencidos de que la neurociencia de la música puede aportar información muy valiosa sobre cómo funciona el cerebro. En palabras del científico y divulgador Phillip Ball, «no hay ningún otro estímulo que involucre de manera comparable todos los elementos de nuestra mente y los obligue a establecer un diálogo: el hemisferio izquierdo con el derecho, la lógica con la emoción».

LA TAQUIGRAFÍA DE LA EMOCIÓN

Existe un gran vínculo entre la música y las emociones. El musicólogo Deryck Cooke analizó las relaciones de la escala tonal con las emociones, y llegó a la conclusión de que, por ejemplo, el intervalo de tercera mayor es una expresión de placer o felicidad. Por ello, constituye la base de la Novena Sinfonía de Beethoven o de La Traviata. Por el contrario, la tercera menor nos provoca emociones dolorosas, como las que nos transmiten los primeros movimientos de la Quinta Sinfonía de Beethoven, de Mahler o de Tchaikovsky.

Pero no sólo los intervalos desempeñan un papel clave en la transmisión de emociones por parte de la música. También tienen una gran importancia los agentes vitalizadores como la intensidad, el ritmo, el tempo y el tono. Por ejemplo, cuanto más alta se toque la música más énfasis se da a la emoción. Del mismo modo, la alegría transmitida por una determinada progresión de las tensiones tonales puede ser tumultuosa (allegro), calmada (moderato), serena (adagio), histérica (presto) o resignada (lento), entre muchos otros estados de ánimo.

Con estos datos podemos llegar a la conclusión de que la música tiene la capacidad de ayudarnos a cambiar el estado de ánimo. De hecho Stefan Koelsch, profesor de Psicología de la Música, afirma que la música es capaz de evocar el núcleo de las estructuras cerebrales responsables y creadoras de nuestro universo emocional. Esto tiene un interés evidente por las posibles aplicaciones terapéuticas, ya que permite ayudar a los pacientes con trastornos de las estructuras cerebrales relacionadas con las emociones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«La música es una actividad compartida en todas las culturas y a lo largo de la historia. De hecho, ayuda a la realización de una tarea colectiva al facilitar la coordinación física mediante el ritmo»

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Steven Mithen afirma que la música se ha incorporado al genoma humano durante la evolución histórica de nuestra especie.
 

 

«No es descabellado afirmar que la herencia evolutiva es la razón por la que a todos nos gusta la música en mayor o en menor medida»

EL PEGAMENTO SOCIAL

La música es una actividad compartida en todas las culturas y a lo largo de la historia. De hecho, ayuda a la realización de una tarea colectiva al facilitar la coordinación física mediante el ritmo. Phillip Ball afirma que la música es un pegamento social que une a las personas, y esto no son sólo conjeturas. El psicólogo evolutivo Robin Dunbar ha observado como la actividad musical comunitaria provoca oleadas de endorfinas en el cerebro de los participantes, de manera que se sienten mejor.

Hacer música es una forma sencilla y barata de interacción, que permite demostrar la disponibilidad a cooperar y que puede favorecer la colaboración futura. El músico y científico William Benzoni explica que «la música es un medio a través del cual los cerebros individuales se acoplan a una actividad compartida». Es por ello que el neurobiólogo Walter Freeman ha descrito la música como «la biotecnología de la formación de grupos».

AL SON DE DARWIN

Llegados a este punto nos preguntamos qué papel ha tenido la música en la evolución humana. Según el psicólogo evolucionista Steven Pinker, la música cumple muchos de los criterios clásicos para ser una adaptación biológica compleja en nuestra especie, pues es universal en todas las culturas y en todas las épocas de la historia registrada. Por ello, no es descabellado afirmar que la herencia evolutiva es la razón por la que a todos nos gusta la música en mayor o en menor medida.

Darwin también se hizo eco de la música en su libro El origen del hombre y la selección en relación al sexo, en el que aplicó la lógica de la selección sexual para explicar el origen de la música. «Parece probable que, antes de adquirir el poder de expresar amor, se esforzaron por cautivarse los unos a los otros mediante ritmo y notas musicales», escribió.

Frente a aquellos que postulan que la música es un mero entretenimiento, hay numerosos hechos que demuestran que esta es demasiado diferente del lenguaje como para ser explicada como una mera derivación evolutiva. Así, algunos expertos como Steven Mithen han afirmado que la música se ha incorporado al genoma humano durante la evolución histórica de nuestra especie. Y no es el único: el psicólogo Aniruddh Patel sentenció que somos una especie musical, pues nuestras capacidades musicales proceden de cuando los ancestros comunes del ser humano y el chimpancé evolucionaron en dos ramas diferentes, hace aproximadamente cinco millones de años.

¿SOMOS CRIATURAS MUSICALES INNATAS?

Stefan Koelsch ha afirmado que somos criaturas musicales de forma innata desde lo más profundo de nuestra naturaleza, y añade que hay una buena razón para ello, pues además de que la música nos permite ejercer todas las funciones sociales, también necesitamos esas capacidades para hablar. De hecho, Koelsch explica que cuando nacemos no sabemos qué significa «leche» o «beber», pero aprendemos a hablar al escuchar los sonidos musicales del lenguaje. Además, hemos desarrollado un conocimiento tonal intuitivo y compartido de lo que es la música que, para Steven Mithen, depende de una competencia musical innata. De hecho, a través de la historia hemos utilizado la música para explorar nuestro pasado evolutivo. El psicólogo evolutivo Ian Cross va más allá y afirma que la predisposición para las actividades musicales forma parte de nuestra herencia biológica. Así, podemos afirmar que tenemos un instinto musical, que la música se ha incorporado a nuestro genoma. Todos nacemos con una inclinación universal hacia la música, que en nuestros primeros años de vida se consolida y se convierte en una sensibilidad y un gusto admirable por ésta.

  

Bibliografía
Ball, P., 2010. El instinto musical. Turner. Madrid.
Blacking, J., 2006. ¿Hay música en el hombre? Alianza editorial. Madrid.
Mithen, S., 2007. Los neandertales cantaban rap. Crítica. Barcelona.
Pochmursky, C., 2009. Mi cerebro musical [en línea]. National Geographic. 
Punset, E., 2012. Música, emociones y neurociencia [en línea]. TVE.

Teresa Ciges. Periodista (Valencia).
© Mètode 2014.

  
© Mètode 2014

Periodista y estudiante del Máster en Historia de la Ciencia y Comunicación Científica. Universitat de València.