Publicar o no publicar: ¿es esa la cuestión?

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Mètode
La discusión sobre el papel que juegan las revistas científicas, convertidas en herramienta de evaluación de la producción de un científico o de un equipo de investigación, no es nueva.

La aspiración de la mayor parte de investigadores es llegar a publicar en la élite de las revistas científicas, como Nature , Cell y Science. Un artículo editado en sus páginas permite al equipo investigador pasar a jugar en liga de los grandes, en la Primera División de la ciencia. No resulta extraño, pues, que las críticas lanzadas recientemente por el premio Nobel de Medicina de 2013, Randy Schekman, denunciando «la tiranía» de estas «revistas de lujo», hayan hecho correr ríos de tinta.

En un artículo aparecido en el periódico The Guardian, Schekman arremetía contra estas publicaciones afirmando que «promueven de manera agresiva sus marcas, de manera más orientada a vender suscripciones que a estimular la investigación más destacada». El científico se mostraba también contrario a un sistema de evaluación de la producción científica que mira más dónde se ha publicado el artículo que la calidad del mismo.

De hecho, el Nobel ha manifestado su negativa a seguir publicando en estas revistas y ha animado a otros científicos a actuar de la misma forma.

    

Un debate que no es nuevo

La discusión sobre el papel que juegan las revistas científicas, convertidas en herramienta de evaluación de la producción de un científico o de un equipo de investigación, no es nueva. El factor de impacto mide las citaciones que recibe cada artículo después de su publicación en una revista científica. Se supone que si una investigación es muy buena, recibirá muchas citaciones. Pero eso, es la teoría. Como afirma el propio Schekman, un artículo puede ser citado porque es un buen trabajo «o bien porque es llamativo, provocador o erróneo».

Hay estudios que muestran que los artículos que han tenido eco en los medios de comunicación son más citados con posterioridad por los propios científicos. No resulta extraño, pues, que las revistas con mayor factor de impacto tengan, cada vez más, potentes departamentos de relaciones públicas que elaboran comunicados de prensa dirigidos a llamar la atención de los medios de comunicación. Y eso mismo ¿puede constituir una tentación para publicar una investigación llamativa, o incluso errónea, antes que otra? «No creo que se publiquen errores conscientemente a pesar de que sorprende el número de artículos de los que deben retractarse» afirma José Pío Beltran, coordinador institucional del CSIC en la Comunidad Valenciana. El investigador, a pesar de estar de acuerdo con Schekman en que estas revistas tienen muchos puntos criticables, considera que tampoco hay que llevar la crítica al extremo: «Es cierto que marcan tendencia, que seleccionan temas y que pueden quedar fuera investigaciones de valor, pero me parece mucho más verdad el respeto que la comunidad científica tenemos por este tipo de revistas».

También José Enrique Pérez Ortín, catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universitat de València considera que el afán por conseguir la atención de las revistas científicas (y estas, la de los medios de comunicación) puede haber incrementado la tendencia de publicar investigaciones que tengan mayor repercusión: «Seguramente cuando él empezó [Schekman], la deriva que señala no era tan acentuada como ahora. Y no es que lo que se publique sea malo sino que, de entre lo que es bueno, se selecciona aquello que tiene mayor impacto».

 

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James Kegley
En un artículo reciente, el Nobel Randy Schekman arremetía contra publicaciones como Nature, Cell y Science por considerar que distorsionan la investigación científica.

 

«La discusión sobre el papel que juegan las revistas científicas, convertidas en herramienta de evaluación de la producción de un científico o de un equipo de investigación, no es nueva»

Publicar en abierto

Schekman ha defendido las revistas de libre acceso (open-access journals) como fórmula para acabar con el poder de les publicaciones con mayor factor de impacto: no imponen limitaciones artificiales al número de artículos que aceptan «y no tienen unas caras suscripciones que promover». Él mismo es el director de una de ellas: eLife.

Uno de los argumentos que se esgrime a menudo en favor de las revistas open-access es que la investigación científica, financiada en gran parte por fondos públicos, debe ser accesible desde el primer momento para toda la sociedad. En este modelo de revistas, que ofrece sus contenidos de forma gratuita, normalmente es el autor o el equipo investigador el que paga por publicar. Si en las revistas de subscripción es la institución la que asume el coste de la misma, en las de acceso abierto es el grupo científico el que debe hacerlo. Eso implica que sólo se lo puedan plantear aquellos que cuentan con el suficiente presupuesto en sus proyectos de investigación.

Por otra parte, cada vez que se habla de open-access, emerge el debate de la calidad. ¿Son más rigurosas en su revisión las revistas de suscripción que las de libre acceso? Pera José Pío Beltrán, revistas como Cell, Nature y Science tienen el respeto asegurado, aunque puntualiza que «el prestigio no está ganado para siempre y, por tanto, es preciso mantener un nivel de exigencia alto. En las publicaciones de libre acceso, habría que ver caso por caso cada revista».

Pérez Ortín, que junto a su grupo ha publicado tanto en Cell como en Plos One (de libre acceso), afirma que depende de la revista: «Las de alta calidad en open-access no creo que sean menos estrictas. Plos One, por ejemplo, mantiene el criterio fundamental del trabajo bien hecho y publica cosas que pueden no ser llamativas o relevantes en este momento, pero que están bien hechas».

 

 

 

 

 

«Es cierto que marcan tendencias y que pueden quedar fuera investigaciones de valor, pero me parece más verdad el respeto que la comunidad científica tenemos por este tipo de revistas»

José Pío Beltrán

Rigor y calidad

Hace unos meses, Science publicó un especial sobre comunicación científica en el que se incluía el resultado de una investigación hecha por el biólogo y periodista John Bohannon. Este había escrito y enviado un artículo falso y lleno de errores a 304 revistas de libre acceso: 157 dieron por bueno el manuscrito repleto de incongruencias. Aunque los más críticos se preguntan cuáles habrían sido los resultados obtenidos de enviar el mismo artículo falso a un número similar de revistas de suscripción, la cuestión es que más de un centenar de publicaciones de libre acceso aceptaron unos resultados que contenían graves errores.

A pesar de ello, las revistas de mayor prestigio no son inmunes a los errores y también deben retractarse en ocasiones y retirar artículos. Plagios, inconsistencia metodológica, resultados excesivamente sorprendentes, son algunos ejemplos de lo que se puede encontrar detrás de un artículo retirado. Incluso existe un blog, Retraction Watch, desde el que se puede seguir la actualidad de las retractaciones científicas.

La controversia, incluso el error y la retractación, forman parte de la ciencia. Pero también la exigencia y la comprobación. Entonces ¿es toda la culpa de las revistas? ¿O la presión por publicar puede llevar a que en algunos casos se presenten investigaciones sin las validaciones necesarias? Aparte de los cuestionamientos éticos, José Pío Beltrán considera absurdo actuar así porque «cualquier cosa que aparezca en revistas como Nature, Cell o Science, será replicada al momento por otros equipos y se van a descubrir los errores».

 

 

 

 

 

 

 

«No es que lo que se publique sea malo sino que, de entre lo que es bueno, se selecciona aquello que tiene mayor impacto»

José Enrique Pérez Ortín

¿La imperfección de un buen sistema?

Otra de las críticas de Randy Schekman apuntaba a la excesiva importancia que tiene el factor de impacto de estas revistas en los comités encargados de evaluar la producción científica de un científico o grupo investigador. El hecho es admitido por las propias publicaciones. Nature, que se ha defendido de los ataques del Nobel alegando que la selección de artículos que hacen se basa únicamente en la importancia del artículo, reconoce que la comunidad científica tiene una «sobredependencia» creciente respecto del factor de impacto de las revistas.

José Pío Beltrán también lanza una crítica a los propios científicos: «el error lo cometemos cuando, al emitir juicios, nos fijamos más en la revista en que ha sido publicado el artículo que en la calidad del mismo». En este sentido, Pérez Ortín considera que «a lo que llamamos impacto es un factor subjetivo porque un tema puede parecer que no es relevante y no generar el interés de nadie, y dentro de unos años cambiar la situación».

En definitiva, son diversos los científicos que desde hace tiempo que reconocen que el factor de impacto no es un sistema perfecto, pero que es el mejor disponible. En una carta publicada en la revista Allergy en 1998, C. Hoeffel afirmaba: «el factor de impacto no es una herramienta perfecta para medir la calidad de los artículos pero no hay nada mejor […] La experiencia ha demostrado que, en cada especialidad, las mejores revistas son aquellas en las que es más difícil que te acepten un artículo y estas son las que tienen un alto factor de impacto. La mayoría de estas revistes existía mucho antes que el factor de impacto fuese ideado».

El propio Eugene Garfield, uno de los padres del índice de citación (Science Citation Index), constataba en un artículo publicado en 2006 que «el uso del factor de impacto de las revistas a la hora de evaluar a las personas tiene sus peligros inerentes». I añadía: «En un mundo ideal, los evaluadores leerían cada artículo y harían un juicio personal». ¿Hará falta esperar a que se den las circunstancias de ese mundo ideal? Tal vez la reflexión y el debate público, como el lanzado por Schekman, sean una buena manera de avanzar en este sentido.

Lucía Sapiña. Observatorio de las Dos Culturas. Revista Mètode. Universitat de València.
© Mètode 2013.

   
© Mètode 2013

Observatori de les Dues Cultures, revista Mètode.

Llicenciada en Periodisme per la Universitat Autònoma de Barcelona i Màster en Història de la Ciència i Comunicació Científica per la Universitat de València. És membre de l’Observatori de les dues cultures, grup d’investigació pluridisciplinari de la Universitat de València que analitza les relacions entre periodisme i ciència. Actualment, la seua recerca se centra en la comunicació del càncer, tant en la premsa com en les xarxes socials.