El legado de Carl Faust

Un discreto mecenazgo de las ciencias de la naturaleza en nuestro país

Fundación Carl Faust

En este país nunca han faltado mecenas de las artes y de las letras. Tampoco es que hayan sido muy abundantes, aunque los hay y ha habido un cierto número. Pero, ¿y de las ciencias? ¿Cuántos conocéis? ¿Quién sabe el nombre de alguno? Seguramente se podrían contar con los dedos de una mano y aún sobrarían. Pues bien, entre estos pocos mecenas que han querido ayudar al avance del conocimiento en nuestro país, uno de los más eficaces ha sido un ciudadano alemán que eligió vivir y morir entre nosotros desde su juventud hasta su fallecimiento y de quien hoy poca gente se acuerda fuera de la villa de Blanes, en la comarca catalana de La Selva, que lo acogió y donde reposan sus restos. Se llamaba Carl Faust.

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Blanes dedicó una estatua a Carl Faust en su paseo marítimo. Esta obra de Andrés Ginestet, inaugurada en 2007, es un homenaje al mecenas de la ciencia que tanto hizo por la botánica y por el mantenimiento de las especies vegetales mediterránea. / Fundació Carl Faust

La búsqueda del éxito en el Mediterráneo

Carl Faust nació en Hadamar, pequeña ciudad a medio camino entre Fráncfort del Meno y Coblenza, el 10 de septiembre de 1874. Era el primogénito del matrimonio formado por Konrad Faust, topógrafo y agrimensor oficial, y Elisa Schmidt. Al poco de nacer Carl, sus padres se trasladaron a Bocken­heim, población hoy integrada en la aglomeración urbana de Fráncfort del Meno, donde establecieron el hogar familiar y nacieron los cinco hermanos de Carl.

De muy pequeño, Carl Faust demostró sus aptitudes para las ciencias naturales, en particular para la botánica. Los maestros del joven Faust informaron a los padres de las dotes de naturalista de su hijo, sin embargo, al tratarse del primogénito, no consideraron prudente afrontar los gastos de una carrera científica y lo obligaron a dedicarse al comercio al acabar sus estudios secundarios.

Cumplido el servicio militar y terminados los estudios superiores de comercio, llegó el momento decisivo. Un amigo de su padre, directivo de la sucursal barcelonesa de una empresa alemana, le ofreció trabajo y Carl aceptó inmediatamente. Un impulso interior empujaba a Faust hacia el sur, hacia las tierras de los limoneros en flor ribereñas del Mediterráneo que había evocado Goethe en su Wilhelm Meister Lehrjahre (“Años de formación de Wilhelm Meister”) un libro que Faust conocía de corrido y cuya lectura le había marcado profunda y duraderamente. La vida entera de Carl Faust parece seguir a su manera el modelo trazado por el Wilhelm Meister goethiano. Así se alejó, aún bien joven, de su país para emprender su viaje iniciático. Partió de Fránc­fort el 11 de octubre de 1897, con veintitrés años recién cumplidos. Dos días en tren, pasando por Basilea y Ginebra, lo llevaron a Barcelona, donde se incorporó inmediatamente a su trabajo.

«Un impulso interior empujaba a Faust hacia el sur, hacia las tierras de los limoneros en flor ribereñas del Mediterráneo que había evocado Goethe en su ‘Wilhelm Meister Lehrjahre’»

En cualquier caso, su carrera en el mundo de la empresa fue meteórica. Los directivos de la empresa Gebruder Körting pronto apreciaron las cualidades del joven Faust y lo designaron apoderado en 1903. En 1905 pasó a ser gerente. Pero su espíritu emprendedor lo llevó a fundar en 1909, con otro joven emprendedor alemán, Wilhelm Kammann, su propia empresa, Faust Kammann (todavía activa actualmente), un negocio de maquinaria y tubería.

Joven como era, también le quedaba tiempo para practicar sus aficiones deportivas. Fue uno de los primeros socios del Club Natación Barcelona y también se hizo socio del Centro Excursionista de Cataluña. Gran aficionado a la música, frecuentaba el Liceo y contaba entre sus amigos con concertistas y compositores como Marius Mateo.

El éxito sonrió a los jóvenes emprendedores. En pocos años, Faust Kammann implantaba delegaciones en Valencia, Madrid y Sevilla y progresaba espectacularmente. Así, los dos socios hicieron fortuna. Pero eso no satisfacía la pasión de Carl Faust por la contemplación y el estudio de la naturaleza y, a partir de 1918, empezó a modelar lo que debía ser la gran obra de su vida: el jardín botánico Marimurtra.

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Dos imágenes de Carl Faust de finales de los años cuarenta. Arriba, Carl Faust, entre el escritor Noel Clarasó (izquierda) y el botánico Josias Braun-Blanquet (derecha), fundador de la fitosociología. Faust trabajó con ellos activamente durante toda su carrera profesional. / Fundació Carl Faust

Antes que nada, entre 1918 y 1919 empezó a adquirir viñas y yermos en la vertiente oriental de la montaña de San Juan de Blanes, sobre los primeros acantilados de la Costa Brava. Ya en 1919 encargó al arquitecto novecentista Josep Goday el proyecto del conjunto de casa, jardín y templete que debía ocupar los terrenos adquiridos. El 30 de diciembre Goday entregaba el proyecto y poco después se emprendía la construcción de las primeras infraestructuras y se hacían las primeras plantaciones

Por amor a la ciencia

En 1924, al cumplir los cincuenta años, Faust tomaba la decisión definitiva: abandonar los negocios y retirarse a vivir a Blanes para dedicarse en cuerpo y alma a cumplir su sueño de crear un jardín botánico mediterráneo a disposición de todos los estudiosos que quisiesen profundizar en el conocimiento de la vida vegetal en un ambiente armónico y placentero. Por decirlo con sus palabras, fundar «una república epicúrea de los biólogos en la que sabios y estudiantes, lejos de los ruidos de la gran urbe, desprendidos de la vida cotidiana, en medio de un jardín interesante, de un clima ideal y de un paisaje helénico, pudiesen dedicarse por completo a la creación de valores ideales y a buscar la verdad única»

«Carl Faust se convirtió
en un promotor de las líneas de investigación naturalista, que en aquellos años empezaban a abrirse camino en Cataluña en las personas de algunos jóvenes prometedores, como la biología marina, la limnología y la ecología»

Buscó relacionarse con los mejores botánicos y naturalistas del país y del resto de Europa. Hizo de Pius Font Quer su asesor principal y su mejor amigo y a través de él conoció también a Carlos Pau y Josep Cuatrecasas. En sus viajes por Europa estableció también contactos fructíferos con botánicos destacados como Ludwig Diels (1874-1945), Fritz von Wettstein (1895-1945), Eduard Frey (1888-1974) y sobre todo Josias Braun-Blanquet (1884-1980).

Posteriormente, entre 1930 y 1935, con nuevas adquisiciones, Faust amplió su propiedad con el bosque inmediato de la montaña de San Juan. En aquellos años Marimurtra era ya una realidad que progresaba sin freno. En ella estaban interviniendo algunos de los mejores jardineros del momento. Primero de todos, el suizo Zeno Scheiber (1927-31 y 1934-35) y a continuación, el alemán Willy Narberhaus (1931-34) y el sueco Eric Sventenius (1934-1940). De entre los catalanes, Miquel Aldrufeu, estrecho colaborador de Rubió Tudurí en la ejecución y mantenimiento de los jardines de Montjuïc, en Barcelona, y Noel Clarassó.

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Carl Faust, rodeado de investigadores entre los que se encuentra un joven Ramon Margalef (tercero por la izquierda). Este hombre se convertiría años después en un ecólogo de prestigio mundial, pero fue Faust quien lo apoyó y promocionó cuando era tan solo un oficinista con inquietudes científicas. / Fundació Carl Faust

En 1936 había empezado la construcción del templete de Linneo, que se convertiría en uno de los símbolos más representativos de Marimurtra. Solo le faltaba a Faust dar forma jurídica a una entidad que asegurase la continuidad de su proyecto más allá de su muerte. Proyectaba hacerlo a finales de aquel año y con esta idea se fue de vacaciones a principios de julio tal como hacía cada año. El estallido de la guerra civil española lo sorprendió apenas empezadas estas vacaciones en un balneario alemán. A pesar de encontrarse en su país natal y poder viajar por toda Europa, lejos de Blanes se sentía prácticamente como un exiliado.

Mientras tanto, la central de Barcelona de la empresa y las sucursales de Madrid y Valencia eran colectivizadas y puestas bajo la dirección de sus trabajadores. Joan Llatas, de la CNT, presidía el comité de empresa y al mismo tiempo cuidaba, a su manera, de los intereses de Faust en Barcelona y en Blanes. Él y Miquel Aldrufeu organizaron un Frente Antifascista Jardinero que se hizo cargo, ante el comité local de Blanes, también controlado por la CNT, de la continuidad de Marimurtra. El director científico de Marimurtra, el sueco Eric Sventenius, requerido por la embajada de su país, pasó a gestionar las casas de acogida de niños huérfanos o desplazados promovidas en Tiana por el gobierno sueco. Tan solo iba a Marimurtra algunos fines de semana acompañado de algunos de los más mayores de los chicos acogidos para hacer trabajos de mantenimiento y algunos cultivos de huerta para aprovisionarse en Marimurtra.

En esta situación, en 1937, ahora hace setenta y cinco años, se creaba, en Basilea, la Fundación Estación Internacional de Biología Mediterránea. La tenía que gobernar un patronato científico y administrativo formado por la Sociedad Helvética de Ciencias Naturales; la Sociedad Helvética de Botánica; la Káiser Wilhelm Gesellschaft; la Real Sociedad Botánica de los Países Bajos y la Sociedad Botánica Sueca y tenía que estar presidida por Gustav Senn, entonces presidente de la Sociedad Helvética de Ciencias Naturales. Tan pronto como las circunstancias lo permitiesen se invitaría a formar parte del patronato al Instituto Botánico de Barcelona y a la Sociedad Española de Historia Natural. La Fundación se creaba bajo la reserva de cumplir posteriormente los requisitos que exigiese la ley española, y con el propósito declarado de fomentar y facilitar los estudios biológicos, particularmente los botánicos, a estudiantes y titulados de todo el mundo, con particular atención a los estudiosos de la flora mediterránea y de la de las regiones subtropicales. Debía mantener a Faust de por vida como director con derecho a residir en la casa de Marimurtra y, a su muerte, sería heredera de la mayor parte de los bienes del mecenas.

Cuando Carl Faust volvió a Cataluña en septiembre de 1939, lo hizo a un país muy diferente del que había dejado poco más de tres años antes. Algunos de sus amigos ya no estaban: habían muerto o habían tenido que emprender el camino del exilio. Otros, que se habían quedado, se encontraban encarcelados o, cuando menos, habían sido depurados de sus cargos o marginados. Para Faust, que no había llegado nunca a hacerse cargo, desde el exterior, de las dimensiones de la guerra y del abismo que se había abierto entre vencedores y vencidos, fue un golpe terrible. Y más aún cuando se percató de que la situación política española e internacional impedía el normal desarrollo de sus planes y que su fundación internacional no encontraba sitio en la legislación hipernacionalista y autárquica del primer franquismo.

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Creado por Faust, el Jardín Botánico de Marimurtra pretendía ser un espacio donde todos los estudiosos de la vida vegetal pudieran ampliar sus conocimientos. En la actualidad, este jardín que se encuentra en Blanes es uno de los más interesantes a nivel europeo por su composición paisajística. / Fundació Carl Faust

Mecenas de la botánica

Sin embargo, a partir de su retorno a Cataluña, casi sin darse cuenta, Faust se convirtió en un mecenas de los naturalistas catalanes más desfavorecidos (Font Quer, la Institució Catalana d’Història Natural) y también, mientras duró la Segunda Guerra Mundial, de algunos de sus colegas residentes en la Francia ocupada (Braun-Blanquet, Pavillard, Reynaud-Bauvery). Se convirtió igualmente en un promotor de las líneas de investigación naturalista, que en aquellos años empezaban a abrirse camino en Cataluña en las personas de algunos jóvenes prometedores, como la biología marina, la limnología y la ecología. Un caso emblemático sería el de Ramon Margalef, que llegaría a ser un ecólogo de prestigio mundial pero que, en aquel momento, era un joven oficinista de una empresa de seguros que no había hecho ni el bachillerato. O la ilustración botánica, en la que sobresalía el aún más joven Eugeni Sierra. Faust hizo posibles las primeras salidas al mar del joven Margalef, poniéndolo en contacto con algunos pescadores de Blanes. También gracias a él pudo hacer sus primeros viajes al extranjero y fue Carl Faust quien pagó los dibujos de Sierra para la primera publicación sobre plancton marino de Margalef.

La situación política española e internacional de aquellos años impidió el normal desarrollo de la fundación creada en 1937 en la neutral Suiza. En particular, la política ultranacionalista y autárquica del régimen franquista y los enfrentamientos bélicos de la Segunda Guerra Mundial y, al final de esta, el bloqueo por los aliados de los bienes de Carl Faust en Alemania. Al final, después de varios intentos infructuosos para adaptar su fundación internacional a la legislación franquista y viendo próxima su muerte, Carl Faust creó en 1951 una nueva fundación de acuerdo con la ley española de aquel momento. Después de sucesivas adaptaciones exigidas por la evolución legislativa en los últimos años, la Fundación Carl Faust, que es quien actualmente cuida la gestión del legado de su fundador (y en particular del Jardín Botánico Marimurtra – Estación Internacional de Biología Mediterránea) y de actualizar la orientación científica y divulgativa, es la sucesora de aquella fundación y al mismo tiempo reivindica el legado internacionalista de la primera fundación que Faust creó ahora hace setenta y cinco años en Basilea.

Carl Faust murió en Blanes, en su casa de Marimurtra, el 24 de abril de 1952, ahora se han cumplido sesenta años, dejando a la villa de Blanes y a todos los amantes de las ciencias de la vida el legado extraordinario de Marimurtra.

© Mètode 2013 - 76. Mujeres y ciencia - Invierno 2012/13

Patronato de la Fundación Carl Faust. Blanes (Selva, Girona).

Profesora titular del Departamento de Biblioteconomía y Documentación. Uni­versidad de Barcelona.

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