José María López Piñero, amigo y maestro

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© Bruno Almela
El catedrático de Historia de la Medicina José María López Piñero, a la izquierda, y el autor de este artículo, el catedrático emérito de Botánica Manuel Costa.

El pasado mes de agosto nos dejó José María López Piñero. En los rigores agosteños, mientras practicaba deporte en el apacible valle de Aguas Vivas, recibí una llamada del ex rector Paco Tomás. Me daba la fatal noticia de la muerte de nuestro común amigo José María. Impresionado me senté en una vereda contemplando aquel hermoso valle; frente a mí, los escarpados picos de la Sierra de las Agujas y en el fondo, los cultivos, ordenados con una plácida armonía mediterránea. Contemplando aquel paisaje desfilaron por mi mente recuerdos y vivencias con José María, recordé encuentros, conversaciones, lecturas, trabajos comunes, conferencias compartidas, etc. 

Hablar del profesor López Piñero no es fácil. Se han publicado ya gran cantidad de notas y recordatorios más o menos formales, y en todos ellos se resalta su obra y su autoridad en el campo de la historia de la ciencia, sus trabajos, las academias de las que era miembro, los premios, etc. De todo lo escrito, me llamó la atención la que le dedicó Luis Berenguer en El País, el 17 de agosto; y me llamó la atención porque daba de él una visión diferente, más humana, destacando su carácter libre, dialogante, ameno en la conversación, simpático y sensato. Yo añadiría, además, espontáneo, sobre todo en los últimos años, en los que no ponía el más mínimo freno a la hora de expresarse y dar opinión, lo que a veces nos hacía pasar algún que otro apuro a los que estábamos cerca de él, sobre todo a su esposa María Luz y a mí, que solíamos saber por dónde iba a salir, según el escenario o el ambiente en el que se encontraba.

La botánica en la obra de López Piñero

Mi relación con José María se remonta a más de treinta años, desde mi llegada a la Cátedra de Botánica de la Facultad de Farmacia de la Universitat de València, y por la amistad que él ya tenía con mi hermano Pedro, médico y discípulo suyo al que dirigió, junto con el profesor Camino de la Universidad de Brown (EE UU), su tesis doctoral sobre El swnw en la sociedad egipcia del Imperio Antiguo. Estudio de las inscripciones existentes relativas a médicos de dicho Imperio. Dos cosas hicieron que de inmediato congeniásemos: por un lado mi afición por la historia en general y por la de la ciencia en particular, consecuencia de aquellas pinceladas de formación humanística que tenían los estudios de farmacia de seis años que yo cursé. Por otro, su sólida formación botánica, que le hacía ser un gran conocedor del mundo de las plantas y de la historia de las medicinales, tanto europeas como americanas. 

Este fue el punto de partida, y José María confirmó y cimentó mis aficiones históricas y sobre todo, me enseñó. Con él compartía la idea de la necesidad del conocimiento de la historia de la ciencia, en cualquiera de sus campos, lamentando la desaparición en las facultades de las cátedras de historia y la formación humanística de los científicos. Iniciamos una relación que se convertiría en sólida amistad a través de la cual descubrí un panorama nuevo en el campo científico de la botánica y la historia de esta ciencia, que yo creía conocer y que se agrandó de una manera inimaginable, enseñándome rincones de la misma que me convencerían aún más de la necesidad humanística e histórica en las ciencias. Yo no pude compensarle enseñándole botánica porque sabía mucha y había hecho un gran esfuerzo buscando las equivalencias entre los repertorios de plantas medicinales con los nombres válidos actuales, tarea nada fácil y que él había llevado a cabo con rigor y solidez científica, contribuyendo con ello, en parte, a mitigar el atraso que había en los estudios de la botánica prelineana.

Repasando sus publicaciones encontraremos gran cantidad de ellas dedicadas a la botánica y a la historia natural y a los hombres que las cultivaron, por ello dedica algunos trabajos a Jaime Honorato Pomar (ca. 1550-1606) y a Pedro Jaime Esteve (ca. 1500-1556), entre otros. Su interés por la botánica era tal que no olvidaré su sonrisa y sus ojos alegres e incrédulos cuando le regalé The Plant Book. A Portable Dictionary of the Vascular Plants, de Mabberley publicado por Cambridge. Allí tenía por fin, a su alcance, los nombres válidos de las plantas con sus autores, distribución y en algunos casos sus usos y propiedades. Pasaría a ser un libro siempre cercano para la comprobación de las equivalencias. 

La lectura de sus obras y mis conversaciones con él me permitieron darme cuenta del concepto integrador que tenía de la historia, trazando unas tupidas redes a través de las cuales se relacionaban personas, conceptos, circunstancias, situaciones sociopolíticas, etc., de tal manera que te situaba en medio del escenario histórico y te lo hacía más comprensible. Todo ello no exento de una componente humanística y literaria; con razón decía que recurría a Defoe, al Decamerón o a la sátira contra los médicos de Petrarca y a otras obras, sin excluir los tratados de filosofía, el cine y las historietas. 

su papeL comO divulgador

José María López Piñero no descuidó nunca su interés por la alta divulgación científica, como demuestran sus publicaciones en Labor, Espasa, Salvat o los amenos volúmenes de la Fundación del Colegio Oficial de Médicos de Valencia, siendo una de sus últimas publicaciones un pequeño y simpático catálogo, ilustrado por él mismo, sobre Plantas del Alto Palancia. Medicinales, venenosas o meras supersticiones, dedicado a la comarca tan querida por José María.

Me invitó a participar en una serie de colaboraciones, comenzando por el capítulo dedicado a la botánica en el cuarto tomo sobre ciencia de la monumental obra España de Espasa Calpe. Me animó a escribir la introducción científica de la edición facsímil que la Generalitat Valenciana hizo en 1995 de la obra de Cavanilles Icones et Descriptiones Plantarum quae aut sponte in Hispania crescunt aut in Hortus hospitantur de 1791. En 1996 nos divertiríamos preparando la exposición y el catálogo que organizó Bancaja sobre Las plantas del mundo en la historia. Ilustraciones botánicas de cinco siglos y en la que, junto a un fantástico equipo de jóvenes entre los que estaban Felipe Jerez, Cristina Sendra, Jesús Ignasi Català y María José López, reunimos una excelente colección de iconografía botánica y recorrimos la ciencia de las plantas desde la antigüedad hasta nuestros días. Esta obra y exposición dio lugar a una serie de conferencias que nos traería una nueva experiencia, las conferencias compartidas, donde José María y yo nos repartíamos la presencia.

Me habría gustado llevarle al campo y que viese conmigo las plantas en el medio, pero José María era hombre de biblioteca y no de campo. Me confabulé con María Luz para, desde Altura, buscar una oportunidad para subir en coche a la cumbre de Javalambre, pues me hacía ilusión explicarle los pisos bioclimáticos y cómo se sucedían los diferentes tipos de vegetación con la altura, pero nunca accedió a ello. 

Me había mostrado su interés y se entusiasmaba con lo que yo le contaba sobre ecología vegetal, biogeografía y bioclimatología, sobre los relatos que le hacía de mis viajes a Venezuela y mis andanzas por el Orinoco. Hablábamos de José Gumilla y El Orinoco ilustrado; de Humboldt y de su estancia en La Esmeralda, lugar que yo conocía, también de Mutis y del encuentro entre ambos científicos. Hablábamos de estos personajes, analizando sus peripecias y sus obras bajo una doble visión, geobotánica e histórica, muy enriquecedora para ambos.

Teníamos un proyecto común que era la publicación del facsímil de las lecciones que Juan Plaza, catedrático de simples de la Universitat de Valencia, dictó en la Facultad de Medicina en la segunda mitad del xvi. José María hizo el estudio histórico y yo el botánico a través de las equivalencias. Él terminó su parte en el plazo establecido; yo no hice lo mismo con la mía. Por ello su inesperado fallecimiento el mes de agosto pasado hizo que en mí se produjese una doble congoja y una gran tristeza, por un lado, la pérdida de un amigo y, por otro, el que ya no podría ver publicada una obra en la que había puesto tanta ilusión. El retraso en terminar la parte botánica que me correspondía lo había impedido. Cuando escribo estas líneas el trabajo ya se encuentra en la imprenta y lo publicará en breve Publicacions de la Universitat de València. Será para mí un homenaje póstumo.

La importAncia de lOs mAestrOs

José María López Piñero y yo teníamos otras cosas en común, algunas ya no propias de esta época, como es el respeto y la admiración por nuestros maestros. Él por los suyos, como Laín Entralgo, quien le deslumbró en un ciclo de conferencias sobre la relación médico-enfermo en el Hospital de Valdecilla. A partir de ahí decidió su vocación por la historia de la medicina y el abandono de la cardiología, que inicialmente le interesaba. Leibbrand en Munich, su maestro alemán, Steudel en Bonn y sobre todo Erwin H. Ackerknecht en Zurich, otro de sus admirados maestros, quien probablemente influyó en su concepto social de la historia y en el valor de la medicina en la vida cotidiana. Maravall fue otro de los personajes que José María admiraba y comentaba con agradecimiento las «clases particulares» que le daba a través de sus largas cartas, respuesta a las preguntas que le hacía. Yo le hablaba con el mismo respeto y admiración de mis maestros Rivas Goday, que movió mi vocación por la botánica, y Rivas-Martínez, que me mostraría el apasionante mundo de las comunidades vegetales, de la biogeografía y de la bioclimatología y gracias al cual tuve la suerte de conocer a maestros que influirían profundamente en mí, como Tüxen en Alemania y Gehu en Francia. Valorábamos las enseñanzas de nuestros maestros porque reconocíamos la grandeza de las mismas, por ello José María solía decir «soy un enano que ha caminado a hombros de gigantes». Aquellos gigantes eran Laín Entralgo, Maravall, Leibbrand y Ackerknecht, entre otros.

Un científico de la talla de López Piñero, con su formación humanista, con su preocupación por los problemas sociales, por la salud, por la relación medico-enfermo, etc., no era indiferente a la literatura y a los textos filosóficos o al cine, sin olvidar la poesía y su predilección por Machado, Lorca, Eliot y sobre todo Friederich Hölderlin, poeta lírico alemán que tuvo la sensibilidad de unir la tradición clásica con el nuevo romanticismo y que cantó los ideales de la humanidad como la amistad, el genio, la juventud y la libertad; fue el poeta que dijo: «El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona».

José María López Piñero ya no está entre nosotros, pero nos deja una ingente obra con más de 170 libros publicados, 44 folletos, 466 capítulos de libros, 436 artículos y comunicaciones a congresos y 151 tesis doctorales y de licenciatura, además de prólogos de libros, artículos menores y unos 45 trabajos inéditos, entre los cuales está «nuestro Plaza», que pronto dejará de serlo. ¿Aún crees, José María, que eres un enano? Con tu obra has pasado ya al mundo de los gigantes y en tus hombros nos apoyaremos algunos, y si no podemos hacernos grandes como tú, al menos nos ayudarás a conocer mejor la ciencia y con ello la vida. Ha valido la pena conocerte y ha sido una alegría haber compartido contigo conversaciones, confidencias y trabajos, aunque nunca quisiste subir a Javalambre, por eso yo no me pregunto ¿y ahora qué?, simplemente te doy las gracias por lo que me has enseñado y por la amistad que me has regalado. 

Manuel Costa. Catedrático emérito de Botánica de la Universitat de València. 
© Mètode 68, Invierno 2010/11.

 

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José María López Piñero

 

 

«Hablar del profesor López Piñero no es fácil. Se han publicado ya gran cantidad de notas y recordatorios más o menos formales, y en todos ellos se resalta su obra y su autoridad en el campo de la historia de la ciencia»

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Plantas del Alto Palancia. Medicinales, venenosas o meras supersticiones
José María López Piñero.
J.M. López, 2009.
32 páginas.

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Las plantas del mundo en la historia

José María López Piñero.

«Un científico de la talla de López Piñero, con su formación humanista, no era indiferente a la literatura y a los textos filosóficos o al cine, sin olvidar la poesía»

© Mètode 2011 - 68. Después de la crisis - Número 68. Invierno 2010/11

Vicerrector de Política Científica y Cooperación Internacional, Universitat de València.

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