Los ojos de la Tierra

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El nacimiento de río Ter en el Ripollés, en la imagen, es conocido como Ull de Ter. La idea de que la Tierra es una criatura humanizada y al llorar nutre a los ríos se encuentra extendida entre muchas culturas. Es aquí donde encontramos el origen de la equiparación de los ojos con el nacimiento de los ríos.

El visitante de la romana Piazza Navona tiene ocasión de admirar un conjunto urbanístico, arquitectónico y escultórico de primera categoría. Una de las obras más destacadas es la Fontana dei quattro fiumi (1651), del arquitecto y escultor barroco Gian Lorenzo Bernini. La fontana ocupa uno de los focos de la antigua spina del circo romano precursor de la actual piazza. La obra representa cuatro de los ríos más caudalosos de la Tierra: Plata, Ganges, Danubio y Nilo. Y lo hace mediante estatuas de paisajes, animales y hombres, de los cuales el que corresponde al Nilo se tapa los ojos, artificio simbólico que los historiadores del arte consideran una alegoría del hecho de que en aquella época no se conocieran sus fuentes, los «ojos».

Desde muy antiguo nombres y formas de pensar actúan sinérgicamente, se refuerzan mutuamente. Y a menudo eso se detecta en la toponimia, una de las conexiones más evidentes entre naturaleza y cultura. El análisis toponímico puede realizar el papel del maestro que ayuda a interpretar el mensaje contenido en los nombres del territorio. Unos nombres que nos legaron los primitivos moradores y los que con su trabajo dejaron su huella constructiva. Por ello, cada topónimo es una pequeña metáfora de la visión del territorio o de los usos que se le han dado, gracias a la cual conseguimos transformar la percepción en poesía, la razón en afecto y el conocimiento del pasado en posibilidades de futuro.

De manera similar a los geólogos que interpretan rocas, los lingüistas estudian palabras para recrear formas de pensar de la antigüedad, muchas de las cuales perviven en la actualidad de manera semejante a como lo hacen montañas, fuentes y algunos paisajes; o, en palabras de William Faulkner, «the past is not dead; in fact, it’s not even past»¹. Sí, el pasado y la naturaleza humana laten dentro de las palabras. Y al conocerlas, podremos sentirnos deslumbrados por la sabiduría humana y orgullosos de nuestra humanidad compartida a la par que diversa.

Porque las palabras, al designar conceptos, propiedades o acciones, son como rótulos que representan un contenido interpretativo y, por tanto, teórico. Los topónimos son un caso: los nombres que hemos dado y damos a los elementos del paisaje son legados del pasado humano profundo y, como las rocas, albergan claves de la historia, de los orígenes. Enseñar a leerlos, a entenderlos, facilita llegar al botín inagotable del conocimiento. Y, en ocasiones, pronunciar el nombre equivale a decir el «ábrete, Sésamo» de la cueva de Alí Babá que permite rescatar del olvido los tesoros geológicos que se escondían en ella.

Las fuentes, los ojos de la Tierra

Equiparar el derramamiento de lágrimas con la surgencia de una fuente es una metáfora fácil de entender, y que figura en expresiones tan populares como la italiana «piangere come una fontana» (“llorar como una fuente”). Pero invertir la idea y suponer que el agua de una fuente son las lágrimas de la Tierra implica otra mentalidad, la idea de que la Tierra es una criatura humanizada y divinizada, femenina, que «llora» con «lágrimas» que nutren a los ríos, a los lagos o que incluso se manifiestan como surgencias dentro del mar. E hidrotopónimos como el asturiano Gueyu Dave (“el ojo de la Diosa”, diosa de la Naturaleza en la mitología asturcéltica) aún nos lo recuerdan. No es extraño, pues, que numerosas culturas hayan equiparado las fuentes y los ojos, de manera semejante a como se ha hecho con el cielo (de la boca) y el paladar.

Según descubrió el romanista bávaro Max Leopold Wagner en 1950, la metáfora de ojo como fuente se encuentra en lenguas tan distintas y distantes como el serbocroata öko, el turco göz, el corso occhiu², el euskera urbegi, el galés (o Cymraeg) llygad³ y también en derivados como el persa češma (“fuente”) y češm (“ojo”), el georgiano (o kartveliano) chartoli, compuesto por chari (“agua”) y thali (“ojo”); el araucano nekó, compuesto por ne (“ojo”) y ka (“agua”); el quechua nyahuy (“ojo de agua”), etc. A partir de estos datos hemos querido comprobar en qué medida la metáfora tenía vigencia en algunas de las hablas más próximas, tanto europeas occidentales como africanas y asiáticas mediterráneas.

Los autores no somos ni geólogos ni lingüistas, sino ingenieros y profesores de ciencias, y usuarios de nombres y de paisajes que pretenden conectar palabras y conceptos para potenciar la mutua relación entre naturaleza y cultura y favorecer la divulgación del patrimonio etnogeológico. Lo hacemos por razones profesionales, ya que en la lectura comprensiva de la toponimia se encuentra información sustancial para las ingenierías «de la tierra» (agrícolas, civiles, forestales, mineras…), para los trabajos medioambientales y para la docencia de las ciencias de la naturaleza. Pero también para actuar de puente entre los conocimientos recluidos en especialidades terminológica o metodológicamente poco accesibles, y por el afán de mucha gente por conocer y estimar el territorio.

Este artículo intenta divulgar la etnogeología hídrica y, en concreto, los étimos relacionados con la metáfora «fuente-ojo». Y tras algunos ejemplos de lenguas próximas o históricamente influyentes, dirige la mirada a los restos toponímicos que perviven en los territorios de lengua catalana4. No es, pues, un artículo lingüístico ni geológico, sino divulgativo, y destinado no tan solo al ingeniero de la tierra, al medioambientalista o al profesor de ciencias de la naturaleza, sino a todos los usuarios o enamorados del paisaje para que puedan percibir que, tras los topónimos, se puede esconder todo un mundo de significados; y para que activen el sentido de la lectura a fin de encontrar señales de la existencia presente o antigua de estructuras, hechos o fenómenos hidrogeológicos, de los cuales la metáfora «ojos-fuentes» es tan solo un ejemplo.

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Uelh deth Joeu, nacimiento del río Garona en el valle de Arán. En occitano, uelh designa los conceptos de ojo y de fuente.

«Los nombres que damos a los elementos del paisaje son legados del pasado humano profundo y, como las rocas, albergan claves de la historia, de los orígenes»

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Una de las aportaciones que permitían mantener la extensa marjal situada en los tramos finales de los ríos Vinalopó y Segura provenía de diferentes manantiales. Así se recoge, por ejemplo, en el mapa Valentia Regni del geógrafo flamenco Abraham Ortelius (s. xvi), donde aparece consignado el topónimo Hoyales en una transcripción/modificación que no puede esconder el origen del nombre, ullals; y lo mismo pasa con topónimos del Bajo Segura, como El Cabezo del Ojal, donde los pobladores de Albatera y San Isidro han celebrado tradicionalmente la mona de Pascua (Martín Cantarino y Limorte Ruiz, 2008).
«En árabe, la metáfora “ojo-fuente” es el origen de numerosos topónimos a menudo asociados a ciudades formadas alrededor de una fuente, como la egipcia Ain Sukhna o El Aaiún, capital del Sahara occidental»

Los ojos-fuentes en lenguas semíticas y camíticas

De la familia de lenguas afroasiáticas hay tres con las que hemos tenido una relación más directa: las semíticas árabe y hebrea y la camítica norteafricana tamazig (impropiamente, bereber). En las tres, el morfema ojo equivale al de fuente, y el resultado son numerosos hidrónimos, de los que solo mencionaremos unos pocos, los más conocidos o ilustrativos; y también aquellos que han quedado como restos toponímicos en nuestros territorios.

En hebreo la letra ע se lee ayin/ein (עין), con el doble significado de “fuente” y de “ojo”; y este étimo aparece en más de una treintena de hidrotopónimos, algunos de los cuales en pasajes bíblicos. Es el caso de Ein Gedi o Engeddi, que aparece en los libros de Josué (15: 61-62), de Samuel (24: 1), en el Cantar de los cantares (1: 14) y en las Crónicas (20: 2). Este oasis a la orilla occidental del Mar Muerto significa «la fuente del cabrito». En un sentido similar, encontramos Ein Dor o Êndor en los Salmos (83: 11), en la Baja Galilea, que era el nombre de una ninfa oracular (Samuel, 28: 7) que acabó por transferírselo a la fuente que protegía.

En árabe, la metáfora «ojo-fuente» utiliza las palabras aain/aín (plural aaiun), origen de numerosos topónimos a menudo asociados a ciudades formadas alrededor de una fuente, como la egipcia Ain Sukhna (“fuente caliente”), gran complejo turístico cerca del Mar Rojo; El Aaiún, capital de Squiyat al Hamra o Sáhara occidental; o El Aaiún, barrio de Tetuán donde nacen las fuentes que nutren la ciudad.

En la Península Ibérica perviven estos hidrotopónimos en localidades con abundantes fuentes y manantiales, como la valenciana Aín, en la porción de la sierra de Espadán que se adentra en La Plana Baixa, o Ayna, en Albacete, cerca del río Mundo y de la sierra del Segura.

En tamazig, el binomio «fuente-ojo» se corresponde con el étimo tit, y en el Sáhara argelino, étnicamente imazighen (plural de amazigh), se encuentran numerosas poblaciones con nombres como Tit y Titaf. De hecho, el plural de tit, tittawen, es el origen del topónimo Tittawin5 (Tetuán), ciudad del norte de Marruecos próxima a Ceuta y a Tánger. El topónimo Titaguas (< tit + aguas), una población de la comarca de los Serranos rica en fuentes, quizá es un recuerdo de la presencia de la etnia y la lengua amazig en el territorio valenciano.

La metáfora oculofontanal en las lenguas ibéricas occidentales

Las lenguas iberooccidentals suelen dividirse en tres grupos: el astur-leonés (asturianu, leonés, extremeñu o castúo, y cántabro o montañés), el galaicoportugués (gallego y portugués) y el castellano (con variantes como el canario, murciano y andaluz). Excepto en el caso del portugués, protegido políticamente y culturalmente por un estado, las otras lenguas iberooccidentales han sido minorizadas, prohibidas, marginadas y vilipendiadas (con denominaciones menospreciadoras como bable para el asturianu). Lo mismo ha pasado con el aragonés, del grupo lingüístico pirenaico; y, aunque antiguamente era una lengua llena de vitalidad, progresivamente ha quedado relegada y hoy día el castellano domina de manera casi exclusiva, y excluyente, el territorio aragonés.

En Portugal, en galaicoportugués, goza de mucha vitalidad el sintagma olho de água. En Galicia, los diminutivos ulló e illó a menudo se refieren a nacimientos de agua, como es el caso de los topónimos pontevedreses del Val do Ulló y las Salinas do Ulló. En asturiano, la metáfora güeyu aparece en hidrotopónimos com Güeyus (de) la Teya, Fonte’l Güeyu, Güeyu Cabielles o la citada Güeyu Deva.

Por su parte, en el dominio castellano de la Península Ibérica es relativamente frecuente encontrar la metáfora ojos (“fuentes”), no tan solo en topónimos, sino también como recurso literario, sobre todo en obras renacentistas:

¿Qué son los estanques y lagunas de aguas claras, sino unos como ojos de la tierra, …?

Fray Luis de Granada, Guía de pecadores (1556)

¡Oh, lloroso Guadiana, y vosotras, hijas de Ruidera que mostráis en vuestras aguas las que lloraron vuestros hermosos ojos!

Miguel de Cervantes, El Quijote (ii: xxii) (1615)

Y, como topónimos más conocidos, encontramos Ojos de Montiel (Ciudad Real), que es el nombre que reciben las cuatro fuentes que forman el nacimiento del río Jabalón, uno de los subafluentes del Guadiana. Precisamente los reafloramientos de este río, infiltrado en las Lagunas de Ruidera para volver a aparecer en el antiguo Villarrubia de los Oxos del Guadiana, reciben también el nombre de Ojos del Guadiana. Y por último, Ojos del Cabriel (Teruel), son las emergencias que forman el genuino nacimiento de este afluente del Júcar que marca la divisoria septentrional entre la Mancha y el País Valenciano.

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Fontana dei quattro fiumi, de Gian Lorenzo Bernini (1651), en Roma. El personaje que representa al río Nilo lleva los ojos tapados porque en aquella época no se le conocían las fuentes. Numerosas culturas han equiparado los ojos con fuentes de agua y nacimiento de ríos.

 

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El Cabriel a su paso por Los Cuchillos, en Villagordo del Cabriel (Plana de Utiel-Requena). El nacimiento de este afluente del Júcar, que marca la división entre la Mancha y el País Valenciano, es conocido como Ojos del Cabriel.

 

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Cuando la lluvia empapa rocas permeables, el agua se desplaza por las rutas de permeabilidad litológica hasta salir a la superficie a través de las fuentes, y si se acumula en trampas impermeables puede aflorar verticalmente. En catalán, recibe el nombre de ullal. En las imágenes, Ullals de Baltasar, en el delta del Ebro.

«El nombre catalán ‘güell’ es un probable préstamo del occitano ‘uelh’ y no solo ha pasado a ser un antropónimo sino que también figura como topónimo referido a algunas manifestaciones hídricas como el río Güell»

Los «uelhs» occitanos

El subgrupo oriental iberorrománico incluye también el occitano y el catalán, muy emparentados entre sí. En occitano, el vocablo uelh (“ojo”)6 designa ambos conceptos, «ojo» y «fuente», con topónimos como Uelh deth Garona, uno de los nacimientos del río Garona (el arriu Garona, en occitano), que penetra en Aquitania, baña la capital, Tolosa, y desemboca en el Atlántico en un estuario cerca del cual se ha formado la ciudad de Bordèu (en gascón; Burdeos en castellano). Otro topónimo similar sería Uelhs deth Joeu (en aranés, Güells de Joeu en catalán; uno de los afluentes del Garona), que se nutre de los heleros del Aneto y la Maladeta. Son aguas que inicialmente se dirigen hacia el Mediterráneo, pero que, engullidas por un complejo sistema cárstico, acaban derivando hacia la vertiente atlántica de los Pirineos.

El nombre catalán güell es un probable préstamo del occitano uelh y no solo ha llegado a ser un antropónimo (que reconocemos en algunos de los hitos arquitectónicos más emblemáticos del modernismo barcelonés) sino que también figura como topónimo referido a algunas manifestaciones hídricas, como el río Güell, antiguo afluente del gerundense Onyar, pero que hoy día se encuentra regulado y canalizado hasta el río Ter.

La metáfora ojo-fuente en las variantes del catalán: «Ulls», «brulls» y «ullals»

En catalán, los topónimos que contienen el morfema ull pueden significar fundamentalmente dos cosas: o bien un agujero en una roca por el que pasa a determinadas horas la luz solar o, más a menudo, una fuente.

Un mundo de tautologías

Como en el caso de topónimos en los que el olvido o el desconocimiento del significado ancestral obliga a redundancias descriptivas, en catalán es frecuente encontrar este tipo de tautologías que vuelven a describir como fuente o pozo lo que inicialmente se llamaba ull. En este sentido en el Rosellón encontramos la Font de l’Ull, afloramiento que nutre la red de riego del municipio de Baó; en Cataluña, la Font dels Ulls, en Sant Hilari Sacalm (Montseny-Guilleries); en Mallorca, Sa font des Ulls en Banyola (sierra de Tramontana), y el Pou d’Ullaró, en Campanet; en el País Valenciano, la Font de l’Ull del Bou, en la montaña del Toro (la Valldigna); la Fonteta de l’Ull, en Beniarbeig (La Marina Alta); el Ull de la Font, en Tibi (La Foia de Castalla); y S’Ull de sa Font, en Tàrbena, una población de La Marina Baixa donde hablan salat por influencia de la repoblación mallorquina.

La pérdida del sentido del nombre original, y al mismo tiempo la necesidad de explicarse por qué se mantiene el topónimo, obliga en ocasiones a tratar de formular explicaciones ad hoc, como es el caso de la mencionada de Sant Hilari, cuyas aguas se consideran «buenas para los ojos»; o el Pou dels Ullets (en La Vila Joiosa, de La Marina Baixa), nombre que la gente atribuye al hecho de que, supuestamente, los miembros de la familia que domesticó el nacimiento de agua y lo transformó en un pozo «tenían los ojos pequeños».

De los ojos a los brulls

En Cataluña, dos nacimientos de ríos tienen el étimo oculofontanal: Ulldeter (< Ull de Ter, en El Ripollès), y Ull de Marimanya (por el río de Marimanya, en El Pallars Sobirà). Pero también hay otros topónimos oculares no ligados directamente al nacimiento de ríos, como es el caso del Ull de la Mola (Espira de l’Aglí), en el Rosellón, cerca de Salses; y L’Hort dels Ullets, en el Parque del Rey Jaime I de Elche (Baix Vinalopó). La comarca de La Valldigna, como hemos indicado antes, también es rica en este tipo de topónimos.

Por otra parte, quizá la intersección de los nombres de brollador (“manantial”) y ull es el origen de topónimos como Brull, en Cataluña, un municipio de Osona muy rico en fuentes, y donde también encontramos la Font del Brull; y, en L’Alta Garrotxa, el Salt del Brull. En el País Valenciano, encontramos la Font dels Brulls, en Ontinyent (La Vall d’Albaida).

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El río Guadiana se infiltra en las lagunas de Ruidera, a la izquierda, vuelve a aparecer después en los Ojos del Guadiana, a la derecha. Encontramos de nuevo un topónimo donde se relacionan los ojos con fuentes de agua.
«En el dominio castellano de la Península Ibérica es relativamente frecuente encontrar la metáfora “ojos” (‘fuentes’), no tan solo en topónimos, sino como recurso literario, sobre todo en obras renacentistas»

Los ullals continentales

Cuando la lluvia empapa rocas permeables, el agua se desplaza por las rutas de permeabilidad litológica hasta salir a la superficie a través de las fuentes, y si se acumula en trampas impermeables puede aflorar verticalmente. En catalán, recibe el nombre de ullal (< ull) una surgencia que llega a formar una charca de hasta decenas de metros de diámetro y en la que la emergencia del agua produce una vibración en la superficie. Este hidrónimo es el que quizá presenta más ejemplos en la geografía de los Países Catalanes.

En Mallorca, además de la tautológica Sa font de s’Ullal (Esporles), podemos encontrar S’Ullal de Llenaire (Pollença), Es Ullals de s’Albufera y Ullalets (Sa Pobla). En Cataluña abundan en las comarcas meridionales de las Tierras del Ebro y El Montsià, y en particular en el Delta, como es el caso de Els Ullals de Baltasar y los de Arispe, donde se ha encontrado una planaria endémica a la que certeramente le han puesto el nombre de Phagocata ullala.

En el País Valenciano han sido muy numerosos los ojos que nutrían la cadena de marjales que va desde el delta del Ebro a La Marina Alta, muchos de los cuales están hoy día desecados, como es el caso de Els Ullals de Oropesa, en La Plana Alta, o los cerca de cuarenta que nutren a la Albufera de Valencia, como los de Baldoví, Gran y de la Senillera. También encontramos casos semejantes en la comarca de la Safor-Valldigna, como Els Ullals de les Penyetes y el Gran del Gat, en Tavernes de la Valldigna; L’Ullal de Baix, y el del Bou, en Gandía; L’Ullal del Burro en Oliva… En La Marina Alta abundan los ojos repartidos por montañas y llanos, tanto los permanentes como los que tan solo se forman cuando llueve. Destacan Els Ullals de Pego o del (río) Bullent, donde los pegolinos van en verano a bañarse en el agua fresca que allí nace.

Una de las aportaciones que permitían mantener el extenso marjal situado en los tramos finales de los ríos Vinalopó y Segura provenía de diferentes ojos. Así se recoge en los mapas Valentia Regni del geógrafo flamenco Abraham Ortelius (s. xvi), y Valentia Regnum, de los cuñados neerladenses Garardum Valk y Petrum Schenk (s. xviii), donde aparecen consignados los topónimos «Hoyales» y «Hoya les» respectivamente en una transcripción que no puede esconder el origen del nombre, ullals. Lo mismo pasa con topónimos recientes del Bajo Segura, como El Cabezo del Ojal, donde los pobladores de Albatera y San Isidro han celebrado tradicionalmente la mona de Pascua (Martín Cantarino y Limorte Ruiz, 2008).

Los manantiales submarinos, los piratas berberiscos y el día del milagro

Cuando las rocas permeables se prologan bajo el fondo marino encajadas entre pliegues impermeables, es posible que se formen manantiales submarinos de agua dulce en medio de un entorno marino, salado, fáciles de detectar en lugares de poca profundidad y próximos a la costa (calas, playas…). Manantiales de este tipo han permitido abastecer de agua dulce navíos en ruta sin necesidad de arribar a tierra para buscar ­fuentes.

A menudo los lugares donde se ubican estos manantiales no utilizan este nombre, sino que el talasónimo (topónimo marino) destaca más bien el hecho de que sean lugares donde el agua dulce predomina sobre la previsible salada. En las Baleares encontramos la cala de S’Aigua Dolça en Artà (Mallorca) y S’Aigua Dolça en Ciudadela (Menorca). En Cataluña, la playa Aigua­dolç de Sitges (El Garraf), y la cala de Aigua Dolça en Palafrugell (El Baix Empordà). En el País Valenciano, las cordilleras Béticas se extienden desde el golfo de Cádiz hasta las Baleares. En el litoral de La Marina Alta, donde la cordillera empieza a sumergirse bajo el Mediterráneo, abundan manantiales de agua dulce: se encuentran hasta una treintena de ellos frente al Morro de Toix (Calpe) y al de Les Morres de Benitatxell; e incluso talasónimos tan descriptivos como la Cala (y el Cap y el Racó) d’Aiguadolç, en Denia; y la submarina Cova d’Aigua Dolça, en Xàbia (Ivars Cervera, 1995). En la costa de Torrevieja (Vega Baja) también hay referencia histórica de manantiales submarinos en las proximidades del Cap Roig (Cala Pardines) y de Punta Prima (Cala del Leño; hoy, de la Estaca).

La existencia de surgencias submarinas podía servir para abastecer de agua a las flotas de piratas, a la espera del momento idóneo para asaltar las haciendas y las poblaciones costeras, y a los barcos de cabotaje. Como en el siglo xvi los ataques de los piratas berberiscos eran muy frecuentes en la costa valenciana, el rey Felipe II de las Españas pidió un informe al ingeniero militar originario de Emilia-Romaña Gian Battista Antonelli sobre las necesidades defensivas. En el informe, de 1563, se señalaba la abundancia de calas con manantiales, y proponía cegar algunos, sobre todo de las comarcas de La Marina Alta y la Vega Baja (Boira Maiques, 1992).

Así pues, pervivencia de manantiales, recogida de talasónimos y referencias históricas nos han servido para situar fuentes activas o del pasado. Pero también hay otras vías para hacerlo, como son la tradición oral y, en particular, la que ha quedado fijada en la leyenda, el rito o el cuento. Como es el caso de El dia del miracle (“El día del milagro”), cuento recogido en Santa Pola (El Baix Vinalopó) y que aún cuentan los abuelos a los nietos (González Caturla, 1987). En esencia se dice que a mediodía del 10 de julio, festividad de san Cristóbal (el Tofolet, como le llaman hipocorísticamente en el pueblo), se vuelve dulce el agua de la playa de L’Antina. El cuento está repleto de elementos melodramáticos bien articulados: chica que llora, lágrimas de los ojos que se transforman en una fuente en la playa de L’Antina, conversión en sirena por la intercesión de un mago, nuevas lágrimas por no poder volver a gozar de su amante, etc. Sin embargo, más allá de estos componentes literarios, y del hecho de que se intentaba fijar una fecha para el inicio de la temporada de los baños de mar, lo que nos queda desde un punto de vista hidrogeológico es el recuerdo de la eventual y a menudo efímera reactivación de un manantial, que los ilusionados bañistas deseaban comprobar en su primer día de baño estival.

Reivindicación de la etnogeología

La geología, quizá más que cualquier otra ciencia, posee un lenguaje de profunda base cultural, y muchos de sus étimos forman parte del habla cotidiana. Curiosamente, sin embargo, los estudios etnogeológicos tienen pocos seguidores en Europa. Y eso sorprende, dada la fecundidad que genera, por ejemplo, la convergencia entre geólogos, arqueólogos y antropólogos acerca de temas como las ancestrales industrias líticas (de las «Edades de Piedra»), las técnicas metalúrgicas primitivas y las pervivencias actuales. O la que generaría el intercambio entre geólogos, ingenieros y lingüistas, con toda una toponimia ligada a estructuras o fenómenos geológicos.

Pero por eso hay que aprender a valorar los detalles de vibrante diversidad lingüística o interpretativa del paisaje como manifestación de la riqueza humana, como gemas preciosas de información que merece la pena rescatar, disfrutar y compartir con la colectividad. Hallazgos que a través de los nombres impregnan, aunque no seamos conscientes de ello, las concepciones sobre la vida y el entorno.

El pasado, la naturaleza, y también la naturaleza humana, laten dentro de las palabras. Y al conocerlas podremos sentirnos deslumbrados por la sabiduría humana y orgullosos de nuestra humanidad, compartida y al mismo tiempo diversa.

Y en esta dirección ha apuntado este trabajo, en la de conectar palabras y conceptos para potenciar la mutua relación entre naturaleza y cultura, favorecer la divulgación del patrimonio etnogeológico, y contribuir a tender puentes que posibiliten el tránsito entre diferentes campos del conocimiento, haciéndolos accesibles a quien quisiere saber sin tener que pasar necesariamente por las, por otro lado esenciales, especializaciones académicas.

Notas:
1.«El pasado no está muerto; de hecho, ni tan solo es pasado.». (Volver al texto)
2. Occhiu forma parte de los léxicos de Catania, Colimbo y Sicilia; pero solo en el sicilianu la hemos encontrado como metáfora, en el caso de un volcán que episódicamente emite fango a través de un ojo circular, el Occhiu di Macalubi. (Volver al texto)
3. Por ejemplo, el topónimo Llygad Llwchwr, “El ojo del Llwchwr”, se aplica a una fuente que está en la base de la gran muela sobre la que se levantan las ruinas del castillo de Carreg Cennen [carreg = “roca”]. (Volver al texto)
4. Siempre resulta orientador consultar el Diccionari Català-Valencià-Balear, de Alcover-Moll; y los de Joan Coromines: Diccionari etimològic i complementari de la llengua catalana, Breve diccionario etimológico de la lengua castellana y Onomasticon cataloniae. (Volver al texto)
5. El barrio donde se ubican las fuentes se llama El Aaiún. Tendríamos, pues, un doblete toponímico, ya que tanto la ciudad (Tetuán/Tittawin) como el barrio (El Aaiún) significan lo mismo, pero en dos idiomas diferentes. (Volver al texto)
6. No deja de ser curiosa la similitud fonética con la palabra alemana quell [pronunciada kvLl], que significa, en segundas y terceras acepciones y sobre todo en contextos poéticos, «fuente», y «ojo». (Volver al texto)

BIBLIOGRAFÍA
BOIRA MAIQUES, J. V., 1992. «Geografia i control del territori. El coneixement i la defensa del litoral valencià al segle xvi: L’enginyer Joan Baptista Antonelli». Cuadernos de Geografía, 52: 183-199.
GONZÁLEZ CATURLA, J., 2007. Rondalles del Baix Vinalopó. Aiguaclara. Alacant.
IVARS CERVERA, J., 1995. Els noms de lloc i de persona de Dénia. Institut d’Estudis Comarcals de la Marina Alta. Pedreguer.
MARTÍN CANTARINO, C. y J. LIMORTE RUIZ, 2008. Los cabezos, paraje clave del sistema ecocultural de El Hondo (I). WADI Project Working Paper nº 20. Projecte WADI-Universitat d’Alacant. Alacant.
WAGNER, L., 1950. «Ojos de agua» Nueva revista de Filología Hispánica, 4(1): 40-43.

Jaume Climent Soler. Ingeniero de Obras Públicas y licenciado en Ciencias Ambientales. Alicante.
Daniel Climent Soler. Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, y Máster of Science in Water Management (Cranfield University, Inglaterra). Palo Alto, California.
Daniel Climent Giner. Licenciado en Químicas y profesor de Ciencias de la Naturaleza. IES Badia del Baver. Alicante.
© Mètode 68, Invierno 2010/11.

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Existen también topónimos que no están ligados directamente al nacimiento de ríos, como es el caso del Hort d’Ullets, en el Parque del Rey Jaime I de Elche (Baix Vinalopó).

«La existencia de manantiales submarinos podía servir para abastecer de agua a las flotas de piratas, a la espera del momento idóneo para asaltar las haciendas y las poblaciones costeras, y a los barcos de cabotaje»

 

© Mètode 2011 - 68. Después de la crisis - Número 68. Invierno 2010/11

Catedrático de secundaria de Ciencias de la Naturaleza.
IES Badia del Baver (Alicante)

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