Otros mundos: vida en el universo

El descubrimiento de planetas alrededor de otras estrellas ha constituido un paso más en la búsqueda de vida extraterrestre. Ofrecemos una síntesis de los últimos descubrimientos sobre la posibilidad de existencia, y sobre la búsqueda, de vida inteligente, desde los avances en biología en la Tierra hasta la investigación espacial en curso, tanto dentro, como fuera, del Sistema Solar. Finalmente se hacen algunas reflexiones sobre la posible existencia de inteligencia fuera de la Tierra.

Otros soles

Cuando las personas de comienzos del siglo xxi levantamos la mirada hacia el cielo nocturno contemplamos el mismo firmamento que nuestros antepasados, pero interpretamos este espectáculo de manera radicalmente diferente. Mirando la bóveda celeste, vemos las estrellas como otros soles, objetos parecidos a nuestro “astro rey”, muchos de ellos acompañados de planetas. Debemos ser conscientes del privilegio que supone poder adoptar este punto de vista. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, la bóveda celeste se ha considerado como una entidad física real, una superficie negra sólida lejana, de la que colgaban las estrellas que, no lo olvidemos, nadie consideraba parecidas al Sol, sino sencillos puntos de luz de dimensiones moderadas enganchadas a la bóveda celeste como si se tratara de farolas.

Durante los últimos siglos, a partir de la revolución copernicana, se empezó a comprender que las estrellas están solas. Sólo han pasado unas décadas desde que se aclaró el origen de la energía estelar, y todavía no tiene diez años el descubrimiento efectivo de planetas alrededor de otras estrellas. Pasados unos cuantos siglos de especulación sobre la materia, finalmente podemos observar el firmamento nocturno con la seguridad absoluta (confirmada experimentalmente) de que la visión propuesta por Giordano Bruno sobre la pluralidad de mundos en el universo es cierta. La familia del Sol no constituye el único lugar en el cosmos. La ciencia confiaba en que esta visión sería correcta, pero el hecho de que este descubrimiento fuese esperado no lo convierte en menos trascendental.

Nuestro lugar en el universo

La ciencia moderna ha ido poco a poco colocando la Tierra y el ser humano en la posición de irrelevancia absoluta que les corresponde en el contexto cósmico. Se trata del proceso que Sagan denomina “la cadena de las grandes degradaciones”. Copérnico nos apartó del centro del universo, y con su gesto inició un proceso que aún continúa. El Sol ha resultado ser uno más entre centenares de miles de millones de estrellas en la galaxia. Después se ha comprobado que la galaxia es una entre centenares de miles de millones de sistemas parecidos que podemos detectar en el universo observable. En el ámbito de la biología, el ser humano ha dejado de ser especial y se considera ahora como una especie resultado de un proceso evolutivo ciego, caótico, que nos ha llevado a dominar el planeta de manera meramente interina: ni hemos existido siempre, ni habrá humanos indefinidamente, ni somos el objetivo buscado por ninguna especie de “proyecto” universal. El reciente descubrimiento de planetas alrededor de otras estrellas prolonga la cadena de hechos conocidos que han ido haciendo la Tierra y la humanidad cada vez menos especiales a escala cósmica.

Pero la culminación de la revolución copernicana no ha llegado todavía. Se producirá cuando la Tierra pierda la última característica que todavía la distingue y la hace especial entre todo lo conocido: la vida. Hoy en día son pocos los científicos que creen que la Tierra pueda ser el único refugio para la vida en un universo tan inmenso y rico. Ahora bien, ¿cuánto tiempo deberemos esperar hasta que se produzca de manera efectiva el descubrimiento de otro mundo habitado? Nadie lo sabe.

La vida tal y como la conocemos

La vida tal y como la conocemos no es, ni de lejos, la vida tal y como la conocían hace tan solo unos cuantos años. Durante las últimas décadas hemos presenciado un cambio de paradigma en biología que ha afectado a conceptos que se consideraban bien establecidos. Si antes se creía que las condiciones requeridas para la vida eran muy restrictivas, en la actualidad se conocen seres vivos capaces de sobrevivir en ambientes extremadamente hostiles, sometidos a presiones aplastantes, a temperaturas que superan los 100 grados centígrados, o también bajo cero, en medios muy salinos, ambientes muy ácidos, recibiendo altas dosis de radiación… Todo este mundo nuevo de seres llamados extremófilos ha ensanchado el rango de condiciones aceptables para la vida. A esto se debe añadir el descubrimiento y estudio de ecosistemas completos que no dependen de la energía del Sol para su funcionamiento, sino de fuentes insospechadas, como el calor interno del planeta. Todas estas novedades abren perspectivas diferentes en relación con la definición de mundo habitable, y en lo concerniente a la búsqueda de vida extraterrestre.

El universo está organizado de manera que la formación de estrellas, galaxias y planetas parece un proceso inevitable. La cuestión central que intenta responder la nueva disciplina de la astrobiología (dedicada al estudio de la vida en un contexto cósmico) consiste en aclarar si la aparición y desarrollo de la vida es también un acontecimiento inevitable, necesario dado el carácter de las leyes físicas, o si, contrariamente, los procesos biológicos constituyen una anomalía de probabilidad exigua. El copernicanismo nos mueve a pensar que no somos especiales, que en el universo, o incluso en la galaxia, debe haber muchas otras “Tierras”. Pero no lo sabemos. Todavía sería posible que, al fin y al cabo, la Tierra fuera un lugar especial.

Marte: la clave al lado de casa

La geología y la biología han encontrado indicios de que la vida existía en la Tierra en épocas tan tempranas como hace 3.850 millones de años. La edad de la Tierra se estima en menos de 5.000 millones de años y, además, durante los primeros tiempos el ambiente era extremadamente hostil a causa del infernal ritmo de impactos a los que estaban sometidos todos los cuerpos del Sistema Solar. Sorprendentemente, llegamos a la conclusión de que los primeros indicios de vida en la Tierra coinciden con la época en la que el planeta comenzó a ser un lugar mínimamente estable y habitable. En otros términos: la vida surgió en la Tierra tan pronto como le fue posible; aprovechó la primera oportunidad.

Este hecho plantea una incógnita muy importante: ¿la vida aparece siempre cuando se le presenta la primera, aunque mínima, oportunidad? O por el contrario, ¿es habitual que la vida tarde muchos millones de años en aparecer incluso en los lugares donde las condiciones son adecuadas? En este caso, la aparición de vida en la Tierra en épocas tan tempranas constituiría una excepción más que la norma.

Marte es un planeta cercano a la Tierra, más pequeño y más alejado del Sol. No hay unanimidad sobre la habitabilidad actual de este planeta, aunque la mayoría de científicos opina que muy probablemente Marte es ahora un mundo muerto. Ahora bien, sabemos que en un pasado lejano, hace miles de millones de años, las condiciones ambientales de Marte eran muy diferentes, incluso acogedoras para la vida. Si efectivamente la vida, con carácter general, aprovecha toda oportunidad que se le ofrece, entonces Marte habría contado con una biosfera (más o menos desarrollada) en aquella época. Podría ser que el descubrimiento de vida extraterrestre fuera inminente: aunque se tratara simplemente de fósiles marcianos, o (con menos probabilidad) de microbios vivos, este descubrimiento significaría que es cierto que la vida aparece siempre que tiene ocasión. Entonces tendríamos razones sólidas para sospechar que el universo entero está lleno de vida. Si, por el contrario, se llegara a la conclusión que, aun presentando condiciones adecuadas, la vida no ha llegado a aparecer nunca en Marte, eso apuntaría hacia la dificultad del surgimiento de la vida. En ese caso, probablemente la vida es un fenómeno poco frecuente en el universo.

Marte no ofrece el único banco de pruebas de estas características en nuestro entorno inmediato. Hay otros miembros del Sistema Solar con rasgos interesantes para la astrobiología, como el satélite de Júpiter denominado Europa (que podría tener océanos de agua salada líquida bajo la corteza helada) o el satélite de Saturno, Titán (dotado de una atmósfera compleja, descubierta por Josep Comas i Solà a inicios del siglo XX y donde tienen lugar procesos químicos que recuerdan a los que tuvieron lugar en la Tierra primitiva).

En consecuencia, la exploración del Sistema Solar para buscar indicios de vida presente o pasada se muestra fundamental para nuestro conocimiento de las probabilidades de vida en todo el universo.

Visión de la Vía Láctea en verano desde el hemisferio norte de la Tierra. Desde nuestro planeta llegamos a detectar tan solo una parte muy pequeña de las estrellas que contiene nuestras galaxia, que superan los cien millones.

Vida en la Galaxia

Debemos contar con la posibilidad de que ninguna de las misiones espaciales proyectadas para el futuro previsible encuentren indicios de vida en ningún otro lugar del Sistema Solar. Aunque eso reduciría las esperanzas de encontrar vida en otros sitios del universo, sería inevitable dirigir la mirada hacia las estrellas que acompañan al Sol en la galaxia para buscar mundos habitables y, quizá, habitados, a su alrededor. En realidad, la exploración astrobiológica del Sistema Solar y el estudio de la habitabilidad de otros sistemas estelares no son líneas de trabajo incompatibles, sino complementarias, y, de hecho, ya están en preparación algunos proyectos que permitirán identificar en la galaxia otros planetas habitables. Aplicando medios técnicos de vanguardia, misiones espaciales como Eddington, Kepler o Darwin podrían proporcionarnos los primeros ejemplos de planetas parecidos a la Tierra, durante las décadas próximas.

Aun así, una cosa es encontrar planetas adecuados o habitables y otra muy diferente identificar si efectivamente hay vida allí. Los planetas parecidos a la Tierra son muy pequeños y quedan escondidos por el brillo de sus estrellas centrales, lo que hará muy difícil encontrarlos y, todavía más, estudiarlos detalladamente. La astronomía actual está poniendo a punto los instrumentos necesarios, con la esperanza de que el tiempo requerido para el descubrimiento de otro mundo habitado no sea de siglos, sino mucho más corto.

Vida inteligente al universo

Al considerar la posible existencia de vida extraterrestre, no podemos evitar preguntarnos si la inteligencia podría haber surgido también en otros mundos. A veces, llegando a este punto se hace el chiste fácil (que no comparto) de afirmar que todavía falta demostrar la existencia de vida inteligente en la Tierra. Ahora bien, la vida ha ido desarrollándose en la Tierra durante los más de tres mil millones de años iniciales sin alcanzar el grado de complejidad característico de los animales superiores. Durante la inmensa mayor parte de su historia, la vida terrestre ha consistido solamente en microbios marinos muy interesantes, pero con los que habría sido bastante aburrido mantener una conversación. Los animales superiores que tan normales nos parecen cuentan menos de seiscientos millones de años de historia. Y la conciencia tiene un historial infinitamente más corto.

Antes planteábamos la duda de si la vida aparece siempre que tiene ocasión, o sea, si la vida se puede considerar un imperativo cósmico. No es necesario plantearse la misma pregunta en lo concerniente a la inteligencia: sabemos, porque conocemos el ejemplo de la Tierra, que la aparición de la inteligencia no es un imperativo biológico desde un punto de vista evolutivo. Es posible que el número de planetas habitados en la galaxia sea de millones, pero que los habitantes sean sin excepción seres unicelulares o, a veces, animales y plantas inferiores. Si la inteligencia ofreciera ventajas adaptativas obvias, no habría tardado tanto en aparecer en la Tierra. No son pocos los biólogos que consideran la inteligencia un accidente evolutivo. Si pudiéramos hacer retroceder el tiempo para reiniciar la serie de procesos aleatorios que constituyen la historia de la vida de nuestro planeta, seguro que el resultado final sería muy diferente, y probablemente no habría nadie haciéndose preguntas sobre el sentido de la existencia. Habría que añadir que la inteligencia tampoco implica automáticamente la capacidad de establecer comunicación interestelar, porque para hacerlo hay que desarrollar tecnología, y solamente una especie en la Tierra (entre las diversas con un cierto grado de inteligencia que hay, o que ha habido) ha adquirido esta habilidad. Todavía falta demostrar, además, que la tecnología necesaria para la comunicación interestelar no nos pueda conducir también a la extinción en forma de guerra atómica, catástrofe climática, envenenamiento químico por dioxinas o envenenamiento mental por telebasura.

En conclusión, parece justificado un cierto escepticismo a la hora de evaluar las posibilidades de que “allá afuera” haya alguien inteligente con quien hablar. No obstante, las incógnitas involucradas son tan enormes que esta argumentación podría ser errónea. La prudencia, pues, convierte en razonable una aproximación empírica a la cuestión de la comunicación con inteligencias extraterrestres en forma de búsquedas sistemáticas de radioseñales artificiales (los llamados programas SETI): aunque fuera verdad que las probabilidades de éxito sean reducidas, también es cierto que el premio que se puede ganar sería inmenso y, como se acostumbra a recordar en estos casos, si no se llevan a cabo este tipo de investigaciones, entonces las probabilidades de éxito se vuelven sencillamente cero.

David Galadí-Enríquez. Investigador del Centro de Astrobiología (Torrejón de Ardoz, Madrid).
© Mètode 31, Otoño 2001.

 

Los satélites galileanos de Júpiter. A partir de la izquierda: Io, Europa, Ganímedes y Calisto. Últimamente, gracias a los descubrimientos de la sonda española Galileo, el interés astrobiológico se ha centrado en la posible existencia de océanos de agua líquida bajo la superficie de algunos de estos mundos, en particular de Europa.
Foto: JPL/NASA

 

 

Marte constituye, por diferentes razones, el objetivo astrobiológico primordial del Sistema Solar. Esta imagen muestra parte del volcán Olympus Mons.
Foto: JPL/NASA

 

«Hoy en día son pocos los científicos que creen que la Tierra pueda ser el único refugio para la vida en un universo tan inmenso y rico»

 

 

Imágenes del río Tinto, Huelva, donde sobreviven microorganismos en un medio ácido (pH=2), en un ecosistema bajo condiciones extremas basado en el metabolismo del hierro: un buen ejemplo de formas de vida extremófilas en la Tierra.
Fotografías: David Fernández Remolar, Centro de Astrobiología

 

 

Titán, satélite de Saturno, único satélite del Sistema Solar con una atmósfera substancial. La química orgánica de esta atmósfera podría ilustrar el estado de la atmósfera terrestre al inicio de la historia de nuestro planeta.
Foto: STScI/NASA

 

«Si la inteligencia ofreciera ventajas adaptativas obvias, no habría tardado tanto en aparecer en la Tierra. No son pocos los biólogos que consideran la inteligencia un accidente evolutivo»

 

 

Júpiter es el planeta más grande del Sistema Solar y está compuesto sobre todo de gases: hidrógeno y helio. Los planetas descubiertos ahora mismo alrededor de otras estrellas son parecidos a Júpiter, aunque en el futuro se espera encontrar planetas más pequeños y rocosos, parecidos a la Tierra.
Foto: NASA

 

 

La galáxia espiral NGC 6946, parecida a la nuestra. En el universo observable se conocen más de cien mil millones de galaxias. Todavía no disponemos de los conocimientos necesarios para evaluar la probabilidad de que alguna de ellas esté habitada como la nuestra. 

© Mètode 2013 - 31. ¿Existe la ciudad soñada? - Disponible solo en versión digital. Otoño 2001

Investigador del Centro de Astrobiología (Torrejón de Ardoz, Madrid).

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