Tierras marginales, abandono del campo y erosión

Neglected lands, abandoned countryside and erosion. The effect that land abandonment has on soil erosion is reviewed by the author, supported by his research which spans more than a decade and studies a variety of environmental conditions. When land becomes abandoned erosion rates increase, even though vegetation recovery and soil development lead to a decrease in sediment loss after a number of years. In any event, such neglect results in a loss of landscape diversity. 

Durante las últimas cinco décadas, la literatura científica ha acuñado el término tierras marginales para hacer referencia a los espacios abandonados como consecuencia de su escaso valor productivo. Estas áreas deprimidas se encuentran en extensas zonas de montaña del Mediterráneo septentrional. El abandono del cultivo ha sido fruto de los cambios económicos sufridos por la Europa mediterránea en la segunda mitad del siglo XX, y de la dificultad de mecanización del cultivo en laderas de elevada pendiente.

El concepto de tierra marginal se refiere a aquellas tierras de escasa fertilidad, lo que llevó, en sistemas socioeconómicos de autoabastecimiento, a su explotación como pastos, bosques, matorrales o incluso eriales. En la cuenca mediterránea, al menos la mitad de los suelos presentan limitaciones para el cultivo con las modernas técnicas agrícolas. Suelos poco potentes, pedregosos, escasos en nutrientes y situados en laderas muy pendientes explican estas circunstancias.

Campos de almendros en Murcia. El cultivo en condiciones climáticas mediterráneas en laderas de elevada pendiente favorece altas tasas de erosión, especialmente cuando no se construyen muros y se labra en el sentido de la pendiente. / Foto: A. Cerdà

Sin embargo, una tierra marginal viene dada no sólo por sus condiciones innatas, sino también por la acción antrópica. Prácticas culturales poco adecuadas han llevado a muchos suelos mediterráneos a perder su horizonte orgánico, a reducir su profundidad, a desarrollar costras superficiales, a modificar su estructura, etc. Estas prácticas agrícolas esquilman el suelo, y han sido en algunos casos un factor importante a la hora de abandonar algunas explotaciones. No obstante, los cambios sociales y económicos han sido la causa principal del abandono del campo.

La visión actual de la marginalidad de la tierra está cada vez más íntimamente relacionada con la acción del hombre. Así, sobre tierras pobres y poco fértiles se han desarrollado en ocasiones cultivos de elevada productividad y alto valor añadido. Ejemplos de ellos son las zonas del Campo de Dalias en Almería, o Águilas en Murcia. En cambio, tierras fértiles como las de las laderas y valles del País Valenciano fueron abandonadas y consideradas tierras marginales hace tan sólo unas décadas.

Una reflexión necesaria para entender la respuesta y evolución posterior de los espacios abandonados se enmarca en los cambios de usos. Al abandonarse el cultivo en zonas de montaña se produce la aparición de otros aprovechamientos (pastoreo, explotación cinegética, explotación forestal…). Todo ello significa que los espacios montanos siguen asistiendo al mantenimiento de la sociedad. Además, esos amplios espacios de montaña contribuyen con abundantes caudales de aguas limpias a las zonas densamente habitadas de las costas, reducen las tasas de erosión y mantienen espacios de gran valor paisajístico. Por lo tanto, esas “tierras marginales” son generadoras de riqueza debido a que filtran y depuran las aguas, regeneran los suelos tras el abandono y aumentan la diversidad, tanto florística como faunística.

Figura 1. Cambios en los perfiles de humedad después de experimentos con lluvia simulada (55 mm h-1) en suelos con diferentes edades de abandono. La tasa de erosión durante esos experimentos se presenta en g m2 h-1. Tras el abandono se produce un aumento de las tasas de erosión, pero una vez se recupera la vegetación la tasa de erosión se vuelve insignificante. Sólo los incendios reactivan los procesos erosivos, pero si son recurrentes el suelo se cubre de un enlosado de piedras que impide la pérdida de material fino, y con ello reduce la tasa de erosión a valores insignificantes.

 

Los riesgos de erosión tras el abandono

El abandono del campo determina que los procesos naturales se instalen en un ámbito antropizado. Así, el suelo queda desnudo durante algunos meses o años, se desarrollan costras superficiales que reducen la tasa de infiltración y aumentan las escorrentías y el suelo perdido. Sin embargo, a largo plazo se recupera con facilidad la cubierta de herbáceas, a las que siguen el matorral y en ocasiones el bosque. Los estudios realizados en el Pirineo Aragonés, en la montaña alicantina, en el departamento de Tarija en Bolivia, y en la cuenca del río Guadalentín en Murcia, han demostrado que los campos abandonados recuperan la vegetación con facilidad, y tras una década, la cubierta de matorral reduce las tasas de erosión de una forma drástica.

Los estudios del grupo de investigación Erosión y Usos del Suelo del Instituto Pirenaico de Ecología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas han demostrado durante dos décadas que el abandono del cultivo se convierte a largo plazo en una estrategia de protección del suelo al reducir las tasas de erosión en zonas húmedas como los Pirineos. Además, también favorece un aumento de las tasas de infiltración, lo que se traduce en menores escorrentías y en un aumento del agua disponible por los suelos y las plantas (tabla 1).

Uso del sueloEscorrentías
(%)
Erosión
(Mg ha-1 año-1)
Rozas3,910
Cereal3,15,2
Barbecho4,515,5
Abandonado1,41,1

Tabla 1. Erosión y escorrentías bajo distintos usos del suelo en el Pirineo central aragonés (García Ruiz, 1996).

La reducción de las tasas de erosión, lejos de producirse inmediatamente después del abandono tarda algunos años en establecerse. Un estudio del Departamento de Geografía de la Universitat de València mediante lluvia simulada en campos de cultivo abandonados en la Vall de Gallinera demostró que los primeros años tras el abandono las tasas de erosión se pueden disparar. Tras el primer año, en el que las tasas de erosión eran muy altas, la vegetación aumenta su masa y densidad. Ello favorece el crecimiento de la hojarasca y materia orgánica en el suelo, lo que conduce a suelos más porosos que facilitan el aumento de la retención hídrica y una penetración más profunda del agua infiltrada (fig. 1).

Figura 2. Cambios en la estructura y cubierta vegetal tras el abandono del cultivo en campos sobre margas en la cuenca del río Guadalentín. Las tasas de erosión tienen una evolución altamente dependiente de la cubierta vegetal.

En zonas más áridas, la recuperación de los suelos abandonados es mucho más problemática, con lo que se pueden convertir en zonas productoras de sedimentos. Por ello, se estudió el efecto del abandono del cultivo bajo condiciones más áridas (< 300 mm año-1), mediante la financiación de la Unión Europea en la cuenca del río Guadalentín, en el sudeste de la Península Ibérica. Allí, la política agraria de la UE ha favorecido el abandono de tierras poco productivas. Los estudios desarrollados por la Universiteit van Amsterdam (Cerdà, 1997) demostraron que los campos abandonados recuperan lentamente la cubierta vegetal, y en ellos las costras se desarrollan con facilidad. El análisis exhaustivo de la zona de Cañada de Cazorla en Murcia demostró que las tasas de erosión eran mayores en los campos recientemente abandonados que en los suelos cultivados, los cubiertos por vegetación espontánea como el pinar o por esparto (Stipa tenacíssima L.), e incluso mucho mayor que en los campos de cultivo después de 10 años de abandono en los que la cubierta de Artemisa herba-alba Asso era densa (figura 2). El aumento de las tasas de erosión después del abandono está relacionado con la reducción de la porosidad del suelo. Y esto es debido a una degradación general del suelo que afecta a distintas características edáficas, tanto físicas como químicas.

El abandono de cultivo también ha sido estudiado fuera del Mediterráneo. El estudio en distintas zonas de los Andes (departamento de Tarija, sur de Bolivia) demostró que el abandono es parte de la estrategia de los agricultores para conseguir que las tierras esquilmadas recuperen parte de su fertilidad. Así, en los valles medios de los Andes es habitual encontrar parcelas en las que la vegetación espontánea de churqui, Acacia caven (Mol.) Mol. Leguminosae, crece durante años y favorece la recuperación de la estructura, fertilidad y biota del suelo. Nuestros estudios han demostrado que la estructura del suelo mejora tras diez años de abandono y que, además, los agregados son más estables debido al aumento de la materia orgánica, y al no laboreo practicado en estos suelos.

El abandono ha supuesto un cambio en el paisaje que ha conducido hacia su homogeneización. Montaña de Alicante. / Foto: A. Cerdà

Abandono o cambio de uso

El abandono de los cultivos determina que, a corto plazo, en los suelos se instalen condiciones favorables al desarrollo de altas tasas de erosión. Sin embargo, a largo plazo, la recuperación vegetal favorece la reducción de las tasas de erosión, además de incorporar restos vegetales que propiciarán el aumento de la biota edáfica y con ello el desarrollo de los suelos. La positiva evolución de las condiciones edáficas tras el abandono es lo que determina la reducción de las tasas de erosión. Sin embargo, en ocasiones encontramos suelos que tras décadas de abandono aún mantienen altas tasas de pérdida de suelo. Esto se debe a que tras el abandono de las prácticas agrícolas, el suelo, lejos de quedarse libre de la presión humana, sufre otras explotaciones. Es muy habitual que los campos abandonados en la montaña valenciana y en la pirenaica sean aprovechados para el pastoreo. Esto dificulta la recuperación vegetal y edáfica. En otras ocasiones, además del pastoreo, los campos abandonados son explotados al sufrir repetidas siegas de plantas aromáticas.

Allí donde el abandono de las labores agrarias es total se comprueba que la regeneración de la cubierta vegetal tiene éxito, con lo que las tasas de erosión se reducen drásticamente. Y ello conduce a que tarde o temprano se produzca un incendio forestal que lleva otra vez a condiciones de reducida protección vegetal y elevadas tasas de erosión. Una buena política de prevención de incendios sería incentivar el cultivo de los fondos de valle, con el fin de que éstos actuasen como cortafuegos. Además, estas zonas son las más fértiles, por lo que cuando son abandonadas generan una gran biomasa que en el momento de los incendios aviva los fuegos al convertirse en verdaderas chimeneas por causa de la componente orográfica.

Vista de una ladera de la Serra Grossa en Canals después de los incendios de 1994. Tras los incendios forestales se puede comprobar cómo los bancales ocuparon, hace tan sólo unas décadas, zonas insospechadas./ Foto: A. Cerdà

Los datos aquí aportados inducen a pensar que –en general– as labores de repoblación están de más en zonas donde la revegetación espontánea tiene tanto éxito. En todo caso, la introducción de algunas especies forestales de alto valor (Quercus ilex L., Quercus suber L.) facilitaría la diversidad y la aceleración de los cambios en la composición florística. A pesar de ello, la política de revegetación de espacios abandonados sigue incentivando especies pirófitas como Pinus halepensis

El abandono de las prácticas agrarias está dando lugar a una pérdida de diversidad paisajística. Allí donde había bosques, matorrales, prados de siega, prados de diente, barbecho, cereal, hortalizas, frutales, etc., dentro de unos años sólo quedará una cubierta de matorral y bosques, y en unas décadas sólo bosques. Esto también supone una tendencia hacia la pérdida de diversidad, en este caso cultural y paisajística, que debemos atajar y si es posible invertir. No debemos permitir que el paisaje diverso y rico de las montañas mediterráneas basado en un mosaico de usos y aprovechamientos diversos se convierta en un paisaje monótono y pobre a causa del abandono. Y todo ello no tiene por qué estar reñido con la conservación de suelos.

El autor agradece la colaboración de A.C. Imeson de la Universiteit van Amsterdam, de J.M. García Ruiz, del Instituto Pirenaico de Ecología (CSIC); de P. García Fayos, del Centro de Investigaciones sobre Desertificación (CSIC); de H. Lavee, del Laboratory for Geomorphology and Soils de la Bar-Ilan University; y de D. Preston, de la University of Leeds en los estudios realizados en la cuenca del río Guadalentín, los Pirineos, Israel y Bolivia. El proyecto REN2002-00133/GLO financió parte de esta investigación.

REFERENCIAS
Balcells, E.
, 1978. “La montaña como reserva”. Estudios Geográficos, 153: 443-472.
Cerdà, A., 1997: “Soil erosió after land abandonment in a semiarid environment of Southeastern Spain”. Arid Soil Research and Rehabilitation,11: 163-176.
Cerdà A., 2000.  “Aggregate stability against water forces under different climates on agriculture land and scrubland in southern Bolivia”. Soil & Tillage Research, 57: 159-166..
Cerdà, A., 2000. Erosión hídrica del suelo en el Territorio Valenciano. El estado de la cuestión a través de la revisión bibliográfica. Geoforma Edicions. Logronyo.
García Ruiz, J. M., 1996. “Marginación de tierras y erosión en áreas de montaña.” En: Lasanta T. i J. M. García Ruiz,
J. M. (eds.).  Erosión y recuperación de tierras en áreas marginales. Instituto de Estudios Riojanos. Sociedad Española de Geomorfología. Logroño.
Rodríguez, J., Pérez
R. i A. Cerdà, 1991. “Colonización vegetal y producción de escorrentías en bancales abandonados: Vall de Gallinera, Alacant”. Quaternari i Geomorfologia, 5: 119-129.

© Mètode 2002 - 36. Paisajes del olvido - Disponible solo en versión digital. Invierno 2002/03

Catedrático de Geografía Física de la Universitat de València. Investigador del Soil Erosion and Degradation Research Group (SEDER). Depar­tamento de Geografía, Universitat de València.