La difusión de la actividad científica

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Una de las cuestiones que más preocupa en la actualidad a la sociología de la ciencia es el problema de la transmisión del conocimiento científico y sus aplicaciones. Desde hace unos doscientos años y de manera creciente, la ciencia se ha convertido en una actividad socialmente institucionalizada, de alcance internacional, ejecutada por colectivos de científicos en comunicación, entre los cuales comparten ideas, pautas de conducta y valores. Nada más lejos de aquella ingenua idea de la ciencia como forma de conocimiento de una verdad progresivamente desvelada e ideológicamente neutra. El uso social, político y militar de la ciencia ha alcanzado su máxima expresión histórica a partir de la II Guerra Mundial, cuando las grandes superpotencias se dieron cuenta de que solo a través de la ciencia y sus productos podían consolidar su posición de poder hegemónico. 

Por otro lado, una parte del planeta ha asistido durante las últimas décadas a una verdadera revolución tecnológica, la cual ha modificado drásticamente todos los esquemas de funcionamiento no solamente del mundo de las industrias y empresas de todo tipo, sino que ha penetrado también en los más sutiles rincones de la vida íntima y cotidiana de los ciudadanos. Por decirlo lisa y llanamente: la actividad científica y sus aplicaciones técnicas han trastrocado nuestro mundo (económico, social o personal) y se han convertido en un factor social de primera magnitud.

Pero no olvidemos que este proyecto de secularización del conocimiento, en todas sus vertientes, que llamamos ciencia abarca una infinidad de construcciones racionales que no solo tienen relación con el mundo o la naturaleza, sino también con el hombre, la sociedad y la cultura. Sin embargo, la experiencia nos demuestra que todas estas ramas del conocimiento científico a menudo se han desarrollado de acuerdo con tradiciones propias y aisladas, creando culturas científicas de características muy diferentes. La vieja distinción entre ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu establecía una lamentable separación entre dos culturas científicas diferentes tanto por el método como por el objeto de estudio. A finales del siglo xx, la instalación social de la ciencia y las relaciones entre la cultura científico-natural y la humanística deben ser objeto de una reflexión que sirva para establecer nuevas coordenadas.

Al científico se le pide un comportamiento ético de acuerdo con los valores de la cultura occidental. Se le otorga la condición de portavoz de la modernidad, la responsabilidad del estudio crítico y la difusión a la sociedad de los valores de la racionalidad y de los contenidos históricos, artísticos y culturales. 

La Universidad –en tanto que principal institución que desde hace siglos cumple la función social del cultivo de la ciencia y de la difusión de la cultura– se encuentra, en consecuencia, en el epicentro de la controversia. A ella le corresponde promover la investigación y transmitir sus frutos; atender al ideal de alcanzar una comprensión cada vez más completa del mundo, del hombre y de la sociedad, sin tener que recurrir al mito o a las creencias. Pero también le corresponde responder al mismo tiempo a las demandas inmediatas que le plantea la sociedad que la rodea. Se trata de un difícil equilibrio que no se tendría que romper en nombre de la pervivencia de los valores que la ciencia y la cultura han sedimentado alrededor de la institución universitaria.

Es por eso que, hoy más que nunca, la Universidad tiene que hacer valer ante la sociedad los valores culturales que representa, legitimarla y legitimarse, transmitirle sus descubrimientos, sus dudas, sus realizaciones técnicas y sus fracasos, en un diálogo que debería ser más fructífero y crítico que nunca. Los medios para hacerlo podrían ser muchos. En la idea de recoger este espíritu, el Rectorado de la Universitat de València ha querido sumarse a muchas otras iniciativas orientadas a abrir vías de comunicación entre los universitarios y la sociedad. Entre los universitarios, para dar a conocer el trabajo de investigación tanto de naturalistas como de humanistas y contribuir así a romper la dicotomía tradicional entre estas dos culturas; con la sociedad, porque, seguro, podrá sacar provecho del trabajo que se hace en nuestros laboratorios, seminarios y bibliotecas, y eso aportaría los tan necesarios elementos de contraste.

Todas estas ideas han coincidido en la realización de un proyecto de difusión de la investigación científica de la Universitat de València que aúna el rigor con la amenidad: la edición de la revista Mètode. Convencido como estoy de que viene a cubrir un hueco en el mundo universitario y en la sociedad valenciana, solo me queda desearle que los dioses le deparen una larga vida. 

Josep Lluís Barona Vilar. Historiador de la Ciencia y vicerrector de Relaciones Exteriores.
© Mètode 75, Otoño 2012. Artículo publicado en el número 0 de la revista, 1992.

 

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Facsímil del artículo publicado en el número 0 de la revista.

 

 

 

«Convencido como estoy de que Mètode viene a cubrir un hueco en el mundo universitario y en la sociedad valenciana, solo me queda desearle que los dioses le deparen una larga vida»

 

© Mètode 2012 - 75. El gen festivo - Otoño 2012

Catedrático de Historia de la Ciencia de la Universitat de València.