Inventar

Hedy Lamarr

Hedy Lamarr / Ilustración: Anna Sanchis

Se llamaba Hedwig Eva Maria Kiesler. En la Austria de los años treinta estudiaba ingeniería, actividad entonces insólita en una niña de familia bien (y bellísima, además). Pero dejó las matemáticas por las artes escénicas y se hizo actriz. Conmovió las pantallas al aparecer desnuda durante algunos inquietantes minutos en la película Ekstase (1933), el primer desnudo integral del cine comercial. El fabricante de armas filonazi Fritz Mandl se encaprichó de ella, se casó y la esclavizó, celoso como era. Hedwig acabó huyendo, a Francia primero y a los Estados Unidos después, donde reanudó su carrera con el nombre que la haría famosa por todo el mundo: Hedy Lamarr, la deslumbrante estrella de los cuarenta.

Y la mucho menos conocida inventora. De casada con Mand­l, había estirado de la lengua a los amigos de su marido, lo que, años después, le permitió pasar a los aliados algunos secretos técnicos alemanes supuestamente bien guardados. Pero es que, además, inventó la técnica de conmutación de frecuencias, que patentó en 1942 a nombre de H. K. Markey, es decir, las iniciales de soltera y el apellido de su nuevo marido norteamericano. El invento tuvo aplicaciones en el control radioeléctrico ininterferible de torpe­dos y, con el desarrollo de la electrónica, en la dirección de misiles, en la comunicación de datos WIFI y en la telefonía de tercera generación.

«A Hedy Lamarr le interesaba hundir submarinos alemanes. Era una actriz que, en el fondo, quería ser inventora. Y lo fue»

Hedy Lamarr detestaba a los nazis. Los espectadores de sus películas ignoraban estas inclinaciones o su capacidad tecnológica y preferían mirarle las piernas (es una forma de hablar). A ella, más que nada, le interesaba hundir submarinos alemanes. Se ha sabido después, cuando ya era una viejecita retirada en Orlando (donde murió en el 2000, a los 86 años). Así pues, era una actriz que, en el fondo, quería ser inventora. Y lo fue.

¿Quién inventa las cosas? Raramente las vampiresas cinematográficas, está claro. Y, hoy en día, ya casi que nadie en concreto. La investigación es un proceso coral y la tecnología aún más. El siglo XIX dio inventores conocidos y reconocidos: Alexander Graham Bell patentó el teléfono (1876); Thomas Alva Edison, el fonógrafo (1877) y la bombilla de incandescencia (1879); Guglielmo Marconi, la radio (1897)… Pertenecen a la época heroica en que se investigaba solo o en pequeños equipos que no se nutrían de los descubrimientos de nadie más. Todo el mundo recuerda su nombre y sus méritos, mientras que casi nadie sabe que navega por Internet gracias a nuestro contemporáneo Tim Berners-Lee (nacido en 1955) e inventor (1989) del World Wide Web. Se explica porque Berners-Lee no habría podido hacer nada sin el CERN (Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire), donde trabajaba, o sin la previa existencia de la red Arpanet, creada (1969) por la UCLA (University of California – Los Ángeles), y de la red WAN, puesta en marcha (1983) por la NSF (National Science Foundation).

Podría decirse que, hoy, la ciencia descubre fenómenos, la tecnología implementa soluciones y la industria crea productos. El invento ha pasado a ser casi una extravagancia y así lo recoge el lenguaje popular, que –muy injustamente– otorga al término un significado pintoresco o medio jocoso. Los estrafalarios y famosísimos inventos que el ficticio profesor Franz de Copenhague publicaba en el TBO enterraron, en los años cincuenta y sesenta, la honorabilidad remanente de los respetados inventores del siglo XIX.

Es una lástima. Se podría crear el máster de inventor, ahora que el proceso de Bolonia ha sido aprovechado para elevar la categoría apelativa de algunos relictos conceptuales. Nos tendremos que conformar con la celebración anual del Día Internacional del Inventor, que se celebra el 9 de noviembre. Es el día en el que nació Hedy Lamarr, precisamente.

© Mètode 2010 - 65. Nano - Número 65. Primavera 2010
Doctor en Biología, socioecólogo y presidente de ERF (Barcelona).