Lecturas himalayas

No he sido nunca demasiado aficionado a viajar. Soy una persona de horizontes reducidos, de costumbres repetidas, de rutinas aceptadas. He salido muy poco al extranjero y siempre sin dejar el sur de Europa. ¡Qué le voy a hacer! Primero no tenía dinero. Después me faltaba el tiempo. Ahora, estoy siempre cansado. Y salvo breves excursiones por las comarcas valencianas, lo cierto es que cualquier otra salida me resulta abrumadora por su preparación y, en muchos casos, por su mismo cumplimiento.

En contraste con todo esto, soy un lector habitual de libros de viajes. No pienso en ninguna ley de compensación para explicar esta aparente paradoja. Me gustan muchísimo los relatos de tantos y tantos viajeros, por tantas y tantas partes del mundo, en tantas y tantas épocas… los cuales, sin embargo, no han sido capaces de convertirme a mi vez en un viajero. Y no penséis que me trago este tipo de literatura como evasión de otra más exigente. Quien piense que el libro de viajes es un género sencillo, de fácil lectura, es que no conoce ningún ejemplo genuino.

Un subgénero muy especial siempre me ha fascinado de manera particular –y, por cierto, me ha provocado sensaciones diferentes a las suscitadas por otros libros de viajes–: el relato de las expediciones a las regiones del Himalaya y sus alrededores. Ser azotado en la poltrona por los vientos iracundos del altiplano del Tíbet, rondar por el pasillo envuelto por bosquetes de rododendros en Bhután, vislumbrar desde la cama las cimas nevadas del Dhaulaghiri o el Shisha Pangma… son pequeños placeres –y, de manera excepcional, grandes envidias– para quien tiene como conquistas más notables la Peñaparda de Andilla, el Penyagolosa y el Montcabrer.

Los viajes por el Himalaya, por el Tíbet, por el Karakorum, parece que van asociados a superhombres, y por eso, quizá, causan cierta prevención entre algunas personas. Ni por asomo es así siempre. Antes que nada, también encontramos mujeres. Y no solamente las cada vez más numerosas montañeras que suben a los grandes colosos… Ya al final del siglo xix, la inglesa Isabella Bishop nos regalaba con una breve y muy viva narración de su paso por el Ladakh, el Pequeño Tíbet. En ella se nos ofrecen los lamas, los pastores y las ruedas de oración de antes del hippismo: todavía nadie iba a hacerse con el gran colocón a Leh. Isabella fue todo un ejemplo de cómo los viajes tienen propiedades terapéuticas. Con más de cuarenta años decidió que ya estaba bien de tantos achaques y que había que ver mundo. Si el dinamismo de Isabella se refleja en su estilo, la viajera himalaya por excelencia, Alexandra David-Néel, es el ejemplo más logrado de eso de la paz que confiere el Tíbet aplicado a las descripciones de lugares, personas y costumbres. Alexandra realizó una larga estancia en Lhasa, la mítica capital del Gran Tíbet, y nos dejó un testimonio lleno de morosidad, además de un epistolario donde se pone de manifiesto el amor por unas tierras siempre difíciles de entender.

La actual Lhasa, bajo la dominación china, debe de ser sin duda otra cosa. Su nombre, en todo caso, está lleno de ecos de lo lejano, de lo perdido, de lo inalcanzable. Desde el inglés Thomas Manning, reputado el primer europeo que pudo entrar en 1811, y los misioneros franceses Huc y Gabet, en 1846, la llegada a la ciudad del Dalai Lama siempre ha estado envuelta por el nimbo de las cosas poco frecuentes. La visita más conocida, gracias al cine, pero también al indudable atractivo del relato, es la de Heinrich Harrer. Siete años en el Tíbet, después de una odisea impresionante. Tan difícil resultaba llegar a Lhasa, que el explorador de los exploradores de Asia Central, el sueco Sven Hedin, capaz de atravesar ocho veces el Transhimalaya, de hacer proezas de todo tipo en el Pamir y en el desierto de Takla Makan, nunca la visitó. Y eso que Hedin, arqueólogo y geofísico, conocía suficientemente el Tíbet como para llenar nueve volúmenes de observaciones geográficas y etnológicas.

Sí, la ciencia siempre ha tenido mucho que ver con el interés por las regiones himalayas. El ejemplo más ilustre es el del botánico inglés Joseph Hooker, bien conocido por ser uno de los primeros –y más sensatos– defensores del darwinismo. Durante los años centrales del siglo XIX hizo una expedición por el Nepal y Sikkim y llegó muy cerca del la base del Kanchenjunga. Me gustaría leer alguna vez su Himalayan Journal. Hay que decir que la botánica ha sido habitualmente un campo de conocimiento asociado a los viajeros por estas regiones. Un ejemplo es la antes mencionada Isabella Bishop: como una buena dama de la época, era aficionada a las plantitas. Las descripciones de las praderas y los bosques de Cachemira son el contrapunto contemplativo a tanto ajetreo como el que muestra su narración.

Las ciencias de aplicación estratégica, especialmente la geofísica, son las que más intereses movilizaron en el Himalaya, en cualquier caso. El alemán Wilhelm Filchner se dedicaba a estas cuestiones. Escribió In der Fieberhölle Nepals, “En el infierno de fiebre del Nepal”, como fruto de un viaje de trabajo hecho en 1939 bajo los auspicios del monarca nepalés –algunos descendientes suyos se han hecho lamentablemente conocidos hace muy poco–, y donde se nos cuenta cómo en los contrafuertes del Himalaya se extienden zonas selváticas subtropicales, llenas de ciénagas y tercianas. No todo es aire puro y espacio abierto en aquellas comarcas.

Cartógrafos, geógrafos y naturalistas se han afanado por hacer del Himalaya un motivo de estudio. Pero algunos pintas han aprovechado la excusa de hacer ciencia para pasárselo en grande –a su estilo, claro–. Un ejemplo es el austríaco Herbert Tichy. Su pretexto era hacer una tesis doctoral sobre la geografía del Himalaya; el resultado, un viaje en moto –en moto de los años treinta, cuidado– por Afganistán, la India, Birmania, y, naturalmente, el supuesto objeto de trabajo. Además, una narración divertidísima que me permitió aliviar dos días de aburrimiento bajo una tienda de campaña en un verano andorrano, decidido a ser otoño por la lluvia incesante. El único que puede entrar en competición con Tichy, en lo referente a cara dura y amabilidad, es Eric Newby, que con su amigo Hugh Carless se hizo, allá por el 1956, A Short Walk in the Hindu Kush, incluida en aquella vueltecita un intento de subir una montaña de 6.059 m, teniendo como toda experiencia un cursillo de montañismo en Gales. El Hindu Kush no es exactamente el Himalaya, pero los sufrimientos son parecidos.

Otro que ha disfrazado de ciencia muchas cosas –entre otras un compromiso muy fuerte en favor de los refugiados tibetanos pasando por encima de las directrices del Dalai Lama– es Michel Peissel, seguramente el último explorador himalayo antes del imperio de las agencias de viajes. Peissel llegó a aprender tibetano, y realizó durante los sesenta y setenta toda una serie de incursiones por comarcas prácticamente cerradas al exterior: Mustang, Zanskar, Bhutan, incluso algunos lugares del Tíbet ocupado. Sus relatos, plagados de continuas y bien contadas observaciones etnográficas, fueron publicados por Juventud en aquella maravillosa colección de tapas amarillas. Ahora las cosas son de otra manera, pero Peissel todavía en 1994 pudo llegar a la cabecera del Mekong, en el Tíbet oriental, y supuestamente, estudiar una variedad muy particular de caballo.

Los libros sobre el Himalaya tienen una cima lógica: los relatos de las conquistas de las grandes montañas, junto con los relatos de los fracasos y las tragedias que se han vivido y se viven. La gesta de Maurice Herzog y sus compañeros en el Annapurna –primera cima de más de ocho mil metros vencida– marcó no solamente un nuevo periodo en el alpinismo, sino también una manera de narrar una aventura que ha sido imitada, pero nunca superada, por su dramatismo. La foto de las manos congeladas de Herzog es un icono himalayo del mismo rango que el Potala de Lhasa o la montaña sagrada Kailas. Otros relatos de conquistas, como el de Hunt en el Everest o el de Evans en el Kangchenjunga, ya son también clásicos. También aquí tenemos la nota original, de la mano del ya nombrado Herbert Tichy, conquistador del Cho Oyu, que volvió a escribir un libro amenísimo en el que las relaciones humanas son tan importantes como los aspectos técnicos o la descripción del paisaje. Y junto con los que saborearon el triunfo y nos lo pudieron contar, remontan también los caídos: Herman Bühl en el Chogolisa –después de haber conquistado, eso sí, el Broad Peak–, las expediciones alemanas al Nanga Parbat, y muchos más que se quedaron por el camino… Yo, un manta, ni siquiera lo iniciaré.

© Mètode 2013 - 32. ¿Qué hay detrás del genoma? - Disponible solo en versión digital. Invierno 2001/02

Profesor de Historia de la Ciencia. Departamento de Humanidades, Universidad CEU Cardenal Herrera de Valencia.