Especies en vías de salvación

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115-88Visité por primera vez las islas Galápagos en mayo de 2011. Allí conocí a la bióloga neozelandesa Francesca Cunningham, quien estaba muy preocupada por unos pajaritos llamados pinzones de manglar, que sólo vivían en una zona al norte de la isla Isabela. No existían en ninguna otra parte del mundo, llevaban milenios perfectamente adaptados a la vida en los manglares, sobreviviendo a severas crisis climáticas, alimenticias y geológicas, pero desde hacía unas décadas estaban expuestos a una amenaza mucho mayor: la llegada de ratas que se comían los huevos de sus nidos.

Las islas Galápagos son un ecosistema único en el mundo por la singular combinación de especies que allí evolucionaron, pero también por su aislamiento geográfico. Un detalle muy singular: no hay depredadores. Las tortugas pudieron agigantarse en tierra firme por la enorme cantidad de recursos disponibles y ninguna amenaza, y los albatros anidan sus huevos en el suelo sin miedo a que una serpiente los devore. De hecho, las aves no tienen miedo. Resulta desconcertante ver a lo lejos un piquero de patas azules solitario, acercarte poco a poco intentando no asustarlo y que él se quede mirándote todo «tranquilote» con cara de «quién es ese tipo tan raro». Habiendo evolucionado durante millones de años sin depredadores, han perdido el instinto de escapar ante la mínima incertidumbre.

Pero este equilibrio se está tambaleando. El 97 % de las Galápagos es espacio protegido y desde hace unas décadas Ecuador es plenamente consciente de la importancia de preservar esta fuente de riqueza biológica, turística y científica. Hay islas que no pueden ser pisadas ni siquiera por los turistas millonarios de los tours más exclusivos, y por ejemplo la majestuosa Isabela solo está habitada unos pocos kilómetros cuadrados en su extremo sureste. Sin embargo, eso no impidió que las cabras traídas por los primeros habitantes se extendieran por la isla comiendo el alimento de las tortugas gigantes, que algunas especies de plantas invasoras empezaran a crecer más rápido que las autóctonas y que las ratas llegadas en los barcos se encontraran con un festín sin depredadores que las controlaran.    

Francesca había estado monitoreando el pinzón de manglar y su diagnóstico era contundente: solo quedaban unas pocas decenas de ejemplares, la situación se había agravado y, si nadie hacía nada, en tres o cuatro años la especie iba a desaparecer. Ella había recogido algunos pinzones y huevos de los nidos para comprobar si podían crecer en cautividad, y devolver los polluelos al ecosistema cuando no estuvieran a riesgo. Pero era un proyecto que hacía de manera voluntaria, sin financiación y que requería instalaciones y costosos viajes en barco.

Cuando regresé a Galápagos en marzo de 2015 para grabar El Ladrón de Cerebros por Ecuador, al llegar a la isla Santa Cruz lo primero que hice fue preguntar por una neozelandesa llamada Francesca ­Cunningham. No sabía ni si estaría todavía en la isla. Qué grata sorpresa cuando me dijeron que estaba en un laboratorio de la Fundación Darwin, fui a visitarla y la encontré junto a dos becarias en una sala adaptada especialmente para la cría de los pinzones de manglar. Qué alegría. Francesca me dijo que había conseguido un poco de financiación, que los pinzones se reproducían bien en cautividad, que ya habían liberado algunos y la especie había empezado a recuperarse, y que el siguiente paso –dificilísimo– sería desratizar la isla para devolverla al estado natural prehumano, de manera que los pinzones y otras especies autóctonas pudieran continuar subsistiendo sin su ayuda como siempre habían estado haciendo. Los pinzones del manglar eran una especie en vías de salvación.

Otra había sido las propias tortugas gigantes. Se calcula que a finales del siglo xvii había 250.000 tortugas gigantes de quince especies diferentes en las Galápagos. Pero a partir del siglo xviii las islas se convirtieron en un punto frecuente de parada de piratas y balleneros, quienes, hambrientos, al encontrarse un animal tan dócil y abundante hicieron lo que imaginas: comerse la carne y utilizar la grasa como aceite para faroles. Es muy difícil juzgar a los balleneros de esa época con una mirada actual. Ellos no sabían que esas tortugas era especies únicas en el mundo, las encontraron a mansalva, y ante la necesidad de alimento y recursos energéticos los humanos siempre hemos priorizado nuestra panza y desarrollo. La consecuencia fue un radical descenso de los ejemplares de tortugas, cuatro especies extinguidas y una casi completa desaparición que se evitó cuando proteccionistas empezaron a luchar por proteger las tortugas gigantes. Estuvo muy justo, pero en estos momentos y tras varias décadas de trabajos de recuperación hay ya 15.000 ejemplares y las especies están fuera de peligro. Pero reflexionemos: ¿qué hubiera pasado si los balleneros y habitantes hambrientos de las Galápagos hubieran continuado cazando tortugas sin que alguien les obligara a frenar y buscar alternativas a esa fuente de alimento y energía tan barata? Pues que las Galápagos hubieran perdido su encanto y gran riqueza biológica, turística y científica. En este caso, es innegable que preservar fue muchísimo más rentable que explotar. Y por suerte se llegó a tiempo.

En estos momentos nosotros utilizamos el petróleo como los balleneros las tortugas. Desde la segunda mitad del siglo xix estamos explotando una fuente de energía barata, abundante y muy eficiente, que sin duda ha contribuido de manera decisiva al desarrollo exponencial de nuestras sociedades. Pero desde hace un tiempo los científicos nos advierten de que seguir quemando combustibles fósiles y extraer hasta la última gota de petróleo tendrá consecuencias nefastas para el planeta. El dilema es si continuar devorando apetitosas tortugas o contenernos a pesar de tenerlas tan cerca. Escribo este texto días después de que los líderes mundiales firmaran el Acuerdo de París para intentar frenar el cambio climático. Parece un pacto muy positivo, que renueva el optimismo tras el vergonzoso Copenhague 2009, pero no hay compromisos concretos y no sabemos si el Acuerdo de París será el deseado punto de inflexión en busca de un nuevo modelo energético o pura palabrería política que podría dar un vuelco si, por ejemplo, el partido republicano gana las elecciones estadounidenses. Pero el momento es clave. Los historiadores del futuro llamarán a los siglos xx y xxi como la era de los combustibles fósiles. Lo que no sabemos es si nos verán como balleneros voraces que explotaron todo lo posible hasta dejar un planeta maltrecho o como ciudadanos responsables que supieron parar y encontrar alternativas a tiempo. En realidad, debemos decidir si comportarnos como ratas inconscientes que se comen el último huevo del nido del pinzón de manglar o como humanos inteligentes fomentando una coexistencia y desarrollo sostenible con la naturaleza.

Pere Estupinyà. Escritor y divulgador científico (Nueva York).
© Mètode 88, Invierno 2015/16.

© Mètode 2016 - 88. Comunicar la salud - Invierno 2015/16

Escritor y divulgador científico, Madrid. Presentador de El cazador de cerebros.