Incendios forestals, quiebras sociales

Tras un verano de cenizas

Incendio en Andilla (La Serranía)

El final de 2012 llama a la puerta y, según datos provisionales del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, dejamos cerca de 200.000 hectáreas arrasadas por el fuego en todo el territorio del Estado. El número total de incendios y conatos se acerca a los 15.000, aunque buena parte de la superficie quemada corresponde a cerca de cuarenta grandes fuegos (superiores a 500 hectáreas). Casi todas las comunidades ­autónomas han resultado afectadas, con especial mención del País Valenciano. La tragedia forestal se ha visto, además, agravada con las dolorosísimas consecuencias de una decena de personas muertas. Nada, sin embargo, que no se pudiera concebir como probable atendiendo a dos niveles de circunstancias; por una parte, aquellas que podríamos llamar «estructurales», que se relacionan con los rasgos ambientales generales de nuestras tierras y a las inercias de la gestión forestal; por otra, aquellas otras más bien «contingentes», como la sequía que se ha sufrido y la innegable (por mucho que se diga) disminución de recursos dedicados a la prevención y combate del fuego.

«Desde una visión ecológica, es evidente que el fuego es consustancial a los ecosistemas forestales mediterráneos. Deberíamos aprender a convivir con los incendios forestales»

Desde una visión ecológica, es evidente que el fuego es consustancial a los ecosistemas forestales mediterráneos. Como muy bien apunta Juli Pausas, deberíamos aprender a convivir con los incendios. Decir esto no es fácil, en un medio social que iguala fuego en el bosque con desastre. Pues bien, no siempre un incendio forestal debería ser un desastre, ni ambientalmente ni socialmente. No olvidemos que la vegetación de nuestros parajes ha evolucionado de la mano del fuego como presión de selección cotidiana, al mismo tiempo que las poblaciones humanas han desarrollado usos del fuego favorables para su supervivencia. El problema empieza cuando, por las dimensiones exageradas, los efectos en áreas degradadas, la destrucción seria de bienes y servicios y, especialmente, el riesgo de desgracias personales, el fuego automáticamente se convierte en sinónimo de catástrofe. Pero el fuego, hay que decirlo, lo hacemos catastrófico los humanos, con actuaciones, actitudes y modos de vida que no lo tienen en la consideración debida o que lo enfocan sesgadamente.

La ecología del fuego y otras ramas de las ciencias naturales han avanzado mucho en los últimos años en la comprensión de los incendios forestales. Justo en el 2011, Mètode aportaba un monográfico sobre la cuestión. Sabemos ahora muchas más cosas sobre las dinámicas físicas y biológicas que explican los incendios. Sin embargo, la dimensión social no ha sido, en mi modesto parecer, igualmente afrontada. No hay duda de que un enfoque ecosistémico es fundamental para entender la cuestión. La persona corriente, sin embargo, no tiene conciencia vivida de su relación con un bosque o una montaña en tales términos. Alguien la puede sentir según parámetros de aprovechamiento; lo más común es hacerlo en términos de apreciación y vivencia paisajística. Ecosistemas y paisajes, evidentemente, se vinculan, pero son profundamente diferentes. Cualquier automatismo correlativo está fuera de lugar. Y es en la vertiente paisajística –y por tanto, en el ámbito de las construcciones culturales– donde se sustancia buena parte de la reacción compartida frente al fuego.

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Paisaje de Macastre de principios de julio de 2012, tras el incendio que afectó a varios municipios de la Hoya de Buñol. / Miguel Lorenzo

Las generaciones del fuego

El pasado 28 de junio, las chispas generadas por unos trabajadores que instalaban unas placas solares en una aldea del término de Cortes de Pallás (Valle de Cofrentes, Valencia) iniciaban un incendio que, atizado por el viento y favorecido por las circunstancias de sequedad y altas temperaturas, rápidamente adquirió dimensiones pavorosas, y que acabó afectando a más de 28.000 hectáreas. Al día siguiente, un nuevo siniestro, declarado en Andilla (La Serranía, Valencia) e imputado en su origen a una quema agrícola, se llevaba por delante a lo largo de los días sucesivos casi 20.000 hectáreas. Las nubes de humo tiñeron de rojo el cielo de Valencia y su área metropolitana, mientras la ceniza caía silenciosa sobre azoteas y calles.

Las imágenes que contemplé y el olor de chamusquina –siempre los olores, tan evocadores– me trajeron desgarradoramente a la memoria otras jornadas de principios de julio pero de dieciocho años atrás, cuando otros dos incendios gigantescos y simultáneos, originados en Millares y Requena, produjeron los mismos efectos visuales y olfativos en Valencia. También me volvía a la cabeza un siniestro mucho más remoto: el incendio de Ayora de 1979, que durante muchos años ha sido considerado como el más destructivo de la historia forestal valenciana y española, con más de 28.000 hectáreas quemadas en la sierra de Enguera y el macizo del Caroig.

«Que no se desarrolle una verdadera gestión de los bosques es el resultado de un proceso de depauperación de los sectores agrícolas y forestales consiguiente al abandono del campo»

Extrapolar las experiencias personales al conjunto de la sociedad siempre es arriesgado y puede conducir a conclusiones abusivas. Pero no puedo evitar decir que aquellos valencianos que éramos niños en la década de los setenta constituimos una generación, como las que nos siguieron, marcada por el fuego en nuestras montañas. Aquella época, objetivamente, viene definida por un aumento impresionante de la superficie afectada por los incendios forestales, mantenido hasta el momento actual, como bien se demuestra en el reciente libro de Pausas (2012) reseñado en este mismo número de Mètode.

Hay muchos factores que ayudan a explicar esta tendencia. El abandono de las áreas rurales es el primero que hay que tener en consideración. También podríamos mencionar que, por aquellas fechas, la política de reforestación emprendida en la época franquista, con criterios muy discutibles en lo que respecta a la selección de especies y las técnicas empleadas, había conducido a una acumulación de biomasa forestal alejada de cualquier parámetro controlable. Las carencias en los medios de extinción, la desinversión en el mantenimiento de los bosques y una larga serie de variables añadidas podrían continuar aportando más y más matices. No olvidemos, sin embargo, un componente cultural que introduce un punto más de complicación.

«Los resultados y las posibilidades de los mecanismos evolutivos y de las tramas de los ecosistemas son magníficos, pero no se ajustan a la duración de la vida humana. Por eso un gran incendio siempre me resultará espeluznante»

En aquellos años, muchos valencianos de extracción urbana asumieron costumbres que los ligaban a los bosques y las montañas de su territorio de una forma insólitamente afectiva. Las actividades al aire libre, los deportes de montaña, los campamentos, eran formas cada vez más generalizadas de experiencia en el medio natural entre la juventud, al mismo tiempo que se popularizó muchísimo el recurso lúdico de pasar una jornada familiar en los parajes boscosos. La inversión en infraestructuras viarias y de equipamiento aumentó entonces notablemente, con la creación de numerosas áreas recreativas. En resumidas cuentas, era un fenómeno con inspiraciones ciertamente positivas. La conciencia ambiental, dormida durante mucho tiempo, despertaba ahora en nuestra sociedad, y en parte, se canalizaba mediante esta ansia de disfrute de la naturaleza. Es cierto que la ignorancia de las complejidades de los ecosistemas era la norma, y la percepción de los riesgos estaba lejos de ser realista. Pero hay que reconocer que era importante que un porcentaje cada vez mayor de gente de la ciudad, y con un perfil bastante interclasista, considerara algo digno de estima disfrutar del medio natural. El interior valenciano, ya despoblado y envejecido, empezaba a perder definitivamente su perfil productivo marcadamente primario y iniciaba una terciarización económica de consecuencias muy profundas, al conformarse un sector, insignificante en términos absolutos pero muy relevante a las escalas locales, que proveía de servicios a las masas urbanas que buscaban ocio en el monte. Es bueno no perder de vista que este juego al mismo tiempo comercial y de afectos fue una oportunidad para muchos hijos y nietos de los antiguos habitantes del mundo rural, desplazados por la fuerza del destino a las ciudades, de reencontrarse con sus raíces y de generar una sinergia de identidad.

Justamente, pues, cuando una parte considerable de la sociedad superaba la indiferencia, por sentirse vinculada, aunque fuera anecdóticamente, con su patrimonio forestal, los incendios empezaban a presentarse a escalas aterradoras. Esto, sobre todo cuando uno es joven, marca intensamente. Por eso me atrevo a hablar de unas «generaciones del fuego», para referirme a todos aquellos que crecimos expuestos a experiencias relativamente intensas y continuadas, verano tras verano, con los incendios forestales, y asumimos sin ambages la condición catastrófica de estos fuegos.

Reversiones improbables, cuando no imposibles

Quitarse esto de encima es muy difícil. Hablo partiendo de la experiencia particular, y espero que los lectores no se escandalicen por esto. Se supone que, por mi formación científica, debería poder poner paréntesis racionales y asumir que un incendio suele tener buen pronóstico por lo que respecta a la regeneración del área afectada. Sin embargo, ¿qué quieren que les diga? No me vale este consuelo. Cuando ahora transito por parajes que conocí frondosos y que hace veinte años se quemaron, claro que me alegro por las estepas y los pimpollos que han crecido; pero esta alegría no puede contrarrestar la tristeza que el recuerdo anhela. Y aún guardo cierta esperanza en que la vida me dará la oportunidad de volver a contemplar un paisaje mucho más próximo a aquel que disfruté de joven. ¿Pero qué puedo esperar de lo que se ha quemado este año? Porque mi vivencia es fundamentalmente paisajística, como la de todo el mundo (o casi). Y en un paisaje, que ya sé que cambia, la evolución cuenta, pero la estética cuenta tanto o más. Y ni que decir tiene cómo cuentan los sentimientos. Los resultados y las posibilidades de los mecanismos evolutivos y de las tramas de los ecosistemas son magníficos, pero no se ajustan a la duración de mi vida. Por eso un gran incendio siempre me resultará espeluznante, a pesar de las previsiones de las ciencias del fuego.

«Todos somos responsables frente a los incendios forestales. Pero las proclamas a la responsabilidad compartida son frecuentemente un medio para diluir las respuestas sociales y exonerar de responsabilidad a aquellos que más tienen»

Hay otras reversiones que tampoco parecen nada fáciles de alcanzar. Aquella avidez de naturaleza de la que hablábamos, demasiado a menudo ha acabado invadiendo los umbrales de los bosques con urbanizaciones más o menos ordenadas y poco o muy legales. Una parte bastante importante de las dificultades que ahora surgen en las labores de extinción de los incendios proviene de la extensión formidable que han alcanzado los diseminados y las segundas residencias. Aquellos que acostumbran a agitar el espantajo del ecologismo (y de paso, en su obsesión anticientífica, contra la ecología y contra la biología en general) como base ideológica del abandono de la montaña encuentran aquí la horma de su zapato. Efectivamente, según algunos particulares y no pocos responsables políticos, ni los bosques se «limpian» (es decir, no se corta el sotobosque) ni se hacen cortafuegos porque ecologistas y científicos lo impiden. ¡Qué curioso! Los gobernantes, al tomar decisiones de política forestal, han hecho todo el caso del mundo a unas personas sistemáticamente ignoradas en sus denuncias, pongamos por caso, de los abusos urbanísticos…

Realmente, que no se desarrolle una verdadera gestión de los bosques es el resultado de un proceso de depauperación de los sectores agrícolas y forestales consiguiente al abandono del campo, primero consentido, y después alentado, por los mismos que han arruinado el conjunto de la economía productiva. La sustitución por una economía de servicios que, excepciones aparte, ofrece bien poco valor añadido y, sobre todo, por una dependencia de la construcción de viviendas de ocupación estacional, no ha podido paliar la quiebra social que lleva aparejado el abandono del campo y la montaña. Hacer de estos una mera oferta de ocio para los habitantes de las ciudades se ha demostrado insostenible medioambientalmente e inviable económicamente. Algunos encontramos en la reversión de esta situación la única solución a largo plazo del problema. Hay que reconocer, sin embargo, que las dificultades son inmensas, y no solo desde el punto de vista económico. El éxodo rural no es solo una cuestión de búsqueda de mejoras materiales; la vida en el campo ha acabado por hacerse muy poco estimulante para una mayoría, que la pone en comparación con las más abiertas posibilidades de las ciudades. Que hay mucho de espejismo y de propaganda urbanolátrica es indudable; pero la versión presente del menosprecio de corte y alabanza de aldea no está libre tampoco de apariencia postiza y falsas promesas.

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Andreu Escrivà

La huida frente a las responsabilidades

Es cierto que todos somos responsables ante los incendios forestales. Pero estas proclamas a la responsabilidad compartida son frecuentemente un medio para diluir las respuestas sociales y exonerar de responsabilidad a aquellos que más tienen. Aquí sí que queda patente una reversión formidable. El ejercicio de cinismo de los gestores públicos, de aquellos que son juntamente profesionales de la política y amateurs del sentido moral, no ha podido resultar más desvergonzado durante este verano de ceniza. El hado meteorológico y la conducta culpable o culposa ajena han sido excusas recurrentes. A veces se han presentado como probadas atribuciones de causalidad directa que están aún bajo investigación. El ejercicio de exoneración egotista ha conducido hacia un vergonzoso espectáculo donde representantes de las diferentes administraciones han sustituido con discusiones inacabables sobre umbrales competenciales los verdaderos debates sobre responsabilidades. Y la exhibición flatulenta de cifras, el viejo truco de la narcosis cuantofrénica, ha permitido el triunfo definitivo de la confusión.

La confusión real, en todo caso –y los testimonios directos son abrumadores–, estuvo en la coordinación de las tareas de extinción de algunos de los incendios. Desde vehículos bloqueados por no atender las informaciones de la gente del terreno, hasta el uso de apoyo cartográfico inadecuado u obsoleto, pasando por interferencias constantes en las cadenas de transmisión de órdenes, la sensación de desastre organizativo es compartida por paisanos y profesionales. Y la asunción de responsabilidades es eludida al mismo tiempo por políticos y técnicos.

Es cierto que estos últimos, en otros aspectos, también deberían hacer su examen de conciencia. Un artículo de opinión publicado en El País escrito por un experto presentaba unas interesantes –y pienso que muy plausibles– reflexiones sobre la coordinación de los medios de extinción, la necesidad de priorizar las actuaciones en los primeros momentos y la muy discutible eficacia de los mencionados medios frente a un incendio de grandes dimensiones. El autor denunciaba, especialmente, el exceso de inversión en combate desde el aire. Pero si posee la información fehaciente que le permite demostrarlo, su obligación cívica es acudir a los tribunales y denunciar lo que se limita a difundir en un diario. La pérdida de vidas humanas en las tareas de extinción es una cuestión lo bastante grave como para que los científicos y los técnicos del fuego ayuden a la sociedad civil a sacar a la luz judicial todas las responsabilidades.

Y la sociedad civil también debería revisar su respuesta. Varios miles de personas se manifestaron por las calles de Valencia a finales de julio para apoyar a los afectados por los incendios de las comarcas interiores. Varias decenas (o quizá algún centenar) de millares lo hicieron contra los recortes una semana antes.

No digo nada más. El número de invierno ya está en manos de los lectores de Mètode y parece que el verano de cenizas queda muy lejos.

Bibliografía

Cerdà, A. (coord), 2011. «Monográfico: Cuando se quema el bosque». Mètode, 70: 48-105.

Leblic Iglesias, G., 2012. «La batalla contra los grandes incendios». El País, 18 d’agost de 2012.

Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, 2012. «Incendios forestales del 1 de enero al 31 de octubre de 2012 [dades provisionals]».

Pausas J. G., 2012. Incendios forestales: Una visión desde la ecología. CSIC-Catarata. Madrid.

Subdirección General de Protección de la Naturaleza. Sección de Incendios Forestales, 1980. Los incendios forestales en España durante 1979. Ministerio de Agricultura-ICONA. Madrid.

Tena, V., 2012. «“L’objectiu no ha de ser eliminar els focs, sinó conviure-hi” [entrevista a Juli Pausas]». El Temps, 1467: 18-20.

Valero, D., 2012. «El Consell cambiará la Ley Forestal para que los dueños limpien los bosques». Las Provincias, 27 de julio de 2012.

© Mètode 2013 - 76. Mujeres y ciencia - Invierno 2012/13
Profesor titular de Historia de la Ciencia. Univer­sidad Cardenal Herrera-CEU (Valencia), CEU Universities.
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