Màrius Serra

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Màrius Serra obtuvo el premio Sant Jordi el pasado diciembre por la obra Plans de futur, su primera incursión en la novela desde la publicación en 2008 de Quiet, un relato sin ficción que era, no me cabe duda, la mejor obra del autor hasta la fecha. Y la más comprometida. ¿A dónde le llevaría, después, su instinto narrador? El reto no era fácil, pero Plans de futur le da respuesta sin complejos, con sencillez y con coherencia ejemplar. Con una buena novela. Hablamos de ella con el autor en su estudio cuando se prepara la tercera edición.

El motor aparente de Plans de futur es la vida de un matemático eminente que da nuestro país a principios de siglo y que despliega su actividad bajo el franquismo. ¿Diría usted que esta novela es la biografía de un matemático?

No: diría que es una novela que parte de la biografía de un matemático. El alma de la novela y lo que la enmarca temporalmente es la vida de Ferran Sunyer, que nació en 1912 y murió en 1967. Pero he partido claramente de la premisa de que ya existía una biografía canónica, la de Antoni Malet, muy bien documentada, que se ocupaba especialmente de la dimensión académica de Ferran Sunyer. Por eso he querido poner el foco más en su entorno y no estrictamente en él.

Hay por lo menos un momento en la novela en que parece que quiere que se note que está hablando de un matemático. Es en el capítulo donde reproduce algunas cartas entre los dos Ferrans, Sunyer y su primo, y especialmente una carta del matemático Szolem Mandelbrojt. Confieso que no entendí nada de lo que explicaba aquella carta. ¿Sabe usted de qué habla?
Podría fingir que sé de qué hablo… Una de las cuestiones clave en el proceso de escritura de la novela fue decidir si Ferran Sunyer sería una de las voces o no. He contado con muy buen asesoramiento de matemáticos, especialmente de Toni Guillamon y Manuel Castellet, y llegué a la certeza de que mi nivel conceptual en matemáticas no me permitiría entender o hablar con la naturalidad que exigiría meterme en el cerebro de Ferran Sunyer. Y este, entre otros, fue uno de los motivos que hizo que me fijase –como cuando te enamoras de una chica que no te hace caso y acabas fijándote en la amiga– en las dos primas, especialmente, y también en la madre. Entre otras cosas porque encontraba fascinante, hasta identificarme con él, el papel de ellas, que eran transcriptoras de una serie de conceptos que no llegaban a comprender. Por eso desistí de hacerlo personaje narrador e intentar meterme dentro de su cerebro, porque sentía que estaría fingiendo. 

Tal como ha presentado la novela, no creo que ningún lector pueda sentirse decepcionado por no encontrarse un libro de iniciación o de divulgación matemática.  

Habría ido mal encaminado, entre otras cosas porque Ferran Sunyer fue un investigador de la matemática: él hace investigación y exploraciones, no es un divulgador. He encontrado gente que recibió clases particulares suyas de álgebra, como puede hacer cualquier profesor de matemáticas, pero si hoy hablamos de Sunyer en tanto que matemático es por una ultraespecialización dentro del campo. Lo que más puede interesar a nivel divulgativo son sus trabajos para la US Navy sobre la propagación de las ondas del sonar entre los submarinos y la tierra, y que les ayudaba con cálculos matemáticos. Esto es fácil de ver: vemos el submarino y el sonar.

 

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«Llegué a la certeza de que mi nivel conceptual en matemáticas no me permitiría hablar con la naturalidad que exigiría ponerme en el cerebro de Ferran Sunyer»

Está claro que no ha querido hacer un biopic ni un ejercicio de exaltación del personaje, sino volver, a partir de la experiencia singular de Sunyer, a su universo literario.
Para mí fue un regalo encontrarme con un entorno biográfico como el de Sunyer, en el que había un hombre de ciencia, que es una cosa que a mí siempre me ha interesado; alguien discapacitado, que por razones biográficas me es próximo; Dalí, que cuando yo empezaba a escribir me había llegado a obsesionar hasta tener un proyecto literario de cuentos a partir de cuadros suyos, y su relación con la ciencia también era importante… Esta confrontación entre la imagen del genio impostado y construido, de Dalí, haciendo aspavientos de gran genio, y otro que, en cambio, está en las antípodas de eso, un genio secreto, humilde, escondido y casi sin querer. Y bien, después la defensa de la lengua y de la continuidad cultural, con alguien que utiliza otro lenguaje, como el algebraico, pero que sin embargo es tozudo y mantiene la catalanidad en tiempos no ya difíciles sino imposibles, contra todas las adversidades. De manera que traté de relacionarme con estos personajes como si me los hubiese inventado, como si fuesen personajes de ficción, pero con el añadido de que tenía unos datos biográficos que ya me venían dados y que eran bastante potentes desde una perspectiva novelesca.

Ha dicho que dudaba sobre cómo dar voz a Ferran Sunyer. Una de las cosas más sugerentes de la construcción de la novela es ese juego de narradores y de narratarios, de voces que hablan y de voces a las que se dirigen. Y uno de los aciertos que diría que ha tenido es saber que, si Ferri tenía las características que tenía, casi siempre tenía que hablar por persona interpuesta: siempre vemos a Sunyer en el centro, pero casi nunca le oímos.
Hay una frase al inicio de la novela que dice que lo más importante de un relato es saber quién lo explica. Y eso me costó muchísimo de encontrar, mucho. La piedra angular vino dada, curiosamente, por un elemento aparentemente accesorio de la documentación, como son las cartas. Probé el ejercicio de la segunda persona, natural en la correspondencia, y me percaté de que me permitía un fuego cruzado que casi hace que el lector tenga la sensación de que le hablan a él pero que yerran el tiro, como si estuviese en medio de los corresponsales. Eso me permitió desarrollar los caracteres de las dos hermanas, que son muy semejantes y se diferencian sobre todo por la persona a quien se dirigen. 

Aborda un personaje y un entorno muy potente, con una serie de aspectos, estos que ha enumerado antes, cada uno de los cuales daría lugar a muchas y muchas páginas. Pero la sensación del lector es que en ningún momento ha tenido la obsesión de explotarlos a fondo, sino que ha tenido la tranquilidad de que lo que hacían era enriquecer y dar cuerpo a lo que explicaba usted, que es otra cosa.
He de reconocer que no he tenido tentaciones de desarrollar subtramas de todos estos temas seguramente porque ya he dejado atrás aquella manía de la primera novela, de quererlo agotar todo. Pero también por la constatación de que debía ser una novela de puertas adentro, la novela de estos personajes y de sus relaciones. Hay contexto, está la Guerra Civil, pero solo porque puede afectar a lo que pasa dentro. Me daba miedo coger a Dalí y decir que aquel verano estaba Lorca allí y, venga, pongamos un episodio que quede bien. Miré quién estaba en la entrega de los premios Prat de la Riba, y había muchos nombres a parte de Puig Cadafalch; sin embargo, ostras, ¿qué tratamiento haces? ¿Una escena histórica o… de cartón piedra? No quería distraerme ni distraer, y a eso me ha ayudado haber encontrado esta voz. Lo único que me hacía dudar era el monólogo del padre ausente. Sostener eso es lo que me hizo sudar más. Pero una vez elegido me funcionó, y estoy contento del resultado. 

 

 

«El uso de los números primos para estructurar la novela forma parte de todo un catálogo de posibles aproximaciones a fenómenos primarios matemáticos de alcance general»

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«He tenido en todo momento la sensación de que mi ficción sobre estos personajes no era una invención absoluta sino que partía de unos datos biográficos»

Uno de los temas centrales me parece que es la distancia entre la realidad y la ficción, o entre la realidad y el relato. Da usted una voltereta atrevida: coge a un personaje muy marcado, histórico, en un momento histórico muy marcado, y con una serie de elementos que son reales y documentados construye un melodrama familiar ficticio, radicalmente ficticio. Y no se excusa en ningún lugar. A mí eso me gusta: es un ejercicio de confianza en el lector. 
Lo dejé abierto con lo del patrimonio inmaterial de la ficción como fórmula. Ahora bien, a partir de la tercera edición explicitaremos, a petición de la Fundación Ferran Sunyer, que la carta del padre ausente es ficticia, si bien de una manera implícita yo ya lo digo… He tenido en todo momento la sensación de que mi ficción sobre estos personajes no era una invención absoluta sino que partía de un entorno, de unas vidas, de unos datos biográficos, a partir de los cuales tú no puedes ni saber ni dejar de saber dónde va a parar este señor, el padre, pero sí que sabes que les abandonó. Por tanto tú puedes hacerte una hipótesis de por qué les abandonó. Y no he querido en ningún momento ir a contracorriente. De hecho, me he esforzado por eludir anacronismos. Por ejemplo: me hacía mucha gracia, en esa línea de juego verbal que les caracteriza, que a la silla de ruedas de Ferri la llamasen Ferrari. ¡Hasta que me di cuenta de que el coche de Enzo Ferrari era posterior! Y le puse Filferri1, que es un juego de palabras que me hace menos gracia que Ferrari…

¡Como juego de palabras es mucho mejor! 
Ostras, ¿de verdad? Bien, he intentado que este fuera el criterio. Los chistes sí que los he inventado yo, pero tengo un libro de Fages de Climent que explica que el abuelo de las Carbona era conocido por sus socarronerías y juegos de palabras. Ellas son de una familia educada, lectora, con gusto por la lengua, por tanto para mí eso no es ir a contracorriente. Tengo el testigo personal de Heidi Burguès, que cuando volvió del exilio mexicano fue dos días por semana a casa de los Sunyer a recibir clases, y decía: del padre, nunca hablaba nadie. Era tabú, y se comprende: muere de tuberculosis el cuñado, la cuñada ya debía estar tocada de tuberculosis, entremedias nace un hijo lisiado y el otro se larga, y después muere su mujer… Es lógico que no lo tengan en un altar.

Hay un segundo círculo de personajes entre los que destacan de una forma especial los Pi. Una vez más evita la tentación de perderse en material muy rico –los Pi Sunyer son los Pi Sunyer– y entonces lo que hace usted es incorporar el juego de una manera casi inocente o ingenua. Para un matemático, los Pi, sean primos o no sean primos, llevan un apellido muy marcado… Déjeme ligar eso con otro aspecto: ¿hasta qué punto el recurso a los números primos para estructurar la novela forma parte de esta dimensión inocente del juego?
El uso de los números primos forma parte de todo un catálogo de posibles aproximaciones a fenómenos primarios matemáticos de alcance general. Como cuando él intenta encubrir a sus primas y distrae a la madre dictándole… ¡el teorema de Pitágoras! La estructura de la novela me hizo ir de cabeza durante un período grande de la escritura. Como no es una novela que parte en tabula rasa de la invención, sino que tú seleccionas una serie de episodios que existían, numerarlos con los números primos me servía para dar esta dimensión de obra de arte, en el sentido de decir «esto no es la historia de», no es del cero al cien, sino que es un mosaico, sin la voluntad de hacer un rompecabezas que haya que resolver. Siempre me he encontrado haciendo juegos estructurales cuando he hecho novela. Por ejemplo en Farsa me enredé a mí mismo porque los capítulos tenían que ser los 36 números de la ruleta. Aquí en cambio vinieron en un sentido abierto: los números primos no nos los acabaremos. No tiene más trascendencia que señalar un rasgo distintivo de él, en matemática y en singularidad. Era una persona muy singular.

Se nota que no se ha querido imponer una estructura que obligase a la novela a ir por donde la estructura marcaba. No hay unas simetrías marcadas, hay capítulos en los que hay juegos de voces diversas que hablan, con naturalidad y sin necesidad de ninguna justificación. El lector tiene la sensación de que es el relato lo que ha ido conduciéndolo.
He tenido una placidez de relación con la estructura de la novela que no había tenido nunca con ninguna otra. Tuve la sensación de que tenía todos los personajes en la cabeza, que tenía toda la novela en la cabeza durante el proceso. Y eso me dio tranquilidad. La cuestión matemática que han destacado en algún sitio, del chiste entre el físico y el matemático y el ingeniero, me interesaba para señalar la distancia entre los dos primos: el primo, que es un hombre de ciencia pero es un hombre práctico y acaba siendo un ingeniero, de ciencia aplicada; mientras que el otro, más allá de que la matemática le apasione, es que puede hacer muy pocas otras cosas, no puede tocar nada. Me parecía que era un camino que tenía cierta lógica y lo quería señalar: este punto de divergencia de una mente que trabaja algo tan incorpóreo como la matemática… en unas condiciones corporales tan limitadas. 

1. Filferro significa “alambre” en catalán. (Volver al texto)

Oriol Izquierdo. Escritor y profesor de literatura y humanidades de la Univer­sidad Ramon Llull, Barcelona.
© Mètode 78, Verano 2013.

  
© Mètode 2013 - 78. La luz de la evolución - Verano 2013

Escritor y profesor de literatura y humanidades de la Univer­sidad Ramon Llull, Barcelona.