Clásicos

diferencia de la poesía, el reportaje de viajes o las memorias, existe un género que no se puede abordar de manera voluntaria. O, cuando menos, no corresponde al autor decidir si su obra formará parte de esta categoría. Son los clásicos. Como tantas otras cosas, los clásicos son más fáciles de reconocer que de definir. Italo Calvino dedicó un escrito a reflexionar sobre los clásicos literarios desde varios puntos de vista, pero seguramente ninguno de sus criterios se aplica a la literatura científica.

En un lento proceso de sedimentación, los clásicos se ganan esta etiqueta en función del valor que pueden aportar a las generaciones futuras, bien como precursores o bien como referentes. Está claro que en definitiva son categorías muy debatibles. A diferencia de lo que pasa en la literatura de ficción, donde la entrada al canon a menudo tiene que ver con criterios nacionales y cada lengua tiene el suyo, los clásicos de la ciencia son aportaciones fundacionales a las diversas disciplinas, y el origen de sus creadores no se tiene en cuenta.

De todas formas, es discutible qué función puede tener un canon en un campo que evoluciona a gran velocidad, y hasta qué punto vale la pena releer estos textos tan lejanos. No hay ninguna penalización por no hacerlo, al contrario de lo que pasa en las humanidades si no se ha leído a Cervantes o a Shakespeare. Tampoco aportan un beneficio evidente, porque el progreso científico ha ido actualizando las contribuciones de los clásicos y toda la esencia desde Galileo hasta ahora está contenida en cualquier artículo del Physical Review Letters.

Es posible que en la literatura de ficción también sea difícil definir los nuevos clásicos en medio de las nuevas formas de expresión y los nuevos formatos. Los libros de Galileo y Newton enlazan con los de Darwin o Wegener, pero la actividad científica ahora incluye nuevas formas de expresión como las conferencias de Feynman o los artículos de Mendel y Dobzhansky, por mencionar solo algunos. Los científicos que ahora escriben libros lo hacen con una voluntad diferente que sus predecesores. La diferencia entre El origen de las especies y El gen egoísta no es solo de estilo.

En la carrera hacia la brevedad, que es la característica de nuestra época que no tiene tiempo por nada, estoy seguro de que ya se están creando los memes científicos que el futuro considerará clásicos. Probablemente tendrán 140 caracteres, o serán gráficos iluminadores con un pie breve e ingenioso que los haga inolvidables.

Referencias
Calvino, I. (2009). Por qué leer los clásicos. Barcelona: Siruela.
Dobzhansky, T. (1973). Nothing in Biology Makes Sense Except in the Light of Evolution. The American Biology Teacher, 35 (3), 125-129. Consultado en http://www.pbs.org/wgbh/evolution/library/10/2/text_pop/l_102_01.html
Feynman, R.; Leighton, R., & Sands M. (1963). The Feynman Lectures on Physics. Redwood City, California: Addison-Wesley. Consultado en http://www.feynmanlectures.caltech.edu/

Jesús Purroy
Biólogo y escritor (Barcelona)
© Mètode 86, Verano 2015.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Mètode 2015 - 86. Palabra de ciencia - Verano 2015

Biólogo y escritor (Barcelona)