«Paolo da San Leocadio i els inicis del Renaixement a Espanya», de Ximo Company

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Paolo da San Leocadio i els inicis del Renaixement a Espanya
Ximo Company
CEIC Alfons El Vell.
Gandía, 2006. 675 páginas.

El reciente hallazgo de las pinturas murales de Paolo da San Leocadio en la bóveda de la capilla mayor de la Catedral de Valencia –«lo cap de la Seu», la llamó Sanchis Sivera– ha reabierto un antiguo y apasionante debate. Es cierto que hablar de «hallazgo» o de «descubrimiento» es un poco erróneo, puesto que siempre se ha sabido, o al menos supuesto, que estaban allí, y que la nueva bóveda barroca las había ocultado. Lo que ha deslumbrado a los historiadores del arte ha sido descubrir el estado de conservación bastante bueno de aquellos ángeles renacentistas, de tersa juventud, de impetuosos rasgos botticellianos o leonardescos, y que de una manera directa nos enlazan con el mejor Renacimiento italiano. El concierto de los ángeles del maestro Paolo es verdaderamente bello, y junto con los óleos de los Hernando presidiendo el altar mayor proporciona a aquel espacio una inesperada profundidad, una gloriosa exaltación pictórica. Por lo tanto, los valencianos estamos de enhorabuena con este «descubrimiento»: la repristinación de los frescos ha dotado la sede valenciana de un nuevo e importante motivo para ser visitada. Sin embargo, se impone la inevitable pregunta: ¿cómo es posible que una obra como esta fuese ocultada durante tanto tiempo?

Con el apremiante propósito de contestar a esta pregunta, Ximo Company ha escrito Paolo da San Leocadio i els inicis del Renaixement a Espanya. Sin embargo, no estamos frente a un texto convencional, de una sencilla obra erudita, de corte académico y dirigida a los compañeros y colegas del gremio. Ximo Company, quizás siguiendo los pasos de Ernst Gombrich o de Roberto Longhi –a los cuales cita aquí y allá–, ha escrito un entretenido, valioso y muy especial ensayo sobre el porqué de todo esto. Así, frente a nuestra estupefacción de lectores, Company se remonta a los inicios de la pintura valenciana, en un texto verdaderamente apasionante. Y, por decirlo así, emplea la justificada excusa de San Leocadio y la incomprensible ocultación de que ha sido víctima para dar salida a una profunda y razonada erudición pictórica y para realizar un estudio de la pintura valenciana y catalana de principio del Renacimiento.

¿Era necesario remontarse tanto? Quizás no. Pero da igual. Debo convenir que he disfrutado mucho más con esta primera parte (que ocupa 146 páginas), que con las dedicadas propiamente al maestro Paolo (las 150 posteriores, que se cierran con un largo apéndice documental). Porque Ximo Company no se pierde en logomaquias especulativas, en filigranas retóricas, y su estilo es ágil, esmerado, directo, personal, muy alejado de la prosodia un poco infame y pedantesca que caracteriza a menudo esta clase de escritos. Enseguida se ve que se encuentra cómodo, y que pone todo su temple en entusiasmarnos, en guiarnos, en abrirnos nuevos horizontes. ¡Qué gozo leer sobre Jacomart, Jaume Huguet, Bermejo, Pedro Berruguete, Juan de Flandes, los Osona, Hernando, los Macip!…

A medida que avanzamos en la lectura, las sugerencias nos colap­san, y no damos abasto a todas las cosas nuevas que tenemos que visitar con urgencia, antes de que se enfríe el rescoldo de la lectura, como por ejemplo el retablo de Pedro Fernández de la catedral de Girona, o el Martirio de Sant Cugat de Ayne Bru, que se conserva en el Museu Nacional d’Art de Catalunya.

Y, sin embargo, lo que mantiene la tensión del texto no sólo es el elenco de pintores poco conocidos y muy interesantes, sino la pugna constante por la imposición de una corriente estilística en la pintura valenciana. Ximo Company explica que la mayor parte de los pintores valencianos y catalanes (Jacomart, Huguet, Reixach…) cultivaban un estilo con una fuerte impronta flamenca, y que la entrada renovadora desde Italia topó reiteradamente con una actitud beligerante y esquiva. Esto podría explicar por qué el estilo renacentista del maestro Paolo, o de los Hernando (que se habían formado en el taller de Leonardo da Vinci), no triunfó en nuestras tierras. El gusto valenciano imperante entonces buscaba unas formas más inexpresivas, unos rostros más angulosos, unas miradas más rígidas, unas actitudes más góticas. Nada de la carne rubicunda y botticelliana de Leocadio, ni de los gestos leonardescos, impúdicos y dudosos. Ximo Company incluso explica que algunos pintores distorsionaban expresamente la perspectiva a fin de parecer más antiguos, más primitivos, y así más próximos a las viejas tablas flamencas y a los iconos bizantinos.

Por esto, cuando observamos los ángeles de Paolo da San Leocadio en la bóveda de la capilla mayor de la catedral de Valencia, tenemos que entender que sintetizan la pugna entre dos concepciones del mundo. Leocadio se tuvo que enfrentar al gusto general valenciano, que era dominantemente flamenco, y al hecho añadido de que cuanto más flamenco era un arte, más tradicional y más devoto se consideraba. En Valencia, próspera y abierta al Mediterráneo, se entabló en este sentido una singular confrontación entre dos gustos artísticos. Sin embargo, el Renacimiento italiano nunca acabó de cuajar del todo, tan fuerte fue la huella flamenca. Y Paolo da San Leocadio perdió definitivamente la batalla cuando una nueva bóveda barroca ocultó su magna obra durante más de trescientos años. Ahora, su «descubrimiento» la vuelve a sacar a la arena de la inmortalidad para goce y disfrute de todos.

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