«Planet of microbes», de Ted Anton

Los peligros y el potencial de las bacterias

Planet of microbes
The perils and potential of Earth’s essential life forms
Ted Anton
The University of Chicago Press. Chicago, 2017. 327 páginas.

Los libros de divulgación científica, si tratamos de hacer un poco de taxonomía, pueden clasificarse en infinidad de grupos. Los más evidentes son aquellos hechos en función de los temas, entre muchos otros criterios, pero creo que sería interesante considerar una categoría que, por lo menos desde mi punto de vista, marca mucho el aire de una obra: el tipo de autoría; quién la ha escrito, vaya. Existen varias posibilidades, entre las que destacan dos: el hombre o mujer de ciencia con pasión por la divulgación que escribe un libro; o bien el científico o científica con poco tiempo o poca habilidad literaria que se asocia con un o una periodista para hacer una obra a cuatro manos (más o menos democráticamente repartidas). A mí me gustan más los del primer tipo, aunque los de la segunda categoría –escritos con la ayuda de un periodista o escritor– suelen ser literariamente más sólidos por razones evidentes. Pues hay una tercera categoría, que nos ocupa en este caso, y que es la del libro de divulgación científica de un tema específico escrito por alguien que no es experto.

Leyendo Planet of microbes, el lector llega al tercer o cuarto capítulo con un interés creciente por las bacterias, por los científicos que trabajan o han trabajado con ellas y por los futuros giros de la historia. Porque el libro fluye, cuenta un relato con intriga, dosificando la información. Está fantásticamente escrito, engancha, es riguroso y combina con gran maestría las descripciones técnicas –tan bien hechas que se leen sin que nos demos cuenta de que están ahí– con las historias humanas de los grandes científicos y científicas sin los cuales la microbiología no hubiese existido –como el bien merecido homenaje a Lynn Margulis–. Es un placer, además, reencontrar en el libro citas de personajes que quien escribe estas rayas tiene la suerte de conocer personalmente: la microbióloga Sari Gil, de la Universitat de València, o Antonio Lazcano, el recientemente galardonado con un doctorado honoris causa por nuestra universidad.

Entonces, decíamos, avanzando en la lectura, el lector se pregunta quién ha escrito eso. Demasiado bien escrito para un científico, demasiado técnico para un literato. ¿Quién pues? Ted Anton, el autor, es profesor en una universidad norteamericana, pero es profesor… de lengua inglesa. Este fenómeno, relativamente habitual entre los anglosajones, es extraño en nuestro país: una mujer o un hombre de letras que se interesa por un tema científico, lo estudia, entrevista a los principales autores de los descubrimientos y hace, de todo eso, un libro de divulgación sólido, que combina su pericia literaria con –es de suponer– la capacidad de ponerse en el lugar del lector inexperto, dado que el autor, por formación, tampoco es un científico.

Volvamos al libro. Planet of microbes e s u n b estiario m icrobiano, pero escrito con orden. El título, muy explícito, se completa con un subtítulo que menciona «los peligros y el potencial de las formas de vida elementales de la Tierra». Existe una parte inicial que, acertadamente, se centra en describir los ambientes del planeta donde viven los extremófilos, los microorganismos que crecen en condiciones durísimas de presión, temperatura o acidez. Después, la obra da un giro para ocuparse durante largas páginas de la química prebiótica y de la teoría –bien confirmada– de la endosimbiosis. Según esta teoría, la gran mayoría de las formas de vida actuales, y eso incluye todas las plantas, animales y muchos microorganismos, se originaron a partir de una mala digestión de una bacteria que se tragó a otra, y dio lugar a las células vegetales y animales que conocemos, cuyos compartimentos internos son verdaderos módulos biológicos directamente emparentados con bacterias actuales de vida libre.

«‘Planet of microbes’ está fantásticamente escrito y combina con gran maestría las descripciones técnicas con las historias humanas»

La parte central del libro se ocupa de una rama de la biología complementaria a aquella que estudia el origen de las bacterias, que es lo mismo que decir el origen de la vida. Se trata de la disciplina que intenta hacer vida, crearla de nuevo para así entender definitivamente el misterio de su aparición en nuestro planeta. Como escribió el premio Nobel Richard Feynman en su pizarra, justo antes de morir: «Lo que no puedo crear, no puedo entenderlo». Es aquí cuando se cita a Jack Szostak, Pamela Silver o Craig Venter, y sus descubrimientos espectaculares en la síntesis de sistemas biológicos que se parecen, cada vez más, a los seres vivos «naturales». Seres vivos, por cierto, que pueden ser muy útiles, bien sea como probióticos, es decir, promotores de la salud mediante un abanico de actividades biológicas diferentes; o bien como protectores del sistema inmunitario. De hecho, otros libros en cierta medida semejantes a este son Yo contengo multitudes de Ed Yong y Dirt is good de Rob Knight y Jack Gilbert, los cuales también explican algo que puede parecer sorprendente para cualquier ciudadano actual y que es que el exceso de higiene no es necesariamente bueno, y que la falta de contacto con la suciedad y los microorganismos que esta contiene se asocia con un riesgo más elevado de sufrir ciertas enfermedades, como alergias.

No podría acabar el libro sin una recopilación de los aspectos más negativos de las bacterias –las enfermedades, naturalmente– pero este queda claramente en un segundo término, tras un verdadero alud de efectos beneficiosos tanto directos –para la salud de personas, animales y plantas, por ejemplo– como indirectos –para nuestro planeta–. Y es que la utilización de los microorganismos –bacterias, principalmente– como ingenieros microscópicos capaces de curar nuestro maltrecho mundo es probablemente el mejor ejemplo de la importancia que estas diminutas y aún misteriosas criaturas tienen para nuestro planeta.

© Mètode 2018 - 97. #Biotec - Primavera 2018

Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva (UV).