Manuel Sáez: La rebelión de los inanimados

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Manuel Sáez. En busca del tiempo perdido (VII), 2018. Grafito, acuarela y témpera sobre papel, 71 × 50 cm. / © Manuel Sáez, VEGAP, Valencia, 2018

La observación y la interpretación de la realidad, a menudo indistinguibles, son aspectos determinantes de la experiencia humana. Subyacen a la búsqueda de conocimiento y a la creatividad que, también indisolubles, nos definen como especie. Observando los leones pintados hace 37.000 años en la cueva de Chauvet, en Francia, uno se admira tanto por la belleza del trazo como por el conocimiento sobre comportamiento animal que estas pinturas reflejan. De igual modo, escuchando hablar sobre el tiempo a ciertos grupos ganaderos ágrafos del sudoeste etíope, no es posible separar la fascinación que provoca lo poético de su narración de la que suscita su vasto conocimiento astronómico. Y, sin embargo, el dominio ideológico de Europa, basado en la ilusión del progreso y una indiscutible superioridad tecnológica, promueve la globalización de una visión parcelada y contrapuesta de los conceptos de conocimiento y creatividad, tradición y modernidad, clasicismo y vanguardia, académico y autodidacta, figurativo y abstracto y también, entre otros, de lo animado y lo inanimado.

Manuel Sáez encuentra en el nexo entre arte y ciencia una importante fuente de ideas. En su taller, observa sistemáticamente caras, cuerpos y objetos y los retrata con la precisión de un cirujano. Una posible alternativa para ilustrar este número hubiese sido su particular colección de centenares de cabezas dibujadas por él durante los últimos veintiocho años, a modo de preciados trofeos de cazadores de antaño o de rostros susceptibles de clasificación y estudio por parte de los pioneros de la antropología. También podría haberse recuperado su tipología de la flora de República Dominicana, sus pinturas de frutos y semillas realizadas en base a imágenes de microscopio de barrido electrónico o, quizás, alguna de sus obras con soporte de azulejo cortado en fábrica por láseres robotizados.

«Manuel Sáez encuentra en el nexo entre arte y ciencia una importante fuente de ideas»

etos de trabajo presentes en cualquier laboratorio. Estos elementos, de formas en apariencia definitivas y universales, nos permiten la reflexión sobre el papel destacado de la cultura material en toda sociedad y, al mismo tiempo, nos alertan. Una persona que emplea un palo cavador para sembrar se percibe como una alteridad lejana y difícil de comprender en comparación con el técnico agrónomo que controla un sistema de riego por goteo. En busca del tiempo perdido desafía la jerarquía de los objetos.

En el taller de este pintor, un ejército de tangibles participa de una resistencia contra las categorizaciones etnocéntricas. Allí conviven, en pulcro orden, libros, pinceles, pinturas, archivadores, marcos, lienzos y caballetes. Todos ellos con una agenda propia, con voces diferentes, pero actores de cada obra. Y, junto a ellos, el cuerpo del artista, que cobra importancia con la repetición infinita de gestos. Al igual que una canción de molienda es una mezcla de creatividad y esfuerzo, de movimientos y efectos en el cuerpo, en el cereal y en la piedra, los retratos de Manuel Sáez son el producto de la imaginación y el sacrificio, de la habilidad y de la interacción con los materiales. La emoción que transmiten es el germen de su capacidad transformadora.

© Mètode 2019 - 100. Los retos de la ciencia - Volumen 1 (2019)
Doctor en Arqueología por la Universidad de Barcelona y profesor de la Universidad Estatal de Florida (Centro Internacional de Valencia).