Rewilding en la Patagonia

Estoy conduciendo en medio de la nada. Debo llevar diez minutos de recta sin cruzarme con ningún vehículo. Hace media hora, un cartel me dijo que el próximo pueblo será Bajo Caracoles, a unos 200 km. A ambos lados, y durante las cuatro horas de viaje que llevo desde que aterricé en Calafate y alquilé un coche, pura estepa patagónica: tierra ocre muy pedregosa con matojos de hierbas redondos de unos 30 cm de altura que en esta época del año –el verano del hemisferio sur– son de color gris, amarillo y algún verde apagado.

Al principio el paisaje es descomunal, de película. Pero ya empieza a cansar. Además, no puedo disfrutarlo porque debo estar pendiente de los baches que de manera imprevista aparecen en medio de esta mítica Ruta 40.

Cada pocos minutos, en los laterales de la carretera aparecen guanacos, animales de la familia de los camélidos que parecen llamas un pelín más esbeltas y menos lanosas. La mayoría están vivos, pero he distinguido ya unos siete u ocho cadáveres colgados por sus patas traseras de los alambres de las rudimentarias vallas que intentan impedirles el paso hacia la carretera. Se ve que las saltan fácilmente, pero si alguno calcula mal y el alambre lo atrapa entre el inicio de sus muslos y el abdomen, ahí se queda a disposición de los cóndores que sobrevuelan la zona.

«Por el camino de piedras, adelanto a un ciclista que debe estar cruzando la Patagonia en bici en plan hazaña vital. No lo entiendo»

¿Cuál es mi destino? Un alojamiento llamado La Posta de los Toldos donde mañana me encontraré con un técnico de la fundación Rewilding Argentina, que me mostrará los proyectos científicos y de conservación que impulsan en medio de este desierto. Estoy preocupado porque no me había imaginado que la carretera estuviese tan mal, y me habían dicho que no llegara más tarde de las nueve de la noche. En ningún punto de estos 600 km hay señal de teléfono, ni datos, ni nada.

Lo de no tener acceso a internet puede parecer romántico, casi una liberación, pero resulta que hace un rato el asfalto desapareció de repente durante unos 70 metros de piedrecitas que aquí llaman ripio, me resbalaron las ruedas traseras del coche, golpeé la valla lateral y me quedé sin paragolpes trasero (y pensando en qué hubiera hecho si el coche no hubiera arrancado).

Anyway; las cuatro horas largas de coche que me quedan siguen igual. Por el camino de piedras, adelanto a un ciclista que debe estar cruzando la Patagonia en bici en plan hazaña o experiencia vital. No lo entiendo. Por mucho que lo piense, con ese viento, clima árido, camino duro y paisaje monótono, me parece absurdo (y más a los dos días, cuando regresando hacia Calafate lo vuelvo a ver sufriendo en la misma dirección, quizá unos 300 km más adelante).

Con dudas de si lo mío es también absurdo, llego a La Posta, unas casitas solitarias a las que se accede por un camino de tierra desde la carretera principal. Por la mañana me encuentro con Franco Butti de Rewilding. Él es de ahí, de Perito Moreno (la ciudad, no el glaciar). Su familia es ganadera, pero él siempre estuvo involucrado en la preservación de la zona, manifestándose contra la minería y advirtiendo que debían encontrar otros modelos de desarrollo, hasta que le contrató la fundación como fotógrafo y técnico. Vive junto a unas pocas personas más en una estación biológica aislada dentro de un cañón a la que llegamos con su 4×4 y en la que cada invierno hacen un confinamiento forzado por las nevadas. Su función, que es la de Rewilding, es restaurar los ecosistemas y especies autóctonas que con las décadas se han degradado, y fomentar un desarrollo social y económico basado en el ecoturismo y la conservación. ¿Cómo lo hacen?

El modelo es interesante: gracias a los abundantes fondos que tienen de entidades donantes, en especial la fundación Tompkins Conservation, compran grandísimas extensiones de terrenos, los gestionan según sus criterios de preservación, los acondicionan para dedicarlos a uso público y crear oportunidades para la población local, y finalmente los devuelven al estado con la condición de que los declare parques naturales. Tompkins Conservation, creada por los antiguos dueños de The North Face, ya ha completado procesos similares en Chile y el norte de Argentina, en el parque Iberá, donde han reintroducido jaguares, osos hormigueros y vegetación de un lugar que hace unas décadas era una maravilla natural, después dejó de serlo, y ahora lo es otra vez.

Tras un rato explicándome sus proyectos, Franco abre su portátil y me enseña varios puntos en un mapa que reflejan las señales que cada tres horas manda el collar de uno de los diez pumas que monitorean. «Qué curioso… Desde ayer parece que no se mueve mucho de la misma zona. Debe haber cazado algo. ¿Quieres que intentemos ir a ver si lo encontramos?», me dice Franco. «¡Obviamente!».

«La función de Rewilding es restaurar los ecosistemas y especies autóctonas que con las décadas se han degradado»

Tras un precioso trayecto estepa a través en el 4×4, bajamos para cruzar a pie las colinas donde podía estar el puma. Hasta al cabo de una hora y media no me atrevo a preguntarle si falta mucho. Franco hace un gesto de «quién sabe». Lleva una especie de antena conectada a un walkie talkie que hace pip si el collar del puma está a menos de un kilómetro. No se oye nada todavía. Cada vez que Franco levanta las antenas, señala otra colina y dice «Quizá está ahí detrás», pienso en el ciclista y en la frase «Cada loco con su tema». Pero en una de estas, me coloca el walkie talkie en la oreja y pip, pip, pip… ¡El puma está cerca! Seguimos la señal, pero parece que se aleja de nosotros, y pasa tanto tiempo que yo ya desconfío de encontrarlo. Franco se detiene en el lateral de una pequeña colina, mira hacia abajo y dice: «Creo que debe estar por aquí». Para mí todo es igual y me lo tomo como un descanso. Y de repente, Franco señala hacia abajo y grita sin gritar: «¡Mira!». A menos de 50 metros veo un puma caminando pausado frente a nosotros, que se para en la ladera de la colina de enfrente. Lo vemos perfecto, y él, a nosotros. Franco sabe que es una hembra que parió hace tres meses e interpreta que, si no se va, debe ser porque sus cachorros están cerca. Nos quedamos contemplando varios minutos, tiramos fotos, y oteando los alrededores vemos algo en el suelo… Es el cuerpo de un guanaco.

Nos acercamos y la imagen, que en otro contexto me hubiera parecido hosca, allí era del todo natural: tenía el vientre abierto y las costillas rotas fruto de los primeros bocados, y una marca muy destacada en el cuello. Franco me explica que los pumas no persiguen, sino que se esconden, y cuando una presa pasa cerca de ellos, se le lanzan al cuello para morderlo y apretarlo hasta ahogarla. En esos momentos yo ya estoy fascinado y soy consciente de que lo inolvidable del momento justifica los kilómetros, el cansancio e incluso la factura del paragolpes. Pero es que, al cabo de unos minutos, en nuestros primeros pasos de regreso, de detrás de unos matorrales salen corriendo dos cachorros anaranjados en dirección a su madre.

Maravilloso. Sobrecogedor. Son solo unos minutos, pero que mi mente multiplicará por la infinidad de veces que los recuerde. Miro a Franco agradecido, por mí, pero sobre todo por el esfuerzo y pasión que ponen desde Rewilding en devolver la vida silvestre a las zonas que la perdieron. Siento que este viaje me está cambiando. Y la ciencia y la aventura solo acababan de empezar

© Mètode 2021 - 109. El secuestro de la voluntad - Volumen 2 (2021)
Escritor y divulgador científico, Madrid. Presentador de El cazador de cerebros (La 2).