‘Rhynchophorus ferrugineus’, o el devorador de palmeras

La ardua carrera contra la plaga del picudo rojo en el País Valenciano

Morrut roig
 Desde hace cerca de una década, varios países de la cuenca mediterránea se tienen que enfrentar a un problema ambiental que cada vez parece más difícil de controlar: la plaga del picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus), el insecto que se ha convertido en el peor enemigo de las palmeras. Ya en 1993 se constató la presencia del curculiónido en los municipios andaluces de Almuñécar y Motril. En plena fiebre urbanística, por todas partes empezaron a abrirse nuevas avenidas y la palmera se convirtió en el elemento estrella de la decoración urbana del momento. Fue entonces cuando se introdujo el insecto, con la importación de una partida de palmeras procedentes de Egipto que, con toda seguridad, no tenían el pasaporte fitosanitario en regla.

«En el País Valenciano la plaga ha adquirido una dimensión social porque los valencianos ven la palmera como un elemento propio de la tierra y ligado a la cultura mediterránea»

En el País Valenciano el insecto no se detectó hasta el 2004. Ocho años después, la crisis ocasionada por el ferruginoso ha adquirido una dimensión social que se ha sumado al problema ambiental y económico. Y es que, a diferencia de otras regiones, en el País Valenciano la palmera está considerada una especie casi autóctona y la introducción del picudo ha supuesto una amenaza para parajes tan importantes como el del palmeral de Elche, que, con más de 200.000 ejemplares, ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Allí, la infestación del picudo ha provocado enormes consecuencias económicas y culturales. Esta especial situación ha hecho que en el País Valenciano se haya intentado combatir la plaga contra reloj, en una lucha que durante mucho tiempo han librado los investigadores en solitario, de espaldas a una sociedad ajena al problema y al margen de unos actores políticos inmersos en una carrera partidista que no ha hecho sino favorecer la expansión del insecto invasor.

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© Anna Mateu

La palmera, un símbolo cultural

Por el hecho de que la palmera se haya convertido en un elemento fundamental en el paisaje urbano de las ciudades del Mediterráneo, la plaga del picudo rojo afecta a la población de una manera diferente a cualquier otra plaga. Y no hablamos solo del caso particular de la ciudad de Elche, sino prácticamente de cualquier municipio costero, donde los habitantes han asimilado la presencia de la palmera como un elemento más, propio de la tierra y ligado a la cultura mediterránea. El uso que se ha hecho de esta planta ha ido adaptándose a los tiempos, hasta devenir algo simbólico: desde su inserción en las alquerías de la huerta valenciana, donde las palmeras se yerguen como imponentes vigías del tiempo entre los campos de naranjos, hasta el paseo de la Explanada de Alicante, nadie puede dejar de asociar las arecáceas con el paisaje y la cultura valencianas.

Algunos autores denuncian que, como en el norte de Europa no se considera a la palmera una planta autóctona del continente, la Unión Europea ha menospreciado el poder corrosivo de la plaga y su importancia, dado que la presencia de la palmera se ha limitado durante siglos al sudeste español y a Grecia, donde, por otro lado, se desconocía hasta hace muy poco la existencia de una especie endémica del país, Phoenix theophrasti. En la Península Ibérica fue introducida por los árabes en Elche como parte de un sistema de regadío del tipo oasis en el siglo x. Esta implantación transformó la sociedad del momento: el uso del agua cambió y los frutos se aprovecharon desde entonces para la alimentación de personas y animales; las hojas, para fabricar cestos, escobas o alpargatas; el tronco, para obtener vigas para la construcción, y el aceite, como combustible. Además, la presencia de la planta en los ritos religiosos y actos culturales también ha sido muy importante. El ejemplo más representativo es el Domingo de Ramos, fiesta con un fuerte arraigo en los países judeocristianos que tiene origen en la fiesta judía de las Cabañas, donde se ofrece un ramillete con una palma blanca rodeada de hojas de mirto y sauce. En la actualidad, el oficio de las palmas blancas es muy popular en los países de tradición católica, y hay constancia del uso de palmas trenzadas en el Domingo de Ramos en España, Inglaterra, Córcega y Alemania.

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Si se detecta la plaga a tiempo, cuando las larvas no han llegado a la yema de la palmera, la planta se puede sanear. En ese caso, se elimina toda la parte de la corona enferma para que brote otra yema libre de picudo. © José Plumed

«En el palmeral de Elche, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, el picudo ha provocado enormes consecuencias económicas y culturales»

Con todo, las investigaciones realizadas hasta hace poco por los investigadores de la Universidad Jaume I de Castellón (Dembilio y Jacas, 2012) han revelado que la especie más vulnerable ante el picudo no es la datilera –la más numerosa en el palmeral de Elche– ni el palmito –endémica del País Valenciano–, sino la palmera canaria (Phoenix canariensis), la especie preferente para la ornamentación de ciudades y jardines durante el siglo pasado. Sin embargo, sí que se ha constatado que tanto las datileras como la endémicas griega y valenciana se pueden ver afectadas por el insecto, aunque en menor medida.

EL orÍgen de la plaga

Hay constancia de la existencia del insecto desde el siglo xviii. En 1750 y 1776 se declaró su presencia en Sri Lanka y la India, respectivamente. El picudo, que puede volar varios kilómetros, se desplaza principalmente por la acción humana. En 1986, se detectó en los Emiratos Árabes y seis años después, en Egipto, desde donde se importó a España en 1993. En 2009 se constató su presencia en el Caribe y un año más tarde, en California.

Cuando se detectó en Motril y Almuñécar en 1993 la zona se declaró en cuarentena, pero quizá ya era demasiado tarde. En el 2004 aparecería en el País Valenciano, en el 2005 en Murcia, Cataluña y Canarias, y en el 2006, en las Islas Baleares. Allá donde se han declarado focos de la plaga, el crecimiento poblacional del picudo se ha producido de manera exponencial, hasta el punto de que la mayoría de actores implicados en la lucha contra el picudo han calificado la situación de «incontrolable». Los adultos, cuya vida puede durar entre 45 y 90 días, viajan por vía aérea o terrestre. Atraídos por las kairomonas de las palmeras, las sustancias vegetales que las plantas desprenden a causa de una herida o de una poda mal hecha, los insectos viajan hasta la corona –normalmente de día– y depositan los huevos, entre 300 y 500. Desde su nacimiento, las larvas empiezan a excavar galerías –que pueden alcanzar hasta un metro de longitud– dentro de la yema apical, que es la parte de la palmera de donde surgen las hojas. Si esta zona se ve muy dañada, la palmera muere. En el momento en que aparecen los primeros síntomas visibles de colonización, el picudo está a punto de llegar a la siguiente fase de su ciclo vital y, con las fibras de la palmera, se construye el capullo para convertirse en pupa.

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© José Plumed

En el País Valenciano no han sido pocas las instituciones que se han implicado para intentar poner freno a la invasión del ferruginoso asiático, con varios estudios dirigidos a averiguar la dinámica poblacional del picudo rojo. Así, la investigación que en el Instituto Agroforestal Mediterráneo (dependiente de la Universidad Politécnica de Valencia) han llevado a cabo Antonia Soto y Juan Antonio Ávalos ha revelado que el vuelo de los individuos aumenta durante el verano, dado que las principales capturas se producen entre septiembre y diciembre (Borrás et al., 2011). Los mejores meses para detectar la presencia del picudo son los de otoño, cuando aparecen más palmeras con los síntomas típicos del ataque de la plaga: las hojas jóvenes de la parte alta presentan sierras, las hojas laterales suelen caer tumbadas y en la base de la corona se pueden apreciar perforaciones con exudados. Por otro lado, el grupo de la Universidad Jaume I que lidera Josep Jacas ha descubierto que en zonas con una temperatura media de entre 15 ºC y 20 ºC –propia de Grecia, Italia y la península Ibérica– el insecto produce entre una y dos generaciones, mientras que en un ambiente más tropical –con una temperatura media superior a los 19 ºC, como las Islas Canarias–, se producen más de dos generaciones por año. Estos estudios han servido para dictaminar cuál es la mejor época para hacer la poda (el invierno) o para prever a largo plazo cómo puede avanzar la plaga.

 

A pesar de eso, los métodos de prevención y control aún están en pleno perfeccionamiento. En el Instituto Ítaca de la Universidad Politécnica de Valencia y el Instituto Gatcom de la Universidad Miguel Hernández de Elche han producido un sistema de sensores inalámbricos para detectar el insecto por ultrasonidos. El dispositivo, que permite enviar las señales desde los diferentes dispositivos a una central receptora, ha sido útil en espacios como el palmeral de Elche, donde la inspección visual diaria de las palmeras puede resultar insuficiente.

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El color rojo del picudo y su tamaño, que puede llegar a los cinco centímetros, lo hacen fácilmente reconocible, aunque su presencia es difícil de detectar porque su actividad se desarrolla fundamentalmente en el interior de la palmera. © José Vicente Bernabeu

En la buena dirección

Aunque la carrera contra el picudo rojo se ha librado (y se libra) contra reloj, varios autores abogan por no perder el optimismo y recuerdan que hay lugares donde se ha podido controlar la plaga. Lo esencial es actuar combinando los métodos de detección y de captura y la inspección visual diaria de las palmeras con tratamientos preventivos y curativos, tanto químicos como biológicos. En Kerala (India) se hizo frente al picudo rojo, desde mediados de los años setenta, con una gestión integrada de la plaga, que conjugaba técnicas de trampas con cebo, monitorización de las trampas, tratamientos químicos preventivos, tratamientos curativos, insecticidas, erradicación y educación (Abraham et al., 1989). La educación, coinciden los expertos, se hizo fundamental para tratar de controlar una plaga como esta. Desde que se declaró en el País Valenciano, tanto el gobierno central como el autonómico han invertido millones de euros para intentar erradicarla, un objetivo que en estos momentos parece imposible: «Tenemos que aprender a convivir con el picudo», apuntaba en febrero de 2012 el entonces director general de Producción Agraria y Ganadería de la Generalitat Valenciana, Manuel Lainez.

«Los expertos coinciden en que la educación resulta fundamental para tratar de controlar una plaga como la del picudo rojo»

Las leyes y las normativas se han adaptado a la nueva situación y la Generalitat Valenciana ha establecido líneas telefónicas y direcciones de contacto específicas para la problemática del picudo y ha puesto en marcha cursos de formación itinerantes a los que se han adherido más de un centenar de ayuntamientos. Sin embargo, quizá este programa de actuación integrada ha llegado demasiado tarde: la crisis económica también ha afectado a la lucha contra el picudo y en estos momentos son los propietarios los que se tienen que hacer cargo de destruir las palmeras que estén infectadas. La operación, que solo pueden realizar empresas autorizadas por la Generalitat, puede llegar a costar más de 1.000 euros y son muchos los ciudadanos que deciden dejar morir la palmera para no tener que pagar por un servicio que hace unos años estaba subvencionado. «Esto es un problema», explica Juan Antonio Ávalos (Instituto Agroforestal Mediterráneo), «porque si tú tienes un rosal, lo más normal es que te hagas cargo de él. Que lo cuides, que estés pendiente de si hay una plaga para que no se infeste ni infeste a los de los alrededores»; una idea que comparte Óscar Dembilio, de la Universidad Jaume I: «Hay que concienciar a los ciudadanos del grave problema que representa el picudo porque en muchos casos los focos de infestación provenían de palmeras de jardines privados en los que la administración competente no ha podido gestionar rápidamente el problema.»

 

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Desde que nacen, las larvas excavan galerías que llegan hasta la yema apical de la palmera. Allí, haciendo uso de las fibras de la planta, se construyen un capullo (a la izquierda), en el que pasan a la siguiente fase de su ciclo vital, la pupa. En el Instituto Agroforestal Mediterráneo, de la Universidad Politécnica de Valencia, crian individuos de picudo rojo para estudiar su comportamiento, desde la puesta (a la derecha) hasta que el insecto llega a la fase adulta. © José Vicente Bernabeu

Según Dembilio, «por ahora existen las herramientas necesarias para poder controlar la plaga, solo se necesita la colaboración de todos». Una acción sinérgica que resultará decisiva en los próximos años porque, sin una política clara que impulse proyectos conjuntos de colaboración, donde todos los organismos se impliquen de igual manera, la carrera contra el picudo estará perdida.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

Abraham, V. A. et al.,1989. «Integrated Management of Red Palm Weevil (Rhynchophorus ferrugineus F.) in Coconut Gardens». Journal of Plantation Crops, 16: 159-162.
BorrÁs, M. et al., 2011. «Aportaciones sobre el comportamiento de adultos de Rhynchophorus ferrugineus (Oliver) (Coleoptera: Dryphthoridae) mediante el análisis de sus capturas en trampas». Phytoma, 226: 20-22.
Dembilio, Ó. i J. A. Jacas, 2012: «Bio-ecology and Integrated Management of the Red Palm Weevil, Rhynchophorus ferrugineus (Coleoptera: Curculionidae), in the Region of Valencia (Spain)». Hellenic Plant Protection Journal, 5 (1): 3-14.
Dembilio, Ó. et al., 2011: «Lower Temperatures Thresholds for Oviposition and Eggs Hatching of the Red Palm Weevil, Rhynchophorus ferrugineus (Coleoptera: Curculionidae) in Mediterranean Climate». Bulletin of Entomological Research, 102: 97-102.

© Mètode 2012 - 74. La cala encantada - Verano 2012

Estudiante de periodismo de la Universitat de València.

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