«Regenesis», de George Church y Ed Regis

Biología sintética y marihuana

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Regenesis. How Synthetic Biology Will Reinvent Nature and Ourselves / George Church y Ed Regis / Basic Books, Perseus Books Group, Philadelphia, Estados Unidos, 2012. 273 págines.

Lo primero que se lee en la solapa de la cubierta de este libro, es este párrafo: «Imagina un futuro en el que los seres humanos se han vuelto inmunes a todos los virus, en el que las bacterias pueden producir a la carta los objetos y bienes de uso diario, como una taza o generar electricidad o biocombustibles para acabar con la dependencia del petróleo. Construir una casa no daría más trabajo que plantar una semilla en el suelo». Así empieza Regenesis, un libro sobre la biología sintética; qué es y sobre todo cómo cambiarán las cosas que nos rodean y, finalmente y en sentido estricto, a nosotros. El autor es George Church (con la colaboración de Ed Regis), un reconocido investigador en este campo que trabaja o ha trabajado con los padres de la biología sintética como Drew Endy o Jay Keasling. Church forma parte, junto al propio Endy, Venter y otros divulgadores como Rob Carlson, del llamado grupo de evangelistas de la biología sintética. Nótese la mezcla de admiración y sarcasmo en la metáfora bíblica. Admiración bien justificada porque es muy cierto que la biología sintética, en particular en los Estados Unidos, está dando unos frutos notables, principalmente por lo que respecta al desarrollo de técnicas de secuenciación y síntesis de ADN, trasplante genómico, o investigación en el campo de las protocélulas –de las que, por cierto, se habla muy poco en el libro–. En cuanto al sarcasmo, muy habitual entre los científicos, está fundamentalmente motivado por la tendencia a la exageración de los resultados de la investigación, que empieza a ser una verdadera marca de la casa de la biología sintética y que ha llegado al paroxismo en las declaraciones del biólogo sintético más famoso de todos, el artífice de la secuenciación del genoma humano y de la «creación» de la primera célula «cuyo padre es un ordenador»: John Craig Venter.

«Church forma parte del llamado grupo de evangelistas de la biología sintética. Nótese la mezcla de admiración y sarcasmo en la metáfora bíblica»

Volviendo al libro, Regenesis recoge con una excelente combinación de erudición, didáctica y entretenimiento, los descubrimientos más señalados en el campo de la vida artificial. Articulada alrededor de nueve capítulos y un epílogo, la obra tiene un tono metafórico evidente, ya que se sugiere la equivalencia de la evolución de la biología sintética con la historia evolutiva en nuestro planeta, y eso se consigue principalmente empleando los períodos geológicos como nombre de cada capítulo. Así, por ejemplo, el capítulo siete se llama «–10.000 años, Neolítico. Revoluciones industriales. La revolución agrícola y la genómica sintética. El Manifiesto BioFab». A lo largo de estos capítulos, Church, de la mano de su coautor Ed Regis, alterna una descripción cuidada de los hitos de la biología sintética (producción del medicamento antipalúdico artemisinina, avances en la clonación de especies extintas, etc.) con una previsión de las aplicaciones futuras. En mi opinión es sin duda el primer aspecto el acierto principal del libro: es un texto muy bueno para situarse en este campo fascinante, de la mano de uno de sus protagonistas más activos. En cuanto a las previsiones, sin embargo, y este es un defecto particularmente frecuente entre los evangelistas que comentábamos antes, la exageración se hace notar con fuerza. Parece que, embriagados con el reconocimiento de los méritos propios y de los colegas de campo, muchos biólogos sintéticos tienden a caer en extrapolaciones dignas de la más pura ciencia-ficción. Por ejemplo, el libro plantea seriamente que en un futuro se podrá modificar genéticamente una semilla para que, al germinar, dé lugar no a la planta que se esperaría, sino a una casa; una casa con puertas y ventanas, se entiende, del tipo aquel en que casi todos vivimos. Estos atrevidos derrapes se olvidan, sin embargo, con la lectura de los rigurosos párrafos sobre la vida especular, la competición de biología sintética iGEM (International Genetically Engineered Machine) o referencias clásicas como Asilomar, la reunión –regada con mucha marihuana según dicen las malas lenguas– que en 1975 estableció las bases para una utilización controlada de la ingeniería genética. En cuanto al iGEM, no deja de hacer ilusión a quien escribe estas líneas que se hable de la contribución valenciana en la edición de 2010, donde presentamos un proyecto basado en microorganismos dotados de un sistema priónico (sí, priones, parecidos a los de las vacas locas pero inofensivos; el trabajo, de hecho, lo llamamos el Mad Yeast Project). El objetivo de nuestro proyecto era… cambiar el clima del planeta Marte. Aunque pueda parecer un objetivo estrafalario, no desentona en el marco atrevidísimo de la biología sintética y en particular en su vertiente más friki, el iGEM. Y es que la biología sintética es apasionante. No solo por el campo en sí mismo (¿hay algo más fascinante que tratar de crear vida?) sino por el ambiente extraordinariamente osado –por decirlo suavemente– que se respira en los círculos sintéticos. Todo es posible en biología sintética. Cuando menos es lo que piensan sus evangelistas, con George Church en primerísima línea, y como demuestra el último capítulo del libro, donde Church y Regis, quién sabe si inspirados por los mismos aromas de Asilomar, dan un salto cualitativo y se embarcan en una escalada de previsiones futuristas que se condensan en un neotranshumanismo: la modificación radical del genoma humano con el objetivo de mejorarlo y hacernos capaces de colonizar el universo. Ni más ni menos.

© Mètode 2013 - 76. Mujeres y ciencia - Invierno 2012/13
Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva (UV).